38. Viernes por la mañana (más tarde)
Viernes por la mañana (más tarde)
Eso opina el inspector Iván de Pablos, quizás por la infinidad de veces que ha recorrido ese trayecto desde su salida del armario —expresión en desuso, rechazada por los mileniales y los zetas pero, qué coño, él es boomer , ¿no?
, se lo puede permitir—. De Antequera a Málaga hay apenas cincuenta kilómetros más y, desde ahí a Torremolinos, otros diez.
En total, dos horas y media en coche hasta el considerado segundo destino gay de Andalucía después de Sevilla, y el primero de sol y playa.
El inspector ni por asomo ha sospechado esta mañana que solo unas horas más tarde va a viajar de copiloto en el coche de la subinspectora Pilar Ojeda, con su hijo Rafa tirado en el asiento trasero, de camino a Torroles.
De hecho, a mitad de trayecto, más o menos a la altura de Osuna, todavía no termina de creer lo que está haciendo ni cómo ha llegado hasta este momento.
La llamada de Alicia le ha dejado al borde del penúltimo precipicio del que su relación cuelga desde hace dos años.
Como sucede en la mayoría de los divorcios, antes de dejar de hablarse tuvieron que atravesar un angosto desfiladero de acusaciones y reproches como dardos en una sola dirección.
El dolor que sentía Alicia lo canalizó en una negativa tajante a compartir la custodia de Rafa.
Sacó las garras y los colmillos para impedir cualquier contacto entre Iván y su hijo.
Nada que discutir. Las nuevas reglas del juego están claras: si él intenta cualquier acercamiento, por tímido que sea, se las verá con los abogados de ella.
Si él no le pasa la pensión alimenticia puntualmente cada día uno del mes, se las verá con los abogados de ella.
Y él habrá construido un relato de redención, con el programa de radio y sus sesiones en NA, pero ella no se lo traga.
E Iván no tiene el crédito bancario para afrontar el pago de sus propios abogados ni, mucho menos, el crédito personal suficiente para sortear el muro de una situación que, salvo las grietas abiertas en el cumpleaños del chaval, en las vacaciones del año pasado o en las pasadas Navidades, ha perdido pocos milímetros de espesor.
Pero, esta mañana, sin embargo, cuando Iván apenas podía colar una frase de disculpa entre el torrente tumultuoso de acusaciones y amenazas de Alicia, Rafa le ha arrebatado el iPhone a su padre con un zarpazo y, blandiendo una desarmante tranquilidad, le ha dicho a su madre que, si quiere denunciar a alguien, lo denuncie a él, que su padre no tiene nada que ver con la decisión que él, Rafa, ha tomado, es más, que se trata de una decisión a la que su padre es totalmente ajeno.
Y que se dé prisa, porque los dieciocho los cumple en menos de un año, y que ella ya tiene experiencia en la rapidez con que los tribunales resuelven y que, ah, por cierto, mamá, en lugar de llamar como una fiera y acusar a diestro y siniestro, podrías pararte un poco a pensar y preguntarte por qué lo hago. Te quiero, remata. Y ha colgado.
Y luego, mientras Iván ha intentado averiguar cómo salir airoso del marrón en el que su hijo le ha metido, el iPhone ha vuelto a sonar, y lo lógico habría sido que se tratara otra vez de Alicia, pero no, por suerte para él, era Pilar, aunque tampoco ella ha llamado en son de paz.
¿Qué coño pasa hoy? ¿Soy yo o el bajón químico y el arrepentimiento por la noche con Jhon?
—¿Has leído el informe que te pasé ayer de SurConEd?
—Sí, claro.
—Como ni me has dado las gracias...
Por nada del mundo ha querido Iván empezar otra discusión, pero a todas luces el tono de Pilar rezuma tensión.
—Tienes toda la razón, y te pido disculpas. El informe es completísimo. Como siempre, un trabajo estupendo. Gracias.
— De res. Es mi trabajo.
—Compañera —se ha atrevido a preguntar Iván con cautela—, ¿te pasa algo?
—Nada —ha respondido ella tras unos dubitativos segundos de silencio en la línea—, solo estoy algo cansada.
—Normal. A estas alturas del año todos necesitamos unas vacaciones.
—No veo el momento de que llegue el uno de agosto. Me muero por volver a casa. Allí me tengo que tapar por la noche hasta en verano. No sé cómo podéis vivir así en Sevilla. Això és insuportable.
—La costumbre.
—No creo que llegue a acostumbrarme a no poder respirar de día y no dormir de noche.
—Lo harás. O acabarás desquiciada.
—Pocos locos tenéis.
—Alguno hay. Mira Segis... Ese se ha tomado las vacaciones definitivas.
Qué fácil resulta todo con Pilar. Basta iniciar una conversación, de trabajo o de lo que sea, para conjurar cualquier tensión entre ellos.
Hace ya tiempo que su compañera es mucho más que eso, y este es, entre otros, el motivo que ha llevado a Iván a plantearle la escapada de fin de semana a Torremolinos.
—Nos quedamos en el Sacramento —le ha dicho—. Nos despejamos un poco y, de paso, aprovechamos la clausura del evento de inversores de esta tarde para conocer a esos dos tipos que mencionas en tu informe.
—Miguel Marín y Antonio Lupiáñez, el CEO de SurConEd y el director del hotel.
—A la subinspectora le ha caído bien la propuesta.
De hecho, Iván ha percibido una leve flexión en el tono de su voz, cercana al brillo de la ilusión—.
Además, aparte de que hace poco me dijiste que la tartana de tu coche había vuelto a entrar en el taller, estoy segura de que Alicia se quedará más tranquila sabiendo que Rafa me tendrá cerca.
Por supuesto, él también ha pensado en eso.
Lo que Pilar no sabe es que el taller es una excusa para no decirle la verdad, que le quedan dos puntos en el permiso de conducir.
Una pasada de frenada más y se lo quitan.
Así que aquí están, como el principio de un chiste malo: saben aquel que dice que van un padre gay, su hijo postadolescente y su compañera de trabajo camino de Torremolinos...
Han acordado salir con tiempo suficiente para aprovechar algo de sol y playa antes de la asamblea general.
Sin embargo, aunque Pilar llega puntual a recogerlos, Iván no está en casa.
Su padre, le dice Rafa, ha tenido que salir a hacer «un mandado».
Cuando vuelve, el inspector los encuentra montados en el coche, charlando animadamente.
Sin que nadie se lo pida, Iván se excusa con que ha tenido que acercarse al cajero automático.
—Entonces, invitas a la comida —dice Pilar—. Y conduces tú, que quiero disfrutar del viaje.
Durante la primera media hora la subinspectora sigue sin dirigirle la palabra, así que Iván busca otra entrada por donde sabe que no va a encontrar resistencia:
—Cuando puedas, necesito los antecedentes de alguien.
—¿De quién?
—Se llama Jhonatan Domínguez Roldán. Con hache entre la jota y la o. No tengo más datos, salvo que vive aquí en Sevilla, en un pueblo del área metropolitana, Bollullos de la Mitación.
—¿Lo conozco?
—Es el tipo que el otro día se llevó la bronca en la obra. El que derramó por accidente el agua sucia de una espuerta sobre el capataz.
Otro conjuro. Un sortilegio. Con las manos sobre el volante y la mirada de la carretera a Pilar y viceversa, la observa teclear en su iPhone hasta dar con lo que busca.
De reojo distingue en el documento que se ha abierto en pantalla el logotipo del Cuerpo Nacional de Policía.
Por cómo ella se muerde el labio inferior confirma que sus cinco sentidos están concentrados en la lectura.
—¿Y bien? ¿Tienes algo?
—Un personaje, el muchacho. Un prenda.
—¡Esa expresión es muy de aquí, subinspectora!
—Aún no le he pillado el significado por completo, pero me da que se acerca mucho al perfil que dibuja el informe sobre él.
—¿Un resumen, por favor?
—Déjame que primero haga una llamada para despejar una duda.
Ni cinco minutos después, Pilar cuelga el teléfono y anuncia que ya lo tiene:
—Jhonatan Domínguez Roldán, nacido el catorce de abril de 1998 (veinticuatro años), en Bollullos de la Mitación, Sevilla.
De profesión electricista, aunque desde no hace mucho.
Anteriormente pasó por una etapa complicada, que podríamos calificar de clásica en entornos como el suyo.
Como la música era su pasión, compaginaba sus estudios de secundaria con el conservatorio, donde brillaba como instrumentista de vientos, particularmente la trompeta.
Sus calificaciones eran excelentes en todos los ámbitos.
Hasta que, a los dieciséis años, coincidiendo con su entrada en un grupo de pop-rock alternativo, comienza a frecuentar amistades digamos poco convenientes, y, claro, aquel brillo se apaga.
Hay que señalar que más o menos por esa época sale del armario, algo que sus padres nunca aceptaron (como anécdota, te diré que lo anunció en las redes sociales antes de decírselo a ellos).
De hecho, intentaron por todos los medios que abandonara el grupo.
Le impusieron horarios rígidos y dejaron de pagarle cualquier otra cosa que no fueran la ropa y la comida.
Lo cual dejaba fuera las clases de música y los instrumentos.
Como respuesta, Jhon deja la música. La relación con sus padres se convierte en un infierno.
El mundo perdió a un trompetista de primera y su pueblo ganó un camello de mala muerte.
Pronto comenzaron las denuncias —un total de once—, las detenciones y las escapadas de casa.
Al cumplir los dieciocho se va a vivir a un piso okupa en el mismo pueblo.
Durante un año, más o menos, se le relaciona con algunas peleas en discotecas y hasta con una redada en un club de carretera, pero las denuncias nunca llegaron a ninguna parte.
Lo más sorprendente es que lo siguiente que tenemos de él es que entra a trabajar como electricista en SurConEd.
En la obra del hotel Sacramento Alameda lleva desde que arrancó, hace poco menos de un año y medio.
Desde entonces no ha hecho ningún ruido.
—Pues sí que es un prenda, sí... —dice Iván pensativo—. ¿Puedo saber a quién has llamado?