Manual para construir un infierno 42. Jueves por la mañana #2
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42. Jueves por la mañana #2

—Mi gozo en un pozo, ya no hay trío —dice Nuria acompañándose de un bufido y señalando a su alrededor—, con lo bien que me habría venido una juerga después de toda la mañana a solas con estos muermos. Me encantan, pero a veces son, no sé, un poco fríos...

—Qué bruta eres, doctora. Venga, sigue con el informe. Me decías que, visto lo visto, no hay una primera hipótesis a la que aferrarnos. Que no hay ni huellas ni marcas ni restos...

—Nada de nada.

—Pues sí que es poco.

—Bueno, lo que sí tenemos son algunas circunstancias que podrían inclinar la balanza hacia uno u otro lado.

—Ilumíname, por favor.

Nuria e Iván están sentados frente a frente en el escritorio. Ella no puede disimular su incomodidad y desplaza su silla hasta situarse junto a él. Se aclara la voz antes de continuar:

—Por una parte, antes de la autopsia encontré un motivo para que el sujeto quisiera terminar con todo. Su historial médico: nuestro amigo Segis tenía un cáncer de pulmón en estadio cuatro.

—Y ese estadio es malo.

—El peor. Metástasis. Se lo diagnosticaron hace menos de tres meses.

—Joder.

—Tiene los pulmones negros como el carbón. Si quieres, te enseño las fotos.

—Si lo podemos obviar, mejor.

—Lo suponía. En resumen, no habría durado ni tres meses más.

—¡Tan joven!

—Precisamente por eso, inspector. Es lo que tenemos los que somos más jóvenes, que todo nos afecta a lo grande, tanto lo bueno como lo malo. Luego, cuando se llega a tu edad, os tomáis las cosas con más calma. También los tumores.

—Otro comentario poco afortunado...

—Tienes razón. No eres tú, precisamente, ejemplo de templanza. ¡Que ya me he enterado de las fiestas que te pegas, papito! ¡A ver si me invitas a la próxima!

—También habrás oído que ya no me las pego, jovencita —dice Iván con incomodidad.

—Ese cuento se lo cuentas a tus jefes.

—¡Ya está bien! —Iván se arrepiente sobre la marcha de haber elevado la voz, pero la niñata lo está llevando al límite de su paciencia—. Joder, Nuria, por favor. Dime, ¿algo más?

—Vale, tranquilo. —La doctora posa una mano sobre la de Iván y, aunque él se la retira, ella continúa en un tono conciliador—: No te enfades, Pablito, aunque seas un boomer estoy en tu equipo, colega.

Él cabecea y la invita a proseguir con el informe:

—La segunda circunstancia que te quería comentar es que, a falta de los análisis toxicológicos definitivos, que, como bien sabes, tardan semanas en llegar desde Madrid, un detalle apunta a que este muchacho se ponía fino. Tenía unos granos de color blanco en ambas narinas.

—¿Narinas?

—Los orificios nasales. ¡Ostras! ¡Acabo de caer en la cuenta de que rima con cocaína! —exclama Nuria, volviendo a sonreír a bocajarro y arrancando, a su vez, una sonrisa tímida a Iván—. Una coca de primera, en este caso.

—Creo que también voy a querer ahorrarme cómo sabes eso, si aún no tienes el informe del Instituto Nacional de Toxicología.

—¿Cómo va a ser? Probándola. No te preocupes, solo me puse un par de granos en la punta de la lengua.

—No sé para qué pregunto nada.

—Eso digo yo. ¿No me conoces ya? Parece que lo haces a propósito —dice la doctora guiñándole un ojo—. Bueno, sea como sea, Segis se tuvo que meter unas buenas rayas muy poco antes de caer por la ventana. La masa encefálica era un puré, pero la nariz estaba intacta.

—Una imagen muy edificante. A propósito, visto lo visto, aquí se mete todo Dios.

—¡Hombre, pues claro! ¿Acaso no lo sabías ya? En las obras es de lo más común.

—¿Y eso no es demasiado peligroso? Subirse a un andamio colocado.

—Lo mínimo que se despacha en la obra es el hachís. Pásate una mañana temprano, antes de que entren al tajo, y verás qué rico huele. Mucho tío joven, la mayoría solteros, con estudios mínimos y muchas ganas de fiesta a todas horas. Están en la edad. Pocos accidentes se producen.

—Entonces, volveríamos a estar hablando de un accidente.

—Posible, pero improbable, como hemos hablado antes. Te recuerdo que el cuerpo cayó a cinco o seis metros de la base del edificio. Un arco demasiado amplio.

—Joder. De vuelta al punto de partida.

—Ya te lo dije: tenemos muchas cositas, pero ninguna concluyente.

Mucho y nada a la vez. Y espera, que aún hay más.

—La doctora extrae unas fotografías de la carpeta y se las tiende al inspector—.

Fíjate en este tatuaje que tiene en la espalda, a la altura del omóplato derecho.

Un veinte y un trece, separados por el signo de puntuación dos puntos: «20:13».

—¿Una hora? ¿Las veinte y trece minutos? ¿Las ocho y casi cuarto? —pregunta el inspector.

—Podría ser. Lo habitual —puntualiza la doctora— es que te tatúes una fecha significativa en tu vida. El día que conociste a tu pareja, que te casaste, que nació tu hijo, que perdiste la virginidad...

—¿En serio? —replica Iván—. Hay que ser muy gilipollas para tatuarte la fecha de tu primer polvo.

—Hay gente pa to, como dijo aquel. En esta sala de autopsias hemos visto tatuajes de todo tipo y en todas partes. —Una nueva sonrisa y un nuevo brillo en los ojos iluminan la cara de Nuria—. Por cierto, cuando quieras te enseño los míos. Algunos, muy bien ubicados.

—Doctora, por favor —ruega el inspector, alargando mucho la o final—. Estás empezando a cansarme.

—Tú te lo pierdes, molan mucho —responde Nuria entre risas—. En fin, te toca averiguar qué significan esos números.

—Tomo nota. Le preguntaré a los padres y a su mujer —dice Iván, apurando sus últimos granos de paciencia—, no sé, puede que a Segis le ocurriera algo importante a esa hora.

—A lo mejor se lo tatuó para recordar algo. Había una película de un tipo con amnesia que hacía eso, se tatuaba...

—Si no tienes nada más —interrumpe el inspector—, paso de tus películas.

Nuria apaga el ordenador y se levanta. Su mirada distante invita a Iván a hacer lo mismo.

—¿Qué pasa?

—Nada, que aún no he terminado el informe preliminar —contesta la doctora con sequedad—. Te lo enviaré cuando esté listo.

Iván se la queda mirando con estupefacción. ¡Pues sí que tiene la piel fina!

—Por cierto —continúa Nuria—, ya que vas a preguntarle a los padres y a la mujer de Segis por el tatuaje de la hora, aprovecha para avisarles de que ya se pueden ir olvidando de reclamar ninguna indemnización por accidente laboral.

Lo de la coca es lo único concluyente. La empresa lo va a ver claro.

—Lo que les faltaba.

—El padre y la mujer estuvieron aquí ayer por la tarde. Me dijeron que me los enviaste tú —dice mirándolo con un punto de fiereza—. Muchas gracias, compañero, amigo del alma.

—Les advertí que esperaran a que tú terminases.

—Lo mismo les dije yo. Que se fueran a casa, que ya los llamaríamos.

—¿Y te hicieron caso?

—Hombre, claro. No los iba a tener aquí dentro, sentaditos y pegaditos los dos a mi cogote mientras yo manoseaba las vísceras de su hijo. La próxima vez, intenta ser un poco más convincente y me ahorras el mal trago, si eres tan amable.

Ambos han llegado a sus respectivos límites al unísono. Sin embargo, es la forense la que da el primer paso:

—Ahora, si me permites, tengo mucho trabajo.

Iván sale farfullando y deseando no tener que volver a verla durante mucho tiempo. Niñata de mierda.