Manual para construir un infierno 36. Viernes por la noche #3
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36. Viernes por la noche #3

—Prefiero la tesis del dinero. Pero, si te empeñas en que hay otro motivo, lo primero que habría que hacer es dar con él.

¿Por qué mataría Jhon a Quino y a Segis?

Una vez respondida esa pregunta, o en paralelo, tendrías que plantearte otras, la más importante de todas es dónde está Alberto y por qué ha desaparecido, si se ha escondido porque conoce la respuesta a la primera pregunta o sencillamente es que está muerto.

—¿Y qué te crees, chaval, que no estoy en ello?

—No te veo muy centrado, en verdad. Pero eso es solo mi opinión.

—¿Y por qué, capullo? —Iván advierte que Marcos se ha echado hacia atrás. Si ha elevado la voz más de lo necesario, no ha sido consciente.

—Porque, no te enfades, tío, pero me parece que estás pasando por alto algunos detalles relevantes. —El tono de voz cauteloso de Marcos denota que, efectivamente, el inspector le ha amedrentado.

—A ver, ilústrame.

—Para empezar, SurConEd. Todo gira a su alrededor. De una u otra manera, siempre está ahí. Jhon, Alberto, Quino y Segis, trabajadores de la misma empresa. Las dos muertes en hoteles Sacramento... demasiada casualidad... por otra parte, no sé en Sevilla, pero aquí esta gente tiene una fama regular.

—...

—Mueven mucha pasta. En poquísimo tiempo han comprado la mitad de los locales gais de Torremolinos.

Aparte del hotel y del Shangri-La, tienen bares de copas en El Palmeral, la discoteca Ayre, la sauna Hermes y este mismo local, el Sling.

Están forrados y siguen creciendo. Como sigan así, no vamos a ver otra cosa en Torroles más que el logotipo del pez volador.

—Eso no es delito. A mí me parece que lo que hay es mucha envidia.

—Si tú lo dices... Pero hay quien opina que ese pez volador está podrido, que tanto negocio no es más que una tapadera para otro más lucrativo y menos legal.

—¿Blanqueo? ¿Drogas?

—Yo solo te digo lo que se rumorea por ahí.

—La gente habla demasiado y en este país nadie quiere a los triunfadores. ¿Algo más?

Marcos se le queda mirando. Asombrosamente, parece despejado y despierto. Y muy interesado en seguir hablando:

—Levítico. ¿No te has parado a pensar por qué Segis usó ese alias? No es una palabra muy común.

—Es el título de uno de los cinco primeros libros de la Biblia. Segis era un hombre muy religioso. Como su familia. Su padre me recitó un versículo de memoria.

—¿Y no crees que pueda guardar alguna relación?

—Vamos, hombre, ahora eres tú el que se está montando un telefilme.

—Yo solo te digo que, en general, hay que enfocarse primero en lo más evidente. Después, si eso falla, buscas en otro sitio. —Marcos vuelve a ganar confianza—. Pero aquí el inspector eres tú. Yo no entiendo de estas cosas...

Como sincronizado y ensayado. Justo en el momento en que Marcos calla, el último beat del tema techno que está sonando se apaga.

Las luces del club se encienden. Miradas deslumbradas por este amanecer artificial.

Iván descubre en la de Marcos un brillo de sagacidad e inteligencia.

Habla mucho, es muy curioso, lo pregunta todo, pero no es mal tipo.

—Hasta ahora no me había fijado en tu pie —dice Marcos, como para corroborar los pensamientos de Iván—. En el dedo. Eso fue...

—Sí —interrumpe el inspector—, pero esa historia también te la cuento otro día. Hora de irse a dormir, aquí está todo el pescado vendido.

En la puerta del Sling se concentran tres o cuatro grupos de tíos para seguir la fiesta en la sauna, en el after o en un chill en casa de alguien.

Iván y Marcos dudan si unirse a ellos, pero finalmente deciden que mañana será otro día y se despiden allí mismo.

Haces bien, se dice Iván mientras enfila sus pasos hacia el hotel Sacramento.

Diez minutos andando. Así se despeja. Tres zumbidos le bombean la cabeza.

Uno, el recuerdo de los bajos gruesos de la música del club, una sensación física en los tímpanos que se lleva consigo a la cama.

Dos, la insistencia de Marcos en hacerle ver que SurConEd no juega limpio.

Esa sospecha ya la había albergado él, pero ahora, al oírla verbalizada por el camello, ha ganado peso y reclama una atención urgente.

Va a necesitar la ayuda de Pilar. Por último, está Rodrigo, un zumbido que no le ha abandonado en toda la noche.

En el ascensor panorámico del hotel contempla cómo la serpiente de luz que perfila la costa hasta más allá de la capital malagueña se va apagando, y cómo las primeras claridades malvas emergen en el horizonte desde las profundidades del mar oscuro.

iPhone en mano, teclea en el buscador de Instagram el nombre y los apellidos correctos que, como una revelación, se le han aparecido de golpe mientras observaba el amanecer.

Rodrigo Gil Roma. Gil, coño, era Gil. Bingo: la app solo devuelve un resultado.

Envía un MD: «Me gustaría verte. Nos lo debemos».

No va a conciliar el sueño hasta más allá de las siete de la mañana.

Se quedará esperando una respuesta que no llegará. No esa mañana.