Manual para construir un infierno 30. INTERLUDIO
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30. INTERLUDIO

INTERLUDIO

Aunque agotado por el esfuerzo y el dolor, se obliga a respirar hondo y calmarse, solo un poco, suficiente para calcular que del suelo al techo no debe de haber ni cuarenta centímetros y que por eso tiene que permanecer tumbado boca arriba, porque las veces que ha intentado sentarse ha golpeado el techo metálico con la frente y no ha podido flexionar las rodillas para plantar los pies y hacer palanca ni apoyarse en los codos para empujar arriba con las palmas de las manos, lo único que ha logrado ha sido desollarse los nudillos y astillarse varias uñas, y llorar y ahogarse y provocarse un ataque de ansiedad, por eso ahora extiende los brazos en perpendicular al cuerpo, los mueve arriba y abajo como una polilla atrapada en un cajón de chapa, sin bombilla contra la que golpearse, la oscuridad es boca de lobo, pero siente que no es de noche, todo a su alrededor quema: el aire que a duras penas consigue empujar hasta sus pulmones, el reguero de sangre seca y terrosa que baja por su frente y se hunde en el charco de agua sucia que cubre el suelo y que, en ocasiones, si se agita más de la cuenta, moja su cara y se infiltra en sus oídos, el olor a podrido y a verdina, a insectos rancios, a nidos y a pelos viejos, olor a muerte que le ha despertado hace un rato y que le ha hecho gritar y llorar y pedir auxilio, socorro, es que no hay nadie ahí, hasta desgañitarse, aunque con una frecuencia y una intensidad cada vez menores, la esperanza también hundiéndose poco a poco ante la inutilidad de sus esfuerzos, de sus gorgojos agónicos, por favor, que alguien me ayude, pero qué va, nadie le va a oír, nadie va a ayudarle, y por eso deja de revolverse, de cimbrearse, de menearse, solo queda esperar el final y esperar que llegue pronto, acabar con el sufrimiento, si al menos se le concediera ese último deseo, pero qué va, tampoco, porque algo le acaba de rozar el pie izquierdo, algo que al principio cree que es una ilusión, una falsa impresión, un espasmo quizás, hasta que lo siente en el pie derecho y rápidamente otra vez en el izquierdo, y esa sensación es suave y húmeda y caliente, como una manopla bajo la ducha, fru, fru, fru, flexiona y estira los dedos de los pies muy despacio, está a punto de reconocer esa textura, le parece familiar, le parece orgánica, le parece...

joder, algo le ha pinchado el dedo meñique del pie izquierdo, duele, reacciona dando una patada a la oscuridad, y siente que ha golpeado algo con la planta del pie, y a continuación escucha el chillido (los chillidos), y el terror le da un calambrazo que le recorre todo el cuerpo, y patalea y patalea y patalea, y trata de incorporarse y se destroza otra vez la frente contra el techo de chapa, y la cabeza rebota y se destroza la nuca y traga esa agua apestosa y caliente y tose y vomita y se disloca el hombro derecho, y llora de dolor, aunque sin lágrimas, se le han agotado, y llora hasta que vuelve a sentir el roce, ahora entre los dedos de la mano derecha, fru, fru, fru, y escucha más chillidos, más cerca de su oído derecho, y gira la cabeza y, sobre el fondo negro, ve dos puntos rojos brillantes y grita, trata de enfocar la mirada, pero siente ahora el pinchazo en el dorso de la mano izquierda, y se retuerce lo que puede, que no es mucho, y mira en esa dirección y son cuatro los puntos rojos brillantes y comienza a manotear sin control, y los puntos se apagan y él cierra los ojos y aprieta los párpados y más chillidos, y abre los ojos y ahí están otra vez, son seis, son ocho, son diez, y ahora un pinchazo en el pie derecho, y más roces en los pies y en las manos y por todos lados, en todas direcciones, fru, fru, fru, y patalea, y grita y patalea y grita y...

Silencio.

Cinco segundos. Diez segundos.

Como instrumentos de una orquesta afinando antes de que se abra el telón, comienza un chillido. Y luego otro. Y después otro. Y otro más. Y otro. Y detrás de cada chillido el chico encuentra unas fauces abiertas solo para él.

Y comienza el concierto.