42. Jueves por la mañana
Jueves por la mañana
Amanece aturdido. Desganado. Apático. Antes de salir de la cama siente que al puto dolor de cabeza le ha sucedido un estómago levantado.
Y es que ayer estaba tan destruido que volvió a meterse en la cama sin cenar.
Además, en ningún momento la temperatura ha bajado de los veintiséis grados en toda la noche, lo único que el renqueante aire acondicionado ha hecho es meter ruido y más ruido.
Los restos de sustancias que terminaban de fluir por sus venas hicieron el resto: pasaban de las cuatro cuando por fin se durmió.
De puro agotamiento. Por todo eso, de buena gana se habría quedado en la cama hasta mañana, y, por todo eso, cuando la alarma del iPhone ha comenzado a sonar a las siete en punto, lo ha estampado de un manotazo contra la pared.
Mientras se ducha vuelve a escuchar el timbre del móvil sonando en alguna parte del dormitorio.
Abre al máximo el grifo del agua fría. Las cañerías crujen, escondidas detrás de los azulejos abombados.
El baño, como todo el apartamento, necesita algunos arreglos, pero no se atreve a quejarse al casero.
Hace tiempo que su economía doméstica bordea la miseria.
Su sueldo, un glaciar, congelado desde ya ni se acuerda cuándo, la inflación, un caballo desbocado, y la actitud de Alicia ante la pensión alimenticia para Rafa, inflexible e inexorable cada día uno del mes.
La proliferación como setas venenosas de pisos turísticos en su barrio empuja al alza la renta que paga por este piso cascado que no llega a cincuenta metros cuadrados; es sólo cuestión de tiempo que la presión del casero termine por expulsarlo del barrio.
Gentrificación llaman a lo que no es más que un atraco a mano armada.
Consigue relajarse bajo la ducha por unos segundos.
Hasta que cae en la cuenta de que es jueves, y de que los jueves por la tarde toca terapia.
Mierda. Esto le lleva a recordar que también las drogas son caras.
Mínimo, veinte gramos por pedido, a razón de un pedido al mes.
Un buen pico en su presupuesto doméstico, aunque le hagan precio. Dios salve al capitalismo.
Apura el segundo café del día y se obliga a engullir una rebanada de pan con aceite y tomate.
Una pena no tener tiempo para visitar a Ramón y a Felipe en el Cakes&Run, aunque, tal y como está de ganas, tampoco merece la pena.
El teléfono vuelve a joder el momento, pero por nada del mundo está dispuesto a saltarse otra comida.
No le hace caso hasta que suena por tercera vez, cuando ya se está vistiendo para salir.
Se arrepiente en el acto de cogerlo. Es Lola Candau, su compañera de tertulia en el programa de radio La calle es nuestra.
Llama para ofrecerle una oportunidad única, una entrevista en exclusiva en torno al caso del obrero precipitado.
El inspector objeta que, más que una oportunidad, parece una encerrona.
Eso lo tendrán que decidir tus jefes de la Dirección General de Interior, replica la periodista.
Escucha, Candau, responde él, los circos, para los payasos.
Y cuelga. Dos frases de boca de la víbora han bastado para ponerlo de mala hostia.
Me cago en la puta, da un portazo al salir.
¡Será gilipollas! Ahí mismo, en el rellano, antes de guardar el llavero en el bolsillo, se mete la primera punta de mefe del día.
Y la vida vuelve a tener algo de sentido. Tampoco mucho, pero menos es nada.
—¿Tenemos algo?
—Tenemos mucho y muy poco a la vez, Pablito —responde la doctora Isla. La loca.
A sus treinta años, la doctora Nuria Isla García es la directora de un IML más joven de España y también una de las doctoras forenses más prometedoras.
Cubre provisionalmente la vacante que dejó de improviso el anterior director.
El, por entonces, jefe del servicio de Patología Forense ocupó el puesto del director fugado y Nuria, que había entrado en dicho servicio dos años antes como médica forense rasa —con muy poca experiencia, pero con un expediente académico estratosférico—, fue ascendida a jefa del servicio.
Para rizar el rizo, solo seis meses después el recién promovido director solicitó una baja por estrés y ansiedad, y a ella la nombraron, provisionalmente, nueva directora.
Provisionalidad que ya va para tres años, normal, suele decir ella, somos muy pocos a quienes nos interesan los muertos.
Pero la doctora Isla no se queja nunca, al contrario, disfruta de lo lindo.
La misma situación de desbordamiento que llevó a su antecesor a sufrir un crac nervioso es la gasolina que día tras día alimenta y pone su motor a cien.
Las estructuras rígidas no son lo suyo. Quizás este sea el motivo principal por el que, aunque a veces tengan sus más y sus menos, Iván y ella se entienden desde que se conocieron.
Principal, pero no el único: también comparten el afán por llegar al final de los asuntos, sin importar qué o quién se interponga.
Y la afición a las drogas, claro. Iván descubrió que Nuria era una entusiasta toxicómana como él un día que coincidieron en casa del Canario, uno de sus camellos de cabecera.
Cuando a la salida el inspector le pidió con prudencia que no le fuera con el cuento al comisario, ni mucho menos a los simpáticos compañeros de Asuntos Internos, la respuesta de la doctora fue que aquel no era asunto suyo, que cada uno era libre de meterse lo que le saliera de los genitales y que, si alguna vez necesitaba alguna receta, no dudara en pedírsela, que no iba a ser el único en la comisaría que recurría a ella para dormir mejor.
Iván soltó una carcajada espontánea que de inmediato contagió a Nuria.
—Un día de estos te mando a tomar por culo, doctorcita.
—Mmm, qué gusto, ¿verdad?
—Tú sigue jugando, que ya verás.
—Te lo he dicho mil veces, Pablito —antes de continuar, la doctora Isla deja de manipular el cadáver que la tiene ocupada.
Por suerte, se dice Iván, no es el de Segis.
Lo único que le falta para soliviantar del todo su estómago es un batido de cráneo, una papilla de cerebro y un salteado de globo ocular—. Ni me asustas ni me engañas. Me gustas.
—Bueno, explícame —dispara el inspector para sortear el sonrojo—. ¿Qué es eso de que tenemos mucho y poco a la vez?
—Ven. El informe preliminar está casi listo.
Nuria suelta el escalpelo, se saca los guantes de látex, se lava las manos en el fregadero, enciende un cigarrillo y, al tiempo que le ofrece otro al inspector, lo guía de la mano hasta la oficina.
Las primeras veces que se dejó caer por allí, cuando aún no era más que un incipiente proyecto de agente de la Policía Nacional, a Iván le extrañaba que aquella minúscula oficina estuviera al final de la sala de autopsias, de modo que los visitantes como él tenían que atravesarla, con los peligros que aquello suponía para la asepsia obligada y, sobre todo, para los estómagos delicados que, por la Ley de Murphy, siempre tenían que digerir la visión o, peor aún, los olores de algún cadáver abierto en canal sobre una de las cuatro mesas de autopsias.
Pero pronto comprendió que aquello obedecía a una calculada estrategia disuasoria con la que el personal del IML se libraba, precisamente, de visitas inoportunas como la suya.
Veinte años después, la oficina sigue prácticamente igual que aquellas primeras veces: una borrosa urna de cristal con apenas hueco para un archivador metálico atestado de expedientes e informes amarillentos, una mesa pequeña con un ordenador que funciona a pedales y una impresora atascada del polvo, un flexo raquítico y el par de sillas cojas donde ahora toman asiento.
—Poco, porque no hay señales de violencia ni rastro de agresiones previas.
Por lo tanto, el homicidio sería, a priori , una opción poco probable, si no fuera porque, como ya sabes, alguien se ocupó de limpiar las huellas alrededor del hueco de la ventana.
Por otra parte, en cuanto al suicidio, dado que ensartó la nuca en la barra de hierro, también sería rarísimo que quisiera quitarse la vida así, lanzándose al vacío de espaldas.
—¿Y un accidente? Supón que allí arriba, en la séptima planta, hubiera dos personas, una de ellas el vaina este que, haciendo el tonto, tropezase de mala manera y se precipitase a través de la ventana al vacío. Y que el otro lo limpiase todo antes de huir acojonado.
—Podría ser...
—Una muerte por gilipollas.
—Un Premio Darwin de manual, como alguien me explicó.
—Esa tuvo que ser tu compañera Pilar, que es muy lista.
—Más que el hambre.
—Y tú, el guapo. Por eso hacéis tan buena pareja.
—Y tú la graciosa, y completamos el trío.
—Me encantan los tríos. Cuando quieras —dice Nuria con una sonrisa que le invade la cara.
A Iván le recuerda mucho a la sonrisa de Alicia en sus mejores años, cuando recién se habían conocido.
Por un instante se imagina la escena de los tres en una cama y no puede evitar que le brote una sonrisa teñida de melancolía.
—No te hagas ilusiones, que casi te doblo la edad, doctora.
—En plazas mayores he toreado, inspector. No sé qué coño os pasa a muchos tíos con la edad. No te puedes quejar, coño, te conservas muy bien. En cualquier caso, creo que no le caigo demasiado bien a tu querida Sancha Panzo.
—¿Eso crees? Nunca me ha hablado de ti. Ni bien ni mal ni regular.
—Eso es que le caigo mal. No hay dudas. Las tías somos así.
—Si yo dijera lo que acabas de decir, me tacharían de machista.
—Lo eres, como el noventa y nueve por ciento de los tíos.
—¿Ves? Esa frase es muy de Pilar.
—Insisto: tu compañera es muy lista.
—Y lo es, pero te equivocas, no fue ella la que me explicó el Premio Darwin...
Al tiempo que hablan, Nuria le entrega a Iván una carpeta con el logotipo del IML de Sevilla.