40. Jueves por la noche #2
Jhonatan comienza a vestirse. Su nueva docilidad despierta en Iván un ramalazo de ternura muy parecido al que le inspira su hijo Rafa.
En cierto sentido, aun con la diferencia de edad —Rafa tiene diecisiete recién cumplidos y Jhon veinticuatro— el inspector acaba de encontrar un extraordinario parecido entre ellos.
La sonrisa huidiza, pequeña pero constante, la piel oscura, en sintonía con unos ojos muy negros y profundos, y un pelo también muy negro, tupido y encrespado.
¿Cómo no se ha dado cuenta antes? Es la gota que colma el vaso de su interés por el muchacho.
También le hace sentirse culpable por ser tan borde. Igual que le sucede con su hijo.
—Espera. Termínate la copa, hombre. Está casi entera.
Desconcierto en la cara de Jhonatan. Tarda unos segundos en reaccionar. Una cierta relajación en los pómulos y en la frente.
—Te acompaño —continúa Iván en un tono que decididamente busca el son de paz—, yo también apuro la mía. No las vamos a tirar por el fregadero.
—¡Eso nunca! —exclama Jhon, una sonrisa renovada en los labios. Eleva su vaso en busca de un brindis que Iván le concede, chocando el suyo.
Follan. Iván dictamina que ha sido un buen asalto.
Pero ya. Hasta aquí hemos llegado. Mientras, Jhonatan se ha vestido y deambula por el salón.
El inspector aún está terminando de abrocharse el pantalón.
A través del balcón, cerrado para mantener en el interior el frío del aire acondicionado, el chaval contempla la plaza de la Alameda y da pequeños sorbos a su bebida, de espaldas a Iván.
—¿Sueles acostarte con tíos mayores que tú?
—No tengo un prototipo definido. —Jhon se da la vuelta.
—¿Y pareja?
—Tuve, pero murió a primeros de año. —Su sonrisa ha vuelto a desaparecer—. Se llamaba Quino.
—Lo siento.
—Ya lo llevo un poco mejor, pero fue un palo. Acabábamos de irnos a vivir juntos a Torremolinos.
—Pero tú trabajabas aquí.
—Ahora sí. El tiempo que estuve con él iba y venía.
—Son más de doscientos kilómetros.
—No me supuso ningún sacrificio. El amor... —A Iván la naturalidad de Jhon le parece ingenua a la vez que envidiable—. Además, me encanta la Costa del Sol. Mucho antes de conocer a Quino ya iba mucho por allí.
—No sé qué le vemos los maricones a Torremolinos.
—Yo te lo digo: playa, sol, discotecas, cuartos oscuros, sexo, drogas, y todo a la mitad de precio que Ibiza. ¿Qué más quieres?
Iván asiente. Es justo lo que él siempre ha pensado.
—Hablé con la empresa para que me buscara una obra por la zona —continúa Jhon—.
De momento no había ninguna, pero mientras tanto me apañaría haciendo chapuzas aquí y allá.
Y Quino, aunque era de Benalmádena, tenía un puesto fijo en un hotel de Torremolinos, muy cerca. También de la cadena Sacramento.
—Claro, lo conozco.
—¿Quién no? Es el hotel gay más gay de la Costa del Sol.
Lleva ya unos cuantos años abierto —aclara Jhon, visiblemente más animado—, por eso necesita pequeñas reformas puntuales.
Aprovechan siempre los inviernos, en temporada baja.
Quino era el jefe de mantenimiento. Muy manitas.
De hecho, nos conocimos por eso. El verano pasado me alojé un fin de semana en el hotel.
En el camino, el coche se me averió y tuve que llamar a la grúa.
Llegué tardísimo, ya habían cerrado la cocina, pero se apiadaron de mí y me sacaron un bocata y unas patatas.
Estaba solo en el comedor cuando apareció Quino.
Nos gustamos en el acto. Me saludó y me advirtió de que tenía una mancha de grasa en la mano.
Le conté lo de la avería y que le había echado un cable al mecánico de la grúa.
Quino me trajo una toalla húmeda para que me limpiara.
Al dármela, sentí que apretaba más de lo normal, no sé si me explico...
—Perfectamente. Parece una escena de una película romántica.
—Todo el tiempo que estuvimos juntos fue así. Una peli de amor.
Aunque el dolor se trasluce en el semblante de Jhon, se nota que le está reconfortando hablar de su difunto novio. Iván también vuelve a encontrarse cómodo. No obstante, como es consciente de que la pregunta que empieza a rondar en su cabeza es delicada, opta por buscar ayuda:
—¿Nos tomamos esa raya?
—Eso ni se pregunta, inspector.
—Vale, pero te adelanto que no vamos a follar más.
—Y yo te adelanto que me gusta más este plan —contesta Jhon ofreciéndole el cilindro a Iván quien, después de esnifar, mientras Jhon hace lo propio con la suya, reclina la espalda en el sofá con un hondo suspiro.
—¿Te puedo preguntar cómo murió tu chico o prefieres no remover?
Como Iván esperaba, el muchacho ha vuelto a encogerse como caracol al que le tocan los cuernos. Pero contesta:
—Ocurrió las navidades pasadas. Quino se ahogó en la piscina de la azotea del hotel.
—¿La nudista?
—Me gusta más que la de abajo.
—A mí también. Se liga más y no se le queda a uno el culo blanco.
—¡Exacto! Entonces sabrás que en invierno la cierran.
—Es de suponer. Quién va a querer darse un baño en una piscina descubierta, a setenta metros de altura, en diciembre o en enero.
—Tardaron más de una semana en encontrar el cadáver. Por una parte, cuando denuncié su desaparición no me hicieron mucho caso. Y por otra, quién iba a imaginar que estaría allí arriba.
—¿Cómo lo descubrieron?
—Alguien alojado en la última planta se quejó en recepción de que había muchas gaviotas graznando y revoloteando alrededor de la azotea del hotel. Demasiadas. Cuando encontraron el cuerpo ya estaba todo hinchado y acribillado a picotazos. Le faltaban los ojos y algunos órganos.
—Joder.
—Se había ahogado en la piscina a primera hora de la mañana. Estuvo de fiesta toda la noche. Iba muy colocado. El día que murió, un sábado, amaneció muy nublado, no debía de ver nada.
—Lo siento, Jhon.
—Gracias. Me consuela pensar que iba tan morado que, seguramente, no se enteraría de nada. Se cayó al agua y se ahogó.
Callan. Aprovechan para encender sendos cigarrillos.
Iván apura lo que queda de la botella de vodka en el vaso de Jhon, un gesto que este agradece con una tímida sonrisa y compartiendo la mitad del líquido en el vaso de Iván.
Todavía sin hablar, fuman sumidos cada uno en sus cavilaciones.
Hasta que Jhon, dubitativo, llama la atención de Iván.
—A pesar de todo —dice—, de las drogas, del alcohol, de la oscuridad y de la falta de visibilidad, nunca he terminado de creerme que fuera un accidente. Y, después de lo de ayer, la muerte de Segis en la obra, menos aún.
—Ahora entiendo tanto interés por conocerme...
—¡No! En serio, me pones mucho, Iván. Te lo prometo. Pero también quería contarte mis dudas.
—Te agradezco la mentira piadosa, pero dime, ¿a qué vienen esas dudas? Tuvo que haber una investigación.
—Sí, claro. Vista y no vista. La policía de Torremolinos no se tomó ningún interés. Quino era una persona non grata para ellos, ¿sabes? Aparte de su trabajo, se sacaba un dinero extra colaborando en la organización de fiestas gais, como la Beach Bear Party. ¿Te suena?
—Claro. Es la quedada anual de osos en Torremolinos. Como la que hacen en Madrid o en Sevilla, pero en la playa y con todas esas enormes maricas rebozadas en arena, las barrigas peludas y coloradas, y los elásticos de los bañadores turbo de talla XS hincados en sus cinturas kilométricas.
—La misma —confirma Jhon chasqueando la lengua—. Una descripción un poco homófoba, pero sí, más o menos.
—La pura realidad —responde Iván encogiendo los hombros—. Pero dime: ¿por qué a mis compañeros de allí no les gustaba Quino?
—Porque, ya sabes, donde hay fiestas, hay trapicheos, camellos, drogas...
Quino estaba más que fichado. Lo habían denunciado en varias ocasiones.
Tuvo que pagar alguna que otra multa. Poca cosa.
Sin embargo, cuando murió, un compañero tuyo, un poli, llegó a decirme que se veía venir y que...
bueno... que, para ellos, su muerte suponía un problema menos.
—Valiente hijo de puta, mi compañero.
—Tú lo has dicho. Nunca ocultaron su desinterés. Llegaron a decirme que debía alegrarme de que no siguieran investigando, no fueran a encontrar algo que me salpicara a mí, que yo tenía también muchos motivos para quedarme calladito.
—¿Los tenías? ¿Los tienes?
—Para los polis heteros y biempensantes, si eres gay como yo, tienes pluma como la mía, y te gusta la fiesta, follar y colocarte como me gusta a mí, sobran los motivos. Eres sospechoso de todo.