40. Jueves por la noche
Jueves por la noche
En casa. Una sensación agridulce. Agria, porque se ha pasado más de tres pueblos con el terapeuta.
Lo último que necesita ahora es que el chanchullo de los análisis de orina salte por los aires, pero va él y prende la mecha.
Joder. Siempre igual. Joder. Pero estamos a jueves. Un día de dulce para salir.
Para ver si se aclara, prepara algo de cena.
En la nevera solo hay un trozo de queso duro, aunque sabroso, y un par de huevos con la fecha de consumo preferente borrada.
Se la juega: tortilla francesa. Mañana toca visita exprés al súper.
Fue una putada que su relación con Jorge, el cajero del Carrefour del barrio, terminase tan mal.
Lo que empezó como unos polvos esporádicos derivó en su relación más estable desde el divorcio de Alicia.
Un fin de semana tras otro hasta acumular unos pocos meses.
Relación estable, no cerrada. Al final, el problema no fue que Jorge dejara de gustarle, al contrario: visto ahora en retrospectiva, puede que incluso llegara a sentir por él algo especial, distinto, intenso.
Tampoco que se asustara, el clásico rechazo al compromiso que padecen los que, como Iván, han salido tarde y mal del armario y se han acostumbrado muy rápido a vivir solos.
Nada de eso. Solo que aquello era más de lo que el inspector podía digerir.
A estas alturas de la vida ya no reclama el lado izquierdo o el derecho, sino la cama entera.
Es su cama, cojones. Por eso ha sustituido el Carrefour por el Dia, aunque tenga que cargar con las bolsas desde más lejos.
Engulle el último trozo de queso para empujar el antirretroviral y se fuma un porro de marihuana.
La pastilla le lleva a preguntarse cuándo le toca analítica.
Consulta la agenda del teléfono y, menos mal, es justo el lunes próximo.
Lo que faltaba para rematar este día tan raro es saltarse la cita.
Siempre se pone de mala hostia los días previos a la revisión.
La mera idea de tener que soportar la cara y, sobre todo, las recriminaciones del doctor Lucena, le sacan de sus casillas.
Que el VIH no es la única ETS, que como siga pillando de todo y con tanta frecuencia va a terminar por desarrollar resistencias a los antibióticos, que debería cuidarse un poco más, que cualquier día se va a llevar un buen susto...
Decidido: hoy no se sale. Pero un segundo porro.
Ya que se va a acostar muchísimo más temprano que de costumbre, al menos que las horas de sueño sean reparadoras.
Pero está el problema del calor. A ver quién es el guapo que duerme con veintisiete grados.
El aire acondicionado del salón y el ventilador del dormitorio llevan toda la tarde encendidos.
Ya se pagará la factura de la luz cuando se pueda.
Más caro es un entierro. Se ducha con agua fría y, sin secarse, se mete en la cama.
Puede que sean los porros, el caso es que esto va mejorando.
Se relaja tanto que comete la torpeza de enredar con Grindr, Wapo, Scruff y su aplicación preferida: MachoBB.
Jhon24: ola
Jhon24: ey
Jhon24: ola?
IvánLobo: Hola
Jhon24: k tal tio, k haces
IvánLobo: Nada, ya en la cama
Jhon24: y k haces conectado?
IvánLobo: Eso mismo digo yo...
Jhon24:
Jhon24: así me gustan a mí los tíos, con las cosas claras!
IvánLobo: Pues sí... Y tú? Qué tal?
Jhon24: aki, exando un vistazo, a ver si surje algo
IvánLobo: ¿Y? ¿cómo va la cosa? ¿algo de interés?
Jhon24: depende
IvánLobo: ¿De qué?
Jhon24: más bien depende de kien. De momento, no va mal la cosa. stoy ligando con un poli
IvánLobo: ¿Nos conocemos?
Jhon24: claro. Soy el k te miró aller en la obra
IvánLobo: Mala cosa esa...
Ni veinte minutos más tarde, Jhonatan se planta en su apartamento.
Aunque ni cinco ha tardado Iván en arrepentirse de haberlo invitado.
Por un lado, porque el chaval, aunque joven, guapo y cachas —una de las ventajas de trabajar en la construcción es que no es necesario deslomarse todos los días en el gimnasio para tener un cuerpo fibrado, sobre todo a los veinticuatro—, no es su tipo.
Y por otro, porque Iván no aprende. Ya está otra vez mezclando el trabajo con el placer.
Y, lo peor, aunque le duela reconocerlo: ya está otra vez tirando de sexo para no escucharse.
Por eso, antes de que Jhon haya llamado a la puerta, Iván se ha metido un par de generosas rayas de mefe.
Ha dejado otras dos preparadas sobre una de las estanterías del cuarto de baño, ocultas tras el frasco de la imitación de Allure de Chanel —no usa el perfume original desde que Alicia ya no se lo regala por Navidades—.
Solo por si acaso, se ha dicho. Además, qué coño, cuándo he rechazado yo un polvo rápido, se ha añadido.
Como si Jhon ya hubiera estado allí. Así es la familiaridad con que se mueve por el apartamento desde que ha cruzado la puerta.
Sin embargo, que Iván recuerde, es la primera vez.
En apenas unos minutos, el chaval ha comenzado a caerle simpático.
Puede que tenga mucha pluma, cierto, quizás es demasiado infantil hasta en su manera de vestir, para su gusto de cuarentón, una mezcla descacharrada de chándal XXL , tonos flúor y estampados manga.
Pero de inmediato queda claro que no es un niño. Tampoco ningún tonto.
—En verdad —le dice—, me ha sorprendido tu invitación.
—Para serte sincero, no lo tenía nada claro.
—¿Y qué te ha convencido?
—La curiosidad, supongo...
—Pues ya sabes lo que dicen los ingleses: que mató al gato.
Sí, es más espabilado de lo que su imagen da a entender en un primer impacto. ¿Dónde ha oído hablar de los sapiosexuales?
—Ya que mencionas a los ingleses: siempre he visto tu nombre escrito con la h después de la o, pero en la app la pones después.
—Así figura en mi DNI. Fue un error de mi madre al inscribirme en el registro cuando nací, pero ya de mayor he sabido que en algunos países como Colombia es más común escrito así, Jhonatan.
—¿Tus padres son colombianos?
—¡Ni de coña! Mi madre es de un pueblo de Huelva. Conoció a mi padre en el campo, en la temporada de la fresa. Él era de fuera. Tal como vino, se largó dejándome como regalito a los nueve meses. Dijo que era de Almería. —Jhon deja caer una sonrisa fría—. Vete tú a saber.
—Y ella, ¿no lo buscó?
—¿Para qué? Mi madre siempre me ha dicho que mejor sin padre que con un cabrón. Ella se ha bastado sola.
—¿Y tú? ¿Nunca has sentido curiosidad?
—Oiga, pedazo de interrogatorio, inspector.
—Cierto —responde Iván con rubor—. Deformación profesional, supongo... ¿Una copa?
—¡Siempre! ¿Vodka con tónica puede ser?
Definitivamente, cada minuto que pasa con él, Jhon le va cayendo mejor.
Y ya hace un rato que ha borrado a Nacho de su mente.
Más tarde le dolerán, pero hay que reconocer que estas huidas suyas hacia delante siempre le funcionan en el momento.
Después de preparar los dos vodkas cortitos con tónica, Iván entra en el baño y da cuenta de las dos rayas.
Busca en el reflejo del espejo algún rastro blanco en la nariz. Nada. Perfecto.
—No hace falta que te escondas, tío —dice Jhon en cuanto el inspector vuelve al salón—. Que digo yo que podrías invitarte a algo.
—Para conocernos tan poco, pides mucho.
—Venga, inspector —Jhon posa una mano sobre el hombro de Iván y aprieta con suavidad explícita—, no seas rácano. Otro día te invito yo.
—No tengo claro que vaya a haber otro día.
—Razón de más para que invites hoy.
La mesa de cristal del salón ha visto cientos de rayas de todo tipo de sustancias.
Esta noche, a pesar de la reticencia inicial de Iván, el número aumentará con más de una decena de tiros de mefedrona.
A la tercera y cuarta rellenan las copas.
Jhon apura la suya casi en dos tragos. Se besan y se meten mano.
Se quitan las camisetas. Iván observa con inquietud que el chaval va acelerado.
Demasiado hasta para él, que tiene el carnet de socio vip del club de los polvos exprés.
Y lo que más desazón le causa es un inesperado cambio en la mirada de Jhon, y no es solo por la dilatación química de las pupilas.
Es algo más que no logra identificar. Un brillo distinto, un matiz en el iris.
Jhon se toma la libertad de preparar otras dos copas y le ofrece el tubo a Iván. Este lo rechaza.
—¿Qué ocurre? ¿No estás cómodo? ¿He hecho algo que te disguste?
—No es eso, pero me estaba preguntando —Iván alarga la pausa, aunque no necesita meditar la respuesta. Aprovecha para incorporarse y abrir hueco entre ambos antes de continuar—. ¿Por qué has venido, Jhon?
—Ya te lo he dicho: porque te vi ayer en la obra y me gustaste.
—¿Y por qué no te creo?
—Pues es la verdad.
—Entonces a lo mejor el problema lo tengo yo, que sigo sin tener claro si me gustas o no.
—Tómate otra raya.
—Paso de esta ronda.
—Anda, dale, verás cómo te animas.
—¡Que no quiero más rayas, coño!
Iván advierte el temor en el semblante de Jhon. De repente, el chaval parece más chaval, como si le hubiesen soplado ocho o nueve años de golpe. Ahora es un adolescente asustado, apocado y tembloroso, a nada de echarse a llorar.
—Lo siento, Jhon, no pretendía... Creo que lo mejor es que lo dejemos aquí.
—Sí, no te preocupes, ya me voy.