Manual para construir un infierno 36. Viernes por la noche
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36. Viernes por la noche

Viernes por la noche

Las diez. Una ducha de agua fría que alivie la quemazón de los hombros y de la espalda y que resquebraje la nube de corcho de su mente.

Lo primero, algo. Lo segundo, apenas. Medio sándwich club al filo de la cama, sin hambre y en cuatro bocados.

Una hora tonta. Alternativas sin gracia ni atractivo.

Y la imagen de Rodrigo rebotando en las paredes de su cabeza y provocando un eco difícil de acallar.

Qué gilipollas, por qué no le habrá dicho nada.

Cómo ibas a hacerlo, no era el momento ni el lugar, qué vergüenza, imagínate que lo saludas así, colocado, lleno de arena hasta los pelos, y te devuelve una cara de asco y de rechazo o, peor aún, se da la vuelta como si no te conociera de nada.

Lo tiene claro: mejor no haber abierto la boca.

Se prepara para salir: dos rayas generosas y botellita de vodka del minibar.

La pócima es inmediata: un fogonazo cálido se enciende en su interior, alumbra en su mente la imagen de Rodrigo.

Hoy aquí, inesperadamente. Veinte años atrás, parte fundamental de su vida.

A decir verdad, Iván entonces no era del todo consciente de cuánto le importaba Rodrigo hasta que, a mitad del tercer año de carrera, su compañero se marchó de Erasmus a Mánchester y ya nunca regresó.

No hubo un motivo concreto ni manifiesto que los distanciara y, sin embargo, no fue sino por amigos comunes como Iván se enteró de que Rodrigo terminaría allí la carrera para después hacer un máster en alguna universidad de prestigio, The London School of Economics o similar.

Y ya. Nada más. Hasta hoy. Abre Instagram, ninguno de los más de diez Rodrigo García Roma es su amigo.

Nada nuevo. Él también utiliza perfiles falsos o anónimos, sin fotografía, en sus redes, incluyendo Grindr y demás app de citas.

Cierra Instagram y deja el móvil a un lado.

Mañana le pedirá al director del hotel el listado de asistentes al evento de inversores.

Ahora, las opciones que se le presentan son el no va más del tedio: uno, bajar a la cena-espectáculo de drag queens en la piscina del hotel, un teatrillo tan excitante como un geranio de plástico.

Dos, dedicarse a esnifar y asaltar el minibar hasta una hora mejor para salir a dar una vuelta, mínimo la una y media; no es mala idea, habida cuenta del calor sofocante que todavía aprieta, pero aun así le parece una tontería desaprovechar el tiempo en Torremolinos y necesita sacudirse de encima esta inquietud.

Se impone por tanto la tres, a la calle, ya.

Toca meterse en alguno de los bares para guiris de El Palmeral, los únicos animados a estas horas tempraneras.

Le da igual que su inglés, como el de la mayoría de los españoles, sea de ese nivel medio que, traducido al castellano, quiere decir mediocre.

El Palmeral es una urbanización en pleno centro de Torremolinos compuesta por cinco bloques descomunales de apartamentos.

Cinco moles de veinte plantas cada una, a razón de veinte apartamentos por planta.

A vista de dron, dibujan una H mayúscula, dura y gris, una colmena humana iluminada por los espejos azules de las piscinas que coronan sus cinco azoteas.

La diferencia entre El Palmeral y los cientos, miles de urbanizaciones similares que, como una bacteria mutante y desbocada, gangrenan toda la Costa del Sol, estriba en los bajos de estos edificios, en los cuales se arracima una multitud de locales comerciales, tiendas, restaurantes, bares y discotecas que, desde los años setenta, prácticamente desde que comenzó el boom turístico de la región, conforman el epicentro de la escena gay de Torremolinos y hacen al municipio acreedor, entre mayo y octubre, del título de capital marica del sur de España y de Europa —los otros seis meses ese cetro lo toma la también muy queer ciudad de Sevilla—.

Iván sonríe al recordar las palabras de un amigo madrileño con el que coincidió en uno de estos locales durante un fin de semana de fiesta de hace años.

Sabes por qué, le preguntó, esta ciudad es muy alta, pero no tanto como Benidorm: porque esa crece hacia arriba y esta hacia abajo.

Aquí no hay bar, pub , disco o after que no tenga un sótano, ya sea pista de baile, cuarto oscuro o las dos cosas.

En las noches de Torroles hay más personas divirtiéndose en los subterráneos que en la superficie.

Esto es como un puto queso gruyer gay. Cualquier día, el queso se desmorona y nos vamos todos al carajo, sentenció su amigo.

Iván estaba en lo cierto: el bar más animado que encuentra en El Palmeral luce con orgullo en su fachada una carta en inglés, francés, italiano, ruso, holandés, finés, y oh, mira tú qué bien, también en castellano.

Una carta que, en realidad, no es más que una cutre selección de cócteles ilustrada con algo que pretende parecerse a un mojito engalanado con una sombrilla de papel y otro algo que se asemeja a un spritz .

La música, reguetón del básico, está demasiado alta.

El inspector se aleja de los altavoces y ocupa un taburete al final de la barra, cerca de los servicios, desde donde tiene una panorámica completa del local.

Estéticamente es escandaloso: un derroche de burdeos, plateados, dorados, escay y lentejuelas.

Tan retro y tan kitsch que posee cierto encanto vintage .

El aforo está a medio gas, pero no tardará en llenarse.

De momento, aquí solo están los guiris que han subido directamente desde la playa.

Huelen a protector solar y a espeto de sardina.

El camarero es un tipo alto y delgado como un suspiro.

De hecho, suspira cada dos por tres, ¿por amor o de pena?

Quizás una mezcla de las dos. Sobre una camiseta blanca con el nombre del bar —Splash— estampado en plata, resplandece un chaleco rojo a juego con el color de su pelo (escaso), del bigote (espeso) y de los mofletes (blanditos).

En sus manos, sembradas de un recio vello pajizo, cada uno de sus dedos luce su correspondiente anillo de oro falso.

— Can I help you? —Si le hubieran soplado al oído que Ruti —ese es el nombre que figura en la plaquita de plástico que el camarero lleva prendida en el chaleco rojo— es una marioneta de madera operada por un ventrílocuo oculto bajo la barra, el inspector De Pablos se lo habría creído. Así de rígido e inexpresivo.

—En español, si no te importa. Ponme un vodka cortito con tónica.

—El mío español también cortito, sorry .

—No tienes pinta de recién llegado a Spain —dice Iván mientras Ruti prepara el combinado.

—¡Casi veinte años! —exclama el camarero con algo parecido a un gesto de emoción en la cara.

—Ya decía yo. No has tenido tiempo de aprender el idioma.

Ruti se limita a sonreír mientras remata el combinado con la sombrilla de papel. Rosa y plata. Sigue sonriendo mientras Iván le da un trago largo, se gira y, copa en mano, entra en el baño.

Cuando sale —dos rayas de mefedrona después, el vaso vacío— un tipo se ha sentado en su taburete y, de espaldas a él, habla con la marioneta.

—Coño, ¿no había más sitios? —El tipo no se da por aludido. Parece tan de palo como Ruti—. Oye, te estoy hablando a ti... ¡Joder! ¿Tú?

—Tranquilo, hombre, que no sabía que estaba ocupado... Lo siento, me voy, no quiero más pelea —hace una pausa, baja la voz—, y menos con un poli.

Es Marcos, el camello que le ha regalado el material unas horas antes en los baños del Shangri-La.

Se levanta y va a sentarse a una mesa un poco más al fondo, mientras Ruti continúa limpiando el polvo imaginario a un vaso de cristal, sin quitarle ojo al inspector, sin borrar la sonrisa de su cara de palo rojo.

—Otra de lo mismo.

Termina la copa y todavía no consigue desembarazarse de la sensación de demolición que le acompaña desde que ha desembarcado en Torremolinos. Por eso, se levanta y, en vez de ir a la barra, le dice a Marcos:

—¿Te tomas una con un poli?

—No llevo nada, tío, te lo prometo.

—No te he preguntado eso.

—Joder, inspector.

—¿Cómo sabes que soy inspector?

—Aquí no eres tan famoso como en Sevilla. —Marcos apura su copa. Empieza a incorporarse—. Pero después de la que has liado esta tarde en la playa, no te queda mucho. Desde luego, tu especialidad no es pasar desapercibido.

—La tuya tampoco —repone Iván reteniéndolo por la muñeca con suavidad—. Déjame que te invite a una copa. Te la debo.

Marcos duda unos segundos antes de volver a sentarse. Alza la barbilla en dirección a Ruti y le indica con un gesto de la mano que dos más de lo mismo.

—De acuerdo. Pero una copa no compensa tu compra de esta mañana...

—No te pases. La visita al calabozo que te he ahorrado vale mucho más que unos pocos gramos —responde Iván, divertido con el desparpajo del camello—, bastante cortos, todo hay que decirlo.

—Con toda la mierda cortada que circula por aquí en estas fechas, ya puedes darte con un canto en los dientes —dice Marcos con aires de suficiencia y un punto de orgullo—. Te aseguro que no hay nada mejor en toda la Costa del Sol. Ni siquiera en Marbella, digan los rusos lo que digan.

—¡Seguro que no! —exclama Iván, ya sin poder contener la risa.

Puede que se trate del efecto del veneno, pero desde luego, el tal Marcos le está enderezando la noche. Sin contar con que, cuanto más se fija en él, más empieza a ponerle.

—¿Qué haces en este garito? Aquí no vas a vender ni un medio.

—Ya te he dicho que no llevo nada encima.

—Vale, lo que tú digas. Venga, llorón, te invito a un tiro. —Iván pone una bolsita en la mano de Marcos. Retiene la suya unos instantes.

—Tendrás morro. Eso es mío.

—Dale, antes de que se me pase la fase de generosidad y me entre la de que te vayan dando.

Ahora es Marcos quien ríe con ganas. Su mirada se encuentra con la de Iván mientras entra al baño. Bonitos ojos.