Manual para construir un infierno 35. Sábado a media mañana
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35. Sábado a media mañana

Sábado a media mañana

Un bloody mary . Mata por un bloody mary .

Frente al espejo del cuarto de baño (moderno, funcional, tonos azules y blancos, cenefas grabadas con el pez alado marca de la casa, repetitivo).

Iván se cepilla los dientes con suavidad.

En las encías, retraídas y sensibles, el cepillo es una aguja de hielo.

Mantener las mandíbulas encajadas con normalidad, un esfuerzo imposible.

Siente las sienes abultadas, bombardeadas por ráfagas de dura presión, inconstantes pero implacables.

Presión también en los senos frontales de la nariz, donde una mezcla gomosa de mocos, mefedrona y cocaína le impide pensar.

El aire acondicionado, encendido toda la noche.

Se ha despertado tiritando, la garganta alquitranada y la piel de gallina en las zonas quemadas por el sol: hombros, espalda, cara, pecho y alma.

Han pasado más de doce horas desde el sándwich club.

Su estómago ruge y lampa por algo sólido.

Y, como todas las mañanas de resaca, su iPhone ha decidido que quiere suicidarse: no lo puso a cargar antes de acostarse y lo hace ahora que está a punto de quedarse sin batería.

Pasa de míster Mac. En el teléfono fijo marca el número de la habitación de Pilar. Nadie al otro lado.

El día apunta maneras.

Descorre las cortinas de foscurit, el sol le raja las pupilas.

Abre las ventanas, el aire le quema los párpados.

Música, risas y chapoteos, clientes solazándose en la piscina.

Qué fácil es para la gente la felicidad y cómo se complica él la vida.

Vuelve al fijo para pedir que le suban el desayuno.

A quien le ha cogido el teléfono por poco le da un ataque de risa.

¿Qué hora cree usted que es? Hace un rato largo que estamos sirviendo el aperitivo. En breve, el almuerzo.

Así llega al bloody mary . Tiene la demostración empírica que ofrecen mil resacas de que no hay nada mejor que el vodka para el dolor de cabeza, el tomate para el estómago revuelto y la sal y el tabasco para sus sentidos en coma.

Bueno, quizás una raya funcione, pero aún es muy temprano para eso, ¿no?

Ya no quiere otra cosa en su vida, en esta habitación de hotel y en este preciso momento, que un bloody mary .

Y, como si su móvil, más inteligente que nunca, hubiera activado la función Telepatía, comienza a sonar con la impertinencia de quien se sabe a salvo enterrado entre los pliegues de una sábana a los pies de la cama.

—¿Dónde está Rafa?

Han pasado dos años desde que Alicia dejara de ser su mujer y su amiga, pero Iván todavía reconoce cada uno de los matices de la voz de su ex. El que rasga el auricular ahora mismo suena como unas tijeras oxidadas cortando la cinta del consabido protocolo de guerra familiar.

—Hola, Alicia —Iván suena menos relajado de lo que le hubiese gustado—. ¿Cómo estás?

—Pásame con mi hijo, por favor.

Pero Iván no está para conflictos bélicos.

Sus misiles emocionales hace mucho que yacen enterrados en subterráneos cegados.

Lo único que ha funcionado con Alicia en estos últimos dos años ha sido agachar la cabeza y señora, sí, señora.

El problema es que Rafa no ha dormido aquí esta noche, y, como comprueba sobre la marcha, marcando en el fijo a la vez que habla con su ex, en la habitación de Pilar siguen sin coger el teléfono. Mierda.

—Está en la ducha. Nos estamos preparando para bajar a la piscina o a la playa, ya veremos. ¿Tú? Repito: ¿cómo estás?

—Dile que me llame en cuanto salga, por favor. Si no lo hace dentro de cinco minutos te vuelvo a llamar. Entonces te diré cómo estoy.

—Mierda —repite después de que Alicia haya colgado. Vuelve a llamar a recepción—. Tú ganas. Un bloody mary , por favor.

El timbre suena mientras él está en la ducha.

Se seca rápido y a medias. Abre la puerta casi al tiempo que termina de anudarse la toalla en la cintura.

(No, no habrá sexo con el botones. Aparte de que no hay tiempo que perder, el chaval, ni veinte años, es tan lampiño e infantil que más ganas dan de enviarlo de vuelta al instituto que de echarle un polvo.

Lo único que lamenta Iván, cuando este se ha marchado, es no haberle encargado un segundo bloody mary . Tres tragos le dura el primero).

Una última llamada a Rafa. Nada. Se viste con lo que tiene más a mano, bermudas y camiseta Nike de tirantes con demasiados centrifugados a cuestas.

Recorre el pasillo. Toca en la puerta de Pilar con los nudillos y con poco convencimiento.

Pega el oído y espera un par de minutos.

Nada. Baja las escaleras, más acelerado, más desesperado, hasta la recepción.

La cola es incluso mayor que la de ayer.

Clientes que entran lechosos y salen convertidos en gambones a la plancha.

A tomar por culo la cola. Algunos protestan, pero la decisión del inspector los acalla.

Pregunta al anonadado recepcionista si los ha visto, si Pilar y Rafa le han dejado alguna razón, alguna nota, alguna señal de que no ha metido la pata hasta el fondo.

Nada. Nada. Nada. ¿¡Cómo es posible, joder!

? Cruza el hall , sale a la piscina. Sol, más sol, sol como plomo líquido sobre su cabeza y sus hombros, y todavía no ha dado la una del mediodía.

Dentro de la piscina no cabe ni una marica más.

Las demás se arraciman bajo el escaso número de sombrillas, con todo, con caras de felicidad.

Barre con la mirada. Nada. No, espera, ahí está Rafa, tendido sobre una toalla, a la sombra raquítica de un arbusto pelado, auriculares, la nariz hundida en un libro, ajeno al histrionismo a su alrededor.

Iván no se siente con fuerzas para abroncarlo.

Su forma física es una mierda. Su respiración agitada y ronca se acuerda ahora de la nicotina y de las demás mierdas que lleva el tabaco.

—¿Qué estás leyendo? —Obliga a su hijo a hacerle un hueco en la toalla. Se sienta.

—¿Te interesa en verdad o solo quieres dártelas de padre enrollado? —La nariz sigue en el libro.

—No seas borde, que no estoy de humor.

—Ahí tienes el bar. Seguro que tienen algo para animarte.

Aunque el chaval tenga razón, eso no le da ningún derecho a hablarle así. Al fin y al cabo, ha sido suya la idea de pasar las vacaciones con él. Alicia, joder, casi se le olvida con las prisas:

—Buena idea. Voy a pedir algo. A ver si tienen un cargador para el móvil, que está seco. ¿Y el tuyo? Tu madre te ha llamado.

—Lo silencio cuando estoy leyendo.

—Llámala, por favor. Estará preocupada.

Rafa suspira. Cierra el libro. Se sienta.

—No sé por qué debería estarlo —le dice, mirándole a la cara por fin—, pero la voy a llamar para que no me dé la lata. ¿Me traes una cerveza?

Pese a lo que se le parece, cuanto mayor se hace Rafa, más evidente se hace lo mucho que tiene de Alicia también.

No físico, en eso es clavado a él, sino detalles como esa ironía fría, esa serenidad en apariencia distante, que no es sino el maquillaje de una preocupación interior que, solo muy de vez en cuando, se permite exhibir.

Todo lo contrario a él, tan impetuoso, tan vehemente, tan poco medido.

Regresa al árbol, a la toalla y a su hijo con una cerveza y un bloody mary helados.

A mitad de camino ha tenido que hacer una parada técnica en una ducha para refrescar los pies achicharrados.

Vuelve a sentarse junto a Rafa, este agradece la cerveza con un asentimiento y con algo parecido a una sonrisa.

A su alrededor sigue la diversión. Hombres en su mayoría gruesos y peludos.

Una música house festivalera y con matices tropicales suena cada vez más alta.

El segundo cóctel de la resaca va encajando poco a poco las piezas del puzle físico y mental de Iván.

—¿Todo bien con tu madre?

—Eso parece. A ver si deja ya por hoy las llamadas de control.

—No seas así, Rafa. Se preocupa por ti.

—¡Anda! Ya sé por qué tú no me llamas tanto.

—¡Joder, Rafa!

Así no hay manera. Se le agotan los recursos y las ganas, pero aquí llega el séptimo de caballería: cuatro hombres en la treintena, hipermusculados, depilados y tatuados, vestidos con bañadores apretadísimos y camisas hawaianas de colores chillones, todas con el logo del hotel en la espalda, hacen una entrada estelar en la zona de la piscina.

Se detienen unos instantes. Miran en derredor con sus cuatro idénticas Ray-Ban Aviador verdes.

Las barbillas bien altas y los pechos henchidos.

Extraen cuatro inmaculadas toallas de sus bolsas de deporte Fred Perry de piel auténtica y las extienden en el suelo, al sol pleno, quién dijo miedo.

Se desprenden de las chanclas. Fuego en las plantas de los pies, comienzan a dar saltitos, parecen un tiktok de the floor is lava.

Como chiquillos entusiasmados a la salida del cole, corren hasta el borde de la piscina y se zambullen estrepitosamente, entre risas y gritos de júbilo y aplausos de los otros bañistas, aunque algunos se ven obligados a salir del agua para no morir aplastados.

Rafa observa la escena risueño y pensativo antes de volver a su padre:

—Patricia Highsmith.

—¿Quién? —pregunta Iván.

—Me has preguntado qué estoy leyendo: una novela de Patricia Highsmith. —Eleva el libro ante sus ojos—. El talento de Mr. Ripley .

—Ah, la conozco... bueno, la peli. La vi con tu madre en el cine hace unos años. Con Matt Damon, ¿no?

—Esa es la de finales de los noventa. También hay una serie más reciente que está muy bien, aunque a mí la adaptación que más me gusta es la de los sesenta. A pleno sol , se titula. ¿Esa no la has visto?

—No me acuerdo. Ya sabes que yo, de cine... —dice Iván, cortado.

—Pues deberías. Es muy buena. Aunque tiene un final que... Mejor no te digo nada y así la ves. Además, tú te das un aire al prota. Es un actor francés que murió hace poco. Así como tú, guapo, fibrado... Alain Delon.

—Exageras, pero vale. Te lo compro.