34. Sábado al mediodía/ por la tarde
Sábado al mediodía/ por la tarde
En realidad, la suite no son sino dos habitaciones unidas, donde se ha sustituido uno de los baños por una pequeña salita de estar, con una librería de pared a pared y de suelo a techo, con más polvo acumulado que libros y donde, en el espacio central abierto, una vez eliminado el tabique que separaba las dos estancias, se ha colocado una cama hecha a medida, enorme, perfecta para que dos y hasta tres parejas duerman cómodamente.
Y más que perfecta para que puedan entregarse a los placeres de la carne sin temor a desparramarse por los lados.
La suite conserva, por supuesto, la estética homogénea del hotel, los tonos blancos y azules, el pez alado estampado o impreso en muebles, apliques, cenefas y demás detalles.
Lo que más le gusta a Iván es el larguísimo balcón, fruto también del apareamiento de los dos originales, y las fabulosas vistas desde el sexto piso al acantilado y al mar.
En momentos como este siempre reaparece el complejo de inferioridad de familia de barrio obrero.
Un complejo que, a base de esfuerzo, tiempo y dedicación, el inspector cree haber extirpado de su vida, pero no.
Solo permanece agazapado. Como ese miembro fantasma que pica.
Como ese amigo invisible de la infancia, insufrible, inesperado y repelente, que uno nunca termina de desterrar al limbo de las fantasías desafortunadas, por muchas capas de realidad que se le echen encima día tras día, año tras año.
En momentos como este, sepulta su roja conciencia de clase bajo los números aún más rojos de su cuenta corriente.
Y es en momentos como este donde encuentra un motivo más que de sobra para excusarse unos minutos y meterse una generosa raya de coca en el baño, que es la primera del día y mucho has tardado, capullo, se dice frente al espejo, mientras se asegura de que no queda ningún rastro en la nariz.
—Qué me podéis contar de Joaquín Villegas.
De vuelta en la salita de la librería vacía.
Como por arte de magia han aparecido encima de la mesa de centro de cristal una cubitera con cuatro botellas de Moët & Chandon, otra hasta arriba de hielo, una bandeja con dos botellas de Belvedere, una de Santa Teresa y otra de Knockando, media docena de copas de balón, otra de flauta y otra más de vasos de cristal tallados, así como un bol a rebosar de frutos secos variados e igual de prémium, tostados, no fritos.
Debajo de la mesa, en el suelo, un regimiento perfectamente alineado de botellines de refrescos de cola, limón, naranja y tónica.
—Pobre Quino... —contesta Miguel.
—Sí, pobre chaval —contesta a su vez Antonio.
Iván se sirve un vodka con tónica con todo el hielo que cabe en uno de los vasos altos.
Da dos sorbos ininterrumpidos, deja que el segundo burbujee en su paladar durante unos segundos y rectifica el sabor con otro chorreón de vodka.
Después, antes de que la coca le quite el hambre, se abalanza sobre los frutos secos a la espera de que Miguel y Antonio — AKA la ficha roja y azul— terminen de preparar sus copas gemelas de Knockando con hielo.
—Trabajaba para nosotros —dice, por fin, Miguel. Está claro que él llevará la conversación, aunque Iván aún no sabe si porque así lo ha acordado con Antonio o por mera jerarquía: el CEO, la ficha roja, manda sobre la azul, el director del hotel—. Quino tenía una mano única para las chapuzas.
—Y su actitud —apostilla Antonio—, impagable. Era un entusiasta de su trabajo. Nunca le vi una mala cara ni le escuché una mala respuesta. Siempre dispuesto a todo. Se ofrecía voluntario para cualquier tarea.
—¿A qué te refieres con dispuesto a todo?
¿Qué tareas? —Iván se ha tirado, literalmente, en uno de los sillones que rodean la mesa.
Al otro lado y frente a él, sentados en sendos sillones idénticos, tan idénticos como ellos, Antonio y Miguel, Miguel y Antonio.
Por mucho que Iván los mira, no pierden la cualidad de intercambiables.
Si cerrara los ojos, con todo y camisas de colores distintos, sería incapaz de recordar quién es quién.
—En un hotel como este, con la cantidad de clientes que pasan por aquí a diario, sobre todo los fines de semana de temporada alta, de junio a septiembre, siempre hay algo que arreglar.
Cuando no es un aire acondicionado que no enfría bien, es una humedad en un techo, y cuando no es una mancha de grasa (o alguna otra sustancia indefinida, orgánica o no) en el cabecero de una cama, es un grifo que gotea, un ascensor que se detiene sin venir a cuento entre dos plantas, un televisor que no sintoniza Netflix, una tumbona rota porque dos graciosos se han revolcado en ella o, no sé...
—O una depuradora atascada —concluye Iván por él.
—Por ejemplo —confirma Antonio—. Así es, Quino también era un manitas en todo lo relativo al mantenimiento de piscinas.
—Lo imaginaba, por eso lo he dicho. Pero, entonces —Iván deposita su copa vacía con suavidad en la mesa y la rellena de vodka y tónica, al tiempo que una de las dos fichas respira hondo—, la muerte de Quino en una piscina os debió de resultar cuando menos extraña.
—No te creas —dice la ficha roja—, los accidentes ocurren. Las ocasiones en un edificio como este son prácticamente infinitas. ¡Demasiado pocas cosas ocurren!
—Eso mismo nos pareció a la subinspectora Ojeda y a mí. En conjunto, todas las empresas del grupo han registrado tan solo nueve siniestros en los últimos cinco años. Solo tres de los cuales fueron mortales.
—Sin embargo, a pesar de eso, o quizás gracias al escaso número, la Asociación de Hoteleros de la Costa del Sol nos ha concedido durante dos años seguidos la etiqueta de empresa segura.
—Enhorabuena... aunque debo deciros que el galardón suena un poco dudoso.
—¿Estás insinuando que seríamos mejor empresa si hubiéramos tenido más accidentes? —pregunta Miguel con cierto sarcasmo.
—Yo no entiendo de estas cosas, solo te digo que nos parecen muy pocos para tantos establecimientos y tantos trabajadores. Tú mismo lo has dicho: hay un número infinito de ocasiones para que se produzca un tropiezo de cualquier tipo y, sin embargo, insisto: pocos en cinco años.
—Nos gusta tomar precauciones, eso es todo —dice Antonio, en defensa de Miguel, cuyo gesto adquiere una repentina frialdad.
Una expresión que parece ensayada, como guardada para ocasiones tensas, tales como un consejo de administración o un interrogatorio ¿informal?
de un inspector de policía—. Aunque está claro que no se puede garantizar al cien por cien la seguridad de tantísimos como tenemos.
—Mira, Iván —Miguel, el relevo—, dices que no entiendes de estas cosas, pues te voy a dar un dato empírico: la gran mayoría de los accidentes laborales tienen su origen en una negligencia del accidentado. Sobre todo, si el accidentado es del tipo Quino.
—¿Del tipo Quino?
—Fiestero. Un crack de día, en el tajo, y un crack de noche.
—Define crack.
—Si querías dar una fiesta sonada en Torremolinos, una de esas de las que todo el mundo hablará días y semanas después, tenías que invitarle. A él y a sus amigos.
—Sus amigos Jhon y Alberto.
—Sobre todo, esos dos. Eran los mejores animadores de la Costa. Eran inseparables. Eran...
—Una trieja.
—Qué palabro más feo. —Miguel, con un mohín de disgusto y afectación.
—Absolutamente —confirma Antonio—. Además, para esta situación no es un palabro del todo correcto.
Quino, Alberto y Jhon no eran exactamente una trieja.
Yo diría más bien que eran tres amigos, muy amigos, muy íntimos, que follaban y se lo pasaban de puta madre entre ellos. Pero también con otros tíos.
—Una trieja abierta, entonces —apunta Iván.
—Ni eso, porque Alberto ni tan siquiera vivía con ellos. Y Jhon era de lo peor. Hoy sí y mañana no. No sé si me explico.
—No lo pillo.
Antonio hace una breve pausa. Se lleva un puñado de frutos secos a la boca. Mientras mastica (sin hacer ruido, al contrario que Iván), busca la mirada de Miguel. Este le devuelve un asentimiento apenas perceptible y continúa hablando por él:
—Quino estaba enamorado hasta las trancas de Jhon, pero todo el mundo sabía que Jhon jamás se había tomado la relación tan en serio como Quino. Buscaron un tercero por insistencia de Jhon, y al poco tiempo se abrieron a otros participantes. Algo que también hicieron porque Jhon se aburría.
—Ese muchacho no sabe lo que quiere.
—Yo creo que sí que lo sabe —corrige Antonio con una mueca de desprecio—. Es un niñato egoísta cuya única preocupación en la vida es pasárselo bien. Le resbala todo lo que no esté bendecido por su santísima trinidad: fiesta, droga y sexo.
—No seas tan duro, querido, a todos nos gusta pasarlo bien —Miguel hace con un dedo un círculo en el aire—. ¿Verdad, inspector?
—Mientras no se haga daño a nadie...
—¡Justo lo que yo digo! Nos lastimamos a nosotros mismos y a nadie más —sentencia Miguel.
—Amén. —Antonio.
Iván apura y rellena su copa. Antonio y Miguel se limitan a refrescar las suyas con un cubito de hielo.
El inspector se sacude un resto del cacahuete que se le ha quedado en la comisura de los labios.
Sin darse cuenta ha liquidado él solo el bol de frutos secos.
Con casi veinte horas sin probar bocado, le han sabido a caviar iraní.
Un manjar que, él aún no lo sabe, es lo último sólido que va a caer en su estómago durante otras veinte horas. Dice:
—Es curioso que Jhon contara lo contrario, que el fiestero era Quino. Me lo pintó como vosotros a él.
—Otra de las virtudes del muchacho: miente más que habla —dice Antonio—. Un consejo, Iván: de todo lo que te cuente, créete la mitad.