35. Sábado a media mañana #2
Vaya. Algo así no sucede a diario. Su hijo le acaba de comparar con uno de los hombres más atractivos del cine de todos los tiempos. Definitivamente, Rafa tiene mucho de Alicia: ambos muestran una generosidad a prueba de Iván.
—¿Y el libro? ¿Te está gustando?
—Una obra maestra —contesta con indisimulado entusiasmo—. Como todo lo que escribió la Highsmith. Es una de mis autoras de suspense favoritas.
—Ya veo, ya —dice Iván, admirado del apasionamiento de su hijo—. No sabía que te gustara tanto ese tipo de libros.
—Una más al listado de cosas que desconoces de mí.
Buena estocada la de Rafa, aunque Iván advierte en su gesto serio, pero abierto, que ya se ha arrepentido de habérsela dado.
Afortunadamente para los dos, ahí viene Pilar.
Así, a unos metros de distancia, saludándolos con la mano mientras se acerca a ellos, destaca como la única mujer en la piscina.
Al contrario de lo que cabría pensar, sus andares firmes, pero con una cadencia sinuosa, dan a entender que eso no la incomoda, sino todo lo contrario.
Eso, y el alegre vestido verde que luce sobre un bañador también verde en otro tono, hace que muchos ojos se vuelvan hacia ella y se olviden por unos segundos de los cuatro musculosos que aún siguen en remojo.
El propio Iván la mira con ojos nuevos. Nunca se conoce a nadie del todo, se dice.
—¿Dónde has estado, compañera? Te he llamado varias veces.
—Me apetecía dar una vuelta —contesta Pilar.
Toma la cerveza de la mano de Rafa y, en un gesto atípico en ella, le da un trago largo—.
Acabo de ver tus llamadas. Como se suele decir, la mejor defensa es un buen ataque.
Pero puedes estar tranquilo. No pienso preguntarte qué hiciste anoche o dónde estuviste ni a qué hora has llegado esta mañana.
—Hazlo si quieres. —Iván se pone de pie. El espacio a la sombra en la toalla es claramente insuficiente para tres.
—No me hace falta, inspector. Te conozco de sobra.
—Si tú lo dices, subinspectora —responde Iván dejando escapar un resoplido cargado de cansancio, si no de hartazgo.
Pilar es muy buena, la mejor, no suelta una pista hasta llegar al final de un caso, pero esa cualidad, aplicada a las relaciones personales, puede resultar exasperante.
Iván se pregunta, no sin cierto resquemor, si no será ese uno de los motivos por los que su marido y sus hijas se han ido de vacaciones sin ella.
Así los encuentran: Iván y Pilar de pie, serios, mudos, y Rafa haciendo como que ha vuelto a su novela.
Los cuatro tipos de la piscina se han acercado hasta ellos.
Camisas floreadas pegadas a sus torsos mojados y abiertas por delante.
Pectorales de acero depilados. Anchas sonrisas de dientes tan blancos y tan perfectos que no parecen suyos.
No es lo único que no encaja del todo en su aspecto: vistos tan de cerca, sus pómulos, sus narices y sus frentes también evidencian la falsa perfección de la cirugía.
—Buenas tardes, inspector, subinspectora.
Permítannos, antes que nada, que les pidamos disculpas.
—Justo ahora Iván se percata de que, bajo las flores, el color de fondo de cada camisa se corresponde con el de las cuatro fichas del parchís.
El que ha hablado es la ficha roja—. Nuestros compañeros de recepción nos han informado de que han preguntado por nosotros.
Lamentamos no haber estado aquí y no haber podido saludarles hasta ahora.
—Los rostros de los cuatro, tan intercambiables como sus dentaduras, componen al unísono una mueca de pena impostada—.
Estamos seguros de que comprenderán lo atareados que estamos en estas fechas.
—Usted es...
—Si te parece —se apresura a contestar la ficha roja dejando la frase de Iván en el aire—, podemos tutearnos. Yo soy Miguel Marín.
—El consejero delegado de SurConEd.
—Exacto, y este es... —dice señalando al de la camisa con el fondo azul.
—Antonio Lupiáñez —responde el inspector con idéntica rapidez—. El director de este hotel. —Ahora sabe de qué le sonaba la cara cuando lo vio posando con el alcalde. Pero en la foto iba trajeado.
—El mismo, encantado. —Le tiende la mano—. Había reservado una mesa para desayunar, pero veo que a todos se nos ha hecho un poco tarde, y que algunos ya van por el aperitivo. —Señala el bloody mary en la mano de Iván.
—No hay problema. —Iván se la estrecha, pero es incapaz de disimular una mueca de desagrado. En general, la familiaridad en el trato le trae sin cuidado, pero en este momento es tan exagerada que agradecería mantener las distancias.
Miguel, la ficha roja del parchís, presenta por último a la amarilla y a la verde.
Son tan parecidos entre sí, y sus nombres tan insulsos, Juan-José-Pepe-Paco, que Iván los relega a la última fila de su atención.
Deben de ser las parejas de Miguel y de Antonio, pero no puede discernir quién está con quién.
Quizás son un cuarteto. Quizás son tan intercambiables como sus camisas, sus dentaduras o sus caras operadas.
O, a tenor de la pulcritud de sus modales, puede que hayan organizado las relaciones entre ellos por medio de algún tipo de algoritmo cromático.
Algo así como: los días pares, la ficha azul se acuesta con la verde y la roja con la amarilla, mientras que los impares, la azul con la amarilla y la roja con la verde.
Salvo los festivos, que lo echan a suertes para darle más sabor a la salsa.
Sea como sea, están claros los colores dominantes.
—¡Pero bueno! ¿Esto cómo es posible? —exclama Miguel (la ficha roja), mientras señala con grandes aspavientos los vasos casi apurados, seguro que ya calientes, de cerveza y bloody mary —.
¡Si estamos secos! Esto lo arreglamos en un momento.
A ver quién anda por aquí. ¡Iván! —El camarero más cercano, solícito y saltarín, feliz de haber sido el elegido por el dueño—.
Una botella de Moët. Os gusta el champán, ¿verdad?
Mejor que sean dos, Iván, que ya conoces a estas —le dice guiñándole un ojo y señalando a los otros tres—.
Es que está haciendo un calor estos días.
Y a esta hora... —Hace una pausa, mira a su alrededor, consciente de la gran cantidad de gente que está pendiente de ellos.
De él, para ser más exactos. Señala a continuación la toalla y la poca sombra.
El sol cae ya en vertical—. Estoy pensando que aquí no estamos cómodos.
¿Qué os parece si nos vamos a una suite ?
Estaremos más fresquitos y tendremos más privacidad para hablar de lo que queráis.
Por fin una frase sensata. El único inconveniente es que Iván no quiere que Rafa esté presente durante la conversación. Mira a Pilar, quien, de inmediato, entiende la súplica en sus ojos.
—Subid vosotros —dice la subinspectora—. Rafa y yo vamos a disfrutar un poco más de la piscina, parece que ahora está más tranquila. Puede que incluso bajemos a la playa. ¿Te esperamos para comer?
—No hace falta. He desayunado tarde —miente Iván. Gracias, benditos bloody mary —. Os aviso cuando terminemos.
—Pedid lo que queráis, aquí en el restaurante o abajo, en el Shangri-La —indica Antonio, la ficha azul con un tono alegre y de suficiencia—. Os acompañarán Juan y José. —Iván ha hecho línea y bingo con los nombres huecos de la ficha verde y amarilla—. Estáis invitados, por supuesto.
—Por supuesto —responde Rafa. El parchís, a coro, le ríe el golpe. Alguna ficha con más color y entusiasmo que otras.