Manual para construir un infierno 44. Miércoles al mediodía
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44. Miércoles al mediodía

Miércoles al mediodía

Si Iván ha llegado a pensar por un momento que, con la bronca de Diosdado —contenida, vale, pero bronca— su cupo de marrones ya está cubierto por hoy, siquiera por esta mañana, se equivoca de cabo a rabo. Aún le aguardan un par de bonitas sorpresas.

La primera: se dirige al despacho de Pilar para preguntarle si le apetece volver con él al hotel en construcción.

Ha quedado allí con el jefe de obra. Sin embargo, lejos de mostrar su habitual sonrisa y su predisposición a colaborar, la subinspectora elabora una disculpa como la que podría haber desarrollado una IA: neutra y fría. Iván le pregunta qué sucede.

—Nunca mezclo mi vida personal con la profesional. Ya deberías saberlo.

No como tú, le ha faltado decir. Y, para zanjar el tema y no darle a Iván la opción de escarbar, agrega:

—Hace demasiado calor, tengo mucho trabajo pendiente y no creo que juntos averigüemos mucho más de lo que ya averigüé sin tu ayuda.

El dolor de cabeza sigue sin darle tregua. Iván no tiene ni ganas ni fuerzas para batallar en este frente. Qué mosca le habrá picado, se dice no obstante mientras se dirige con paso rápido a la puerta principal. La espalda también le cruje.

El nuevo hotel Sacramento Alameda, el primero que la cadena de establecimientos gay-friendly va a abrir en la capital andaluza, se encuentra, como su nombre indica, también en la Alameda de Hércules.

Por eso en apenas cinco minutos Iván se planta en la puerta de la valla metálica que delimita el perímetro de la obra.

Con todo, el sudor ya le ha pegado la camisa a la espalda.

El verano es para la gente con dinero, para los que pueden permitirse huir a la playa o a la sierra, piensa mientras suena una sirena y observa la riada de obreros, todos hombres, rudos, bromistas y alborotados, que abandonan la obra en dirección contraria a la suya.

No puede evitar sentir un poco de compasión por estos pobres.

Cómo debe de castigar el sol en un andamio.

La mayoría ignora al inspector, pero algunos lo miran con curiosidad, tienen pinta de haber roto más de uno y más de dos platos en sus vidas.

Al ver algunos de sus vehículos aparcados en la puerta, se ve obligado a matizar su pensamiento anterior.

Estos pobres, se dice, lo ganan mejor que yo. Mucho mejor.

A los pies del edificio, nada más superar la valla, hay dos casetas prefabricadas: la garita del guardia de seguridad y una minúscula oficina.

La primera está cerrada y parece vacía. Encuentra a su inquilino en la segunda, un tipo con un uniforme varias tallas menos de lo aconsejable, cuyas costuras libran una batalla a desgarro con sus bíceps y sus cuádriceps.

Iván no necesita mostrar su placa: en cuanto pone un pie dentro, el vigoréxico adopta la posición de firmes y alza la mano derecha a la sien.

El inspector tarda unos segundos en acostumbrarse a la oscuridad interior y ver a otros dos hombres sentados en sendos escritorios y parapetados tras sendos ordenadores portátiles.

No sabe si hace más calor dentro que fuera.

Lo que sí nota de inmediato es que ese espacio rectangular de escasos veinte metros cuadrados hiede a una mezcla de pies y de bajante mal sellado.

Uno de los otros dos se apresura a ponerse de pie.

—Usted debe de ser el inspector De Pablos —comenta extendiendo una mano derecha impregnada de una pasta de polvo y sudor. Barrigón y recortado como un cincuentón de vieja escuela, pero de cara infantil y sonrosada, el hombre luce sin pudor dos grandes círculos en las axilas—. Hemos hablado antes.

—Y usted Jesús Hogaza, el jefe de obra —contesta Iván escamoteando la suya.

El inspector se queda mirando al tercer hombre, que permanece sentado y enfrascado en su tarea, el procesamiento de una montaña de facturas. Se trata de un hombre enjuto y gris que, en contraste con el jefe de obra, tiene aspecto y aires de viejo prematuro.

—Aquí, mi compañero Salvador Gutiérrez, el administrativo. Le ruego nos disculpe, estamos en pleno cierre del trimestre —dice Jesús Hogaza con cara de disgusto y enterrando la derrotada mano en el bolsillo del pantalón.

Iván deja escapar una media sonrisa. Echa de menos el teatrillo de poli bueno y poli malo que suele representar con Pilar en ocasiones como esta, alternando a capricho quién hace de quién, aunque la inercia y la naturalidad siempre llevan a uno y otra al mismo papel. Puro método Stanislavski.

—Y usted será Juan Muñoz, el responsable de la seguridad de la obra —continúa Iván, ignorando la cara roja y chorreada del jefe de obra y dirigiéndose al guardia—. La subinspectora Ojeda me ha hablado muy bien de usted. Le está muy agradecida por su ayuda anoche. Le estamos, quiero decir.

—Para servirle, señor. Muchas gracias, inspector. Solo cumplía con mi deber, señor.

—Relájate, Juan. —Iván abre aún más la sonrisa. Después de todo, podría terminar pasándolo en grande—. Cada uno en su trinchera, pero somos compañeros de oficio, hombre. Aquí estamos los dos para ayudar.

—Por supuesto que sí, señor. Claro que sí, señor. Ya le dije ayer a la subinspectora Ojeda que estoy a su entera disposición, para lo que ustedes necesiten de mí, inspector.

—No me cabe la menor duda —dice Iván mientras pone una mano cargada de solidaridad sobre el hombro prieto y trémulo del uniformado—. Así me lo ha trasladado mi compañera. Por eso, me gustaría que me dijera lo que sepa sobre la muerte de Segismundo Heredia.

—Ya se lo contamos todo a la subinspectora y a la forense esa que vino a llevárselo —interrumpe el jefe de obra, que ha empezado a sudar más copiosamente—. No sé qué más podemos...

—Doctora Isla. Su nombre es doctora Nuria Isla. —Iván ha endurecido el tono y ha dejado de sonreír—. Ahora necesito que el señor Juan Muñoz me lo repita a mí. Por favor.

Casi por primera vez, el contable ha dejado de teclear y, sin duda por vez primera, mira a Iván desde detrás de los cristales empañados de sus gafas.

Después, se lleva una mano hacia la ceja izquierda y se la masajea lentamente, como si quisiera aplacar un temblor involuntario o leer la mente de los presentes o, sencillamente, calmar una punzada de dolor fruto de tantas horas de pantalla y punteo de cuentas.

Lo cual lleva a que en ese mismo momento el inspector vuelva a ser consciente de su propio dolor de cabeza, que creía haber superado, pero que no, permanece ahí, como una termita roe que te roe su cerebro.

Con el rabillo del ojo observa que el jefe de obra le hace una señal de asentimiento al guardia de seguridad.

—No hay mucho que contar —comienza su relato Juan Muñoz, el cuerpo ya menos tenso, aunque todavía firme—. Ayer llegué a la obra después de comer, puntual como todos los días, a las tres de la tarde. Hacía un calor de cojones... perdón...

—No se preocupe, Juan —intercede Iván—, siga, por favor.

—Un calor insoportable, ya sabe. Me metí en la garita y puse el aire a tope que, por cierto, como estará notando, no se puede decir que estos aparatos vayan como un tiro...

—No digas eso, Juan, hombre —interrumpe Jesús secándose la frente con el dorso de la mano—, sabes perfectamente que las dos máquinas son nuevas, lo que pasa es que con este calor no dan abasto.

—Sí, jefe, eso dices siempre, pero el que se cuece ahí dentro soy yo.

—Y aquí en la oficina, no te jode. ¡Y en todos lados! Que esto es Sevilla, coño, y estamos en verano.

—Sí, pero...

—Disculpen, señores, y sobre todo usted, Jesús —dice Iván señalando al jefe de obra—, ¿podemos volver a los hechos?

—Sí, sí, tiene razón, disculpe.

—Ya sigo —dice el guardia con una sonrisa de satisfacción—: pues eso, le decía que volví de comer y me encerré en la garita con el aire acondicionado al máximo hasta que el infierno de la calle remitiera un poco.

Sé que antes debería haber hecho la primera ronda y más tarde, a las cinco, la segunda, pero ¿quién iba a estar ahí afuera con el fuego que estaba cayendo?

—O sea, que se quedó usted lo que se dice frito, ¿no, Juan?

—Hombre, inspector, dormido lo que se dice dormido, no. Más bien traspuesto.

—Y, obviamente, desde ahí dentro, ni vio ni oyó nada.

—Nada.

—Entonces, dígame, señor Muñoz, Juan —pregunta Iván haciendo caso omiso de la nueva flacidez que ha adquirido la espalda del guardia y del nuevo, frenético e igualmente vano intento del jefe de obra por secarse las manos en los pantalones—, ¿cuándo encontró usted el cadáver?

—A las siete y media o las ocho.

Iván suelta un silbido largo y machacante que termina de noquear al guardia de seguridad. Ya no queda ni rastro de su firmeza inicial, y el pobre hombre no puede hacer otra cosa sino buscar una silla donde derrumbarse. Hasta sus bíceps parecen desinflarse.

—Pero no dormí tanto tiempo, se lo juro. Solo una hora o así. Después fui a la cafetería que está aquí al lado a tomarme un café para espabilarme. Y cuando volví...

—Por fin —interrumpe Iván con una sonrisa irónica.

—... hice la ronda y me tropecé con el cuerpo —Juan continúa.

Va embalado—. Casi me caigo. Pobre muchacho, Dios mío.

Estaba... estaba espachurrado sobre un montón de escombros.

Algunos huesos le habían atravesado la piel y la ropa, se veían todos astillados y ensangrentados.

Tenía el cuello estirado de una manera imposible, no sé cómo decirles.

La cabeza... ¡esa cabeza, por Dios! Parecía una sandía atravesada por la gavilla.

Dios mío... Era como si lo que quedaba del ojo me mirase desde la punta de hierro...

y luego, todos los sesos desparramados entre los escombros...

Dios mío... —Juan se lleva las manos a la cara, los codos a las rodillas, y comienza a sollozar con unos gemidos diminutos y nerviosos, infantiles, que recuerdan al llanto de un cachorrito—.

Cada vez que cierro los ojos lo vuelvo a ver, tan claro como si lo tuviera delante. Un horror.