32. Domingo por la mañana
Domingo por la mañana
La tarjeta de PVC se le resiste. El piloto rojo y el insufrible pitido de la consola junto a la puerta de la habitación se quejan a cada intento.
Mierda de llave. Como si se diera por aludida, la tarjeta de plástico decide precipitarse al vacío desde su mano temblorosa.
No sufre mucho, cae sobre la moqueta azul y blanca y mullida.
La que sí ruge es la espalda de Iván al recogerla. Me cago en.
Así lo encuentra Rafa cuando abre desde el interior.
Le franquea el paso, se encierra en el balcón a fumar un cigarrillo.
Iván lo sigue con pasos torpes, como si caminara sobre una hilera de cuchillas o un meandro de lava ardiente.
Abre la boca para pronunciar la frase que ha venido ensayando, hola Rafa, no te vas a creer lo que me ha pasado, pero su reflejo en el ventanal del balcón le hace frenar en seco a mitad del pasillo: las zapatillas de deporte, que anoche eran blancas, ahora son de un color indefinido, entre el gris oscuro y el morado brillante; los pantalones vaqueros mugrientos tienen la cremallera rota; un desgarro en la camiseta a la altura del pecho deja ver el torso quemado por el puto sol de estos dos días y cruzado por un arañazo. Y la cara...
En el cuarto de baño se ve mejor. Jamás antes, en ninguna de sus cientos de mañanas o tardes de resaca, a pesar de su larga trayectoria de excesos y desmadres, ha contemplado una cara como la que le devuelve el espejo.
Jamás. Los labios resquebrajados. Las ojeras profundas y violáceas.
Los ojos vidriosos y escondidos detrás de unos párpados que parecen dos cicatrices infectadas.
Se toca el pómulo derecho, su aspecto amoratado está pidiendo a gritos un chorro de agua oxigenada y un apósito con Betadine.
Duele. Inspira y espira profundamente. Se ha pasado.
Esta vez, ha metido la pata hasta el fondo.
Baja la mano de la cara a los bolsillos del pantalón.
Ni rastro de la cartera ni del iPhone. Sí está la tarjeta de La Caixa con la que se ha hecho las rayas esta noche, una tarjeta que no es suya.
En un acto reflejo millones de veces repetido, vuelve a bajar la mano al pantalón y se palpa el bolsillo pequeño.
Un pequeño tesoro. Un paquetito. Empezado, pero no vacío.
Justo lo que necesita, el botón de ON. Aparte de una buena ducha.
—¡Rafa, no tardo ni diez minutos!
Desde ahí, a través de las puertas de cristal del balcón, alcanza a ver los labios del muchacho articulando una respuesta.
—¿Cómo has dicho, que no te he oído? —pregunta asomando la cabeza al exterior.
—Que menos mal. Que da asco verte.
—Mira, guapo, no te pases, que yo...
—Vale, vale, papá, lo que tú digas. —Rafa apaga el cigarrillo en un cenicero que coloca cuidadosamente sobre la mesa del balcón, sopla la ceniza esparcida sobre el logotipo del hotel Sacramento—.
Te espero en el coche. Pilar y yo ya hemos hecho el check out.
Hace rato que deberíamos haber dejado la habitación.
—Sale con paso firme y sin mirar a su padre—.
Por eso no te funcionaba la tarjeta. Deberías haber probado con la pulsera.
No hay portazo. Iván mira la pulsera con fijeza y cara de pasmo, como si la viera por primera vez.
Tarda unos segundos en reaccionar. Tarda casi menos en ducharse y vestirse.
Sobre la almohada le espera un sobre de tamaño folio con el pez alado.
En su interior, el listado de inversores, tres páginas.
Busca a toda velocidad por la G de Gil. Ahí está Rodrigo.
Director Financiero de YOU Investments and Real Estate .
Pilar en el hall hablando con el jefe de recepción. Los dos se vuelven a mirarle, pero no le va a aguantar la chapa a nadie. Ni siquiera a ella. Esboza una sonrisa de compromiso y le indica con la barbilla que la espera fuera.
La subinspectora Ojeda entra en el coche resoplando de calor. Rafa ya está en el asiento del copiloto con los auriculares puestos e Iván sentado atrás, taponando con un dedo el orificio derecho de la nariz. ¿Narina había dicho Nuria que se llamaba?
Iván se mira el dedo extrañado. Tan pasado que no recuerda haberse metido de un tirón el contenido del paquetito misterioso en lo que ha tardado el ascensor panorámico en bajar de la habitación al hall . No tiene nada con que secarse el líquido espeso, rojo y caliente que mana de su nariz.