38. Viernes por la mañana (más tarde) #2
—A Jesús Hogaza, el jefe de obra —responde Pilar sin una mera inflexión en su voz—.
Me ha explicado también a qué obedeció el cambio de actitud de Jhon: conoció a un tal Joaquín Villegas Sánchez, un carpintero que trabajaba como jefe de mantenimiento en el Sacramento Torremolinos y que lo recomendó a sus superiores para que le dieran una oportunidad.
—Era su novio. Quino. Joaquín. Murió ahogado en la piscina del hotel las navidades pasadas.
—¡Uno de los dos fallecidos en accidente laboral! —exclama Pilar cabeceando—. Debí haber afinado más en el informe de la empresa. Qué estúpida.
—No te flageles, mujer. No es tan obvio. A cualquiera se le puede pasar un dato así.
—A mí no —replica la subinspectora con firmeza—. En cualquier caso, me da la impresión de que ya sabías de la conexión Jhon-Quino.
—Sé por dónde vas. —Iván se retrepa en el asiento y respira tranquilo al ver por el retrovisor que Rafa lleva los auriculares puestos y que se agita tumbado en el asiento de atrás al ritmo de lo que quiera que (¿reguetón?) esté escuchando—.
Digamos que Jhon y yo hemos tenido la oportunidad de hablar.
Y nada más. No empieces a imaginar cosas.
— Jo no imagino res . Me limito a constatar un hecho —Pilar mantiene la mirada fija en la carretera—, y es que Jhonatan Domínguez trabaja en la obra del hotel Sacramento Alameda, donde ha muerto Segis en un, digamos, más que dudoso suicidio.
Y que el mismo Jhonatan Domínguez fue pareja de Joaquín/Quino Villegas, también fallecido en un accidente laboral, también en una azotea, también en un hotel Sacramento, el de Torremolinos en este caso.
¿Puedo preguntarte si hay alguna otra información que me haya perdido?
—Solo un detallito más. —Iván se aferra con más fuerza al volante—. Jhon y Quino mantenían una relación a tres bandas con Alberto, otro trabajador de la empresa, pero de Cádiz, en este caso.
—¿Poliamor?
—El propio Jhonatan me dijo que no les gustaba ponerse etiquetas, pero sí: formaban una trieja.
—Muy modernos... pero hay que ver cómo se complica la gente la vida. Si convivir con uno ya es difícil, con dos...
—Lo mismo le dije yo. Me contestó que solo se veían los fines de semana. Aunque fueran de la misma empresa, trabajaban en obras de diferentes provincias.
—Mejor así. Al final, va a ser que las relaciones a distancia son más duraderas —dice Pilar más para sí.
—¿Sombras tenebrosas en el paraíso? —También el inspector ha suavizado la voz.
—Digamos que aquí abajo hace demasiado calor para una familia de allí arriba —responde cabizbaja—, pero no me apetece hablar del tema —intenta sonar más briosa—. Dime, habrás contactado con el tal Alberto, ¿no?
—Ese es el quid de la cuestión, que está desaparecido.
—Define desaparecido.
—Que se ha esfumado en el aire, que una tarde salió del trabajo y nunca llegó a su casa.
— Collons! Vaya con el amigo trompetista y electricista. Suena a buen embolao.
—Cómo me gusta —exclama Iván, divertido—, lo bien que conjugas ya el catalán con el andaluz.
—Eso me dicen mi marido y mis hijas, que cada día parezco menos una cosa y más la otra. Y no te creas que me disgusta...
Una gasolinera cerca de Antequera. Repostan y aprovechan para estirar las piernas, comprar refrescos y patatas fritas e ir al baño.
Iván también para probar la mefe que ha pillado antes de salir.
El cajero era un camello. Quizás ya no lleguen a tiempo para comer y tendrán que acortar la tarde de playa.
El inspector se asegura de limpiarse bien los orificios nasales.
Solo faltaba que Rafa, que poco tiene ya de niño, le llame la atención sobre algún resto blanco.
Cuánto ha crecido. Hasta ayer no era sino un muchacho introvertido, desgarbado, de carácter seco y mirada desafiante.
Hoy es un proyecto de hombre guapo, que ha ganado contundencia en los andares y sustituido la rabia por un brillo de sagacidad en los ojos.
Y es que, entre todos los rasgos que su hijo ha heredado de él, que son un buen puñado, el que más reconoce como suyo desde que el chaval solo era un moco que aún gateaba es la curiosidad.
Una curiosidad que, en determinadas ocasiones, raya la insolencia.
En su boca todo son porqués y más porqués.
Al final, no es con Rafa, sino con Pilar con quien mete la pata. Cuando va a pagar, en la cartera de Iván solo hay un billete de cinco euros enrollado. Tira de tarjeta. Ella se le queda mirando. En su frente, una pregunta escrita: ¿no había sacado dinero? Sin embargo, lo que le pregunta es:
—¿Qué tal ayer en la terapia?
—Bien, bien —se apresura Iván a responder, devolviendo rápidamente la cartera al bolsillo trasero del pantalón vaquero.
—¿Alguna novedad?
—No, lo mismo que todas las semanas: palmaditas en la espalda por mi buen comportamiento.
—Iván está incómodo con el derrotero de la conversación, mejor darle carrete a Pilar con el caso—.
Me falta en todo esto la conexión de Segis.
Salvo que trabajaba también para Sacramento, no encuentro que tuviera nada que ver con Jhon, Quino y Alberto.
De hecho, vivía en un pueblo de Cádiz. Que, además, no está cerca.
—Bueno, fíjate en los otros, un trío...
—Trieja —interrumpe Iván.
—Como tú digas. Dudo que ese palabro exista en español, así que ni me voy a molestar en averiguar su traducción al catalán. Me gusta más trilla , un trío.
—A mí trieja, pero sí, eran tres tipos que vivían en tres provincias distintas y quedaban para follar o lo que sea que hacen las triejas los fines de semana.
—Iván sonriendo de manera excesiva—. Se llame como se llame, tenemos que averiguar algo más sobre Segis. ¿Cómo dijo en la radio que se llamaba?
—Levítico.
—Eso. El lunes, cuando volvamos de Torremolinos, nos damos una vuelta por la provincia de Cádiz. Por el hotel y por los domicilios de Segis o Levítico y de Alberto.
—Por si os sirve de algo, tengo tres amigos, dos chicos y una chica, que llevan meses en una relación poliamorosa —la voz de Rafa ha ascendido con tanta gravedad desde el asiento trasero del coche, que Iván casi no la reconoce en un primer momento—.
Ninguno de ellos usa eso de trieja. De hecho, no se ponen ninguna etiqueta, ni siquiera la de trío.
El inspector sube el volumen de la radio. Conduce en silencio y con la mandíbula tensa los últimos cincuenta kilómetros hasta Torremolinos.