Manual para construir un infierno 44. Miércoles al mediodía #2
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44. Miércoles al mediodía #2

Mientras Jesús le da a Juan una palmadita en la espalda, Iván aprovecha para abrir la puerta de ese búnker prefabricado.

Necesita expulsar el mal olor, el calor y el aire viciado, pero tan pronto como gira el picaporte se da cuenta del grave error que está cometiendo: los casi cuarenta y cinco grados que ya hace fuera son una tortura casi peor.

Va a volver a cerrar cuando el jefe de obra, a su espalda, le dice:

—Si me permite, inspector, le doy una vuelta rápida por la obra. Casi todo el personal debe de haberse marchado ya, y...

—Sí, ya, que ustedes tendrán que comer —recorta Iván con un movimiento brusco del hombro. Ha notado la mano sudada de Jesús—. Vamos. Con este jodido calor tampoco me apetece quedarme más tiempo aquí.

Los cuatro hombres salen al encuentro del fuego exterior.

Casi a la carrera recorren los veinte metros de distancia hasta la base del edificio en obras.

La barriga de Jesús Hogaza bambolea. A los cercos de sus axilas se suma otro en el ombligo.

El sol es una implacable plancha de metal caliente sobre sus cabezas.

A mitad de camino, Salvador, el administrativo, se excusa, debe regresar a la oficina.

Acaba de recordar unas últimas transferencias urgentes, si no las tramita de inmediato, tendrá que dar muchas explicaciones a los proveedores que se van a quedar sin cobrar sus facturas, así como a los servicios centrales de Contabilidad.

Iván daría su vida por una excusa tan buena como esa que también le permitiera largarse de ahí.

El futuro hotel Sacramento Alameda estará constituido por dos edificios de diez plantas, unos treinta metros de altura, conectados entre sí por pasarelas a distintos niveles.

Por fuera, el primero luce ya un aspecto muy avanzado, prácticamente terminado a falta de remates de carpintería y la pintura de la fachada.

El segundo está enlucido solo hasta la séptima planta.

En las tres últimas, aún en bruto el ladrillo visto, los vanos de las futuras ventanas se abren como heridas de guerra.

Desde uno de ellos, en un lateral, como le ha explicado hace un rato Pilar y ahora Jesús antes de atravesar juntos la puerta principal del edificio, se precipitó Segis la tarde anterior.

—Joder, ¡qué bien! Qué diferencia de temperatura.

—Unos diez grados menos, inspector.

—Se agradecen...

Dentro, a pesar del oasis térmico, la sensación de que falta mucho para terminar la obra y abrir el hotel al público es mayor: paredes sin enfoscar, suelos sin enlosar, cables vistos pendientes de encastrar en regolas, y hasta pelados y sospechosamente sueltos a ras del suelo, tuberías descubiertas, montones de arena aquí y allá y, por todas partes, depositados sin orden ni concierto, bidones de agua, botes de pintura, sacos de escayola, de yeso y de cemento.

Durante el ascenso a la séptima planta —los ascensores están instalados, pero aún sin servicio—, sucede algo que el inspector más tarde achacará a la tensión generalizada entre el personal de la obra, fruto de la conmoción que, irremediablemente, ha debido de provocar la muerte de Segis y las consecuentes visitas de la policía, incluida la suya. Es lo siguiente:

Aún quedan algunos trabajadores en la sexta planta.

Recogen sus herramientas, despejan el tajo, se fuman un último cigarrillo antes de salir, se despiden hasta mañana.

Iván se fija en uno de ellos. Se está refrescando con agua que extrae a manotadas de un cubo.

La piel curtida y ennegrecida en los brazos y el pecho evidencia la costumbre compartida por muchos como él de trabajar con el torso desnudo.

Un intenso rubor se adueña de su semblante en cuanto ve al grupo acercarse.

El joven, que no debe de sobrepasar los veinticinco años, se apresura a ponerse la camiseta, con tal desatino que sus pies se enredan con una espuerta de goma con herramientas puestas a remojo en su interior, que alguien ha dejado olvidada.

La mala suerte quiere que el chico vuelque la espuerta, y que unos cuantos litros de agua turbia y espumosa se filtren por unas gruesas rendijas en el suelo hasta la planta inferior.

—¡Me cago en Dios! Pero... ¿quién? —grita una voz de hombre desde abajo, en la planta quinta.

En solo unos pocos segundos, como un vendaval, el dueño de esa voz sube hasta ellos. Sin que a ninguno le dé tiempo a reaccionar, se abalanza sobre el chico que ha derramado el agua sucia, mientras le grita:

—¡Tenías que ser tú! ¡Cómo no! ¡Precisamente tú! Te voy a...

Entre todos consiguen aplacar el embate del recién llegado. Sus cabellos viscosos y los chorretones grises que corren por su cara y por sus hombros evidencian el estropicio que el joven ha ocasionado con su accidente.

—Cálmate, Tomás, por favor —le pide el jefe de obra.

—¿Cómo coño quieres que me calme, hermano? ¿Acaso no has visto lo que ha hecho el parguela este?

—Bueno, ya está bien. Un accidente lo tiene cualquiera.

Deja al muchacho en paz. Y tú, Jhonatan —se dirige al joven, que, callado, aparenta una extraña tranquilidad.

Iván cree incluso percibir en su cara el esbozo de una leve sonrisa—, vete ya a casa, anda.

Mañana, en cuanto llegues, le pides perdón a Tomás y arregláis las cosas como hombres.

—¿Este, un hombre? —responde Tomás.