36. Viernes por la noche #2
Tres horas —y un puñado de copas y de rayas— más tarde, Marcos e Iván guardan sus ropas en las taquillas del Sling, uno de los tres clubes de sexo gay de Torremolinos.
Han recalado allí después de un infructuoso intento de entrar en la discoteca Ayre, donde la cola era interminable.
El inspector incluso ha hecho un conato de plantarle cara al portero, un bicho de dos por dos metros y con la cara de un enano de Tolkien, pero Marcos le ha parado los pies.
Ya se ha señalado demasiado en tan solo una tarde.
Tocaba, por tanto, encontrar un sitio menos abarrotado, amén de que ¿cuándo ha rechazado Iván un polvo casi seguro?
Porque casi seguro que, en el Sling, entre tanto guiri, alguno cae.
Y, si no, siempre cabe la posibilidad de que a Marcos le apetezca echar un buen rato con él.
De hecho, cuando se desnudan frente a las taquillas, se recrea unos segundos en el cuerpo trabajado del joven camello.
Esta tarde, entre la estrechez en el baño del Shangri-La y las ansias por meterse algo, no se ha fijado.
Ahora, esos músculos marcados le están provocando una erección.
Como agradecimiento, Marcos le ofrece una sonrisa y lo besa con fruición.
Las bocas y las lenguas secas y amargas.
Piden una copa en la barra, ocupan la primera cabina que se queda libre (tienen que esperar, porque el local, aunque mucho más grande de lo que aparenta desde fuera, está hasta arriba), se meten dos puntas de mefe y siguen besándose y acariciándose.
Al momento, el movimiento de sus cuerpos se sincroniza con el ritmo machacón del techno que retumba en las paredes del club a todo volumen.
Todo en negro y rojo, mucha oscuridad, mucho humo.
—Te has quedado muy callado —dice Marcos minutos después de correrse.
—Se llama fase meseta.
—Me había hecho ilusiones: pensaba que era por mí, que te había dejado sin palabras.
Silencio.
—Creo que hay algo más —insiste Marcos en un tono cariñoso—, pero, como vas de duro, no me lo quieres contar.
Más silencio.
—Déjame adivinar: es un asunto de amor.
En la penumbra de la cabina brillan el porro de maría, que fuman a medias, y los ojos del inspector, que se vuelven hacia el camello.
—Pues lo que yo creo es que deberías haber dejado la bola de cristal en casa, porque de adivino tienes un futuro más negro que esto.
—Palmea el colchón de gomaespuma sobre el que están tumbados—.
Tengo un montón de cosas en la cabeza, pero te aseguro que el amor no es ninguna de ellas.
—Expulsa el humo y le pasa el porro a Marcos.
El aire se ha vuelto dulzón y pegajoso—. Listo, que eres tú muy listo.
—Entonces... ¿Salud? ¿Trabajo?
—Listo y cotilla.
—¿Familia?
El inspector comprende que solo hay una forma de cerrarle la boca. La primera la acaban de practicar. Con Viagra y todo, necesita unos minutos antes de un nuevo asalto.
—Un poco de todo. —La segunda, lanzarle un hueso—. Mi familia hace dos años que se hundió, pero esa es una historia que no me apetece contar ahora.
—Eso explica el numerito con tu hijo en la playa.
—Pensé que ya te habías largado.
—Solo me quité de tu vista. Pero lo vi todo.
—Y ahora me vas a dar tu opinión experta.
—Creo que te estás equivocando con tu hijo. —Le pasa el porro—. Desconozco vuestra historia, pero esta tarde le has dado motivos de sobra para cabrearlo.
—Me vas a perdonar, guapo, pero, como has dicho, no nos conocemos tanto y te repito que no me apetece hablar del tema.
—Tú mandas —dice Marcos y a continuación le da un beso largo y cálido. La oscuridad oculta un cierto rubor del inspector—. ¿Y qué tal de salud?
Silencio. Iván, descolocado. Pero algo —¿las drogas?— le empuja a seguir hablando. A ser sincero.
—No sé. Como tú, como todos aquí. —Dibuja una circunferencia en el aire con el porro—. Bebemos y nos metemos más de lo que recomienda la OMS. Una dieta poco equilibrada; eso cuando comemos algo. Y follamos a diestro y siniestro y sin protección.
—Yo tomo la PrEP.
—Y yo —miente Iván. Pero ha sonado convincente.
Está acostumbrado. Como todos. Cualquiera en este ambiente sabe que, si follas sin condón, o bien eres seropositivo (y te medicas, con lo cual el virus es indetectable e intransmisible) o bien eres de quienes toman la PrEP para no pillarlo.
Lo segundo es un símbolo de modernidad y, lo primero, un estigma todavía.
—Aunque eso no nos libra de otros bichos —continúa el inspector.
—Lo sé. Ni me acuerdo de la cantidad de veces que me han pinchado por una sífilis o una gonorrea.
Iván tampoco. Entre cinco y diez, cree. Este es el principal motivo por el que sus revisiones con el doctor Lucena, el jefe de servicio de infecciosos del hospital Virgen del Rocío, ya solo una vez al año, se desarrollan en un clima enrarecido.
Solo con atravesar la puerta de la consulta y ver la cara del doctor, parapetado tras la pantalla de su ordenador mientras ojea en silencio su historial médico, Iván ya sabe cómo han salido los resultados de los análisis.
No siempre le toca la lotería del hongo o la bacteria, pero para el doctor Lucena son demasiadas veces.
En una ocasión Iván apareció con un tres en raya: sífilis, gonorrea y clamidia.
—Hay una diferencia entre nosotros —dice Iván para cambiar de tema—: tú, cuando no estás colocado o trabajando, te machacas en el gym . Yo sigo bebiendo y metiéndome.
—Pues ya sabes lo que tienes que hacer.
—¿Ir al gym ?
—Controlar.
—Yo controlo.
—Sí, como todos aquí. —Le quita la colilla de entre los dedos. Intenta reanimarla. Ya no tira. La arroja a la papelera.
Se instala entre los dos un silencio raro. Marcos asume la responsabilidad de romperlo:
—Me queda una pregunta del examen, la del trabajo. ¿Estás con algún caso interesante en estos momentos?
Lo último que imagina Iván es que va a acabar hablando con un camello al que recién ha conocido, desnudos dentro de la cabina de un club de sexo gay en Torremolinos, sobre una investigación en curso.
Contra todo pronóstico, su cerebro, que ha estado naufragando todo el día y toda la noche en un oleaje químico y etílico, de pronto sale a flote.
A fin de cuentas, los camellos están en la calle. Y en la calle todo se sabe.
Por eso, el inspector despliega ante Marcos, escamoteando los detalles menos relevantes, la información de que dispone en torno a la muerte de Segis, también conocido como Levítico, su escasa vinculación con otra muerte, la de Quino, y con la desaparición de Alberto.
Y de la, al menos para él, atípica relación a tres que estos dos últimos mantenían con Jhon, un tipo, todo hay que decirlo, cuya reciente aparición en su vida le parece algo más que sospechosa, aunque, a su pesar, haya follado con él.
—Y en el fondo del cuadro, la empresa SurConEd/Sacramento, donde todos, incluido el principal sospechoso, han trabajado.
Marcos le escucha con la atención esforzada que requiere la hora, la oscuridad, la borrachera, el colocón y la desnudez.
Cabecea lentamente de arriba abajo. Sus ojos revolotean en zigzag como dos luciérnagas desorientadas.
Cuando Iván concluye el relato, lo primero que siente es que se ha equivocado.
Puto bocazas. No obstante, también algo se ha relajado en su interior.
Como si hubiera vomitado algo que le hubiera caído mal.
El sabor en la boca es agrio, pero algo dentro de sí lo agradece.
—Jhon es más de fiar que el resto de los personajes de esta película —dice Marcos. Muestra una sobriedad inesperada.
—¿Lo conoces?
—Claro. Se te olvida que los dos nos dedicamos a lo mismo. Y que Torremolinos sigue siendo un pueblo. Ahora no se cabe con tanto turista, pero en el invierno somos los tres gatos de siempre. Y ellos no se escondían. Eran muy populares. En opinión de algunos, demasiado.
—Típico. Sin embargo, hay algo en Jhon que, no sé...
—Mira, Iván. —Marcos se sienta rígido sobre la colchoneta, como si se preparara para largar un discurso serio—.
No tiene sentido que un asesino se presente en tu casa y te seduzca.
Eso solo ocurre en las películas clásicas de cine negro, en blanco y negro, donde la rubia platino se trajina al detective, hasta que este descubre que ella es la que ha matado al estúpido de su marido para cobrar la indemnización de la póliza del seguro. Pura avaricia.
—No solo. También porque el difunto la maltrataba y ella está convencida de que ese dinero le pertenece por derecho propio. Se lo ha ganado a pulso. A hostias, patadas y moratones.