Manual para construir un infierno 37. Viernes por la tarde
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37. Viernes por la tarde

Viernes por la tarde

Ni en la playa, joder. Este puto calor no hay quien lo soporte.

El Hotel Sacramento Torremolinos se yergue sobre un risco, un discreto acantilado sobre el que domina un amplio tramo de paseo marítimo que recorre prácticamente toda la línea costera del pueblo salvo los últimos kilómetros al este, lindantes ya con la ciudad de Málaga, y que constituyen una tierra de nadie, un no lugar donde se amontonan el enorme, seco y destartalado campo de golf, un par de cascados polígonos industriales, diseminados esbozos de urbanizaciones de viviendas del tipo casa-porche-piscina-jardín-verja low cost y el único sector nudista de la playa que, a su vez, da cobijo a una zona de cruising entre matorrales y dunas bajas y grises, en las que no es infrecuente el rescate con grúa de algún coche atascado (o si los conductores se han gustado, de dos, de tres o de más coches).

Por su parte, la playa situada a los pies del hotel y del risco, de arena basta y negruzca, y a la que se accede atravesando una piscina demasiado pequeña para el desorbitado número de clientes alojados en el hotel, es una sucesión ininterrumpida de tumbonas, hamacas y chiringuitos.

Desde las habitaciones de las plantas más altas —y desde la otra piscina, la nudista de la azotea, coronada con una desproporcionada bandera con los colores del arcoíris y el logotipo del hotel (un pez alado)—, se divisa el hormiguero de bañistas, hordas de aspirantes a clase media que portan la felicidad en una pulsera también multicolor y con el mismo logo del pez alado.

La felicidad del todo incluido durante una semana.

En los escasos veinte metros que van del excesivo aire acondicionado del coche al obsceno aire acondicionado tras la puerta automática del Hotel Sacramento Torremolinos, Iván, Pilar y Rafa sudan a chorros.

En la cola ante el mostrador de la recepción, los tres coinciden en que necesitan, se mueren por un chapuzón en la playa o en la piscina.

Una riada de gente, la mayoría hombres, entra y sale, lucen orgullosos sus pulseras, sus tangas diminutos y fluorescentes y sus más que generosas barrigas sembradas de vello espeso que, con todo, no ha impedido que el sol criminal las haya achicharrado y después despellejado.

Eso del melanoma debe de sonarles a cóctel exótico.

Algunos, recién salidos de la piscina, imprimen en el suelo las huellas mojadas de las chanclas o de los pies descalzos.

Iván observa divertido las caras de estupor de su compañera y de su hijo y les señala sendos carteles que, sobre un trípode forrado de terciopelo rojo junto a la puerta de acceso a la piscina exterior, anuncian el final hoy del evento para inversores y el inicio, también hoy, de la Bear Beach Party, la fiesta anual de los osos.

El chico que les atiende, joven y con el pelo teñido de un amarillo imposible y flaco como una sombra, les felicita por la suerte que han tenido de pillar un par de cancelaciones de última hora, aunque por desgracia ninguna de esas habitaciones está lista, el hotel está lleno hasta la bandera, no dan abasto.

Pilar le contesta que ya podrían contratar más gente, y el polluelo apaga su sonrisa automáticamente, como si su inteligencia artificial no estuviera programada para ciertos temas.

Si ella supiera lo que tienen que soportar no diría estas gilipolleces, parece pensarle a la cara.

Iván pregunta por Antonio Lupiáñez, el director del hotel.

El pollo contesta que está en una comida de negocios, que, como comprenderán, entre el evento para posibles inversores y la Bear Beach Party están superocupados, pero que pierdan cuidado, porque él les avisará tan pronto como regrese, que no será mucho, para nada, y que mientras tanto, como muestra de cortesía, el hotel los invita a un cóctel de su elección en el Shangri-La, el chiringuito del hotel a pie de playa, justo ahí, chicos, bajando las escaleras, no tiene pérdida.

El único sitio disponible para ponerse el bañador son los aseos de la recepción.

Un baño refrescante y un margarita gratis justifican la estrechez, piensa Iván, quien, como extra, se mete una punta de mefe.

Lo hace por tres razones: porque le apetece, porque sí y porque, cuando se ha sacado los zapatos y los calcetines, se ha visto el pie izquierdo y la ausencia de la tercera falange del dedo meñique, un vivo recordatorio de un antiguo caso que casi le cuesta la vida.

Pero eso es otra historia. Valiente hijo de puta, ojalá estés ardiendo en el infierno, murmura mientras sale del aseo uniformado con el bañador, la camisa de manga corta estampada y las chanclas. Deja la mochila en recepción.

Pero la incomodidad de esos aseos es poca cosa en comparación con el panorama que les espera en el Shangri-La.

Como muchos otros chiringuitos de la Costa del Sol, este ofrece un menú a base de platos internacionales de calidad justita, burritos, ensaladas y pastas, nada de pescados típicos de las aguas de la zona.

Si a esto se le añade que todos los días de julio y agosto, desde las cuatro de la tarde hasta las doce de la noche, y más allá de las dos de la madrugada durante los fines de semana, un DJ pincha una música que sube de decibelios y BPM conforme van pasando las horas y las copas, el chiringuito, y en concreto su pequeña pista de baile de lamas de madera extendidas sobre la arena, rebosante de cuerpos peludos y mojados que, en el apogeo de la fiesta, giran y salpican gotas de sudor, más se parece a un lavadero de coches que a un restaurante de playa.

Este es uno de los motivos por los que a los camareros se les contrata por su físico y no por su destreza.

En conclusión, las comandas tardan en llegar a la mesa el doble que en cualquier otro chiringuito.

Con todo y con ello, el Shangri-La es the place to be .

Sobre todo, un viernes de apogeo veraniego como este.

Delante de la barra del chiringuito, se agolpa un enjambre de bañistas, clones de los que han visto en recepción y en la piscina del hotel, hombres la mayoría, deshidratados y pringosos, taparrabos y sonrisas de satisfacción perfectas e histriónicas.

Claro que sí, qué coño: son los elegidos, están donde ellos creen que el resto de la humanidad querría estar.

Sus manos, por decenas, se alzan reclamando en sus pulseras de goma el ansiado cóctel refrescante.

Cóctel que, por cierto, en ningún momento es a su elección como se les ha prometido: tinto de verano para todo el mundo, es eso o nada.

Iván cede el suyo a Pilar y lo sustituye por un vodka cortito con tónica.

Presume, y presume bien, que no será el único del día.

—Podrías cortarte un poco. Tu hijo...

El inspector apura la tercera copa ya y aún no han traído la comida a la mesa que han conseguido pillar una hora después de apuntarse en una lista de espera.

—Mi hijo lleva tres tintos de verano y míralo, tan feliz —responde Iván señalando a lo lejos a Rafa, que alivia la tardanza con un baño en el mar. Hace un bochorno insoportable.

—No es lo mismo, y lo sabes. Un vodka no es un tinto ni cuarenta y tantos años son diecisiete.

—Él ya va diciendo por ahí que tiene dieciocho... Oye, Pilar, vamos a tener una tarde tranquila, ¿te parece? Con una ex cabreada voy sobrado.

No se atreve a mirarla a la cara. Toca visitar los baños.

Que están bajo tierra. Una planta menos cero que sirve también de almacén.

Diferenciados entre hombre y mujer, se usan sin embargo indistintamente.

Desde allí, una cola desesperante asciende hasta un extremo de la barra en la planta superior.

Pero Iván no aguanta más. Mear y meterse algo.

Baja corriendo las escaleras ante una ráfaga de miradas con intención de perdigones.

El primero en llamarle la atención es un chico muy joven —¿habrá cumplido los dieciocho?

—, vestido solo con un tanga que es un lazo de raso, las uñas de cada uno de los dedos de los pies y de las manos pintadas de un color diferente y maquillado como si fuera a presentar la final de Eurovisión.

Como un alud los demás se unen a sus quejas, qué desfachatez, dónde vas con esos aires, quién te crees que eres, boomer , respeta.

El inspector saca a volar la placa y todos envainan sus espadas.

De caballeros indignados a damiselas pundonorosas.

Iván entra en el aseo coronado con la letra C.

Tres urinarios pegados con tres tíos en bañador meando.

Rozando los hombros, puede que algo más.

Al fondo, una puerta cerrada que no llega hasta el suelo: por el hueco se ven cuatro pies, dos descalzos, que ya son ganas.

Iván abre la puerta. Dentro, un chico le está dando algo al otro.

Mano a mano. El inspector entra en tromba en el cubículo de no más de tres metros cuadrados.

Se apretuja entre ellos, el váter y el lavabo. Cierra. Huele a huelga de limpieza.

—¿Qué tenéis ahí, amigas? —La placa, aún en la mano.

Sorprende el femenino. Acojona la placa.

El más serio lleva a la espalda una bolsa de poliéster con cordones.

Camello, fijo. Al otro le tiembla la mandíbula.

Un cachorrito, un novato al que un mal amigo ha trajinado para que compre el material por él.

Venga, tonto, si aquí lo hace todo quisque, qué te va a pasar...

—Abre el puño, capullo —le dice Iván—, como sigas clavándote las uñas así te vas a hacer sangre.

—Yo... no... lo siento... —Al pobre chico se le encharcan los ojos. Iván no puede menos que compadecerse. Es hasta tierno.

—Dame eso y vete —le dice franqueándole el paso, apretándose más al otro—. No te quiero ver más por aquí.

—Sí, señor. Gracias, gracias.

—Y lávate esos pies inmediatamente, hombre, que a tu edad uno lo pilla todo.