46. Miércoles por la mañana
Miércoles por la mañana
Desde su apartamento a la comisaría, situados a alturas diferentes y en aceras opuestas de la Alameda de Hércules, el barrio que en su día fue alternativo, hípster y cool , y que hoy solo es un lugar bonito y caro con más turistas que vecinos, la horquilla de pasos de Iván oscila entre los doscientos cincuenta y los doscientos setenta.
Algunas veces, si se levanta animado, baja de esa cifra y, si está pletórico, hasta se permite el lujo de contarlos en orden descendente, retándose a sí mismo a salir de casa con el número doscientos en un pie y el número cero en el otro, cuando alcanza el umbral de la puerta automática por la que se accede al edificio de la policía.
Pero esta mañana ni el Espidifen logra amortiguar los campanazos que tañen sin Pilar y reverberan con ecos de nave catedralicia dentro de su cabeza.
Para colmo, un crujido en las lumbares le ha dado los buenos días y le ha anunciado que no piensa abandonarlo en todo el día, y que a ver si de una vez por todas le da por asumir que ya no tiene edad para posturas amatorias ni sexuales circenses.
Y, por si eso fuera poco, hoy hace el mismo calor infernal que ayer y que anteayer y que...
Hoy no cuenta ni hacia delante ni hacia atrás.
Si lo hiciera, la marca sería de las más pobres, porque, más que andar, se arrastra.
Y suda. Y tiene náuseas. A nada ha estado de llamar y decir que no se encontraba bien, que algo en la cena le sentó mal y que por eso ha pasado una noche de mierda, vomitando y sin pegar ojo.
No sería la primera vez que utiliza esa excusa y, más o menos, siempre le funciona, pero tras la tensa conversación con Pilar de anoche no se le antoja una buena idea, precisamente.
Encima de la mesa de su despacho —por llamar de algún modo a ese cuartucho oscuro y destartalado que huele a moho y a cerrado—, hay una carpeta con el logotipo del CNP y rotulada con la palabra SEGIS.
¿Unas siglas? ¿Un catalanismo? Acaba de abrirla cuando entra la subinspectora, cerrando tras de sí la puerta con rapidez y un aire de misterio.
—Por la cara que me traes, deduzco que anoche vas passar de mi i del consell que et vaig donar.
—Uf... espera... para, para... Demasiado catalán para mí.
—Nada, no te preocupes. Pero como el comisario te vea así, lo llevas claro. Si quieres, te presto un poco de maquillaje.
—Él sabe que mi estómago anda un poco delicado.
—Mira, Iván, el otro día aprendí otra expresión vuestra: el coño de tu prima. No tengo traducción al catalán. ¿Puedes iluminarme y decirme qué queréis decir con eso?
—Qué simpática la catalana.
—No tanto como vosotros, los andaluces. Por cierto, hablando de simpatía: anoche bien, ¿no?
Si ella no fuera Pilar, la mandaría al carajo sin dudarlo, pero Iván prefiere ocultar su mirada vidriosa en el contenido de la carpeta.
—¿Qué me has traído, compañera?
—¿Hoy ya no soy querida?
—Pilar, por favor.
La inspectora le dedica una mirada entre compasiva y rendida, arrebata la carpeta de las manos de su jefe y comienza a extraer documentos, al tiempo que los va detallando.
—Creo que deberíamos empezar por las fotos que hicimos anoche Nuria y yo —afirma mientras coloca una a una hasta diez imágenes sobre la mesa.
—¡Joder! ¿Qué es eso?
—Error: la pregunta correcta es ¿quién es ese?
Y la respuesta: Segismundo Heredia Romero, más conocido como Segis.
Como puedes ver —Pilar salta con el dedo índice de una a otra foto—, podemos descartar al noventa y mucho por ciento un accidente laboral o un suicidio: el tipo cayó de espaldas y aterrizó sobre unos escombros amontonados a los pies del edificio.
La probabilidad de que hubiera sobrevivido al impacto es ínfima, pero esa probabilidad se reduce a cero porque entre los escombros había una gavilla de hierro clavada en vertical que perforó la cabeza de Segis.
Quien, por cierto, no llevaba ningún EPI: ni casco ni botas ni chaleco reflectante.
La barra le entró por la nuca y le salió por el ojo derecho.
Nuria me aseguró —dice Pilar dando con el dedo unos toquecitos sobre una de las fotografías— que esto que ves ensartado en la punta del hierro son restos del globo ocular.
—Lo mejor para mi estómago... Te lo advertí, con la loca de Nuria uno siempre se lo pasa en grande.
—Lo que yo te diga: unos cachondos mentales, eso sois los sevillanos —comenta la subinspectora ladeando el cuello, apretando los dientes y componiendo una sonrisa de hielo—.
También me dijo ayer tu amiga la doctora que la muerte parecía muy reciente.
A pesar de la tierra y del polvo de la obra, del calor y de lo seco que está todo, algunas manchas de sangre conservaban algo de humedad.
No me explico cómo pudo ser así. Menudo infierno de noche. Tan tarde como era y costaba respirar.
—Ni que lo digas.
—¿Tú qué vas a saber, si no saliste de tu apartamento fresquito?
—Sigue, por favor, no te me vengas otra vez arriba —ataja Iván—. Lo de que no fuera un suicidio lo veo más o menos claro, pero ¿por qué descartamos también el accidente?
—La víctima, Segis, se precipitó desde una séptima planta.
Unos veintiséis o veintinueve metros de altura.
Aparte de que el arco de la caída es demasiado amplio —el cuerpo estaba a casi cinco metros de distancia de la base del edificio— y de la postura del cadáver, con los brazos y las piernas extendidos, si te fijas aquí —dice Pilar señalando otra imagen—, creemos que pudo caer a través del vano de esta ventana que, como ves, está en bruto, sin revestir ni enmarcar todavía, tan solo el ladrillo visto.
Pues bien, mira esta otra foto: está claro que alguien se preocupó por barrer el suelo a los pies de esa ventana, por dentro. Cero huellas de pisadas.
—¿Nada de nada?
—Según los chicos de Criminalística que estaban con nosotras, parece que sí.
Tomaron algunas muestras fuera de esa área barrida, pero anoche mismo ya me dijeron que no me hiciera ilusiones: con tanto trasiego de gente como hay en una obra de esas características, es tal la cantidad de pisadas, muchas de botas idénticas, y tanto el polvo, la tierra y la suciedad que resulta casi imposible aislar alguna evidencia mínimamente útil.
—Bueno, nunca se sabe. Muchos casos se han resuelto con un simple pelo o una minúscula hebra de hilo.
—Eso mismo les dije yo, que se pusieran manos a la obra y que no perdieran la esperanza.
—No te noto muy convencida.
—Porque estoy segura de que todavía están riéndose de mí.
—¿Ves? Esos cabrones sí que son muy simpáticos.
Pilar sonríe sin ganas y deja que Iván observe las fotos. Como una baraja, el inspector las recoge y hace un mazo con ellas. Lo pone boca abajo, comienza a voltear las fotografías una a una y las observa con detenimiento antes de colocarlas a un lado, haciendo otro montón.
—¿Dices que son muchos los que trabajan actualmente en la obra?
—La única persona con la que pude hablar anoche fue con Juan Muñoz, el guardia de seguridad de la obra. A esa hora ya no había ningún responsable. Ni jefe de obra ni capataz. Te toca a ti contactar con ellos.
—Hecho. Cuéntame qué te dijo el segurata.
—No te creas que está muy puesto. Según él, el número varía de un día para otro, pero, como ya están en las últimas fases y han pisado el acelerador para entregar el hotel en la fecha prevista, hay por lo menos quince cuadrillas, entre albañiles, encofradores, carpinteros, electricistas, fontaneros, frigoristas, antenistas, ascensoristas, pintores y demás.
Calcula que podríamos estar hablando de unas doscientas personas.
—¿Doscientas? ¡Alguien tuvo que ver algo por narices!
Pilar suelta una carcajada tan inusual en ella que Iván la mira como quien mira a un alien recién aterrizado.
—Querido —continúa diciendo con sorna—, esto es Sevilla, solo estamos a finales de junio y ya nos asamos como pollos a l’ast por la enésima, penúltima e histórica ola de calor.
Y si, como dijo Nuria, el muchacho falleció ayer por la tarde, ¿puedes decirme quién iba a querer estar en la calle y achicharrarse?
Además, querido, te recuerdo que aquí en Andalucía está prohibido en verano trabajar en la construcción después de las tres de la tarde.
A esa hora hay menos gente en las calles que a las tres de la mañana.
—Ya te he dicho que cada vez pareces más de aquí que yo —afirma el inspector, a quien ese «que-ri-do», que Pilar insiste en recalcar, le está tocando los cojones—, así que déjate de guasa. ¿Ni siquiera el segurata vio nada?
—El hombre, molt avergonyit , reconoció que ayer, en cuanto llegó a la obra y se despidió de los últimos trabajadores que quedaban, corrió a refugiarse en la garita con el aire acondicionado a todo lo que daba, y que ya no salió de allí hasta las siete más o menos para tomar un café con hielo en el bar de la esquina.
Cuando volvió hizo la primera y única ronda de su turno. Y entonces se encontró el cadáver.
—Después de todo, tuvo suerte de que el acróbata no le cayese encima.
—No creo que el asunto sea para tomárselo a broma...
—Joder, Pilar. Ya está muerto. Qué más da un poco de...
—Luego le cuentas el chiste a los familiares. Vienen ya de camino. Son de Jimena, un pueblo de Cádiz.
—Sé dónde queda. Una zona muy bonita. Y no te pongas así, mujer.
Iván se levanta, le quita la carpeta a Pilar y la coloca sobre la mesa. A continuación, toma las manos de ella entre las suyas. Ella responde a la oferta de paz con un asentimiento. Iván le pregunta:
—¿Qué más me traes? Seguro que todavía me guardas alguna sorpresa.
—Algo de eso hay... —responde la subinspectora en un tono que es casi un susurro—, pero vamos por partes.
Pilar se zafa de las manos de Iván y extrae el resto de la documentación de la carpeta. Al igual que antes con las fotos, la extiende poco a poco sobre la mesa:
—Como te he dicho, la víctima se llama...
se llamaba Segismundo Heredia Romero. Encontramos el DNI en su cartera.
Era muy joven, veinticuatro recién cumplidos.
Natural de Jimena de la Frontera. Casado con una chica aún más joven que él y con una hija.
Hace un par de horas he hablado con un compañero de Cádiz para que comunicase la muerte a la familia y, no te vas a creer qué casualidad, resulta que los conoce, es vecino de Jimena.
—Iván nota cómo el tono de voz de su compañera se va entristeciendo a cada frase—.
El pobre me ha dicho que vaya papelón, que no se le ocurre peor misión que notificarles a unos padres que su hijo ha fallecido.
—Normal —contesta Iván más para sí que para su compañera. Siente un pinchazo en las sienes. Acaba de pensar en su hijo. Mejor dicho, no quiere ni pensar cómo se sentiría él si Rafa se muriese.
La subinspectora suspira antes de continuar más despacio, como si le hubiera leído el pensamiento a Iván y ahora temiese romper algo con sus palabras: la pantalla del ordenador obsoleto, la taza azul con el logo del cuerpo desvaído y reconvertida en lapicero donde solo hay un lápiz sin punta y un bolígrafo sin capuchón, la evidente fragilidad del ánimo del inspector en este momento.
—Este compañero de Cádiz me ha contado que el chaval abandonó el instituto por las malas notas y por cafre.
Su padre entonces le enseñó el oficio de fontanero y habló con un amigo suyo, un tal...
—Pilar repasa un folio manuscrito con unas notas en las que el inspector reconoce la letra de la subinspectora, pulcra, limpia y, con todo, angulosa y nervuda—.
Gerardo López, que tenía una pequeña empresa de reformas para que lo colocara.
—Una historia muy común. Si no me equivoco, Cádiz es la provincia con más paro de España. Y si hablamos de paro juvenil...
—Creo que sí. Estadísticas aparte, hay dos cosas que debes saber —la voz de Pilar acaba de dotarse de un matiz metálico, afilado, que hace tiempo que Iván no le oye—: la primera, que Segis en este momento no trabajaba en Sevilla, sino en una obra de la empresa de Gerardo López en otro pueblo de Cádiz, Vejer de la Frontera.
—También lo conozco. Tiene unas playas fabulosas. De unos años a esta parte, está muy de moda, sobre todo entre los pijos que dicen que no son pijos.
—Tendré que ir a conocerlo. Aunque yo no sea pija.
—Por eso mismo tienes que ir —dice Iván con media sonrisa irónica.
—Gracioso.
—¿Y la segunda?
—Que el padre de Segis le ha contado a nuestro compañero que ayer al mediodía su hijo llamó a casa para decir que no iba a comer, que había quedado con un amigo. Ya por la tarde, Segismundo, extrañado, lo llamó un par de veces para saber dónde se había metido y ya no consiguió contactar con él.
—¿Quién era el amigo?
—El padre no lo sabe. De hecho, y al parecer, Segis era un hombre de pocos amigos.
—Y, por lo que me estás dando a entender, muy apegado a la familia.
—Tanto que vivía con su mujer y su hija en casa de los padres de él. Estaban ahorrando para comprarse un piso en el mismo municipio.
—Un planazo. ¿Hay forma de localizar esa llamada?
Pilar le da la vuelta al folio manuscrito, lo coloca encima de la mesa y se pone a tamborilear sobre él con un bolígrafo.
—Pues... verás... el teléfono de Segis acabó destrozado en la caída. Yo misma vi cómo los de la Científica se llevaban las piezas en una bolsa. Poco van a poder hacer.
—¿Y tú?
—Pues... verás... —repite Pilar antes de hacer una pausa que Iván considera excesiva.
También ha dejado de tamborilear. Tanto tacto le está exasperando—, no sé si fue la mención del padre a la llamada de teléfono que hizo su hijo, o el acento de nuestro compañero, que me pareció algo particular, no sé, como si ya lo hubiera oído antes...
—¡Pilar, por favor! Abrevia, coño, ¡y dime de una vez qué es lo que tengo que ver!
Pilar chasquea la lengua, pone los ojos en blanco, exhala con fuerza y dice:
—Pues nada, que conseguí el número de teléfono de Segis y lo introduje en un programa especial que rastrea las llamadas.
—¡Acaba de hacer acto de presencia mi vieja amiga Pilar! —exclama Iván con la entonación de una fanfarria—. La de los métodos particulares. ¿Y?
—Déjate de chistes. Esto no te va a hacer ninguna gracia: he triangulado las antenas a las que se conectó el móvil.
Segis se vino directo desde su casa hasta la obra por la autovía de Cádiz.
Pero lo más interesante es que, efectivamente, la última llamada que hizo fue a sus padres, a las trece y quince minutos, supongo que para avisarles de que no volvería a tiempo para almorzar.
La penúltima, a las once y veintitrés minutos a Roxana, la seva dona, la seva vídua .
Y vas a alucinar, porque antes, a las nueve y cuarenta y seis, llamó a Onda Híspalis.
—No me jodas.
—No, querido. Yo no... pero si el muerto es la misma persona que te llamó por teléfono, sí que estás jodido.
—¿Levítico?