33. Sábado por la noche
Sábado por la noche
Le consuela, al menos, que Rafa no le hable.
Se ahorra el bochorno de disculparse con la lengua trabada.
Bastante esfuerzo le ha supuesto el escueto «me ducho y nos vamos a cenar».
En qué maldito momento se dejó convencer de que no es tan mala idea mezclar champán con vodka.
A nadie nunca le ha sentado mal el Moët y el inspector, porque la pulsera negra y dorada en su muñeca funciona como un mágico ábrete sésamo para que los hombres cuadrados y sin cuello a cargo de las puertas del paraíso las abran, solícitos, serviciales y agradecidos.
Dentro, la locura. Iván ha estado allí un par de veces, pero hace tiempo, no recuerda que fuera gran cosa, la verdad.
Música demasiado alta, mucha musculoca y cero morbo.
Pero el Ayre ha cambiado. Hasta la estructura es distinta.
Iván sólo conocía una planta, ahora la diversión se distribuye en tres niveles.
Del más pequeño en la planta cero al más grande en la menos dos.
Una pirámide enterrada. Otra vez el gruyer.
En el primer nivel, a ras de calle, y nada más cruzar la puerta, una pista de baile circular no demasiado grande y una barra donde un grupo de cuatro tipos están pidiendo sus copas, charlando y moviéndose suavemente al compás de un reguetón comercial y buenrollero.
Se les nota que también acaban de llegar.
Reconoce la cara de uno. Marcos, por esta noche su Virgilio particular, le confirma que se trata de Grego, el jugador del Sevilla FC.
Es un habitual desde que salió del armario, le dice.
En persona gana, parece más joven, es mucho más guapo que en la tele o en los periódicos.
Por lo demás, el ambiente resulta apagado y algo desangelado.
Aún es un poco temprano, le explica Marcos.
—A partir de las ocho de la mañana aquí no se cabe, ya verás. Es el after más concurrido de toda la Costa del Sol —le dice el camello—. Pedimos aquí la primera y bajamos.
Gracias a la pulsera mágica las copas son gratis.
Ahí mismo, en uno de los baños de discoteca más limpios que Iván recuerda haber visitado en su vida, se meten dos rayas de coca, acompañadas de medio éxtasis que Marcos le regala para darle la bienvenida al infierno.
Iván no puede disimular su impaciencia por bajar, pero Marcos se detiene un par de minutos para arreglar su aspecto ante uno de los muchos espejos que cuelgan de las paredes y que generan un singular caleidoscopio de luces, formas y colores alrededor de la pista. El inspector le copia.
—¿Tú crees que me parezco a Alain Delon? ¿Aunque solo sea un aire? —La pregunta le ha sonado a él mismo absurda y fuera de lugar
—Si supiera quién es ese señor, podría opinar.
—Olvídalo. Bajamos.
Abajo, la pista y la barra son como seis o siete veces más grandes que arriba.
También la oscuridad, una penumbra metálica y azulada, quebrada por cientos de neones y láseres que bailan al compás de un tech-house de bajos gruesos y melodías oscuras, matizadas con algún guiño latino.
En la misma planta, los urinarios y unos baños con puerta que, como puede comprobar Iván de inmediato, carecen de váter.
Allí nadie entra para hacer sus necesidades.
Son muchos los que, como Marcos y él tras pedir otra ronda (que tampoco pagan), los usan para meterse.
Un tonteo antes de salir, poca cosa, más risas que besos.
Marcos le presenta a un amigo con el que se dan de bruces en la puerta y al que han salpicado de vodka su perfecto torso trabajado y descubierto, aunque el tipo, cuyo nombre olvida Iván sobre la marcha, no se queja.
Va muy puesto. Está de muy buen ver. Marcos le explica que es el más joven de los tres, pero su facha de hombre curtido y varonil dice lo contrario.
Es lo menos parecido a un niñato que Iván ha visto en lo que lleva de día y de noche.
Se siente atraído por él de inmediato. Se quedan aquí mismo, en la antesala de los baños donde, a pesar de la gran cantidad de tíos, la mayoría sin camiseta, muchos con arnés, más o menos pueden charlar y fumar sin apreturas.
Pasados unos minutos, cuando quiere darse cuenta, Iván le está preguntando al nuevo por Quino, Alberto y Jhon.
El éxtasis ha comenzado a hacer de las suyas.
Claro que se conocen. Claro que han salido de fiesta unas cuantas veces.
Claro que han follado, juntos y por separado.
Y claro que Jhon estaba muy enamorado de los otros dos, tanto o más que ellos de él.
Puede que no fuera tan romántico, que pareciera el más frívolo, pero una cosa no quita la otra.
—Lo que pasa es que aquí van todas de modernas —dice el guapo, que se ha venido arriba—.
Se piensan que por ir vestidas a la última, con las uñas pintadas, por salir todas las noches o meterse de todo y gritar a los cuatro vientos que son veganas, animalistas y antitaurinas, ya son el no va más, pero os digo yo que no, que, en el fondo, lo que les pasa es que son unas barbies de todo a cien a la caza de un ken que las saque de la calle, ¿verdad, Marcos? Tú las conoces tan bien como yo.
Iván se muere de calor. La espalda empapada.
No aguanta más. Se quita la camiseta. La anuda en una trabilla del pantalón vaquero.
Nota la mirada del nuevo, cuyo nombre sigue sin recordar, clavada en su pecho.
Quizás no ha ido al gimnasio en los últimos tiempos tanto como le habría gustado, pero ninguno de los tíos con los que se ha acostado se ha quejado hasta ahora, aunque tampoco es que él ponga el listón muy alto.
Pero gusta y se gusta. Sobre todo, en un momento como este, con los sentidos hiperexcitados por la pastilla.
El tipo le pone una mano sobre el hombro.
Iván nota un calor que le atraviesa la médula hasta la punta de los dedos de los pies mientras aquel le cuenta que, tras la muerte de Quino en la piscina de la azotea del hotel, les ha perdido la pista a los otros dos miembros de la trieja.
Un amigo común le ha dicho hace poco que Jhon se volvió a Sevilla, pero de Alberto no tenía noticia.
Iván le habla de su desaparición y el tipo se limita a encogerse de hombros.
—Mira, Iván, yo no sé qué te habrán contado de Jhon, pero te repito que no engaña a nadie. A mí me parece muy transparente y un buen chaval. Yo, en tu lugar, trataría de encontrar a Alberto. Con él sí que deberías hablar.
—¿Por qué?
—No sé, por cosas que se decían de él. Pregúntale a este, que está siempre en la calle y se entera de todo mejor que yo —señala a Marcos.
El éxtasis le ha subido más que a Iván: sus ojos, dos puñaladas en la cara, incapaces de centrarse en un punto.
Ajeno por completo a la conversación, aprieta la mandíbula como si estuvieran a punto de operarle de apendicitis sin anestesia.
—Este no está para mucha pregunta.
—Pues no, va bien a gusto. Mañana lo llamas y que te cuente.
—Cuéntamelo tú, no te hagas el tonto. Si lo has dicho es por algo. ¿Qué es lo que tengo que saber de Alberto, además de que está desaparecido? —Iván le planta un beso, que el chaval le devuelve con ansia. Después, se separa de él y se le queda mirando divertido y le contesta:
—Joder, Iván, qué buen interrogatorio. Así no habrá quien se te resista, ¿verdad? Está bien: dicen por ahí que Alberto llevó muy mal la muerte de Quino, que estuvo a punto de caer en una depresión. Sobre todo, porque no entendía que Jhonatan quisiera seguir como siempre, ya sabes, con sus cosas...
—... sus fiestas, sus drogas —completa Iván.
—Eso. Pero Alberto no tenía el ánimo para fiestas. Parece ser que le recriminó a Jhon su actitud, que no estuviera tan triste y dolido como él por la muerte de Quino.
—Bueno, cada uno lleva el duelo como puede... para eso no hay un manual de instrucciones.
—Eso es cierto, pero en el caso de Alberto... no sé, se puso muy pesado. Muy intenso. Hay quien dice que los vieron discutir por este tema en público, y no una, sino varias veces.
—¿Tú los viste en alguna de ellas?
—No, guapo, yo no vi nada —responde ¿José?
¿Juan? ¿Ale?, una décima de segundo antes de lanzarse a devorar la boca de Iván, quien le ofrece la suya con idéntico anhelo.
Qué bien besa el cabrón. Y qué bien huele.
Sobre su entrepierna, erecto, nota a su vez la erección del chaval, y eso le excita aún más.
Todo su ser se derrite de placer, un placer amplificado al que la química suma estímulo tras estímulo: la música poderosa y mullida a la vez, las luces estroboscópicas, el tacto cálido de la piel y el vello húmedo, el sabor a sal y a tabaco.
En algún momento dejan de ser dos las manos que le acarician y le pellizcan y deja de ser una sola la boca que busca la suya.
Marcos, en su estado catatónico, se ha unido a ellos.
Permanecen así un tiempo difícil de precisar, sumergidos en una nube espesa y sexual, hasta que Iván, en un paréntesis de lucidez, se da cuenta del espectáculo que están dando y de que muchos pares de ojos en torno a ellos les muestran su rechazo, del mismo modo que otros tantos pares, quizás los más, su lúbrico deseo de unirse a ellos tres.
—Mejor nos vamos a otro sitio.
Y bajan más. En el tercer subsuelo la oscuridad es ya tan negra e Iván va ya tan puesto que tropieza y a nada está de dar con la cara en el suelo.
A su alrededor, todo son sombras movedizas.
Unos son fantasmas de caras iluminadas por la luciérnaga de un cigarrillo o el relámpago de un mechero.
Otros, barcazas navegando a la deriva en la noche hacia la intermitencia de uno de esos faros.
En esta noche en altamar truena la tormenta de un ritmo techno robótico y frío, sin inflexiones, despiadado y, con todo, gozoso.
Como desde otro mundo, llegan suspiros y gemidos.
Dos pares de manos tiran de Iván hacia abajo hasta tumbarlo en una superficie blanda, fría y pegajosa.
Está a dos palmos del suelo. Unos dedos apresurados le desabrochan el cinturón y le bajan la cremallera del pantalón.
Un mechero se enciende y alumbra un rostro unas décimas de segundo.
Guapo. Iván juraría que es Grego, el futbolista de moda, no precisamente por jugar al fútbol.
Muy guapo. Va a encender su mechero para asegurarse, pero alguien le acerca a la nariz lo que parece, por el tacto frío, un bote de cristal.
Huele a popper . La voz del amigo sin nombre de Marcos le susurra al oído.
Dale. El inspector no puede hacer otra cosa más que abandonarse y convertirse, él mismo, en una barcaza atrapada en mitad de la tormenta nocturna.