26. Martes por la noche
Martes por la noche
La doctora los invita a una cerveza antes de volver a Sevilla.
No ha comido nada en todo el día y, ya que están aquí, propone, ella conoce una tasquita muy cerca donde ponen un chicharrón, unas gambas y un atún encebollado para chillarles.
Nuria no se lava las manos al salir del IML, pero Iván dice que sí.
Tiene hambre atrasada y, sobre todo, después de casi dos horas encerrados en la sala de autopsias —el olor, ese olor impregnado en la ropa, en la piel, en la pituitaria, en las sienes— el cuerpo le está pidiendo a gritos una cerveza helada.
Pilar, sin embargo, declina la invitación, la esperan en casa para cenar.
Ni es capaz de ocultar su desgana ni puede ocultar el brillo triste que ha florecido en sus ojos de un tiempo a esta parte. Miente. Iván prefiere no insistir.
Efectivamente, el chicharrón y el atún y las gambas están de escándalo.
Y las tres cervezas, heladas. Y la botella de manzanilla, espectacular.
Y el local donde dan cuenta de varios vodkas cortitos con tónica tiene una decoración sobria, un ambiente casero, como de barrio, con chicas y chicos a juego, guapos, pero sin estridencias.
Tanto Nuria como Iván tardan poco en hincarles las miradas.
Furtivas al principio, más directas cuando el alcohol hace de las suyas, descaradas cuando la doctora pone sobre la mesa la bolsita con el mágico polvo blanco.
—Bueno, ¿qué? —pregunta al volver del baño. Se ha metido la tercera raya y deposita la bolsita ya sin disimulo en la mano abierta de Iván—. Vamos a algún sitio, ¿no?
—Esto ya es un sitio. —Iván, sorprendido.
—No tengo ningún inconveniente en follar en público, inspector, pero no estás tú para más líos.
—Sé de un hotel donde nos harían un buen precio. —Iván, sonriente, con cara de pez alado—. Aunque lo más probable es que no les haga mucha gracia.
Casi no ha terminado la frase cuando la doctora se pone de pie, lo empuja contra una pared y comienza a besarle con una total ausencia de pudor. Al inspector y al resto de los clientes les pilla por sorpresa. Luego lo arrastra por la mano hasta su coche.
Esto es una auténtica locura. Lo sabe. Por la situación, por el momento, por el lugar, por Nuria, por su colocón, por todo.
Y, al mismo tiempo, y a pesar de todo ello, a Iván le encanta.
No es la primera vez que se acuesta con una mujer desde su divorcio, pero tampoco algo habitual.
Nunca ha necesitado preguntarse si es homosexual, bisexual, o cualquiera de las nuevas etiquetas de moda y de las que nunca termina de enterarse.
Lo único que sabe a ciencia cierta es que, sobre todo, le gusta montárselo con tíos, lo cual no quiere decir que no disfrute también con las tías.
Pero Nuria no deja de ser una compañera de trabajo. Y ahí sí ve un problema. Pero, en fin.
Tan es así que, durante la media hora en coche hasta el hotel, Iván nota los esfuerzos que hacen los dos por sacar temas de conversación ajenos al trabajo.
Apenas se conocen fuera de la sala de autopsias.
El único momento más o menos divertido es cuando ella menciona el incidente de esa misma mañana en la radio.
(¿De verdad ha ocurrido hoy? ¿Tan largo está siendo el día?).
Nuria coincide con él en que la Candau no solo es una gilipollas integral, sino que, además, sus comentarios muchas veces rayan la homofobia, la xenofobia, el machismo y la misoginia.
Entiende el suplicio de verse obligado a trabajar con una retrógrada fascista de tal calibre, aunque solo sea una hora a la semana.
De ahí saltan al asunto de mayor actualidad mediática.
Grego, el primer jugador de la primera división española de fútbol que ha salido del armario.
—Que sí, que sí, que nos creemos muy modernos, pero que en la liga juegan casi quinientos futbolistas en primera, ¿y solo va a haber uno gay? ¿Eso quién se lo cree?
—Al menos —responde Nuria con cierto aire paternalista—, piensa en la cantidad de chavales que van a ver en él un referente.
—¡Por los cojones! El pobre hombre ha salido del armario ahora que su carrera está a punto de irse al carajo. Ese es ya carne de realities , ya lo verás.
Nuria, las manos al volante, le dirige una mirada compasiva que Iván prefiere esquivar sin más.
Después, silencio hasta que llegan al Sacramento Vejer.
El inspector se entretiene con su Instagram, que no ha vuelto a ojear desde que perdiera el móvil.
El domingo por la tarde llegó la respuesta de Rodrigo a su DM: «A mí también me gustaría, pero no sé si estoy preparado aún.
Tengo que pensarlo». Joder, han pasado dos días y él no le ha contestado.
El mensaje le ha dejado perplejo. No lo entiende del todo.
Lo tiene que releer varias veces. ¿Le está confesando Rodrigo que lo que siente por él va más allá de la camaradería universitaria?
¿Que aquellos tonteos significaron algo más, como lo significaron para él?
Si es así, le asaltan de inmediato varias dudas.
La primera es por qué Rodrigo tiene que prepararse antes de verse, cuál es esa herida antigua que todavía supura entre ellos.
La segunda: ¿cuándo se produjo? ¿Antes de que Rodrigo se marchase a Londres, en esas tres o cuatro noches de fiesta en las que casi terminan en la cama, pero, por miedo o por vergüenza ninguno de los dos se atrevió a dar el paso, o tal vez cuando ya Iván paseaba de la mano de Alicia por la facultad de Derecho, o quizás después, cuando el tiempo y la distancia cubrieron con un velo cada vez más opaco su relación de amistad, su intimidad y sus recuerdos?
Y una tercera duda que, en el fondo, Iván sabe que es más bien una certeza: ¿Por qué él no ha sido consciente de dicha herida?
, ¿quizás porque ha estado demasiado ocupado intentando suturar las suyas propias?
—Hazte una mientras aparco el coche, que te está dando el bajón. —Nuria interrumpe sus pensamientos.
Antes de meter a su viejo amigo otra vez entre paréntesis, le envía su número de teléfono por DM.
Efectivamente, tan solo necesita poner la placa sobre el mostrador de la recepción para que las puertas del Sacramento Vejer se les abran de par en par.
Con la diligencia de un pequinés y los aspavientos de un mago de feria el recepcionista le ofrece la, oh, casualidad, única habitación disponible.
No saben, ni el señor inspector ni su acompañante, la enorme suerte que tienen de que hace solo unos minutos una pareja de turistas alemanes haya anulado una reserva.
Otra marca de la casa: la blanca, brillante y alineada sonrisa del recepcionista.
Quizás sea esto, el recuerdo de otras sonrisas idénticas, lo que lleva a Iván a decir:
—Disculpa, guapetón. —Énfasis en el adjetivo—.
Necesito, por favor, el libro de registro del hotel entre enero y mayo de este año.
—Pausa. La callada y la desazón por respuesta—.
Podría solicitar una orden al juez, pero si me haces el favor nos ahorramos mucha burocracia y algún disgusto.
Hablamos de meses de temporada baja, serán un par de folios como mucho.
Tampoco merece la pena molestar a tu jefe, Javier, ni al jefe de tu jefe, Miguel.
—Sonrisa, guiño de ojo—. Además de guapo tienes cara de listo, seguro que sabes que hacerle un favor a un inspector de policía te da puntos. ¿Verdad, doctora?
—Indudablemente. Eso lo sabe todo el mundo. —Nuria está a punto de soltar una carcajada—. Hasta los más guapos.
Iván y Nuria redondean la solicitud con una botella de vodka, latas de tónica para él y zumo de naranja para ella.
El joven hará todo lo que pueda para satisfacer al inspector.
Solo tiene que concederle unos minutos, les dice, el tiempo que tarden ellos en ponerse cómodos en la habitación.
No tienen nada de que preocuparse: aunque en breve termina su turno —pausa.
Mirada larga. Sonrisa ladeada—, él se encargará personalmente.
La habitación no es la suite del Sacramento Torremolinos, pero es igual de espléndida y espaciosa.
El recepcionista les ha dado la habitación para vips, de urgencia, que es con toda probabilidad la misma que los jefes se reservan para sus visitas sorpresa.
Mientras se desnudan, Iván imagina al chaval con la mano sobre el teléfono de la recepción: to be or not to be , me quiere o no me quiere, joder, qué puta mala suerte la mía, con lo tranquila que estaba la noche, y justo ahora que estoy a punto de terminar mi turno.
Llamo a mis jefes o no los llamo. Subo a la habitación con estos dos o no subo...
Un par de rayas y un polvo —no tan salvaje como esperaban, pero más cariñoso de lo que ninguno, sobre todo el inspector, se atreverá después a confesar—, y Nuria se queda dormida al instante.
Qué facilidad. Iván empieza a lamentar otra noche de insomnio químico cuando llaman a la puerta.
Un toque sordo y prudente. Abre con los calzoncillos del revés, las costuras vistas, procurando en el camino no tropezar con la mesilla de noche, con una silla, con la ropa desperdigada por la moqueta.
Repara fugazmente en la falange ausente en su pie izquierdo y, de manera involuntaria, encoge los otros cuatro dedos antes de abrir la puerta.
El recepcionista de la sonrisa perfecta lleva en una mano una bandeja con las bebidas y en la otra un sobre con el pez alado, azul y blanco, impreso en el remite y dos folios a doble cara en su interior.
Iván arrincona los efectos de las drogas y del alcohol.
Dos registros confirman sus sospechas: el 30 de marzo, Jhon Domínguez Roldán se alojó en la habitación 101.
El mismo día, Segismundo Heredia Romero, en la 106.
Eufórico, Iván se da la vuelta para despertar a Nuria y contarle su hallazgo.
No hace falta. La doctora ya ha salido de la cama.
Desnuda como una Venus morena y presumiendo de unos tatuajes que, como le había dicho a Iván, son preciosos. Con voz ondulante y melosa, dice:
—Iván, deja eso para mañana y vámonos a la cama, que nuestro amigo se nos va a aburrir. —Nuria toma la mano del recepcionista—. Terminaste el turno, ¿no?
—Sí.
—Ven, que te vamos a hacer ganar un buen puñado de puntos extras.
Nuria le da un beso largo y apasionado, ante la mirada divertida de Iván, que se aprieta a ellos.
Después, Nuria lo besa a él y los tres se meten en la cama.
La puerta se ha quedado abierta. Poco a poco, con la misma cadencia sensual y silenciosa de ellos, se va cerrando hasta que el pomo hace clic.