37. Viernes por la tarde #3
De camino, pasa por la puerta del salón principal.
Acaba de empezar el cóctel de clausura del evento para inversores organizado por SurConEd.
Debe de haber sesenta o setenta asistentes, la mayoría hombres.
Suena música de cóctel ochentero. Caras sonrientes y satisfechas en general.
Atuendos ligeros, mucho lino, mucha guayabera, mucha bermuda, muchos dedos de los pies descubiertos.
¡Ay! El dedo meñique de su pie izquierdo, recuerda Iván.
Qué poco le gustan las sandalias desde aquello.
Asoma la nariz por la puerta del salón. No va vestido para la ocasión y no está despejado del todo.
Sin embargo, un diligente camarero lo divisa a lo lejos desde el otro extremo del salón y se acerca presto para ofrecerle una bandeja con copas de champán, cortesía de uno de los patrocinadores del evento.
El inspector, la boca seca, se bebe la primera de un tirón y toma una segunda de la bandeja.
Buena cosa esto de ser rico, se dice y se atreve a entrar.
Algunos asistentes se vuelven a mirar disgustados su aspecto playero y desaliñado, su boca tensionada y su cara torcida.
Deambula entre los corrillos, pilla retazos de conversaciones intrascendentes, sobre el tiempo, sobre las vacaciones, sobre los hijos o los perros, que hay que ver lo caros y lo molestos que son.
Empieza a aburrirse. Cambia la copa vacía por otra llena.
Está a punto de irse cuando la música cesa y un tipo vestido de un blanco roto impoluto de la cabeza a los pies y con un bronceado curtido en años de dedicación al dios sol, reclama la atención de los invitados micrófono en mano.
No necesita presentarse, todos aquí lo conocen, Iván también lo reconoce de las fotos que adjuntó Pilar en su informe, se trata de Miguel Marín, el consejero delegado de SurConEd.
A su lado y dos pasos atrás, en una manifiesta pose de segundón, un hombre calco del primero, resulta difícil diferenciarlos, podrían intercambiarse ropas y rostros.
Idéntica sonrisa blanca nuclear, idéntico culto al cuerpo, idéntica espalda erguida y triunfadora de la vida.
Es Antonio Lupiáñez, el director del hotel Sacramento Torremolinos, el buque insignia del grupo empresarial.
El speech del consejero delegado es breve y está repleto de lugares comunes.
Termina invitando, casi obligando a los asistentes a relajarse, a disfrutar de la velada, y a comer y beber.
Remata con un agradecimiento sincero a los numerosos patrocinadores de la gala.
Sírvanse, todo está pagado. Aplausos. Como por arte de magia, comienzan a desfilar por el salón camareros de ambos sexos, jovencísimos y guapísimos, portando bandejas repletas de exquisiteces.
Gama alta para el paladar. Lujo culinario.
La buena vida en pequeños bocados. Terminan los aplausos.
Los asistentes se lanzan a devorar con fruición, cuando hay hambre sobran los remilgos y la buena educación.
Se forma un corrillo alrededor del director y del consejero delegado. Felicitaciones. Abrazos y palmaditas en la espalda. El inspector camina hacia ellos con intención de presentarles sus respetos cuando ve a Rodrigo. Y su corazón se encoge hasta el tamaño de una canica.
Primera impresión: no lo recordaba tan alto.
¿En serio le saca casi una cuarta? Con su más de uno ochenta, Iván no se tiene por un hombre bajito, pero Rodrigo debe de superar con mucho el uno noventa.
Segunda y más acentuada: aunque ambos son de la misma edad, cuarenta y dos años, su antiguo amigo se conserva mucho mejor.
Sólo una delgada línea en la frente, que más bien parece surfearla con gracia, y una ligera sombra bajo los ojos dan cuenta de las dos décadas transcurridas desde la última vez que se vieron.
Por lo demás, su amigo sigue tan guapo como entonces: su pelo de un negro abisal, corto, pero suficientemente largo para peinarse una raya al lado, transmite la misma fresca sensación de recién lavado, y su barba de tres días presume de las mismas tres canas fortuitas que Iván recuerda.
Salta a la vista, además, que Rodrigo mantiene la costumbre de una hora diaria de gimnasio, incluidos sábados y domingos y que, en lo económico, la vida le ha ido bien: la americana de lino que lleva parece tallada en exclusiva para él y no de las baratas.
Solo un detalle ensombrece su lozanía: la total ausencia de brillo en sus ojos ceniza, ni rastro de aquella mezcla irreal, mágica, de serenidad e inquietud que, veinticinco años atrás, cuando se conocieron en la facultad de Derecho de la Hispalense, el mismo año en que él y Alicia comenzaron a salir, a punto estuvo de hacer creer a Iván que se había enamorado al mismo tiempo de la que después sería su mujer y de un hombre, su amigo del alma.
Al final, lo suyo con Rodrigo quedó en un par de roces furtivos en mitad de la pista de baile, y siempre en largas noches de alcohol, porros y alguna que otra raya de cocaína en ocasiones muy especiales.
Como por concatenación de ideas, Iván recuerda que está colocado y que su aspecto es un desastre.
Por eso no se atreve a recorrer los escasos tres metros que los separan.
Tal es la profunda sensación de vergüenza que le invade.
Durante un instante fugaz sus miradas se cruzan. Iván se da la vuelta y se va.
En su habitación hace un calor infernal. La ranura donde se introduce la tarjeta para activar el sistema eléctrico está vacía. Tampoco ve la mochila de Rafa.
—¿Dónde coño se ha metido este niño?
Se dirige a la habitación de Pilar, al final del pasillo. Su compañera le abre la puerta, pero no le invita a entrar. Rafa está detrás de ella, tumbado en el sofá, con los auriculares puestos y el móvil en la mano.
—Tu hijo me ha preguntado si se podía quedar a dormir aquí esta noche. Además, dice que no lo esperes para cenar, que ha comido muy tarde y no tiene hambre —hace una pequeña pausa, baja la voz a continuación—, y que está cansado.
—Pero ¿qué dice este? A ver, niño —exclama por encima del hombro de Pilar—, escúchame.
—Iván, déjalo. —Mano suave pero firme sobre el pecho del inspector—. Todos estamos cansados. Tú también deberías dormir. Mañana será otro día. Nos vemos en el desayuno. —Pilar cierra la puerta en sus narices.
Pues sí, será otro día, pero él lleva un arsenal químico en el bolsillo, el sol ha empezado a ocultarse detrás de los montes de Torroles, y hoy es viernes. Y los viernes, eso lo sabe también Pilar porque él se ha encargado de enseñárselo una y otra y otra vez, se sale. Sí o sí.