Manual para construir un infierno 44. Miércoles al mediodía #3
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44. Miércoles al mediodía #3

Muy despacio y siempre en silencio, el tal Jhonatan se da la vuelta y se marcha.

No sin antes clavar una mirada en las retinas de Iván.

Mirada que desconcierta al inspector. Hay en ella un aire divertido y también algo más que le resulta muy familiar.

¿Deseo, quizás? En principio, el joven no es su tipo, pero...

Más calmado, aunque todavía resoplando, Tomás pide disculpas a Iván y a su jefe. Se presenta como el capataz de la obra.

—Obrero, capataz, jefe de obra... mucha jerarquía tenéis aquí.

—Inspector —replica Jesús—, en todas las obras tiene que quedar muy claro, cristalino, quién hace cada cosa y, sobre todo, quién manda y quién obedece. Si no, estos se me desmadran.

—Se desmadran de cualquier modo. En verdad, son todos una panda de chulos y de ignorantes —concluye Tomás. Se ofrece a acompañarlos arriba.

Llegan por fin a la séptima, donde el jefe de obra y el capataz le muestran el lugar desde el que se precipitó Segis, el vano de una futura ventana de dos metros de ancho y tres de alto, en la que falta por encastrar el marco de madera y el vidrio posterior.

Llama la atención el espacio acordonado por el precinto con el logo del CNP, lo más limpio con diferencia.

Los de la Científica se quedaron cortos con el comentario que le hicieron a Pilar.

Allí no van a encontrar ni una hebra de hilo del que tirar.

—Al menos, tenemos la certeza de que lo empujaron, de que no fue un accidente laboral —afirma Jesús completando el pensamiento del inspector—. Como cayó de espaldas...

—Como comprenderán, por el momento no puedo dar ninguna información —objeta Iván—, aunque también cabe la posibilidad de que Segis se hubiese acercado demasiado al hueco de la ventana y, en un despiste, se tropezase y cayese al vacío. Poco probable, pero no imposible.

—Si me permite el comentario, inspector, eso habría sido un Premio Darwin de manual —dice Juan, el guardia de seguridad.

—Premio ¿qué? —pregunta Tomás, el capataz.

—Darwin. Un premio que reconoce todos los años las muertes más absurdas, por un descuido...

—Por gilipollas —sentencia Iván.

—Más o menos —confirma el guardia, ruborizado.

—Más bien más, Juan —apunta Iván intentando sonar conciliador.

Tras un rato inspeccionando y contrastando lo que ve con las fotografías que Pilar le ha enseñado un poco antes, bajan despacio. Ninguno se muere de ganas por salir de nuevo al infierno. Van a dar las cuatro, la hora más calurosa del día, y fuera les esperan rayos de castigo divino.

—Tengo entendido que Segis no trabajaba en esta obra.

—Así es, inspector —responde el capataz—. En verdad, no sabemos qué vino a hacer aquí.

—Pero ¿sí lo conocíais?

—Claro, en las obras gordas nos conocemos todos, hermano... perdón, inspector —se apresura a corregir el capataz.

—Las empresas grandes como esta —explica el jefe de obra— tienen por costumbre trabajar siempre con las mismas subcontratas en cada provincia. Si responden bien en una obra, ¿para qué buscar otra?

—Pero Sacramento no es una empresa constructora.

—No, la constructora es la empresa matriz, SurConEd. Sacramento es la promotora, pero esa división es solo a efectos fiscales. Los CIF de las dos empresas son distintos, pero los propietarios son los mismos.

Han llegado al hall de entrada. A Jesús ya no le queda ni un centímetro de la camisa que no esté empapado en sudor. Se detiene en la puerta antes de abandonar el edificio. Tomás aprovecha para encender un cigarrillo. Le ofrece otro a Iván, que acepta a pesar de las ganas de salir huyendo.

—Las cuadrillas de las subcontratas son también más o menos fijas —continúa Jesús—, aunque siempre hay un flujo de trabajadores entre una y otra. Por los motivos que sean. Económicos, familiares... o porque sí, por el gusto de cambiar.

—O porque no lo aguanta ni la madre que lo parió —dice Tomás—, como le pasa al Chiqui.

—¿Quién es ese?

—Uno de los mejores instaladores de aire acondicionado de toda España.

Las empresas se lo rifan. Sin embargo, como dice Tomás, también es uno de los tíos más cabronazos que conozco.

No hay día que no termine a hostia limpia con algún compañero de la obra.

En serio, no hay nadie a quien le guste más la bronca.

Y como, además, está soltero y no tiene cargas familiares, nada le impide pedir el finiquito de un día para otro, coger el petate y largarse.

Yo creo que en los últimos cinco años se ha recorrido España entera. Todos en las obras conocemos al Chiqui.

—¿Y Segis también se movía tanto?

—Que yo sepa, siempre trabajó con Gerardo López.

—Entonces, ¿por qué lo conocías?

—Hace unos años construimos juntos un hospital comarcal en la Sierra de Cádiz. Era un buen fontanero. Un poco pesado, eso sí, pero un buen profesional.

—¿Pesado?

—¡Todo el puto día con el rollo del culto! —exclama Jesús—. No dejaba en paz a nadie, le daba igual que lo quisieran escuchar o no: que si Dios esto, que si Dios lo otro, que si la gracia, que si el pecado, que si el diablo, que si qué sé yo... ¡Pesado es poco para lo coñazo que se ponía!

Ahí está otra vez, se dice Iván. El pesado, el intenso, el intolerante, el vengativo de Segis. Ahí está, se repite, el Levítico de los cojones.