39. Viernes por la mañana
Viernes por la mañana
Subidón colocón resaca bajonazo subidón colocón resaca bajonazo subidón.
La vida como un columpio, como una noria, como una montaña rusa.
Cansancio y tedio del jodido parque de atracciones en sus variantes física y anímica.
¿A qué vino el polvo con Jhon? ¿Es que no hay más tíos en el mundo con los que acostarse que, encima, están mucho más buenos, son más de su gusto y le complican la vida a uno mucho menos?
Una temperatura de récord en la calle. El aire acondicionado y el ventilador toda la noche encendidos. Una factura de la luz también de récord. Más te vale callarte, se dice, y plantearte en serio, de una vez por todas, dejar las drogas.
O hacer como Enrique, un compañero del cuerpo, de quien radio-patio-comisaría dice que trabaja más los viernes y sábados por la noche que el resto de la semana.
Segurata de paisano en un par de bares del Paseo Colón, la zona de marcha pija y de gin-tonicsgourmet a precio de elixir de la eterna juventud.
Aparte de la pasta extra, Enrique se saca las copas y tres o cuatro gramos gratis solo por airear la placa muy de vez en cuando y hacer mucha vista gorda todo el tiempo.
De seguir así, se repite el inspector, tendrá que pensárselo seriamente de una puta vez.
Una cosa o la otra. Dejar las drogas o ganarse la extra.
Ha intentado dejar de consumir un par de veces, ninguna en serio.
El hábito es diario, y mete el suficiente nivel de droga en la sangre para mantenerse alerta y estimulado —y motivado—, sin que se le note demasiado.
Bien es verdad que a veces no lo consigue, sus cambios de humor repentinos o el incontrolable temblor en las manos le traicionan, pero esas ocasiones han sido las menos.
Cosa muy distinta es el moqueo constante.
Durante mucho tiempo lo ha disfrazado de resfriado común, algo pasajero y sin importancia, pero ya no puede ocultar la gota perenne en la nariz ni el reguero húmedo de bolas de pañuelos de papel que va dejando a su paso.
Intenta justificarse como puede alegando una alergia todavía no diagnosticada.
Un día de estos, comenta Iván a quien se interesa por sus mocos, tendrá que ir al médico y ponerle remedio.
Nadie le pregunta por qué la cantidad de pañuelos se multiplica, con mucho, los lunes y parece disminuir algo los miércoles.
Abre la ventana del salón para comprobar, con más cansancio que disgusto, que Sevilla sigue ardiendo.
Según las noticias, la de este año es, otra vez, la ola de calor más larga de la historia, en una ciudad con una larga historia de olas de calor, y él, cada año que pasa, cada verano que llega, lo soporta peor.
Que les den a los negacionistas del cambio climático.
Para completar el cuadro, su cuerpo suda a chorros las toxinas de anoche.
Puro expresionismo abstracto. Y Alicia llama por teléfono.
Le hace más ilusión una traqueotomía que atender a su ex.
Por suerte, el timbre de la puerta se impone sobre el ring del iPhone.
Salvado, de momento. Otra patada hacia delante.
Rafa dice hola, vuela como un colibrí por delante de sus narices y se derrumba sobre el sofá.
Iván, antes siquiera de preguntarle qué hace allí y por qué no está con su madre en la Costa Brava, en una reacción instintiva, se asegura de que no queda ningún rastro de anoche sobre la mesa de centro.
Después se pregunta qué fue de aquel niño al que, cuando llegaba a casa del colegio, le faltaba tiempo para echarse a sus brazos y estamparle un beso en la cara.
—¿Dónde nos vamos a ir de vacaciones, papá? Tendrás unos días de permiso, ¿no?
—Sí, a Torremolinos nos vamos a ir, no te jode.
Justo cuando trata de aclararle la ironía, su iPhone vuelve a sonar. Alicia de nuevo. Es imposible, pero juraría que el timbre suena como si el mismísimo Steve Jobs se estuviera electrocutando dentro de la carcasa.
—Antes de que tu madre nos mate a los dos, ¿podrías explicarme qué coño está pasando, Rafa?
—Fácil: mamá se ha empeñado en que nos vayamos juntos de vacaciones, y yo prefiero pasarlas contigo —contesta su hijo con una mueca de fingida indiferencia—. Deberías alegrarte de que te haya elegido a ti.
—Sabes de sobra que esto no funciona así, mientras tu madre tenga tu custodia.
—Venga, papá, no me jodas, que tengo casi los dieciocho.
—Tú lo has dicho, casi —replica Iván chasqueando la lengua, mientras su móvil termina de sonar con una impertinencia desesperante—. Todavía falta un año y, hasta que los cumplas, esta —señala la pantalla con el dedo— es la que manda.
—Que me denuncie si quiere, pero yo no me voy de vacaciones a la Costa Brava con sus amigas. Son una panda de pijas cuarentonas, ella la primera.
—Te vuelves con tu madre ahora mismo. —Iván le clava la mirada—. No hay más que hablar.
Rafa se ovilla, la cara vuelta hacia el respaldo del sofá. ¿Ya está?, se pregunta Iván, ¿he ganado? No lo creo, se responde. El joven empieza a trastear con su móvil, momento que quiere aprovechar Iván para devolver las llamadas a su ex, pero antes de hacerlo respira hondo y cuenta hasta diez.
—Si vas a llamarla —comienza a decir su hijo, dándole aún la espalda, hablándole a los cojines—, pregúntale por qué, si mi psicólogo lleva años aconsejándome que debería empezar a tomar las riendas de mi vida y recomponer la maltrecha relación con mi padre, justo ahora, una semana antes de empezar el curro de socorrista que me he buscado yo solo este verano para poder pagar las clases de inglés del curso que viene, tengo que renunciar, con el contrato ya firmado y todo, solo para irme con mami y sus amiguitas de la infancia, todas divorciadas menos una que es viuda, por cierto, a la playa, cuando podría igualmente quedarme en casa de papi, trabajar entre semana y, en todo caso, pasar los fines de semana con él en cualquiera de las playas de Huelva o de Cádiz, que son estupendas y no están, ni de coña, a mil kilómetros de aquí.
Y de paso, nos contamos esas cosas de padres e hijos que tanto le gustan a mi terapeuta.
¿En qué momento su hijo ha pasado de arquetipo de adolescente imposible de padres divorciados a joven despierto, irónico, divertido y con un punto chulesco sin duda heredado del suyo?
Iván no puede por menos que soltar una sonora carcajada cuando al otro lado de la línea una Alicia vociferante se atropella tratando de hacerse entender.
Durante esos instantes, Iván se siente como una loncha de queso entre dos panes calientes.
O quizás es la puta ola de calor de los cojones. Sea como sea, se derrite.