Manual para construir un infierno 41. Jueves por la tarde
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41. Jueves por la tarde

Jueves por la tarde

Como todos los jueves por la tarde, llega el primero, bastante antes de las siete, antes de que los otros participantes empiecen a dejarse caer, a coger las sillas apiladas al fondo de la sala, a formar un círculo en el centro, a servirse cafés imbebibles en minúsculos vasos de cartón, a preguntarse los unos a los otros cómo les ha ido la semana y a contestarse que bien, que más o menos, que lo de siempre, que los fines de semana ya no son lo que eran, no para ellos, que han reconducido sus vidas —están en ello— a desiertos donde no mana ni una gota de alcohol, a páramos donde no hay ni una mísera raya que rascar, a eriales donde no brota ni una sola pastilla ni un plátano relleno de cualquier sustancia que calme al mono.

En todos ellos se aprecia una rigidez inicial que, conforme pasen los minutos, irá desapareciendo.

No importa que lleven meses o años o que acaben de apuntarse, para todos es siempre la primera sesión.

Quizás este sea el objetivo último de la terapia: no relajarse, no confiarse, borrar la palabra «victoria» de sus diccionarios de adictos.

Para cuando el último de los otros nueve (ocho usuarios más el terapeuta) se ha sentado, Iván ya ha encadenado cuatro cigarrillos y está hasta las narices de estar allí.

Esta excesiva puntualidad, que Iván llegue media hora antes de la hora prevista, no se debe, como el resto de los participantes cree, a que, como representante de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado en proceso de rehabilitación y como reconocido héroe local, el inspector quiera dar ejemplo lanzando el mensaje de que se puede salir de esa mierda.

No, a nada de esto se debe, sino al acuerdo que ha alcanzado con Nacho, el terapeuta de Futuro Humano: él pasa la prueba de orina por el inspector entregando la suya propia y, a cambio, este hace la vista gorda con Ismael, el hermano pequeño de Nacho, un famosete camello de medio pelo —y menos de medio cerebro— del barrio de las Tres Mil Viviendas, al que Iván ha detenido en multitud de ocasiones en plena faena.

Muy avispado no es el muchacho. Luisi, la madre de Nacho e Ismael, los crio contra viento y marea, sin ayuda de nadie, primero desollándose las rodillas de tanto fregar suelos ajenos, después quedándose medio ciega de coser y remendar para las vecinas y finalmente desarrollando una esclerosis fulminante, a causa de la cual lleva más de una década sin sacar un pie de la cama.

Nacho sabe que el disgusto de tener a su benjamín entre rejas llevaría a su madre al cementerio.

Y eso, Nacho Morote, el exadicto y actual terapeuta jefe de Futuro Humano, es algo que no puede ni está dispuesto a asumir.

Su hermano será un gilipollas, un malnacido medio retrasado, pero su madre es una santa, y por su madre haría lo imposible, incluso si lo imposible pasa por mandar a paseo sus más elementales convicciones éticas o profesionales.

Y por eso, todos los jueves a las seis y media de la tarde, Iván llega al centro, localiza al terapeuta, lo conduce hasta el cuarto de baño privado de su despacho y le obliga a orinar en un bote donde después pega una etiqueta con sus datos personales. Quid pro quo .

—El día que me cojan... —dice Nacho, como cada jueves.

—Por eso, amigo, tienes que evitar que te cojan; por algo eres el listo de la familia.

El inspector hace acopio de paciencia para sobrevivir a las próximas dos horas.

Este hatajo de perdedores y arrepentidos dará su consabida chapa, él mismo enarbolará un discurso —convincente, aunque de perfil bajo—, en torno a las segundas oportunidades que te ofrece la vida, las virtudes del perdón, empezando por uno mismo y bla, bla, bla y todos se felicitarán por mantenerse firmes y limpios.

Aunque puede que alguno reconozca haber sucumbido al maléfico magnetismo de su personal adicción, lo que por fuerza conllevará un monográfico protagonizado por ese pobre ángel caído, en el que Nacho primero y acto seguido los demás, lo castigarán y lo salvarán simultáneamente.

Palo y zanahoria, ya se sabe, para eso no hacen falta cuatro años de Psicología.

Después se despedirán hasta la semana siguiente, animándose unos a otros a continuar por la senda de la superación y agradeciéndole al universo la nueva luz que se empieza a vislumbrar al final del agujero que son sus vidas, el destello de la reinserción y de la vuelta a la añorada normalidad social. Sea lo que sea lo que eso signifique.

Como todos los jueves, la primera en dar la paliza con su cháchara pretendidamente trascendente, trufada de anécdotas personales que a nadie interesan más que a ella misma y acompañadas de un amplio registro de exageradas gesticulaciones capaz de sacar de quicio al más templado, si es que hay algún templado en la sala, es Anita Gómez, la profesora de Historia a la que hace tres años expulsaron del IES El Naranjo, el instituto de educación secundaria del barrio de Pino Montano donde impartía clases, porque Manoli, una de las limpiadoras del centro, la pilló metiéndose una raya de speed en la sala de profesores la tarde-noche de un martes de final de curso en que la profesora Gómez se quedó más allá de su horario habitual, cuenta ella, para corregir exámenes.

Como todos los jueves desde hace tres años, la profesora comienza agradeciendo a los asistentes la paciencia que demuestran tenerle semana tras semana y recordándoles que nunca, jamás en la vida, podrá olvidar la cara de decepción, asco y pena que puso Manoli, que aquella tarde-noche también tuvo que echar unas horas extra —por supuesto, sin cobrar— para recuperar las que le había pedido al director del instituto la mañana de aquel mismo día porque necesitaba llevar a su hijo Francisquito al otorrinolaringólogo.

Dos semanas después, por esas extrañas casualidades de la vida escolar, a la misma hora de un viernes por la mañana, al niño le estaban extirpando las amígdalas, y a Anita le entregaban la carta de despido y el correspondiente, en palabras de la propia profesora de Historia, escaso, por no decir raquítico, aunque, en fin, qué se le iba a hacer, más que justo finiquito.

Un pitido en el iPhone le lleva a perder el hilo.

Es un correo electrónico de Pilar. Sin texto en el cuerpo del mensaje —¿dónde está su habitual cortesía?

¿Todavía le dura el enfado?—, adjunta un archivo de texto con información de las empresas Sacramento y Construcciones y Edificaciones del Sur, SA (SurConEd).

En resumidas cuentas, Sacramento Hoteles es sólo una de las unidades de negocio del grupo SurConEd, cuyos tentáculos abarcan, además del turístico —hoteles, apartamentos, una web de reservas, cuatro restaurantes, cinco chiringuitos de playa y dos empresas organizadoras de congresos y eventos— una más que destacada cartera de negocios en otros sectores, todos vinculados al lujo: desde moda y marroquinería, hasta joyería y relojería, pasando por artesanía y complementos, cosmética y perfumería, servicios financieros e inmobiliarios internacionales, vinos y licores, y una empresa de consultoría cuya lista de servicios, listados en su página web, es tan general que lo mismo se puede interpretar que ofrecen el todo más sublime como la nada más inane.

A quien quiera y pueda pagarlo le podrían conseguir el último modelo de iPhone antes de que salga al mercado, un mechón de pelo de Lady Gaga o un riñón sano con denominación de origen de Myanmar. Nuevo, a estrenar.

La historia de SurConEd no puede ser más clásica: Francisco Resines, un albañil conocido como el Maña y nacido a finales de los setenta en el municipio cordobés de Pozoblanco, cabalgó sin perder el equilibrio la primera ola del maremoto inmobiliario de mediados de los noventa y, a base de tesón, esfuerzo, algún golpe de suerte y un buen olfato para arrimarse a quien más le convenía, consiguió pasar de autónomo a sociedad limitada, de chapuzas a empresa constructora de referencia en las obras públicas de toda la provincia.

Cuando, ya en el cambio de siglo el apellido Resines comenzó a sonar vinculado a un caso de corrupción política de alcance regional, el otrora albañil y ya por aquel entonces únicamente empresario tuvo la feliz idea de vender el noventa y cinco por ciento de la empresa a un fondo de inversión israelí, conservando el cinco por ciento restante.

A partir de ese momento, dejaría de trabajar para vivir, y su nombre se perdería en la hemeroteca, entre los miles de casos de corrupción urbanística similares al suyo.

En aquella misma operación la empresa cambió su denominación por la actual, Construcciones y Edificaciones del Sur, SurConEd S.

L., y su ámbito pasó a ser nacional, con algunas incursiones en mercados foráneos, focalizados en su mayoría en el sector del lujo.

Como datos relevantes, Pilar ha remarcado en el informe tres párrafos adicionales.

El primero, relativo a la siniestralidad laboral: en los últimos cinco años, solo se han notificado ocho accidentes, de los cuales, los únicos mortales han acaecido en obras menores, uno en 2020 y otro en diciembre del año pasado, aparte del de Segis en Sevilla.

En letras rojas y en negrilla, la subinspectora ha anotado que le parece un número sospechosamente escaso para una empresa de esta envergadura.

El segundo párrafo trata sobre la maraña de empresas que constituyen a la fecha el accionariado del grupo SurConEd: amén del fundador, el susodicho fondo de inversión israelí y de la empresa Sacramento, el capital social del grupo se ha ido fraccionando entre un enjambre de empresas, el nombre de una de las cuales, Rainbow Building, ha subrayado de nuevo en rojo Pilar, calificándola en otro comentario manuscrito como el lobby gay de referencia en Europa.

El porqué de dicha mención expresa lo halla al final del informe, donde la subinspectora ha insertado un artículo de prensa que da cuenta de los supuestos lavados de imagen llevados a cabo por ciertas empresas multinacionales con la colaboración de Rainbow Building.

Una de las fotografías que ilustra el artículo muestra el momento en que sendos directivos de Rainbow Building y SurConEd suscriben el contrato por el que la primera se incorpora al capital de la segunda.

Una operación de marketing que en su día elevó al grupo a lo más alto de todos los rankings de calidad y de ejemplaridad del país, con uno de los programas de responsabilidad social corporativa más completos y envidiados por sus competidores.

Lo que, en privado, esos mismos competidores llamaban un pinkwashing de manual.

Todas las casas tienen un lobby de entrada, se dice Iván, y en todas hay trapos sucios que se lavan en los cuartos traseros.

En la última página del informe la subinspectora Ojeda ha incluido los nombres de las dos caras más visibles —los fondos no tienen caras— de SurConEd: el consejero delegado del grupo, Miguel Marín, y el director del hotel Sacramento Torremolinos, Antonio Lupiáñez, además de una fotografía en la que ambos aparecen posando en una entrega de premios al mérito turístico junto al alcalde de Málaga.

Vestidos de esmoquin, lucen bronceado y dentadura de anuncio, estrechan con una mano la mano del primer edil y elevan con la otra el galardón recibido.

A Iván le quiere sonar la cara del director.

Lo habrá visto alguna vez por Torroles. Por último, una nota a pie de página detalla la celebración de un evento organizado por el grupo empresarial para captar inversores que está teniendo lugar esta misma semana, y cuya gala de clausura será mañana, viernes, a partir de las veinte horas en el salón principal del hotel Sacramento Torremolinos.

—... pero os prometo que, a pesar de las tentaciones, no he recaído. Tenéis mi palabra.

Quien ha hablado es Manu, el trabajador del cementerio municipal que asegura que empezó a consumir para huir de la tristeza de convivir a diario con la muerte, aunque Iván sabe que por mucha lírica que le quiera meter a sus palabras, miente: sí que ha recaído, porque el fin de semana pasado se cruzó con él en el Enigma, el bar de la Alameda que queda en la misma acera, a solo dos números de la casa de Iván.

Manu salía del baño con dos amigos, las narices húmedas y las bocas torcidas.

Por la expresión en la cara de Juanje, el camarero y dueño del Enigma, buen vecino y mejor amigo del inspector, para quien siempre reserva una charla agradable y una copa gratis, no era la primera vez que Manu y sus dos amigos visitaban juntos el baño de su bar esa noche.

Que Iván sepa, a Manu no le van los tíos, o nunca lo ha dicho, pero a los otros dos, sí, lo sabe por experiencia propia.

En todo caso, quién es él para desenmascararlo y ridiculizarlo delante de todo el grupo, llevando como lleva, bien apretada en la nuca, la gomilla de su propia careta.

Además, ya han dado las nueve, hora de terminar con esta pesadilla.

—Podrías cortarte un poco, Iván —le dice Nacho en voz baja y aprovechando que los demás están entretenidos en volver a plegar y apilar sus sillas de tijera sobre la pared al fondo de la sala—.

Te he dicho mil veces que los móviles no están permitidos durante la sesión.

Además de distraer al grupo, es una falta de respeto a los que se lo toman en serio.

—Sus mentiras sí que son una falta de respeto. Con tal de quedar bien contigo se inventan cada trola... no te enteras o no te quieres enterar de que te la están metiendo doblada. No se libra ni uno.

—Eso no es así. Hay quien sí se compromete. No todos son como tú.

—Qué inocente eres... en este grupo nos seguimos metiendo todos. ¿Por qué no le dices a tu hermanito que se apunte? Hará buenas migas enseguida.

—Eres un hijo de puta.

—Cuidadito, amigo.

—No soy tu amigo.

—Tampoco mi terapeuta. Solo eres una puta coartada.

—Lo que tú digas —dice Nacho dándole la espalda—. Ahora, si me disculpas, tengo que recoger.

—Disculpado —responde Iván mientras se dirige a la salida— y, ya que estás, recoge también mi silla, por favor. Amigo.