Manual para construir un infierno 40. Jueves por la noche #3
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40. Jueves por la noche #3

—Bueno, yo no soy hetero ni, mucho menos, biempensante, pero creo que exageras un poco.

—Algunas cosas no cambian, inspector.

—Puede ser, pero sigo sin ver los motivos para que alguien quisiera deshacerse de Quino.

Y qué relación puede tener con la muerte de Segis.

Dos accidentes mortales, en dos ciudades distintas, de dos formas diferentes, con seis meses de diferencia.

Y, aunque ambos han sucedido en la misma empresa y tienen algunas circunstancias ligeramente parecidas, nada de eso me lleva a establecer una relación directa.

Salvo que Quino y tú conocierais a Segis.

Lo cual... —dice el inspector extendiendo la pausa y con tiento— podría ser incluso contraproducente para ti...

—No —sentencia Jhonatan—. Segis y yo nunca coincidimos.

Pero, al final, en las obras nos conocemos todos, aunque solo sea de oídas.

Sí sabía que él era uno de los mejores fontaneros de la empresa, y que vivía en un pueblo de Cádiz, porque algún compañero había compartido alguna que otra obra con él, pero nunca nos vimos en persona.

Si hubiera algo más te lo diría, Iván, te lo prometo.

El inspector se está arrepintiendo de haberle dicho que no van a follar más.

Ya sea por el acercamiento al calor de la conversación, o por el alcohol y las rayas, le está apeteciendo de verdad.

No se lo piensa dos veces. Anuncia que está muerto de calor y se saca de nuevo la camiseta.

No miente. A pesar del aire acondicionado al máximo, se está asando.

Una hora y dos polvos después, cuando ya han pasado de las doce y media, y mientras Jhon se viste por segunda vez, comparten el último cigarrillo que queda en el paquete.

—Voy a pedirles a mis compañeros de Torremolinos el expediente de Quino, quiero echarle un vistazo.

—Gracias, Iván —exclama Jhon—. No sabes cuánto te lo agradezco.

—Pero no quiero que te hagas ilusiones y, si me aceptas un consejo, tira para adelante. Hay un millón de oportunidades ahí fuera para que puedas rehacer tu vida.

—Eso me dice la gente, mis amigos y tal, pero en verdad no es tan fácil, tío, te lo digo en serio.

—No sé por qué dices eso. Eres joven y guapo. Aunque yo esté enfadado con las relaciones estables, si eso es lo que tú buscas, seguro que encuentras a alguien dispuesto.

—Esa era mi intención, pero verás: antes de...

ya sabes, hace un rato, antes de liarnos, me estabas diciendo que lo poco que pudiera haber de raro en la muerte de Quino te sonaba meramente circunstancial, poca cosa.

Pero hay algo más que me gustaría contarte y que puede hacerte cambiar de opinión.

Un amigo nuestro ha desaparecido. Se llama Alberto.

Un muy buen amigo de Quino y mío. No sé si me explico.

—No sé si te entiendo. —Iván está siendo muy paciente. No le gustan estos juegos. Sin embargo, algo en la desesperación de Jhon le dice que lo deje continuar—. ¿Qué quieres decir?

—Que estábamos los tres.

—O sea, una trieja.

—Ponle el nombre que quieras. Nunca nos gustó ese palabro. Nos queríamos. Llevábamos juntos los tres más de dos años.

—Me alucina que os metáis en esos líos. Compartir tu vida con una persona ya me parece una complicación. Con dos, puro masoquismo.

—Para nosotros era muy fácil. Éramos felices.

—Si tú lo dices. —Al inspector se le escapa un bostezo. Es tarde. Está cansado—. En fin, allá cada uno con su película. Pero ¿dices que ha desaparecido?

—No se sabe nada de él desde Semana Santa. Desde marzo. Lo vieron salir una tarde del trabajo y hasta hoy.

—¿No vivíais juntos?

—Qué va. Nos veíamos los fines de semana y algún que otro festivo. Como te dije antes, Quino y yo acabábamos de empezar a vivir juntos en Torremolinos, pero Alberto vivía en Barbate, en Cádiz.

—¿Eso está cerca de Jimena, el pueblo de Segis?

—No. Están en una y otra punta de Cádiz. Se debe de tardar más de una hora en coche. ¿Por qué?

—Porque sería demasiada coincidencia.

—Ya... pero hay otra cosa que sí es demasiada coincidencia.

—Espera, que te lo digo yo: Sacramento.

—Así es. Alberto trabajaba en el hotel que tiene la cadena en Vejer de la Frontera. La tarde que desapareció nunca regresó a casa después del curro. Tuvo que pasarle algo por el camino. Como si se lo hubiera tragado la tierra.

—¿Y la policía? ¿Habéis hablado con ellos?

—En este caso, tus compañeros de allí, según me dicen, sí están investigando, pero no han encontrado nada de momento. Ningún indicio. Nada de nada. Empiezo a temer que, como ya han pasado tres meses, se enfríen y archiven el caso.

—Complicado, sí.

—Como ves, tengo un imán para los marrones.

—Bienvenido al club.

—Sí, algo de eso he oído. Tu fama te precede.

—Suerte que tengo.

—Por eso sé que eres un fiestero, pero también que eres muy buen poli y que me vas a ayudar a encontrar a Alberto.

Son casi las dos. El tabaco y el vodka se han terminado. Iván acompaña a Jhon a la puerta.

—Me dijiste que habías venido a mi casa porque yo te gustaba.

—Y me gustas —responde Jhon con una sonrisa que a Iván le parece sincera. Espera no equivocarse.