27. Martes por la tarde
Martes por la tarde
Otra vez ese olor. A qué coño se deberá que todas las salas de autopsia huelan a esta mezcla húmeda y metálica de zotal, formol y, claro, cojones, a muerto.
Con todo lo que ha avanzado la medicina en trasplantes imposibles, erradicación de pandemias globales en tiempo récord, terapias genéticas, cronificación del VIH...
y todavía no sabemos extirpar el olor a muerto.
Un olor que, ella misma lo reconoce, a la doctora Isla no solo no le molesta, sino que hasta tiene un puntito.
Un puntito, dice, será... Ten en cuenta, añade, que este olor paga mis vicios, querido...
La encuentran volcada —literalmente— sobre el cadáver en la mesa de autopsias. La imagen resulta un tanto obscena. Sutura con la mano derecha una incisión longitudinal en el tórax. En la izquierda sostiene un cigarrillo consumido. Dice:
—Pasad, pasad, casi he terminado de cerrar la cremallera del peluche este.
Las fotografías que Diosdado les ha mostrado esta mañana se quedan cortas.
El cuerpo tiene el aspecto de una babosa gigante, una amalgama de bultos gelatinosos a punto de desparramarse por los bordes de la mesa.
Un muñeco Michelin de tonos violáceos, rosas y grises.
Con una cabeza deforme y de proporciones traumáticas, en la que destacan las cuencas hundidas y vacías de los ojos.
Pese a todo, el difunto parece mantener una mirada sosegada y perdida.
Iván no puede reprimir un pensamiento: ¿qué habrá sido lo último que han visto esos ojos?
—Mirad qué ricura —tono de guasa de la doctora—: está saponificado.
—El jefe ha utilizado esa palabra, pero no sabemos qué quiere decir.
—Valientes policías de chichinabo estáis hechos.
—A decir verdad, yo algo sí sé, aunque no mucho —Pilar muy despacio, como rumiando las palabras—. Creo que se trata de un proceso químico por el que la grasa se transforma en una materia parecida al jabón, de ahí su nombre.
—¡Bingo! ¡Una muñeca chochona para la señorita! ¿Ves, inspector, cómo yo tenía razón? Tú eres el guapo y tu subinspectora, la lista.
—Me lo tomaré como un halago —contesta Pilar. Sonrisa esquinada.
—Querida, tú también estás cañón. Si se diera el caso, ojalá, me sería imposible decidir con cuál de los dos quedarme. ¡No sé por qué coño siempre tenemos que estar eligiendo todo en esta vida! Hombre-mujer, Izquierda-Derecha, Madrid-Barcelona, Sevilla-Betis, Macarena-Triana...
Un ataque de risa aborta su propia retahíla de binomios.
Los otros dos la miran con una mezcla de estupor y de agradecimiento.
Esa risa acaba de convertir la sala de autopsias en algo distinto a una sala de autopsias.
La doctora tira el cigarrillo al suelo, pisa la colilla, clava el dedo índice de una mano en el pecho de Iván. Añade:
—He dicho eso para no herir el orgullo de este machote.
—¿Quieres hacer el favor de centrarte y continuar? —Iván está más incómodo por la ausencia de guantes de látex en el dedo de Nuria que por su comentario.
—Pues eso, pesado, que el cuerpo, al haber estado sumergido en el agua, se ha saponificado.
Al contrario de lo que vemos en muchas películas y series policíacas, si eres un asesino y lo que buscas es deshacerte del cadáver y que los maderos listos como vosotros tardéis en identificarlo, sumergirlo en el agua es la peor de las ocurrencias, porque puede producirse justo el efecto contrario.
—Nuria pellizca los carrillos del muerto, tira a izquierda y derecha y luego hacia arriba; son como arcilla o plastilina, vuelven a su posición inicial lentamente—.
Es un proceso parecido a la momificación. ¡Mira cómo sonríe este muchachote!
—¡Joder, Nuria, para ya!
Casi al unísono, desaparece la sonrisa de la cara de la doctora y de la cara del muerto. Nuria enciende otro cigarrillo (sus dedos desnudos rozan sus labios. Iván sufre lo indecible para disimular una mueca de asco), da un par de caladas y, algo más seria, continúa:
—A este pobre le dieron un buen porrazo en la cabeza, ¿veis?
Tiene astillados el hueso frontal, el temporal y el cigomático (el pómulo, para que nos entendamos).
Sin embargo, esa no fue la causa de la muerte.
No me apetece reabrir la cremallera, queridos, vais a tener que confiar en mí: ciertos signos en los pulmones, como edemas, desgarros capilares y ruptura de los tabiques entre los alvéolos, me llevan a asegurar con un noventa y nueve por ciento, que nuestro peluche murió ahogado.
—O sea, que quien lo hizo era muy torpe o muy hijo de puta.
—O las dos cosas: quienquiera que fuera le partió la cabeza con un objeto contundente, lo tiró a la arqueta dándolo por muerto, cerró la tapa y se fue a seguir con su vida tranquilamente.
—Mejor ni te pregunto si estaba consciente cuando lo tiraron a la arqueta...
—Viendo cómo tiene los nudillos y los dedos, desgarrados de golpear y de arañar la tapadera de la arqueta, me cabe poca duda.
— Quina angoixa! —exclama Pilar—. No puedo ni imaginar lo que debió de sufrir allí dentro.
—¿Angustia? —pregunta Nuria, no por aclarar la exclamación—.
Espera a oír una sospecha que me ronda la cabeza.
—La doctora apaga el cigarrillo y tira nuevamente la colilla al suelo.
Mañana, muy temprano, la persona de la limpieza escupirá, blasfemará y se cagará sobre todo el árbol genealógico de la Isla—.
Las marcas en las extremidades y en otras partes blandas del cuerpo, así como la preciosa mirada hueca de este joven, se deben, con casi toda seguridad, a que este muñeco no era el único ser vivo dentro de la arqueta.
—¿Te refieres a...?
—Ratas. Otro noventa y nueve por ciento.
—Anota el cien. Hemos visto las heces.
—Yo también, claro, pero prefiero dejar algo de margen a la duda. Las buenas forenses nunca damos nada por sentado.
Silencio necesario. Iván, porque la sentencia de la doctora le recuerda que, pese a todo, ella es muy buena en lo suyo. Pero la forense no está dispuesta a respetar este silencio:
—Bueno, chicos, no os pongáis melancólicos, que todavía falta lo más importante.
—No me digas que hay más.
—Yo siempre tengo más, querido. Soy una profesional. Me gusta llegar hasta el final, no sé si me explico.
—Nuria, por favor...
—Qué serios os ponéis, coño, que un muerto es solo un muerto.
—Sí, y dos muertos son dos, venga, abrevia.
Nuria enciende otro cigarrillo con lentitud suficiente para enervar a Iván antes de continuar:
—Con la saponificación, las huellas dactilares se conservan más tiempo que en la descomposición habitual. No ha sido muy difícil obtenerlas. Las metí en el registro y ¡bingo! El peluche se llama Alberto Padilla Burgos. Habría cumplido los veinticinco hace dos semanas.
—Solo nos faltaba tu confirmación —suelta Iván de corrido y paladeando la victoria en cada palabra—. Desapareció en marzo.
—¡Coño! ¡Y yo que me había hecho ilusiones de quitaros el puesto de polis guapos y listos! ¿Qué más sabéis?
—Dame un segundo y te cuento —murmura Pilar, quien, con un inesperado aire de suficiencia, teclea con agilidad felina en su móvil. Dice:
—Alberto Padilla Burgos. Nacido en Barbate, Cádiz, el quince de junio de 1998.
Hijo de agricultores, sin embargo, siempre renegó del campo.
De profesión, chapuzas, aunque le pegaba más la de buscavidas.
No llegó a terminar la ESO. Tenía un completo historial de hurtos, trapicheo, incluso un par de atracos a gasolineras.
Poca cosa, hasta que hace cinco años se cruzó con uno de los peces gordos del Estrecho y el muchacho se nos vino arriba.
A todos estos listos les pasa lo mismo. En cuanto pueden pagarse un coche nuevo, una caja de Moët & Chandon y un polvo con una concursante de La isla de las tentaciones o un tronista de Mujeres, hombres y viceversa , se creen también peces gordos.
Qué equivocados están. Su caída fue tan meteórica como su ascenso.
A partir de cierto momento, más o menos a principios del año pasado, nadie sabe muy bien por qué, el chaval cayó en desgracia.
Hay un parte de lesiones y un ingreso hospitalario en el mes de febrero.
Politraumatismo y pérdida de la visión en el ojo derecho.
Alberto argumentó que se había caído de la moto de un amigo, pero el médico que le atendió consignó en el informe sus sólidas sospechas de que había sido una paliza brutal. Pero como no hubo denuncia...
—Si os fijáis, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí —confirma la forense al tiempo que toca con el dedo índice una ceja, la nariz, la barbilla, el antebrazo izquierdo, el abdomen y la rodilla derecha del cadáver— aún se observan cicatrices.
Y en las radiografías se pueden ver con nitidez cristalina varios huesos soldados.
Todo muy reciente. Meses. O vuestro amigo se acababa de meter a boxeador o en algún momento del año pasado le dieron una buena.
—Al noventa y nueve por ciento, lo segundo.
—Guiño de Pilar a la doctora—. A partir de ese momento, el pobre dejó de buscarse problemas y entró a trabajar como jefe de mantenimiento en el hotel Sacramento Vejer.
Al parecer, la muerte de Quino lo hundió en una depresión, algo que Jhonatan, el tercer miembro de la trieja, no supo gestionar bien.
Se les vio discutir por ello. Y en el mes de marzo, como sabéis, su familia notificó que había desaparecido sin dejar rastro cuando volvía del trabajo. Los problemas lo buscaron a él.
—Y lo encontraron, vaya que sí —matiza el inspector—. El que nace lechón...
—Habla la voz de la experiencia.
—Eres agotadora, Nuria.
—Eso dicen mis amantes. ¿Los tuyos también?
—Y siempre la última palabra.
—¿Verdad?