43. Miércoles al mediodía (más tarde)
Miércoles al mediodía (más tarde)
—En verdad, pesados él y su mujer —añade Tomás señalando afuera—. Usted mismo lo va a poder comprobar ahora, hermano.
Iván se lleva una mano a la frente a modo de visera.
El contraluz arde. Juan Muñoz se ha adelantado para dar el alto a una furgoneta blanca y destartalada que ha traspasado la valla a más velocidad de la deseable y que frena a escasos centímetros de la nariz del guardia de seguridad.
Una mujer y un hombre se apean del vehículo.
Desde su posición al pie de la escalera, el inspector observa alucinado cómo la mujer se dirige a Juan con aspavientos exagerados y cómo el pobre hace lo que puede para esquivar unas manos de uñas largas y afiladas que revolotean ante sus ojos y que le obligan a dar pasitos temerosos hacia atrás.
El hombre es muy moreno, luce una envidiable cabellera ensortijada y recogida en una pequeña cola y tiene un cutis arado de arrugas no exento de atractivo, igual tiene cuarenta que cincuenta años.
El parecido con Segis es extraordinario.
Iván se limita a observar con cara seria y cansada y mirada agachada.
A cierta distancia la imagen resultaría cómica de no ser por lo funesto y luctuoso de la situación.
Juan Muñoz se rinde y los deja pasar. La mujer se acerca como un torbellino, levantando una nube de polvo tras de sí a cada pisada, firme y poderosa.
Su presencia escultural y de contornos animales emana un fuego que en esos instantes rivaliza en ímpetu con el del sol castigador.
Una belleza racial que aún no debe de haber cumplido los veinte.
Una gitana cañón. La sigue a un metro escaso el hombre.
En principio son dos personas muy diferentes, aunque el binomio desprende un aire unitario, podría decirse que identitario y hasta marcial.
Es ella quien lleva la voz cantante, y no es un lugar común, su voz, aunque rasposa, tiene algo de cantarina:
—Buenas tardes. Soy Roxana Núñez. ¿Se puede saber adónde coño se han llevado a mi marido?
—La mujer empieza a reproducir frente a la cara de Iván el violento manoteo que ha empleado con el guardia, ante la mirada siempre impávida de su acompañante.
Pero Iván, que ha salido a su encuentro, no tiene tanta paciencia ni la correa tan larga.
—Señora, siento mucho su pérdida, pero creo que debería calmarse un poco.
—¿Calmarme? ¡Y una mierda! ¡Quiero ver a mi marido! ¿Qué han hecho con él?
—Señora, se lo repito: vamos a intentar tranquilizarnos. Entiendo que está usted pasando un trance muy difícil, pero eso no es excusa para que me hable así.
—¡Usted qué va a entender! ¡No entiende nada! Dígame ahora mismo dónde se han llevado a mi Segis o le juro que...
Iván abate en el aire una uña de color púrpura con destellos plateados que ha volado demasiado cerca de sus ojos. Agarra a la mujer por la muñeca, un gesto que la enfurece más y que la lleva a un forcejeo desesperado e histriónico.
—Señora, no se lo voy a repetir. O nos calmamos o me la voy a tener que llevar detenida a la comisaría y denunciarla por agresión a la autoridad. ¡Por favor, estese quieta de una puñetera vez!
El grito y, sobre todo, la mención a la comisaría, surten efecto. Roxana, la viuda de Segis, poco a poco ceja en el empeño, aunque sus ojos siguen supurando rabia.
—Mucho mejor, muchas gracias —continúa Iván, relajando también la tensión en su voz—. La doctora Nuria Isla procedió ayer al levantamiento del cadáver de su esposo. En este momento debe de estar en el Instituto de Medicina Legal, donde la misma doctora le practicará la autopsia.
—¿Autopsia? ¿Por qué? —La mujer ha girado drásticamente, ahora parece a punto de derrumbarse por completo.
—Es el procedimiento habitual en casos de muerte violenta como la de su marido. Estamos intentando averiguar el motivo de la caída. Si se precipitó por un despiste y un resbalón, si había bebido o ingerido alguna sustancia, si...
—Mi Segis no era ningún despistado. Ni bebía. Ni tomaba ninguna cosa rara. —Ha sido el hombre quien ha interrumpido a Iván.
—¿Y usted es?
—Segismundo Heredia.
—Mi más sentido pésame, señor Heredia. Soy el inspector Iván de Pablos.
El parecido del padre con la foto del DNI que ha visto esta mañana es innegable, pero lo que en Segis eran rasgos de juventud y frescura, en Segismundo son surcos hondos en la frente y en el cuello, manchas negras y grises en la piel, ojeras y bolsas bajo los ojos.
Qué injusto es el tiempo, y qué doloroso debía de ser para el padre observar su decrepitud, no reconocerse en el espejo lozano del rostro de su hijo.
Con todo, al inspector esa drástica diferencia, que más que padre hace que Segismundo parezca el abuelo de Segis, no le resulta extraña.
Conoce casos similares y hasta más extremos.
Que sean o no gitanos es indiferente. El dinero en la cuenta corriente, no.
Pura estadística: cuanto más bajo en la escala social, peor y más rápido se envejece.
—No desconfío de su palabra, señor, pero eso nos lo dirá la autopsia —continúa Iván—. Lo sabremos en cuanto la doctora Isla la termine.
—Le he dicho que no. Conozco... conocía muy bien a mi hijo —dice Segismundo con los ojos brillantes, aunque manteniendo el tono firme y sereno en la voz.
—Lo siento de veras, señor. Ahora, si me permite, tenemos que seguir.
—Hay algo más, ¿verdad?
—Estamos investigando cómo murió su hijo, señor Heredia. Es lo único que puedo decirle de momento.
Segismundo guarda silencio durante unos segundos. Iván se percata de que, mientras ha hablado, su nuera, Roxana, no se ha atrevido a meter baza. Entonces, el hombre continúa:
—Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño.
—¿Cómo dice?
—Salmo 34. Usted no me está contando toda la verdad, inspector De Pablos.
Las palabras de Segismundo descolocan a Iván. Hasta que empieza a comprender que Pilar y él no son los únicos que saben jugar a poli bueno, poli malo. Por eso, el inspector opta por los pies de plomo.
—No le estoy mintiendo. Solo pretendo mantener la prudencia. Es lo mejor en estos casos. Acabamos de empezar. Puede que todo no haya sido más que un accidente, pero no podemos descartar otras posibilidades.
—Como que, por ejemplo, lo empujaran.
—Es una de ellas.
—¡Dios mío! ¡Mi pobre Segis! —El llanto de Roxana se vuelve un clamor que a Iván le resulta irritante—. ¿Por qué le iban a hacer eso? ¡A mi Segis!
—¿Sospecha usted de alguien, señor Heredia? —Iván logra sortear a la viuda.
—En absoluto —responde el padre—. Mi hijo era un hombre recto. Un hombre en el camino de Dios.
—¡Todo el mundo quería a mi Segis! —continúa Roxana.
—Estoy seguro de ello, señora —murmura Iván.
Le habría gustado añadir que eso se dice siempre de todos los fallecidos, aunque en vida hubieran sido unos grandísimos hijos de la gran puta.
La muerte nos convierte a todos en buenas personas—.
Una pregunta: ¿les dice algo a ustedes la palabra «Levítico»?
—Es el tercer libro del Pentateuco.
—¿Pentateuco?
—El Pentateuco es el conjunto de los cinco primeros libros de la Biblia. Levítico es el tercero, después de Génesis y Éxodo, y antes que Números y Deuteronomio. ¿Por qué lo pregunta, inspector?
—Su hijo lo usó como alias en una llamada que hizo a la radio.
—Ya veo...
Durante unos instantes, Iván capta un brillo de frialdad en la mirada de Segismundo. Luego, desaparece. El padre parece refugiarse de nuevo en su propia tristeza. Ha dado por concluida la conversación. Iván, bajo el sol abrasador, también cree que ha llegado la hora de cortar.
—Es pronto para sacar conclusiones. Cuando tengamos la certeza de lo que pasó, no duden que nos pondremos en contacto con ustedes para darles cuenta de todos los detalles. —Iván sabe que suena a funcionario, pero entre sus virtudes no está consolar a los familiares. Ni siquiera a los suyos.
Antes de despedirse, les facilita la dirección del Instituto de Medicina Legal, allí podrán encontrar a su hijo, les dice, aunque lo recomendable sería esperar a que la forense les avise cuando termine.
Tras agradecérselo, el padre se despide y tira de su nuera hacia la furgoneta.
Iván los sigue con la mirada hasta que se marchan por donde han venido.
A pesar de resultar tan singulares, no dejan de ser una familia destrozada.
Asumir la muerte de un hijo o de un marido debe de ser un dolor insoportable.
Quién es él para criticar o juzgar cómo lo hace cada uno.
A veces, esto lo sabe bien el inspector, en la vida se activan mecanismos emocionales que sólo uno entiende.
Por desgracia, ha cantado victoria antes de tiempo.
Todavía le queda algo que hacer. Acompaña a Jesús y a Tomás al lugar donde el guardia de seguridad halló —se tropezó— con el cuerpo de Segis, al pie de una fachada lateral del edificio.
También se ha establecido un perímetro con una cinta con el logo del CNE en torno al cúmulo de escombros sobre el que cayó el difunto.
Aunque los restos orgánicos ya han sido retirados, y aunque el sol, implacable, ya sí, ha evaporado la sangre, la punta de la gavilla de hierro que atravesó los sesos y el globo ocular de Segis aún asoma con una macabra insolencia.
El inspector imagina el ojo insertado como un faro que clama justicia en un mar de cal, cemento y arena.
—¿A qué altura está el séptimo? —pregunta.
—Cada piso tiene dos metros y medio, menos los locales comerciales del bajo, que llegan a los tres metros y medio.
En total, una caída de casi veinticinco metros —contesta el jefe de obra, como quien lee el folleto comercial de una inmobiliaria, aunque inmediatamente se da cuenta de ello y cambia el tono—.
Y, para colmo, el pobre cae de espaldas y con la mala suerte de la gavilla. Como para no matarse...
Iván mira hacia arriba. El sol hiere sus pupilas como una maldición egipcia.
Con todo, logra ver a Jhonatan, el joven a quien el capataz ha abroncado hace un rato por tirarle el agua sucia encima.
Les está observando, agazapado, desde una de las ventanas de la planta quinta.
Pero no hay nada malo en ello, ¿cierto?, se dice el inspector, que no puede más.
Por otra parte, poco más hay que ver ya allí.
Con este bochorno y con el maldito dolor de cabeza, que ha vuelto para darle unas buenas tardes demasiado efusivas, el inspector se larga a casa. Ya está bien por hoy.