31. Martes por la mañana
Martes por la mañana
Los ojos, dos persianas de esparto mojadas: pesados, llorosos, ingobernables. Se han despertado con criterio propio. Anuncian que hoy este negocio permanece cerrado al público.
Bla, bla, bla.
De un extremo al otro de la mesa del estudio, las palabras del presentador y de la periodista son un enjambre de pelotas de ping-pong .
Botan, vuelan, se cruzan, sobrepasan las líneas blancas del tablero, se lanzan kamikazes sobre la moqueta roja, ruedan y se esconden bajo los muebles, rebotan sobre el cristal de la pecera del control del estudio.
La mirada nublada de Iván no sabe dónde enfocar.
—¿Estamos un poco ausentes hoy, inspector, o me lo parece a mí?
—Disculpa, Isaac.
—Yo creo que nuestro famoso representante de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado aún no se ha recuperado del fin de semana. —La sonrisa esquinada de la Candau le provoca náuseas—. Su fama le precede, inspector De Pablos.
—Mujer, eso cómo va a ser —media el locutor—, si estamos ya a martes.
—¡Uy! Isaac, querido, a nuestra edad, las resacas duran más que las parejas modernas.
Bla, bla, bla.
Podría acallar en este instante a esta gilipollas.
Bastaría elevar el brazo derecho, extender la mano, colocarla plana sobre la nuca de la supuesta periodista, empujar con todas sus fuerzas (cierto, no son muchas, pero son suficientes), abrirle la frente con el borde de la mesa.
Esparcir sus sesos en un radio de uno o dos metros a la redonda.
Salpicar al locutor, al cristal de la pecera.
Adiós. Púdrete, perra. Podría hacerlo. ¿Por qué no?
—Hasta se le ha pegado el sol. Viene morenito.
—Achicharrado, más bien —matiza la Candau—. ¿A qué playa ha ido, De Pablos?
—Torremolinos, Candau, Torremolinos.
—¡Cómo no! Si es que la cabra tira al monte...
—Vamos, Lola, no abuses de su debilidad.
—Me limito a constatar una realidad; según tengo entendido, Torremolinos en verano es una sucursal de Sodoma y Gomorra. No cabe ni un gay más. Me han soplado que hasta Grego se ha dejado ver por allí estos días.
—Bueno, bueno, bueno. ¡Noticia bomba! ¿Es eso cierto? ¿Habrá coincidido allí nuestro inspector De Pablos con el futbolista de moda?
—Pues, ahora que lo dices, Isaac, creo que harían una pareja estupenda. El policía y el futbolista. Como el torero y la tonadillera. ¿Qué nos puedes decir al respecto, inspector? ¿Lo confirmas o lo desmientes?
No son los sesos, sino los auriculares los que Iván arroja sobre la mesa del estudio, mordiéndose la lengua para no mandarla al carajo.
Ni por mil millones de euros está dispuesto a seguir aguantando a la borde esta ni a este subnormal paternalista.
Se larga en dos zancadas, dejando el programa sin final y a ellos con, ahora sí, un motivo para atacarle.
Y aún falta el escrutinio de Diosdado. Por eso, antes de la más que probable monumental bronca de su jefe se pasa por el Cakes&Run.
Desayuno y, como extra, un poco de la especialidad de la casa, el buen rollo de Ramón y Felipe.
Pero qué equivocado vuelve a estar. Su mal día no ha hecho más que empezar.
Ramón está anotando una comanda cuando Iván entra por la puerta.
Le hace un gesto para que se siente a una de las mesas libres.
Espera, te atiendo enseguida. Pero hay algo.
Inexpresividad en su mirada. La frente arrugada, rigidez en sus labios, ni un hola.
Un témpano. Señales inequívocas. Hay algo.
Iván simula leer una carta de desayunos que conoce al dedillo.
—¿Lo de siempre?
—Antes dime qué está pasando aquí.
—Nada. —Ramón, un visible esfuerzo por mantener el tipo.
—No me tomes por tonto, que nos conocemos muy bien. ¿Os habéis peleado? Si es eso, estáis muy vistos...
—No nos hemos peleado. —Ramón gira sobre sus talones, se pierde en el interior de la cocina.
Al cabo de unos minutos vuelve a salir. Deposita en la mesa una bandeja con el desayuno de Iván. Los ojos húmedos y rojos.
—¿Qué te ha hecho esta vez el mamón este? ¡Felipe! —grita en dirección a la cocina—. ¡Sal de tu madriguera, ratita! Hay que ver, pelearos a estas alturas como dos adolescentes...
—No está. Se ha tenido que quedar en casa. —La gravedad en la voz de Ramón detiene en seco a Iván, ya de camino a la cocina.
—Cuéntame ahora mismo qué está pasando.
Ramón invita a Iván a volver a sentarse, pasa el café y la tostada de la bandeja a la mesa. Se sienta junto a él. Lanza un suspiro profundo.
—Le han dado una paliza. Tiene dos costillas rotas y la cara hecha un cristo. También le han roto un diente.
—¿Cómo? ¿Quién?
—No lo sabemos. Fue el sábado por la noche.
Felipe salió a tomar una copa con unos amigos.
Yo estaba cansado y me quedé en casa. Me dijo que no volvería muy tarde y así fue, a las tres o por ahí.
Ocurrió cuando llegaba a casa y muy rápido.
De algún sitio salieron tres hijos de puta, lo pararon, le preguntaron si él era uno de los maricones dueños de la pastelería y se liaron a golpes, lo tiraron al suelo y lo molieron a patadas.
Igual de rápido que aparecieron, se esfumaron.
—¡Hijos de puta! Pero ¿nadie vio nada, ningún vecino?
—Ya conoces nuestra calle, es muy tranquila y no pasa apenas gente.
Y los vecinos, pues, como siempre, a lo suyo.
El pobre dice que nadie se asomó. Y tuvieron que oírle, Iván.
Por cojones tuvieron que oír algo. Pero nada.
—Ramón comienza a sollozar con la barbilla pegada al pecho.
Un cachorrillo al que acaban de separar de la madre.
La imagen viva de la tristeza y de la desolación.
Iván lo abraza. Le acaricia la espalda y la nuca.
—Cuando recuperó el sentido —continúa algo más entero— se levantó como pudo y llegó a casa renqueando.
Imagínate mi cara cuando lo vi entrar por la puerta.
Estaba viendo la última temporada de Heartstopper y me había quedado traspuesto en el sofá.
Me despertó el ruido de la cerradura. Abrí los ojos y por poco me da algo.
Una pregunta ha germinado en Iván, teme hacerla, porque la respuesta explicaría por qué su amigo se ha mostrado tan distante. Pero no le queda otra:
—¿Habéis ido a la policía?
Su amigo se deshace del abrazo con suavidad y le mira a los ojos. Las lágrimas se evaporan en un fulgor de rabia e impotencia.
—Tus compañeros pasaron de nosotros. Por eso te hemos llamado mil veces desde el sábado. Para una vez que te necesitamos de verdad, tío...
Iván se detiene varias veces antes de llegar a la comisaría.
En su cabeza resuena como un eco lúgubre el reproche de Ramón.
Otra persona más a la que ha fallado. Y ya van...
¿Por qué coño no toma la determinación, de una puta vez, de ordenar su vida y, de paso, hacerles las suyas más fáciles a quienes le quieren?
Aún queda Diosdado. Y Pilar. Y Rafa...
La tarde del domingo anterior, se despertó cuando el motor del coche de Pilar dejó de arrullarlo.
Su hijo salió escopeteado y se encerró en su habitación.
Pilar le tendió un clínex para que se limpiara un último rastro seco y rojo de la nariz antes de volver a arrancar y regresar a su casa.
Abotargado, casi dormido, Iván arrastró su mochila hasta el apartamento.
Buscó en la nevera algo para almorzar, pero solo encontró tres zanahorias revenidas y un brik de leche caducado desde hacía semanas.
Pediría algo a domicilio, pero había perdido —o le habían robado— el móvil y la cartera con las tarjetas del banco y el resto de su documentación.
Se esforzaba por recordar dónde y cuándo, pero en su mente solo había bruma allí donde deberían estar las imágenes de la noche anterior.
Usó el portátil para pedir un par de pizzas en el San Piero.
Encontró un billete de cincuenta euros en el fondo para emergencias y desavíos que guardaba en un azucarero vacío (a pesar de todo, había tenido suerte: no eran pocas las veces que, al echar mano del fondo, descubría que lo había dilapidado para pagar a alguno de sus camellos y después había olvidado reponerlo).
Se puso cómodo mientras esperaba las pizzas .
Se quedó dormido. Soñó con el timbre de la puerta.
La mañana siguiente, lunes, encontró los restos de las pizzas en la mesa de la cocina.
Una estaba intacta. Metió la mano en el bolsillo del chándal y encontró el billete de cincuenta.
Una deuda más a la cuenta con Rafa. El chaval no estaba en casa.
Otro tic de su carácter reflejado en su hijo.
Ir siempre a lo suyo. Resolutivo, evitando el conflicto en caliente, esperando el momento propicio para detonar la bomba de la discusión.
Iván tiró del fijo para llamar a la comisaría.
Otra vez el virus estomacal. Sonó creíble: noche malísima, vomitando la bilis y sin despegarse del váter.
Mejor se quedaba en casa para recuperarse y no contagiar a toda la comisaría.
Le pidió al compañero que le atendió —Javi, un chaval recién salido de la academia—, que le gestionara un nuevo móvil.
Qué mala suerte, le robaron el suyo junto con la cartera en el chiringuito donde había comido el día antes.
A plena luz del día. Un despiste, ya ves, en casa del herrero.
También tenía que solicitar un duplicado del DNI, pero no te preocupes, Javi, se lo pido yo a Susana Muñoz, la administrativa que lleva estas cosas, una funcionaria y vieja conocida de Iván.
Difícil saber si el nuevo compañero se había tragado el cuento, aunque lo más probable fuera que la juventud, el poco tiempo en el cuerpo y, sobre todo, el respeto a la jerarquía, le aconsejaran dejar la lengua en reposo.
Pasó el resto de la mañana ordenando lo que tenía hasta el momento sobre la muerte de Segis, que, todo fuera dicho, no era demasiado:
Dos muertos (Quino, el pasado diciembre en Torremolinos, Málaga, y Segis hacía unos días en Sevilla. Segis era de y vivía en Jimena de la Frontera, Cádiz).
Un desaparecido (Alberto, desde hacía tres meses, en su trabajo, en Vejer, aunque vivía en Barbate.
Ambos municipios de Cádiz). Tras la muerte de Quino, en diciembre, hasta su desaparición, en marzo, se mostró muy triste, a la par que enfadado con Jhon (extremo este a contrastar con el propio Jhon).
Los tres trabajaban en o para la misma empresa, pero en provincias distintas. No hay noticias de que coincidieran en ninguna obra (preguntar a Pilar), aunque al parecer es habitual que todos se conozcan en estas empresas.
El principal sospechoso, Jhon, nacido y residente en Bollullos de la Mitación, municipio de Sevilla, formaba una trieja con Quino y Alberto. También trabajador de Sacramento/SurConEd. Asegura no haber tenido nada con Segis, quien, por otra parte, no consta que fuera gay.
Los tres miembros de la trieja tenían fama de trapichear y de fiesteros, pero no de malas personas ni de estar metidos en asuntos más turbios. Por su parte, Segis era un tipo reservado y muy apegado a su familia.
De entrada, la posibilidad del crimen pasional no era muy sólida, porque eran trieja abierta desde el principio.
Salvo que el triángulo no fuera equilátero y que uno de los vértices, Jhon, movido por los celos, hubiera matado a Quino y hecho desaparecer a Alberto.
Pero John no encajaba en el perfil, porque era, precisamente, el ángulo más abierto, el más dispuesto al poliamor o al polisexo.
Más: ¿qué tiene que ver Segis/Levítico y su rollo religioso con todo lo anterior? De momento, nada.
Por último, Sacramento/SurConEd: apestan.
Rafa aparece a la hora del almuerzo cargado con dos bolsas del Carrefour Exprés.
Rellena la nevera, prepara dos bocatas, deja uno sobre la mesa de la cocina en un plato.
Con el otro y una lata de cerveza se encierra otra vez en su cuarto.
Silencio. Iván lo observa y le deja hacer.
Paciencia. Punto positivo: el chaval sigue aquí.
Iván se come el bocadillo y se queda traspuesto en el sofá.
Abre los ojos a las seis de la tarde, Rafa ha vuelto a marcharse.
Sobre la mesa de centro, un flyer anuncia LaRoux, un macrofestival de música electrónica en el auditorio de la Isla de la Cartuja, una maratón de techno, house, urban —y una decena más de etiquetas tan desconocidas para Iván como la interminable nómina de DJ que van a pinchar durante los cinco días que dura el festival—.
Cuánto tiempo hace que no va a un concierto, ni de electrónica ni de nada. Se alegra de que Rafa se divierta.
Pasa el resto de la tarde poniendo lavadoras, fregando la cocina y el cuarto de baño. A las once ya está metido en la cama. No tener móvil le ahorra la tentación del Grindr. Bien. En no pocas ocasiones, los mejores polvos han caído un lunes después de un fin de semana de fiesta.
Rafa no regresa hasta bien pasadas las cuatro de la mañana.
Trastea en la cocina, hace tanto ruido que despierta a Iván.
Este aprovecha para ir al baño. Se asoma para decir hola.
El muchacho está cenando (devorando) sobras.
Mirada ausente y vidriosa, sonrisa boba y un balbuceo.
La cocina vuelve a estar patas arriba y en el aire flota un denso tufo a marihuana que tira para atrás.
Iván da las buenas noches y regresa a su cama.
Incapaz de conciliar el sueño hasta casi el amanecer.
Pasa estas horas dudando si abordar a su hijo o no, pero cómo.
También ha intentado recordar a qué edad se fumó él su primer porro de maría.