Manual para construir un infierno 34. Sábado al mediodía/ por la tarde #2
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34. Sábado al mediodía/ por la tarde #2

—O menos —apunta Miguel; en su tono se ha deslizado un matiz de condescendencia—.

Sin embargo, yo creo que no lo hace por maldad ni por engañar, sino...

no sé... porque su vida le aburre. Cómo te diría...

es como si se cansara muy rápido: de las parejas, del sexo, del alcohol, de las drogas...

de todo. Y por eso siempre está inventando.

—Ya saltó el coach . ¡Mucho ha tardado! Tú piensa lo que quieras, pero yo no me fío de tus libros de autoayuda, de liderazgo, de inteligencia emocional y demás trolas que tanto te gustan.

Como tampoco me he fiado nunca ni un pelo de Jhon —sentencia Antonio—.

Todo lo que dice lo pongo en cuarentena. Aquí lo tenemos calado, inspector.

A pesar de la puya de su amigo/compañero, Miguel ríe con ganas.

Cada minuto que pasa con ellos, más se convence Iván de que todo es una puesta en escena absolutamente guionizada y ensayada.

Y de que la están bordando. Por otra parte, no puede por menos de preguntarse a quién ha dirigido Antonio la frase final, a quién tiene calado este insufrible estereotipo de marica rica que se permite el cuestionable lujo de criticar a los que, precisamente, le han aupado al trono desde donde él y su gemelo, Miguel, reinan, imparten justicia y dictan sentencias absolutorias o condenatorias.

Ha llegado el momento de sacar la artillería pesada. Iván dice:

—Entiendo que, como estáis tan puestos en la vida de Jhon, también sabéis que trapicheaba.

—Las dos fichas se miran entre sí, pero sus caras no reflejan ninguna emoción, ni positiva ni negativa.

El inspector vuelve a tener la sensación de que esperaban esta pregunta y de que también han ensayado la respuesta.

—Iván, Torremolinos es un pueblo —es Miguel quien habla en nombre de las dos fichas—. Grande, sobrepasado, donde no se cabe, menos aún en primavera y en verano, pero pueblo-pueblo el resto del año. Aquí nos conocemos todos, todavía más los que nos dedicamos al sector del ocio.

—Con eso me queréis decir que sí, que estabais al tanto.

—A buen entendedor...

—No pensé que os fuerais a poner melindres con este tema a estas alturas.

—En absoluto, Iván. Es solo prudencia.

—Ni os estoy investigando a vosotros ni esto es un interrogatorio oficial. Para eso tendría que haberos citado en comisaría. Es una mera charla.

Nuevo cruce de miradas entre Miguel y Antonio. Pero esta vez sus rostros no permanecen callados. Sin palabras, Antonio busca la autorización de Miguel para hablar.

—Agradecemos tu confianza, Iván —dice Antonio—.

Como te hemos dicho antes, esos tres, Jhon, Quino y Alberto, eran el alma de la fiesta.

Estaban en todos los saraos. La mayoría de las veces como organizadores.

Y sí, para qué negarlo, entre los servicios que ofrecían se encontraba ese: proporcionarles a los invitados las drogas que necesitaran.

Antonio vuelve a mirar a Miguel quien, en lugar de autorizarle para que siga, toma la palabra:

—En definitiva, Iván, que sí, que sabíamos que esos tres trapicheaban. Como lo sabía todo Torroles. Jhon se encargaba de que así fuera. La discreción nunca ha sido una virtud suya. No se cortaba ni un pelo. Lo que nos extraña es que nunca los pillaran.

—¿Suerte? —pregunta Iván.

—Más bien contactos. Eran muy buenos relaciones públicas, los mejores. Y tenían a los mejores clientes. La gente de pasta, pero también funcionarios, policías, políticos...

—Lo habitual —añade Iván, más para sí. Y, después, con una voz más templada y firme—: ya que los conocíais tan bien, supongo que también a sus proveedores.

De nuevo, se choca con dos caras inexpresivas, la azul y la roja, frente a él, que ejerce de dado. A Iván esta partida de parchís está empezando a cansarle.

—No me creo que no lo sepáis —continúa—, siendo esto un pueblo...

—Esas son palabras mayores, inspector —afirma Miguel despacio—. De eso sabemos lo que sale por la tele. Que son muchos los que se dedican a ello en la costa y muchos también los clanes por países: rusos, ucranianos, africanos, colombianos...

—Y españoles —remata Iván—, que aquí también los hay a punta pala.

—Si tú lo dices, inspector, será verdad —conviene Miguel. Sonríe y vuelve a ponerse serio en cuestión de instantes—. Insisto: nosotros no llegamos a esos niveles. Sería, como te lo digo sin sonar repelente... sería como ensuciarnos las manos.

—Ya, ya —dice Iván. Sí le ha sonado repelente. Y también sabe que esa frase es la excusa para ocultar lo que de verdad está pensando: conoce a los narcos, está convencido—. A vosotros, con que la fiesta sea la mejor, lo demás os importa poco.

—Más o menos, para qué nos vamos a engañar —responde Miguel. A continuación, le guiña un ojo a Antonio—. Las fiestas son una parte importante del negocio. Y las nuestras gustan mucho.

—A quién no le gusta una fiesta —comenta Iván como para sí.

Antonio ha estado muy atento a la conversación. Saca su cartera del bolsillo trasero de sus bermudas de marca, la coloca al lado de la cubitera donde aguardan las botellas de Moët, y extrae de ella una bolsa que, a ojo del inspector, debe de contener no menos de cinco gramos de cocaína.

—Sea como sea, como estamos en confianza, a mí, es que es hablar de fiesta y me entran unas ganas... ¿A vosotros no?

—Muchas gracias, pero antes de que la tarde se complique, quería pediros un último favor —dice Iván impostando un tono confidencial, mientras Miguel va haciendo unas rayas sobre un plato azul con el logotipo del hotel—. ¿Tendríais el listado de los asistentes de ayer al evento de inversores?

—¿Puedo preguntarte para qué? ¿Tiene que ver con...?

—Nada, nada, Antonio, de verdad. Es un asunto personal. Ayer asomé la cabeza por el cóctel de despedida y me pareció ver a un viejo conocido, pero no estoy seguro y no quise quedarme para preguntárselo con la pinta de playero dominguero que llevaba.

—Cuenta con ello —responde Antonio pasándole el plato con una mano y enseñando su móvil con la otra—, ahora mismo te lo pido.

Tiene que reconocer que es la coca más buena que ha probado en mucho tiempo.

Otra de las razones para odiar a la gente con pasta.

El dinero no dará la felicidad, pero dejadme que pruebe vuestra infelicidad alguna vez, cabrones, que la mía la tengo ya muy vista, piensa Iván después de dar cuenta de la segunda raya.

El sabor amargo de la química bajando por su garganta, el sonido del descorche y el brillo cristalino de las burbujas del champán bailando dentro de las copas vienen al rescate, a reconducir su mala baba: qué coño, ya que estamos, vamos a disfrutar.

Miguel o Antonio, la ficha roja y la azul, se han infiltrado en su mente una vez más, porque uno u otro abre los ventanales del doble balcón para que la música que sube desde la fiesta de la piscina inunde la suite .

Una fiesta que está en su máximo apogeo y que no se desinflará hasta que caiga el sol.

Más o menos al anochecer Iván llega dando tumbos a su habitación.

Intenta atinar con la tarjeta magnética para abrir la puerta.

Se le resbala, se le cae al suelo, la recoge, lo intenta de nuevo, otra vez al suelo.

Se percata de la pulsera de tela, negra y con un pez alado dorado, que en algún momento antes de abandonar la suite , uno de sus nuevos amigos le ha anudado en la muñeca.

No recuerda cuál de los dos ha sido, pero sí las palabras que le susurraba al oído mientras hacía un nudo y lo apretaba con fuerza: «Todo lo que necesitas esta noche está aquí, en este pez con alas».

Coloca la pulsera sobre el lector de tarjetas y la puerta se abre.