Manual para construir un infierno 29. Martes por la mañana (más tarde)
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29. Martes por la mañana (más tarde)

Martes por la mañana (más tarde)

Por fin una tos ronca y grimosa atraviesa la puerta cerrada de su despacho. Iván no puede por menos de pensar en trompetas y en las trémulas murallas de Jericó y sonreírse.

—Eres un cobarde, cabrón —primera sorpresa: la voz del comisario suena arrastrada, sí, pero menos amenazadora de lo que esperaba—. Aquí escondido, como una rata.

—Buenos días, jefe. Yo también me alegro de verte.

—No me vas a vacilar más. —En su nuez se percibe un motor al ralentí.

—Solo pretendía ser educado.

—¡Que te calles, joder! Una palabra más y te juro que...

Hace más de dos décadas que se conocen. La frontera entre la amistad y el compañerismo se ha difuminado tanto como los dígitos de las tarjetas de crédito de Iván.

Ahora, sin embargo, Diosdado está dejando claro quién es el jefe.

Cuando el jefe abronca, Iván sabe que lo mejor que puede hacer es cerrar el pico.

—Y, ahora, dime, pedazo de cabrón. ¿Se puede saber en qué culo has metido tu teléfono? ¿Qué es toda esa mierda de que has pasado una mala noche? Como me entere de que has vuelto a las andadas, te juro que...

Y se hizo la luz. Y diluidas en su fulgor desaparecen de un plumazo todas las oscuras preocupaciones que Iván arrastraba hasta hace unos segundos como un fantasma sus cadenas.

Su alarma interna desciende del rojo al amarillo y del amarillo al verde.

Pilar, bendita Pilar, compañera y amiga.

Se ha quedado el cuento para sí. Bendita seas una vez y mil veces más, Pilar.

—Tienes razón, jefe, perdóname —su voz suena soleada—. Ya me conoces, soy un desastre. Me mangaron el teléfono en un despiste y...

—¡Tú lo que eres es un grandísimo hijo de la gran... —El motor pasa de cero a cien y las toses impiden al comisario rematar una de sus sentencias favoritas. Su cara arrugada como un clínex usado.

Iván espera a que el aire encuentre una rendija por donde colarse en la glotis del comisario.

—Otro cadáver en un hotel Sacramento —dice cuando lo consigue. Placer en la cara del comisario—. En Vejer.

—Alberto.

—La Isla todavía no lo ha confirmado, pero no creo que vaya a tener que esmerarse mucho. —Diosdado arroja dos fotografías sobre la mesa—. Espero que hayas desayunado.

—Joder. Qué asco.

—Y tanto. Como ves, el cadáver está hinchado como un globo y le faltan los ojos, pero las facciones están nítidas. Debe de hacer poco tiempo que murió. Quizás días.

—O que lo mataron —puntualiza Iván.

—Eso lo tendrá que decir ella. Ayer le pedí que se pusiera a disposición del IML de Cádiz. Allí están hasta las trancas de trabajo. No sé cuántos migrantes se han ahogado en esas playas en lo que llevamos de verano.

—A esos pobres no les dedicamos tanto tiempo ni esfuerzo.

—Ni falta que nos hace. Sintiéndolo mucho, ese no es nuestro negociado.

Un breve silencio incómodo y frío como el agua del Estrecho. Roto por el propio Diosdado:

—Lo primero que ha hecho la Isla en cuanto ha llegado esta mañana a Cádiz ha sido enviarme estas fotos por wasap.

—Me juego la placa a que ha adornado el wasap con un gif de coña.

—Has perdido tu placa tantas veces como el móvil, chaval. Pero sí. Un emoji babeando y una sola palabra: saponificación.

—¿Cómo?

—Mejor se lo preguntas tú. El juez ha dado la orden de levantar el cadáver, y ella ya debe de estar jugando a los médicos con él.

—Genio y figura —apunta el inspector.

—Nunca mejor dicho.

Iván gira las fotografías varias veces, primero una, luego otra, en horizontal y en vertical.

—¿Dónde estaba? No se ve con claridad.

—En una alberca o algún lugar así, no lo sé con exactitud. Ve tú y lo ves. Cuanto antes, mejor.

—Son un par de horas en coche. Si salgo ya, aún llego de día.

—El comisario Vélez está al tanto. Tienes vía libre. Llámalo si necesitas cualquier cosa.

—Bien, jefe. Todo atado. —Iván le da una palmadita en la espalda.

—No te vayas a pensar que se me ha olvidado lo cabronazo que eres. —El comisario sofoca un carraspeo—. Cógete a Pilar y os vais los dos cagando leches.

—¿Pilar viene conmigo?

—¿Algún proble...? —Las toses.

Este es el plan: en primer lugar, Vejer. De allí, bien entrada la tarde, al IML de Cádiz, donde se encontrarán con Nuria, la doctora forense. A la hora de la cena Pilar e Iván estarían de vuelta en casa. La teoría es fácil.

Vejer de la Frontera está, exactamente, a ciento sesenta y dos kilómetros de Sevilla.

Hasta hace dos décadas, se tardaban dos horas y media en recorrer esa distancia, pero desde que se construyó la autovía Jerez-Los Barrios, no solo se han recortado cuarenta y cinco minutos, sino que, además, el trazado ofrece uno de los paisajes más bonitos de la región.

Algo que, piensa Iván cuando están a media hora de Vejer, ayuda a que la subinspectora Ojeda afloje la soga con que lo viene asfixiando desde que han salido de la comisaría.

También el hecho de que en ningún momento se le ha pasado por la cabeza ocultarle que ha vuelto a las andadas —por utilizar la expresión de Diosdado, a quien sí le ha escamoteado, una vez más, ese pequeño detalle —.

Con ella no habría tenido sentido. Tomarla por tonta habría sido un grave error.

Toca ponerla al corriente de todo lo que ha averiguado. No hay perro que se resista a un hueso jugoso. Y el caso es un hueso difícil de roer, pero muy jugoso.

—Te he contado todo lo que sé, te lo prometo —le dice cuando concluye su relato—, incluyendo el hecho de que estoy convencido, al noventa y nueve coma nueve por ciento, de que el cadáver es el de Alberto.

—Tendría todo el sentido —confirma Pilar, pensando en voz alta, las manos al volante y los ojos en la carretera—, pero sigue faltándome un nexo más firme entre Quino, Alberto y Segis. Solo sabemos que los tres trabajaban para la misma empresa y que los dos últimos eran de Cádiz.

—Sí, pero de pueblos distintos. Ni siquiera sabemos si llegaron a coincidir en alguna obra. Por otro lado, Segis no era gay, que sepamos.

—Lo primero es fácil de averiguar, basta con ver los registros de personal de la empresa. Es muy probable que se conocieran, aunque solo fuera de vista. Sobre lo segundo...

—Eso déjamelo a mí —responde Iván, con una media sonrisa.

—Vale, pero me sigue pareciendo todo demasiado endeble. Tiene que haber algo más.

—Lo sé.

Iván se recuesta en el asiento y deja que su mirada se relaje en el paisaje a través de la ventanilla. La subinspectora Ojeda vuelve a estar de su parte. Y eso, además de no tener precio en el aspecto profesional, le supone seguridad y un impagable bienestar en lo personal.

—Gracias. Por esto y por todo lo demás, compañera.

—Tenemos una conversación pendiente. De momento, dame las gracias por lo que hay en la guantera.

Un iPhone. No es el último modelo, la pantalla está arañada y abollada como un mapamundi en relieve. Una de las cámaras traseras, tuerta. Pero menos es nada. Y la batería está al máximo.

—Cuando toque hablar de todo lo demás, puede que no te apetezca —dice Pilar, enigmática.

—¿El qué?

— Donar-me les gràcies .