Manual para construir un infierno 37. Viernes por la tarde #2
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37. Viernes por la tarde #2

En el DNI del otro, el nombre de Marcos.

Antes de devolvérselo, le saca una foto con su iPhone y le pide el material que lleva en la bolsa.

Cuatro de mefe y dos de coca. Los dos salen ganando: el camello, porque Iván no lo va a denunciar por esa cantidad; el inspector, porque le va a salir gratis la fiesta.

También se queda con su número de teléfono, por si volviera a necesitar algo de él a lo largo del fin de semana.

La única palabra que sale por la boca del muchacho es «cabrón», que Iván escucha a través de la puerta cerrada del baño cuando ya lo ha dejado marchar y mientras él prepara dos generosas rayas sobre el portarrollos vacío de papel higiénico.

—¡Gilipollas! —responde más para sí mismo tras meterse la primera. Joder, qué ganas tenía.

Los del urinario y los de la cola se han dispersado.

Marcos también se ha esfumado, pero Iván está convencido de que lo volverá a ver.

Debe de estar haciéndose mayor: también este, como Jhon, es demasiado joven y musculoso y, sin embargo, se ha fijado en sus facciones varoniles, muy de su gusto y, sobre todo, en la intensa y muy apetecible seriedad de su boca.

La comida en la mesa. Pilar tiene el pelo mojado. La camiseta sobre el bikini mojado. Los pies mojados. Ha empezado a comer sin él.

—¿Y Rafa?

—Lo dejé hace un rato en la orilla, hablando con un amigo.

—¿Un amigo? ¿Aquí?

—No eres el único que pierde el tiempo.

—¿Qué quieres decir?

—Un camarero le acaba de decir a otro que un poli estaba confiscando droga en los baños.

—Si los camareros no hablaran tanto, las comandas llegarían a su hora —dice Iván riéndose mientras termina la copa, aguada.

Pide otra. Pilar sigue comiendo con la vista fija en el plato, pero él sabe que le está observando. Por eso intenta engullir un poco de la ensalada de pimientos asados con cebolla y melva. Imposible, las cosas de la química. Mejor bajar a la orilla a buscar a Rafa.

—Se los va a comer fríos —dice Iván de pie, señalando el plato de espaguetis de Rafa sobre la mesa.

—Voy a pedir que los calienten un poco.

—Al ritmo que van, los traerán para la cena —replica Iván.

No ve a Rafa ni en la orilla ni en el agua.

Hay tanta gente como en una bulla de Semana Santa, y tantos gais como una noche de sábado en la Alameda.

¿Para esto se van de vacaciones, para ver las mismas caras y los mismos cuerpos con menos ropa?

Lo encuentra sentado en una tumbona bajo una sombrilla junto a un tipo que, incluso en la posición que están, de cara al mar y de espaldas a él, es a todas luces mayor que él.

Bastante más, de hecho. Charla y risas. El peso de sus cuerpos sobre los extremos de la colchoneta empuja sus hombros hacia el centro de la tumbona.

Iván se acerca despacio, abriendo mucho las orejas:

—... un par de días —dice su hijo.

—Pues vamos a vernos.

—Claro. Busco el hueco.

—¿Tú también estás aquí, en el Sacramento?

—Sí, comparto habitación con mi padre.

—¿También es guapo tu padre?

—¡No sé! —exclama Rafa entre risas.

—A ver si me lo presentas —le insta el tipo riendo a su vez, mientras le da una palmadita a Rafa en la espalda—, y yo te diré si es guapo o no, que de estas cosas sé un rato, chaval.

—¡No me cabe ninguna duda! —Iván, que por lo general no necesita esforzarse para que su voz suene autoritaria, esta vez ha tenido que hacerlo—. Yo también sé un rato de los tipos como tú.

Ni Rafa ni su acompañante en la tumbona lo ven venir.

Más que la fuerza, lo que los deja boquiabiertos es lo inesperado del manotazo sobre sus hombros.

Tal es la sorpresa que ambos caen hacia delante, derramándose encima sus tintos de verano.

El amigo se lleva la peor parte. No solo se pone perdido el bañador y las piernas, sino que, por efecto del rebote, el vaso le da en la frente y el resto de la bebida le cae a chorros por la cara.

—¡Serás hijo de puta!

En menos de un parpadeo, los dos hombres ya están dándose de hostias, rebozados en una pasta de arena negra y tinto con casera.

A su alrededor, un corro de bañistas se divide entre los que jalean y los que, los menos, hacen lo que pueden por separarlos.

Pilar pone fin a la tangana. Aparece acompañada de dos tipos con cabezas tan cuadradas como sus prominentes mandíbulas.

En sus brazos serpentean unas venas del calibre de tuberías de plomo.

Brazos que atrapan a Iván y a su oponente y que solo los sueltan cuando consiguen que se calmen.

La subinspectora le pide a Rafa que la espere en el chiringuito.

El chaval pide disculpas a su amigo de la tumbona, te llamo luego, le dice antes de marcharse. No se vuelve a mirar a su padre.

—Iván, cuando te canses de hacer el idiota, ve, pídele perdón a tu hijo y échale algo sólido al estómago —ordena Pilar—. Aunque antes, haznos un favor a todos y métete en el agua. Te limpias y te despejas.

—¿Y vosotros, machotes, de dónde habéis salido? —pregunta el inspector a los dos gigantes.

—Son los guardias de seguridad del Shangri-La —responde Pilar. Los tipos no se inmutan.

—¡A buenas horas! ¿Por qué no vais a daros una vuelta por los baños? La diversión está allí abajo, no aquí. Aunque, claro, seguro que de eso vosotros no sabéis nada...

—¡Iván, ya!

Cuando el eco del grito de Pilar se apaga, el inspector se percata del silencio que se ha hecho a su alrededor, de las decenas de pares de ojos que se clavan en él.

Un baño, sí, se dice, un baño es lo mejor.

El agua está helada, pero se toma su tiempo para, como ha dicho su compañera, despejarse. Lo consigue solo a medias.

Iván pregunta por Pilar y Rafa al camarero del Shangri-La que está recogiendo la mesa.

Se acaban de ir, le responde algo cohibido.

En tan solo un par de horas el inspector se ha labrado una imagen y una fama de matón, bronquista y pendenciero que no sabe beber.

Mejor subir a la habitación, ya debe de estar lista, y quitarse de en medio durante un rato.

Pregunta en recepción al chico del pelo amarillo irreal por su mochila y de nuevo por el director del hotel.

La primera la han subido ya a su habitación, el segundo aún no ha llegado, pero está avisado y ha dejado un recado: invita al inspector mañana a desayunar con él.

Mesa reservada junto a la piscina. Con el bañador todavía mojado y la camisa que le roza la espalda y los hombros rojos por el sol, el aire acondicionado del hall — un microclima propicio para la incubación de huevos de pingüino— le pone la carne de gallina.

Abandona la recepción deprisa y no espera al ascensor panorámico, aunque eso le suponga subir a pie los siete pisos.