45. Miércoles por la mañana (más tarde)
Miércoles por la mañana (más tarde)
Como para no tener que asistir a la bronca que a buen seguro le va a echar en cuanto Diosdado se entere —y en el patio de vecinos que es la comisaría no va a tardar mucho— de que el obrero fallecido por la tarde es la misma persona que por la mañana le había montado el pollo telefónico en el programa de radio, y cuya gravedad el propio inspector desdeñó a pesar de las advertencias, incluida la de Pilar, esta opta por dejarlo a solas en su despacho y encerrarse en el suyo a la espera de instrucciones.
Por su parte, gracias, dioses, por haber traído al mundo a la subinspectora Ojeda son las palabras que golpean la cabeza de Iván mientras, para hacer más llevadero el impás, antes del inevitable arreón del comisario, ojea el resto de los papeles de la carpeta que Pilar ha preparado con tanto esmero y tan buen oficio.
Además de otros documentos menores, como un raquítico expediente académico que termina de forma abrupta con la ESO inconclusa, la carpeta contiene un, este sí, prolijo informe de antecedentes penales.
En resumidas cuentas, Segis fue un joven poco ejemplar, por no decir un golfo: tras su expulsión del instituto por una pelea en la que otro alumno acabó en el hospital con un brazo roto, el bueno de Segis encadenó una denuncia tras otra, siempre por delitos menores, en su mayoría robos con y sin violencia que, cuando sumaron una cifra que el juez de menores de turno consideró suficiente, hicieron merecedor al chaval de una estancia a gastos pagados en un bonito centro de internamiento de menores tutelado por la Junta de Andalucía.
Por suerte, y contra todo pronóstico, parece que la medida disciplinaria dio resultado, y los diez meses que Segis pasó encerrado los empleó en reflexionar sobre su futuro y en valorar las pocas, casi nulas opciones a su alcance para reconducir su vida.
Se decidió por las que tenía más a mano, es decir, pedirle dos cosas a su padre: que lo perdonara por haber sido un bala perdida y que le enseñase el arte de las tuberías, los grifos y los sanitarios, a ninguna de las cuales el buen hombre, su padre, se pudo ni se quiso negar.
En la carpeta también hay una copia a color del DNI de Segis.
En la foto, aunque algo borrosa, y a pesar de lo jodidamente feo que, por regla general, sale todo ser humano en los carnés de identidad, se puede sin embargo apreciar que el muchacho era guapo, con una mirada fiera y una de esas sonrisas de chulo que a Iván tanto le ponen.
Su procedencia de un entorno rural y su atractivo natural habrían servido para que Palomo Spain o Jean Paul Gaultier no dudaran ni un segundo en subirlo a las pasarelas y elevarlo al Olimpo de la moda mundial.
Iván se pregunta si Segis era gay. O, dado que estaba casado con una mujer, cuando menos, bisexual.
Un último vistazo al DNI y al color oliva de la piel del chaval le lleva también a deducir que don Segismundo, además del apellido Heredia, le regaló a su hijo un buen caudal de sangre gitana.
Y esa deducción le lleva de vuelta a la tensa llamada que hizo Segis ayer a la radio y a su seudónimo bíblico. Todo va encajando.
En ese momento, el dolor de cabeza reaparece como una mala noticia, a traición.
Busca un Espidifen perdido al fondo de uno de los cajones de su escritorio, cuando Diosdado irrumpe en el despacho.
Ni toses ni carraspeos ni ninguna otra fanfarria gutural han anunciado su llegada, y eso solo puede significar que el comisario viene en son de paz o que al menos no trae una declaración de guerra.
Los últimos meses han tensionado mucho su longeva amistad.
Iván aceptó someterse a terapia de rehabilitación y a colaborar con la emisora, pero no ignora que Diosdado no termina de volver a confiar del todo en él.
No le faltan motivos antiguos, y él tampoco deja de sumar otros nuevos, pero, qué coño, ¿es que acaso no puede uno divertirse de vez en cuando?
¿No sigue cumpliendo con su trabajo? Es cierto que, hace mucho tiempo que no afrontan ningún caso importante, pero también lo es que, gracias a la inestimable participación de la subinspectora Pilar Ojeda, siguen resolviendo con prontitud y eficacia muchos de poca envergadura.
Por lo tanto, ¿a quién coño le importa si él se da un homenaje de vez en cuando?
Y, lo más importante, ¿a quién le hace daño?
A nadie, se repite una y otra vez: a nadie, joder.
—Menuda mala cara me traes, guapo.
—Pasando por alto la contradicción en la frase, ya conoces mi estómago y anoche...
—Ya, un corte de digestión —interrumpe el comisario—. Como los que nos decían nuestras madres en la playa cuando éramos chicos que nos iban a dar si nos metíamos en el agua antes de las dos horas de secano después del almuerzo. Igual de creíble y de científico.
—Ya sabes lo que dicen: las madres siempre tienen la razón. Además, todos podemos tener una mala noche.
—Pero no todos tenemos tus antecedentes. Te jodes. —El comisario abre mucho los ojos y alza un dedo acusatorio a Iván—. Esta tarde te toca grupo, ¿no?
—No, mañana —responde Iván cabeceando y levantando con disgusto una esquina del labio superior—. Parece mentira que, con el marcaje continuo que me haces, aún no te sepas mis horarios.
—Tú procura no saltártelos, guapo. —Diosdado respira hondo, lo que Iván interpreta como el esfuerzo callado de su jefe por mantener la calma y la tos en su interior, y decide que él también se va a aplicar—.
Pilar me ha puesto al día —continúa el comisario, señalando la carpeta—. ¿Cuál es el siguiente paso?
—Hablar con los responsables de la obra.
—Me parece muy bien.
—El hotel pertenece a Sacramento —dice Iván—.
Es una pequeña cadena hotelera muy de moda entre los gais de Andalucía.
Han crecido mucho en muy poco tiempo, yo creo que por aquello de que los que dan primero dan dos veces.
Además, manejan muy bien el marketing: en los folletos te venden tíos jóvenes con cuerpos ciclados de adonis griegos.
La pena es que, cuando llegas allí, lo que encuentras es un número considerable de viejas maricas alemanas.
—Anda, que si llego yo a decir esa frase...
—Pero he sido yo. Se siente. Es lo que hay. —Iván se encoge de hombros—. A nadie le sorprendió el año pasado la noticia de que iban a abrir uno en la Alameda.
—El Chueca de Sevilla —apunta el comisario con satisfacción.
—Pero en bonito. No hay color. —Iván se mordisquea una uña mientras hace memoria—. Que yo sepa, la cadena tiene hoteles en Torremolinos, en Cádiz, en la sierra de Cazorla...
—Joder, estáis en todos lados.
—No en todos. Todavía hay demasiados hoteles donde te miran raro si vas con otro tío y pides una habitación con cama de matrimonio.
—No me vengas ahora con el discursito activista, que no te pega nada.
—Ni a ti el homófobo.
—¿Homófobo yo?
—Como la mayoría de los compañeros de este corral —contesta Iván señalando alrededor.
—¿Y a ti qué mosca te ha picado? —El comisario mira a Iván con una mezcla de estupor y pereza antes de responderse—. No le pidas peras al olmo. Bastante tienen esos con aguantar tus salidas de tono, tus cambios de humor o tus métodos dudosos...
—Eso era antes. Ahora me estoy rehabilitando, ¿recuerdas?
—Más te vale que así sea.
—¡Coño, con la duda! Tío, casi da igual que vaya o no a terapia. Me voy a llevar la bronca sí o sí.
—Tú procura seguir yendo. Aunque sea para cubrir el expediente y que los de Asuntos Internos no te enfilen.
La punzada de dolor en la cabeza, eléctrica y cortante, se vuelve a intensificar. Iván vuelve a rebuscar algún analgésico en sus cajones, como si antes no lo hubiera hecho. Piensa que también le serviría un martillo. Pero ni una cosa ni la otra.
—Dos años, jefe, por favor. ¡Dos años enfilado! —El grito no hace sino acentuar la descarga de dolor. Baja la voz, se la ha notado trémula—. Dos años en los que todos me habéis vigilado tanto que hasta me daba cosa ir a mear.
—A ver, Iván, ellos no tienen la culpa de que, hasta no hace mucho, pasaras más tiempo en el baño que en tu despacho. Y no para mear.
—Sí, vale, jefe, pero... ¡dos años! Yo creo que ya está bien.
Iván ve que la nuez de Diosdado se eleva hasta casi pegársele a la barbilla y cómo sus ojos enrojecen y comienzan a brillar encharcados.
El ataque va a ser antológico. Pero no. Justo cuando el comisario está a punto de prorrumpir en toses violentas, ha conseguido dar una bocanada profunda y, a continuación, expulsar el aire de los pulmones con un control medido, largamente ensayado.
A continuación, con suavidad y hasta con un punto de Pilar, su jefe le dice:
—Date con un canto en los dientes. Los de Asuntos Internos podrían haberte tenido dos años en dique seco, con una bonita suspensión de empleo y sueldo que yo, por mucho que hubiera querido, no habría podido evitar, y no estoy tan seguro de que hubiera querido —a lo que añade, mientras abandona el despacho de Iván—: Y, por cierto, hablando de dientes, haz el favor de lavártelos.
El aliento te apesta a alcohol y todavía no es ni la hora del vermú.
Iván, como buen subordinado, obedece.
También, y ya que va al baño, aprovecha y se mete dos puntas de mefe. Al carajo el puto dolor de cabeza. El día, por fin, comienza a encarrilarse.