Manual para construir un infierno 28. Martes al mediodía
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28. Martes al mediodía

Martes al mediodía

Marca de la casa. Eso de los emplazamientos elevados.

Tanto si el número de estrellas es uno como si son cinco, el hotel siempre está en alto.

En una loma, en el caso de Vejer. Un mamotreto rectangular de dos plantas a razón de veinte habitaciones por planta, con piscina y un par de hectáreas de jardines que, cuando se construyó allá por los ochenta, debió de ser el no va más de la modernidad, pero que ha envejecido mal.

Su actual propietaria, la cadena Sacramento, ha hecho algo por actualizarlo, pero en el fondo no es más que un lavado de cara.

De donde no hay no se puede sacar. Lo que no se puede negar es su valor como atalaya: unas amplias vistas a la inmensidad de un valle entre lomas suaves, un mar infinito de matorrales bajos verduzcos y ocres, y algún que otro acebuche espontáneo.

Al fondo, detrás del lienzo del horizonte, se intuye el aroma salado y azul marino del Atlántico.

Al hotel se accede por un carril de tierra que asciende zigzagueante y polvoroso, una docena de curvas cerradas que, cuando cae la noche, suponen tal desafío que muchos inquilinos prefieren no bajar al pueblo con tal de no tener que subir después.

Por ello, y para proporcionar una estancia lo más placentera posible, el hotel ofrece una amplia carta de servicios y actividades a disposición de su selecta clientela.

Pagando, claro está, pero ¿qué coño? Las vacaciones son las vacaciones, y quién no se las merece después de un largo y crudo invierno dando el callo...

El calor es el culpable de que, más o menos, esta haya sido la reflexión masiva del español medio este verano.

Desde hace semanas no hay ni una habitación disponible en el Sacramento ni en ningún otro hotel de la comarca, y ya no la habrá hasta bien entrado el otoño.

Las pocas cancelaciones se cubren a toda velocidad y a precio de un Tàpies o de un Barceló.

A diario, las colas para cenar en una de las cotizadas mesas de la terraza —donde, como anuncia el folleto distribuido en las agencias de viajes gay-friendly , las vistas son un sueño hecho realidad, un arcoíris noche y día para tu disfrute y el de tu chica, chico o chique— arrancan en la puerta del restaurante y llegan hasta la recepción del hotel y más allá.

Por ello, la idea de contratar a una divertidísima, reconocidísima y recauchutadísima drag queen para amenizar las hasta dos horas de espera ha sido todo un acierto que incluso les ha hecho merecedores de un par de reseñas en los diarios locales y un completo reportaje en Andalucía Directo , uno de los buques insignia de la parrilla de Canal Sur Televisión de mayor audiencia. La nuestra. ¿La de quién?

Sin embargo, para los próximos fines de semana, el director del Sacramento Vejer se ha visto obligado a sustituir a Lady GoGo, así se llama la drag , por otra de menor reputación y, todo hay que decirlo, con mucha menos gracia, pero qué remedio.

Si la policía no la hubiera citado, Lady GoGo, cuyo nombre real es Amancio Ortega, no habría vuelto a poner un pie en el hotel ni por todo el oro del mundo.

—Mire usted, inspector, Iván me ha dicho que se llama, ¿verdad? Mire usted, Iván, bastante tengo yo que aguantar todas las noches como para, encima, llevarme el disgusto que me llevé el domingo.

—Te comprendo perfectamente, Amancio. —El inspector posa una mano cálida sobre el hombro de la drag.

Lleva puestos unos sencillos vaqueros de pitillo rasgados en las rodillas y una camiseta blanca muy pegada al cuerpo que le marca las costillas y los omóplatos.

Iván nota, a través del fino algodón, una delgadez extrema que raya en la anorexia.

Puede hacerse una idea de los exóticos modelos en los que se embute todas las noches—.

Y, si no tienes inconveniente, vamos a tutearnos.

—Te lo agradezco. —Infalible. Un brillo atraviesa como un relámpago la mirada de Amancio. Iván acaba de metérselo en el bolsillo.

Pilar e Iván se han citado con Amancio, alias Lady GoGo, y con el gerente del hotel en el hall a las tres de la tarde, hora en la que los aires acondicionados no dan más de sí.

Han llegado con media hora de retraso por culpa del tráfico, y eso que solo han parado unos minutos para llenar el depósito y comprar unas cocacolas y unos sándwiches de gasolinera.

Estrechan la mano del gerente, un tipo en la treintena llamado Javier Cadaval, alto, desgarbado, con un traje dos tallas menos que la que le corresponde, cara redonda y mofletes de lactante.

Iván se seca la suya en el pantalón. Pero no son las manos lo único que le suda al muchacho.

Dos cercos del tamaño de una torta de aceite, pero con olor a cebolla, adornan sus axilas.

El pobre, además, está colorado. Y más que se pone cuando aparece por la puerta automática del hotel Miguel Marín, el consejero delegado de SurConEd, la ficha roja del parchís de Torremolinos.

Con él entra también una ventolera caliente y húmeda que, por lo menos, enjuaga el olor a sudor.

—Perdón por el retraso, no os podéis ni imaginar cómo estaba de coches la salida de Torroles. —Miguel se lanza con efusividad y excesiva familiaridad a las manos de Pilar e Iván—. Si no fuera por las circunstancias, os diría que me alegro mucho de volver a veros tan pronto. Bienvenidos.

—No sabíamos que venías. —Iván derrama la mirada por su holgada camisa de estampados vertiginosos e indefinidos. En Torremolinos iba más ajustado. Esta debe de ser su interpretación personal del estilo country chic.

—En cuanto el gerente —Miguel señala a Javier— me llamó para decirme que habíais quedado, me organicé para acompañaros.

—No era necesario —contesta Pilar—, pero gracias.

—Qué menos. He de deciros que me extrañó un poco, sobre todo porque vuestros compañeros ya estuvieron aquí el domingo por la noche y ayer lunes para llevarse el cuerpo y todo lo demás.

—Pilar e Iván se miran y articulan al unísono un leve gesto de asentimiento y reconocimiento—.

Hicieron un montón de fotos y recogieron pruebas.

Ya sabéis, colillas y esas cosas. También vino la forense...

¿cómo se llama? La doctora que levantó el cadáver.

—Nuria Isla.

—Exacto. ¿Se sabe ya algo de la autopsia?

—No podemos darte ninguna información. —Iván ha sonado seco adrede. A ver si así frena la verborrea del consejero delegado.

—Lo entiendo, pero, al menos, me podrás confirmar que se trata de Alberto. —Evidentemente, no lo ha logrado.

—¡Qué calor! —exclama Amancio-Lady GoGo—. ¿Podemos terminar con esto, por favor?

Miguel da la callada por respuesta y los cinco se dirigen al lugar donde, dos noches atrás, Lady GoGo encontró el cuerpo, una arqueta a los pies del muro trasero de los aseos de la terraza del hotel.

Los más rezagados, Pilar y Javier. El gerente desliza un dedo entre la camisa y el cuello, como si de repente la prenda hubiera encogido o él engordado.

Anda a saltitos, un conejito nervioso a los talones de su jefe.

Miguel Marín no se separa de Iván, sometiéndolo a un marcaje que está poniendo al inspector de mala hostia.

La drag encabeza la marcha. Pese al calor del que tanto se queja, está encantada de protagonizar el desfile. Se gusta mientras narra lo sucedido.