24. Miércoles por la noche
Miércoles por la noche
Despierta en un espejismo. Si le preguntasen ahora mismo dónde y cuándo o incluso quién, se encogería de hombros, se daría la vuelta y a seguir durmiendo.
Pero el calor... las sábanas empapadas de sudor y el aire pegajoso, un magma irrespirable.
Abre las ventanas del dormitorio, ni por esas: la calle hierve y no corre ni una gota de aire, son más de las once de la noche y el mercurio aún rebasa los treinta grados.
No hay descanso posible atrapado en una ola de calor con temperaturas de récord por enésima vez en esta mierda de verano.
Rescata de ese esófago voraz que son los cojines del sofá el mando del aire acondicionado.
Comprueba con varios golpes sobre una mano y con un cambio de pilas que está estropeado.
Cuando lo deposita sobre la mesa de centro encuentra una nota de Rafa. Vuelvo tarde. Sta noche tengo festival.
Por suerte, antes de la siesta puso a cargar el móvil de repuesto.
Dos llamadas perdidas de Pilar, una tercera de Jhon.
También un wasap del chaval: yama cnd puedas.
Empieza por la subinspectora. Es tarde, pero no tanto.
En las noches de verano de Sevilla nunca es tarde para nada.
Además, habiéndola dejado tirada su marido y sus niñas, la probabilidad de que la subinspectora concilie el sueño es bastante escasa.
Pilar ha llamado dos veces porque está ansiosa por contarle su conversación con el padre de Segis.
—Adelante, por favor, compañera.
—Cuando os dejé ayer —una pausa para recomponer el tono. Incomodidad—, llamé a Segismundo Heredia, el pare de Segis. Como te podrás imaginar, sigue hecho polvo. No hace ni una semana que murió su hijo. Pero hubo algo más que em va deixar força tocada. Quiero decir...
—Deja, deja, no traduzcas: que te dejó tocada.
—Bien por tu catalán... Empecé diciéndole a Segismundo que seguimos esclareciendo las circunstancias de la muerte de su hijo, pero que, en la medida de lo posible, estuviese tranquilo, porque no vamos a dejar morir el caso.
El hombre se mostraba frío y distante. No le apetecía hablar.
Hasta que le pregunté por el tatuaje que tenía su hijo en el brazo, las cifras veinte y trece separadas por dos puntos, si él sabía qué significaba; si, como sospechábamos nosotros, se referían a la hora de algún acontecimiento importante para Segis.
Ni te imaginas las carcajadas de don Segismundo.
Yo iba con el manos libres y resonaron por todo el coche.
Se transformó en una persona diferente. Cuando dejó de reírse, me dijo con toda la guasa del mundo que, si eso era todo lo que habíamos averiguado, menudos policías de pacotilla estábamos hechos.
Y, agárrate Iván, me aseguró que tú y yo estábamos condenados a arder en el infierno, pero no por malas personas, sino por ignorantes.
Em va deixar esbojarrada . Y en shock . Le pedí que me lo aclarara y se limitó a contestarme, otra vez riéndose, que no sabíamos ni sumar dos más dos.
—Joder con el padre. Ya sabemos a quién salió el hijo con tanto infierno y tanta gaita. Pero se coló un poco don Segismundo, ¿no?
—Pues no, eso es lo peor. —Resignación al otro lado de la línea—. Lo teníamos delante de nuestras narices. Con esa mención al infierno, Segismundo me estaba poniendo sobre la pista: como él me dijo, solo teníamos que sumar. Sujeto, es decir, su hijo Segis-Levítico, y predicado, es decir, 20:13.
—Levítico 20:13.
—Versículo trece, del capítulo veinte, del libro Levítico de la Biblia.
—Joder.
—Para ahorrarte la búsqueda en Google, te cuento: hay muchas variantes del versículo, según la versión de la Biblia que consultes, pero todas dicen más o menos lo mismo: Y cualquiera que se acueste con otro hombre como uno se acuesta con una mujer, abominación hicieron; ambos han de ser muertos; su sangre será sobre ellos.
—Joder.
—De eso va la cosa. De hombres que joden con hombres. —Iván imagina el rubor subiendo al rostro de Pilar, fruto de su propia ocurrencia.
—Joder.
—Como vuelvas a repetirlo, te cuelgo.
Iván está encantado al sentir que el hilo de su confianza mutua está más repuesto. Le dice:
—Si no te he entendido mal, ese versículo propugna la pena de muerte para los homosexuales.
—Es una de las pocas referencias directas que hay en las Sagradas Escrituras a la homosexualidad. En general, son todas bastante ambiguas, pero ninguna os desea nada bueno.
—Lo extraño sería lo contrario. No me explico cómo puede haber tanto gay creyente y capillita.
—Educación, cultura, tradición, fe... y sin pensar mucho. Porque, si lo hicieran, vivirían en una crisis constante.
—O amargados. Como Segis. —Silencio a ambos lados—. No me puedo creer que todo esto nos esté conduciendo al topicazo.
—Cada vez más. ¿Le doy?
—Dale.
—A ver, tenemos un versículo de la Biblia eminentemente homófobo que, como tú has dicho, defiende la pena de muerte para los hombres que tienen sexo con otros hombres (ni que decir tiene que en aquellos tiempos las mujeres que practicaban sexo con otras mujeres ni siquiera tenían el derecho a ser mencionadas en un libro sagrado, pero esa es otra historia).
Tenemos a Alberto y a Quino, dos gais asesinados con una diferencia de tres meses.
Más un tercer muerto, Segis, que, en principio, no nos consta que fuera gay, pero sabemos que coincidió en un hotel gay-friendly con el otro miembro de la relación a tres bandas que mantenían esos dos con Jhon.
Y, para más inri, nunca mejor dicho, ese supuesto no gay llevaba tatuado el número del versículo de marras y, usando como seudónimo el libro de la Biblia que lo recoge, Levítico, entró en directo en tu programa de radio para insultarte por gay y para amenazarte con algo así como que pronto todos ibais a acabar en el infierno.
—En resumen, estaríamos ante un caso de homofobia religiosa llevada a los extremos, más una posible venganza: si Segis se cargó a Alberto y a Quino, alguien debió de tomarse la justicia por su mano y cargarse a Segis. Y ese alguien podría ser Jhon.
— És possible. —Pilar mastica las palabras muy despacio, como si evitara morderse el interior de la boca.
—Es quien mejor encaja —confirma el inspector, le bullen las ideas, hace una pausa para ordenarlas—. Para empezar, tiene que explicarnos por qué extraña casualidad coincide con Segis el 30 de marzo en el Sacramento Vejer y por qué me mintió cuando me dijo que no se conocían.
—Todos los indicios apuntan a él.
—Pues sí. —Iván, acelerado—: Todo apunta a que Jhon descubre, no sabemos cómo, que Segis ha matado a sus dos hombres.
Primero a Quino y, tres meses después, a Alberto.
Por cierto, durante ese tiempo el pobre de Alberto se muestra muy triste, lo cual es normal, dadas las circunstancias.
Lo que no es tan normal es que discuta mucho con Jhon, como dicen que pasó.
—Puede que Alberto también sepa que Segis es el asesino de Quino.
—Y que quiera denunciarlo a la policía, no como Jhon, que prefiere encargarse él personalmente.
—Claro, todas sus experiencias previas con nuestros queridos compañeros uniformados han sido una mierda, como denunciante y como denunciado —Iván, cada vez más agitado—. Te recuerdo que es gay, fiestero, promiscuo, ha trapicheado, está fichado... Como para dar un duro por la justicia...
—Una venganza en toda regla.
—¡¿Ves?! —Iván, electrocutado—. ¡Eso ya no me encaja en absoluto! Nada —nueva pausa, quiere volver a sonar tranquilo—. Ponte en su lugar. Tú eres Jhon, el asesino. ¿Por qué vienes a contarme tus sospechas sobre la muerte de Quino y la desaparición de Alberto?
—Para mostrarme ante ti como el viudo dolido. Muy de película clásica de cine negro. La rubia que se trajina al detective.
—Ni Jhon es rubia ni esto es una peli —sentencia Iván—.
Sigo. Vamos más atrás, al momento de la muerte de Segis.
Hay otra cosa que no me cuadra: ¿a santo de qué vas a citarlo en la obra donde trabajas para matarlo?
Sabemos que el segurata es un vago, pero podría haberte visto.
¿Por qué arriesgarse tanto? Te recuerdo que nosotros mismos conocimos a Jhon en la obra al día siguiente de la muerte de Segis.
—Eso es cierto. No tiene sentido.
—O es muy tonto o es todo lo contrario: tan confiado que pensó que, al situarse a sí mismo en el ojo del huracán, todos rechazaríamos su culpabilidad por demasiado evidente.
—Pausa. Unos segundos para sujetar las riendas de su razonamiento.
Nuevo cigarrillo. Dos caladas largas—. Cosa muy distinta es que Segis viniera a Sevilla por otro motivo.
No digo que no lo citara Jhon, pero no para matarlo.
¿Y cuál es el móvil del noventa y nueve por ciento de los crímenes que se cometen en todo el mundo?
—El dinero. —Pilar no duda—. El poder.
—¡La pela, compañera, la pela! —Iván eufórico.
Otro par de caladas. El inspector apura el cigarrillo y lo aplasta en el cenicero desbordado. Se mira con disgusto los dedos tiznados de ceniza, se los frota sobre los pantalones. Pronto irán de cabeza al bombo de la ropa sucia. Dice:
—Resulta que, en un momento de lucidez o como quieras llamarlo, tú, Jhonatan Domínguez Roldán, caes en la cuenta de que puede resultar más rentable apretarle las tuercas a Segis que mancharte las manos con su sangre.
Serás muchas cosas, un fiestero, un camello de tres al cuarto, pero un asesinato te supondría cruzar la frontera al país de no volverás.
Además, quizás por esas locas reglas de la atracción, que no hay quien las entienda, te la pone dura un gay reprimido como Segis.
—Retorcido, pero podría ser. Por eso quedaron en Vejer el 30 de marzo. A lo mejor, hasta se lo montaron los tres, Alberto, Jhon y Segis.
—Qué lista eres.
—Paso de ti. Sigue.
—Entonces, le dices a tu churri homófobo y fundamentalista religioso que, o te da pasta o vas a la policía y lo cuentas todo. Y, ahora sí, organizas la entrega del dinero en un lugar familiar, en la obra.
—Suena forzado.
—Estoy pensando en voz alta. Las opciones se multiplican. Estamos entrando de lleno en la mera especulación.
—Más bien, en la ficción.
—Como quieras. Imagina que Segis no hubiera podido conseguir la cantidad que tú, Jhon, le estás pidiendo. O que solo tienes una parte.
—Pero como yo soy Pilar, lo mejor que puedo hacer es rastrear los movimientos de sus cuentas.
—Mi hacker favorita.
—Simple aficionada... pero tomo nota del halago. A ver qué puedo hacer.
—Sigo: allí mismo, en la obra, discutís.
Que si dame el dinero, que si no lo tengo, que si a la poli vas, que si de verdad te lo juro que no tengo más, que si entonces me voy, y uno tira y el otro afloja y pim, pam, pim, pam, pim, pam, llegáis a las manos.
¡Pum! Una hostia, un empujón y allá que sale volando por la ventana tu amiguito Segis, la espalda reventada sobre los escombros, los sesos desparramados y el ojo ensartado en una gavilla de hierro. Un asco.
—Mucho elucubrar, aunque verosímil, no te lo voy a negar.
—Lo único seguro es que Jhon tiene que explicarnos demasiadas cosas si quiere que lo sigamos viendo como un pobre viudo inocente. La primera, la coincidencia con Segis el 30 de marzo en Vejer.
—La segunda, por qué te mintió. Segis y él se conocían.
Silencio. Ambos se oyen respirar. Iván no puede menos de agradecer la actitud de Pilar. La profesional y la personal. Dice:
—Me estoy acordando de algo que me dijo la otra noche un tipo que conocí en Torremolinos.
—Un leve rubor aflora en su gesto al recordar el desastroso fin de semana—.
En general, para resolver un problema, sea cual sea, uno tiene que enfocarse primero en lo más evidente.
Después, si eso falla, buscas en otro sitio.
—Ley de Pareto. El ochenta por ciento de los fallos se producen por el veinte por ciento de las causas.
—Empollona, pero eficaz, subinspectora.
—Que te den, inspector.
—A ver si me va a gustar, querida.
—Déjate de chistes fáciles, que no estoy de humor.
Tú también tienes muchas cosas que explicar —Pilar rotunda y grave—, pero prefiero esperar a que terminemos de resolver este lío.
Aunque me cuesta encontrarlo detrás de tus ojeras y de tu aliento cargado de vodka, creo que sigues siendo un buen poli.
—Te agradezco el detalle.
Ella responde con un suspiro largo.
—Una cosa más —continúa el inspector—: en principio, nadie en su familia conocía nada de la cita de Segis con Jhon en Sevilla. Ni su padre ni su madre ni su mujer. Pero me da a mí que en esa familia saben más de lo que cuentan. Como eso del versículo de los cojones.
—Verás, resulta que, tras darme el señor Segismundo esa lección de teología básica, por llamarlo de algún modo, es va tancar en banda y ya no quiso seguir hablando del tema.
Intenté por activa y por pasiva que me explicara algo más sobre el tatuaje, pero nada.
No había más que rascar. Así que le di las gracias y colgué.
Iván se sonríe. Reconoce el entusiasmo de Pilar no solo por el tono animado de su voz, sino también en los catalanismos. Se le disparan al compás de su emoción.
—Gracias, compañera.
Ella ya ha colgado.