28. Martes al mediodía #2
—Veréis —empieza—, yo acababa de dar el primer pase de la noche, entre el turno de cena de los extranjeros y el de los españoles.
Ya sabéis que los guiris cenan a la hora de nuestra merienda.
Me habían salido un par de playbacks y un monólogo para tirar cohetes y, en los postres, me paseé entre las mesas para saludar.
El público estaba encantado conmigo, tengo que decirlo.
En una de las mesas había un viejo conocido con sus amigos, el Ricky.
Nos dijimos hola y él se deshizo en elogios.
Que qué bien lo había hecho, que qué divertido, que cada vez interpreto mejor...
En fin, que me di cuenta enseguida de que estaba eufórico, demasiado eufórico, no sé si me explico...
Ya sabéis... Coño, que iba puesto hasta las cejas.
Total, que le pedí que me invitara a algo, que todavía me quedaba el segundo pase y yo ya estaba muerta.
Una ayudita siempre viene bien, ya me entendéis.
Y lo que os decía, como nos conocemos desde hace un montón de tiempo, me dijo que por supuesto, que nos fuéramos al baño.
Dicho y hecho. Nos vinimos para acá. Pero ¡había unas colas!
Y Ricky, para colmo, se estaba meando. Los nervios, las drogas, yo qué sé, que se estaba meando y se me puso la mar de pesado, que si hay que ver lo que tarda la gente, por favor, que si no puedo más, que si me lo hago encima...
Total, que se le ocurrió que aquí, detrás de los servicios, no nos iba a ver nadie.
Que solo iba a ser un minuto. Y, efectivamente, aquí no había ni Dios.
Me da a mí que ya conocía este sitio de antes, que este sabe más que siete.
Pero a lo que iba, que después de mear se hizo un par de rayas sobre la cartera.
En todo ese rato yo no paraba de decirle que aquí olía a perros muertos.
Como si se hubiera roto un bajante, pero peor, un olor muy fuerte, muy desagradable.
Y muy pegajoso. De esos olores que se te meten en la nariz y no hay manera de sacarlos.
Lo peor llegó cuando me di cuenta de que, como los aspersores habían saltado un rato antes, la tierra estaba húmeda y que los tacones se estaban clavando en el suelo.
Empecé a agobiarme. Por eso le dije que nos diéramos prisa.
Pero mira tú por dónde, al muchacho le dio por ponerse cariñoso.
Que ya le vale, coño, qué oportuno, ¿verdad?
En fin, qué le vamos a hacer, si una tiene el tirón que tiene con los tíos.
Os he dicho que nos conocemos desde hace tiempo, ¿verdad?
Sí, os lo he dicho. Pero, oye, que ni fuimos pareja ni nada, ¿eh?
Que estaba muy bueno y que el que tuvo retuvo, que nada más hay que verlo, pero que no, que nunca hemos tenido nada.
Pero, yo qué sé, en ese momento, qué queréis que os diga...
Pues eso, que, entre la coca y el morbo, me dejé llevar.
Vaya, que nos vinimos arriba. Empezamos a besarnos y a meternos mano.
Y aunque, no os voy a engañar, me lo estaba pasando de escándalo, el olor no se iba y el suelo enfangado me tenía loca.
Sentía como si me quisiera chupar. Ahora que ha pasado todo, no hago más que repetirme que hay que ver qué mal fario, pero el domingo lo único que pensaba era qué bueno está el Ricky y lo bien que besa.
Hasta que uno de los tacones se me quedó atrapado, más que atrapado, enganchado.
Le dije a Ricky que parase y a él, claro, le sentó fatal que le cortara el rollo, pero es que ¡del esfuerzo me había quedado descalza!
Así que lo aparté un poco y encendí la linterna del móvil, y es entonces cuando vi que estábamos sobre esta tapa metálica y que no nos habíamos dado cuenta porque estaba cubierta por el barro.
En fin, que intentamos tirar del tacón, pero no sé cómo coño se había metido por la rendija de la tapa.
Y para no cargárnoslo —porque otra cosa no, pero los tacones que yo gasto son de los buenos, que con la de horas que paso de pie y todo lo que bailo en el escenario, una no puede jugársela— le pedí a Ricky que me ayudara.
Y él, que es muy buen tío, y siempre ha estado ahí cuando lo he necesitado, metió las manos en el barro.
Fijaos si es bueno mi Ricky. Y así fue como dejó la tapa al descubierto.
Entonces empezó a tirar con fuerza para sacar el tacón, y fue como si hubiera hecho palanca, porque, de repente, la tapa se abrió de par en par...
¡y no os podéis ni imaginar la peste que salió de allí dentro!
Por poco no nos tira de espaldas. ¡Qué asco, por favor!
¡En mi vida había olido nada igual! Pero, con todo y con eso, Ricky no pudo evitar dirigir la luz de la linterna al interior y entonces vimos la zapatilla Nike, toda mugrienta.
Lo primero que pensé fue que alguien la había tirado allí dentro, pero Ricky alumbró un poco más al fondo y ya vimos que no, que allí estaba la zapatilla y el dueño de la zapatilla. Pobre chaval, de verdad. ¡Pobre chaval!
—Los clientes que estaban cenando en la terraza oyeron los gritos de Amancio y vinieron corriendo a ver qué pasaba.
—Javier, el director del hotel, toma el relevo de Lady GoGo, que ha empezado a sollozar—.
Yo estaba terminando de vestirme en mi habitación cuando me avisaron, apenas cinco minutos después.
Lo primero que hice, obviamente, fue llamar a la policía.
—¡Bien hecho! —dice Miguel. Su efusividad le saca los colores a su subordinado. Como por un hechizo, el conejito histérico se acaba de transformar en un pavo real.
El consejero delegado les cuenta que la chapa metálica donde el tacón de Lady GoGo se quedó atascada cubre una arqueta que, por lo que han averiguado después, fue en su momento un pozo ilegal, con cuya agua no potable regaban los jardines del hotel los primeros propietarios.
Cuando el pozo se secó, lo cegaron y lo reconvirtieron en una arqueta de regadío, aunque después instalaron los aspersores y el riego por goteo, por lo que la arqueta cayó en el olvido.
Ni el pozo ni la arqueta figuran en ningún plano ni inventario de la propiedad, por lo que parece, nadie sabía de su existencia.
—O, mejor dicho —puntualiza Miguel—: los actuales propietarios no sabíamos que eso estaba ahí.
Nadie nos lo había advertido. Hemos puesto el caso en manos de nuestros abogados para depurar cualquier responsabilidad.
Como comprenderéis, no podemos permitir que este desgraciado suceso le pase factura a la imagen impecable del negocio.
—¿Alguna idea de lo que pudo haberle ocurrido al fallecido? —Iván no está de humor para comentarios empalagosos y recitados en modo papagayo.
—¡Uy, no sé!
—Disculpa, Amancio, pero le preguntaba a Javier. —Tono dulce ante la congoja teatralizada de la drag —. Por las fotos, parece como si el cadáver llevara poco tiempo ahí.
—Yo tampoco sé nada —responde el gerente—.
Verás, soy nuevo aquí. Me contrataron a finales de mayo para la temporada alta.
Es verdad que, desde que llegué, un par de clientes se han quejado del mal olor, pero lo achaqué a la puesta a punto que hicimos antes de arrancar la temporada o a que se hubiera obstruido alguna cañería o un bajante, pero poco más.
—Una de nuestras prioridades es mantener nuestras instalaciones siempre en perfecto estado de revista —suelta Miguel. Un folleto publicitario.
—¿Puesta a punto?
—Sí, ya sabes —responde Javier—. Limpieza general, pintado de desconchones, reparación de humedades...
Aquí, en invierno, llueve a mares y hace un levante del demonio que, como te descuides, te lleva volando a Marruecos.
Y no se os olvide que estamos a pocos kilómetros del mar y en mitad del campo.
Lo que quiere decir que tenemos, al mismo tiempo, salitre como para oxidar un portaaviones y bichos a paladas.
Desinsectamos y desratizamos todos los años, porque a nuestros clientes se les llena la boca con el ecologismo, el animalismo y todos los ismos que tú quieras, pero como les pique un mosquito o una arañita se ponen histéricos.
—¿Y quién hizo todos esos arreglos?
—Pues el propio Alberto, quién va a ser.
Silencio grupal. El consejero delegado se apresura a destensar, verbalizando un pensamiento compartido:
—Y nosotros, que pensábamos que se había quitado de en medio por algún marrón de los suyos, y resulta que todo este tiempo estaba aquí mismo.
Iván se agacha para observar con detenimiento la cavidad de la arqueta. Aunque el fondo está seco, aún se aprecian manchas de humedad. En un rincón se agrupan unos pequeños cilindros de una materia de color gris oscuro y brillante.
—¿Y dices que desratizáis todos los años?
De camino al coche, y antes de decirse adiós, Miguel le ruega a Iván —encarecidamente, le dice— que, tan pronto como confirmen que se trata de Alberto, por favor se lo comunique, que le gustaría tener el detalle de decírselo él personalmente a la familia.
En este hotel, añade, ya te habrás dado cuenta de que somos eso: como una gran familia.
—Mira, Miguel, déjanos hacer nuestro trabajo. Por favor, Pilar, arranca y vámonos de aquí. No puedo más con este calor.
Todavía le da tiempo a ver por el retrovisor la estúpida sonrisa, perfectamente blanca y simétrica de Miguel, acompañando a su estúpida mano, mientras dibuja en el aire un cumplido gesto de despedida. Estúpido.