Manual para construir un infierno 47. Martes por la noche
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47. Martes por la noche

Martes por la noche

¿Dónde coño está el teléfono? ¿De verdad lo ha vuelto a perder?

No puede ser, hostias, de ninguna manera.

Está seguro —más que seguro: segurísimo— de haberlo usado en la comisaría.

Antes de salir a comer, ha respondido un par de llamadas de dos de sus soplones habituales.

La primera, relacionada con el alunizaje a una joyería de las clásicas entre las más clásicas de Sevilla y, la segunda, con una serie de atracos a farmacias de guardia, cuyo modus operandi es tan similar en todos los casos que la probabilidad de que hayan sido cometidos por la misma o las mismas personas es casi absoluta.

Y eso le ha cabreado un poco, porque ha vuelto a acordarse de la Candau.

Se la imagina relamiéndose esos belfos repintados que tiene, mientras se devana los sesos para darle un nombre atractivo al atracador de farmacias, el farmaceitor , el muertefarma , uno que enganche a su legión de lectores diarios y a sus miles de seguidores en redes.

Un poco más tarde, ya en la abacería San Lorenzo, con un plato de huevos rotos por delante, la voz hueca, implacable y sin alma de una empresa comercializadora de electricidad y gas le ha ofrecido, al otro lado de la línea telefónica, una oferta por supuesto irrechazable y que él, como casi todos los días a esa hora, minuto arriba, minuto abajo, ha rechazado.

Y después, a eso de las seis de la tarde y de camino a casa, ha vuelto a utilizar el iPhone para quedar con Antonio e Ignacio, una pareja de follamigos, vecinos de la Alameda, que siempre están dispuestos para echar un buen rato con él.

Tras dos vodkas cortitos con tónica, dos rayas de mefe, otras dos de coca y dos polvos, se ha acordado del móvil.

Ha dejado a la pareja en la cama recuperándose del último asalto y ha salido al salón a buscarlo, pero no lo ve.

Joder. No puede permitirse el lujo de perderlo.

Sería el tercero en lo que llevamos de año.

Ni que tuviera patas, joder. Va a gritarles desde allí que lo llamen por teléfono, pero justo en ese momento el móvil empieza a vibrar, hundido entre dos cojines del sofá.

Se pregunta cuándo coño lo ha vuelto a silenciar mientras descuelga, joder.

—Inspector, me vas a tener que dar la razón. —Iván es capaz de imaginar con nitidez la sonrisa triunfal de Pilar detrás de sus palabras en el otro extremo de la línea.

—Siempre lo hago.

—¡Al contrario! —La voz de la subinspectora le ha sonado entre sorprendida y enfadada—. Últimamente no haces más que sabotearme.

—Menos drama, querida...

Iván se percata de inmediato de que ese «querida» se le ha escapado.

También es cierto que su relación con Pilar ha llegado a un punto de compenetración y entendimiento muy parecido al que había alcanzado con Alicia, cuando el matrimonio aún navegaba con un rumbo más o menos estable, cuando sus escarceos con hombres solo eran algo anecdótico, olvidable, meramente físico.

Si no fuera porque la homosexualidad de Iván ya es vox populi , muchos en la comisaría andarían diciendo que Pilar y él están liados.

No en vano, la química entre ellos es casi palpable y, a més a més , que diría ella, ambos, cada uno a su manera, gozan de un notable tirón.

Ambos son guapos, sin exagerar, pero con contundencia.

Antes de seguir hablando, se asegura de cerrar la puerta del dormitorio al tiempo que, con un dedo índice sobre los labios, les pide a Antonio e Ignacio que guarden silencio.

—¿Estás con alguien? —A veces, juraría que Pilar es bruja.

—¿Y tú? ¿Me estás vigilando? ¿Has metido una cámara en mi apartamento sin mi permiso?

¿O me has pinchado el teléfono —hace una pausa dramática— con algún método, digámoslo así, poco ortodoxo?

—Espera que su compañera no le note ni el colocón ni cuánto le irrita en ocasiones como esta su infalible intuición—. Podría denunciarte por eso.

—No te preocupes, tu vida privada no me interesa. En Netflix ponen series más entretenidas. Y, con respecto a la denuncia, si quieres, yo misma te ayudo a redactarla.

—Muy simpática, querida —se le ha vuelto a escapar—, si no fuera por tu acento inconfundible, ya ni parecerías catalana.

— Molt gilipolles, estimat —responde ella separando mucho las sílabas de ese estimat .

—Tienes razón, soy un gilipollas, pero, dime, ¿por qué tengo que darte la razón esta vez?

—Ha aparecido el cadáver de un hombre en una obra aquí en el centro. Al parecer, el tipo se ha precipitado desde la ventana del edificio que se está construyendo. Un hotel.

—¿Otro hotel en el centro de Sevilla? No me digas. Qué raro, ¿no? Apenas hay ninguno...

—Pues sí: otro hotel. Aún no está terminado y ya está dando problemas. —Iván oye el chasquido de un encendedor, aunque está convencido de que ella lo había dejado—. ¿Puedes acercarte? Es el hotel que están levantando al lado de tu casa. Has tenido que oír la sirena de la ambulancia.

El inspector suspira. Estruja el paquete vacío y busca en derredor un cigarrillo.

Se agacha para mirar debajo de la mesa de centro y del sofá.

Le sale sin querer una mueca de alarma y asco ante la acumulación de polvo, pelusas y otros objetos inidentificables, algunos con pinta orgánica y de una era anterior.

Aquella en la que comenzó a postergar, hasta el día de hoy, la limpieza general que su apartamento clamaba. Anda que si Alicia estuviera aquí...

—Disculpa un segundo —dice sacudiéndose el polvo de la mano en la rodilla desnuda.

En la habitación, Antonio e Ignacio están otra vez metiéndose mano. Esbozando una uve con los dedos índice y corazón sobre los labios les pide un cigarrillo.

—¡Vente ya, tío! —dice Antonio poniéndole por delante un plato boca abajo con dos rayas como dos orugas. Perfectas, largas y gruesas.

—¡Shh! —manda callar mientras tapa el iPhone con la mano—. Pásame el tabaco, cojones —susurra tras unos segundos de duda—, y el turulo, ¡vamos!

Se mete una por cada orificio de la nariz y vuelve al salón a toda velocidad. Lamenta haber cerrado la puerta del dormitorio con un portazo.

—¿Has terminado ya? —pregunta Pilar con aspereza—. ¿Puedes ir o no?

—Estoy cenando con unos amigos.

—Ya.

—Es la verdad.

—Pues sí que cenáis tarde.

—Cuando han llegado nos hemos puesto a hablar y se nos ha hecho tarde.

—Muy bien. Ya te he dicho que tu vida me interesa lo justo.

—Y yo no tengo que darte explicaciones, pero como estás usando ese tono acusatorio...

—No sé a qué te refieres.

—Venga, Pilar, por favor, no me subestimes, que no te pega nada.

—Iván aparta el teléfono de la oreja para sorberse los mocos amargos—.

Estáis los dos, Diosdado y tú, muy pesaditos con el tema de mi rehabilitación.

Si te digo que estoy de cena, estoy de cena.

Y después, si puede ser, me gustaría echar un polvo.

En terapia no me han dicho que deba renunciar también a eso.

Pasan unos segundos. Iván casi puede escuchar en la respiración profunda de Pilar los esfuerzos que está haciendo por no estallar. Por su parte, él comienza a sentir la mandíbula tensa como la soga de un ahorcado y la boca seca como un jaramago en agosto.

—¿Has llamado a la loca? Que te acompañe —dice tras un vano intento de humedecerse las encías con la lengua rasposa—. Seguro que con ella te lo vas a pasar muy bien.

La loca es Nuria Isla, la doctora forense al frente del Instituto de Medicina Legal de Sevilla, a quien, igual que al inspector, se la conoce en su gremio tanto por sus éxitos profesionales como por su modo de vida. Singular.

—Sí, ya he hablado con ella. Debe de estar llegando a la obra. Le puedo decir que pase a saludarte.

—Joder, Pilar, no me hagas esto.

—¿Que no te haga qué, Iván? Eres tú el que me vas a putear, obligándome a conducir casi media hora, mientras que tú...

La puerta del dormitorio se abre. Ignacio sale completamente desnudo y mostrándole a Iván una poderosa erección. Desde el interior resuena la risa de Antonio.

—Espera, Pilar. —Iván se apresura a pulsar el botón del micrófono en la pantalla del iPhone para silenciarlo—. ¡Ya os vale, cabrones! Es una llamada de trabajo.

—Venga, inspector —musita Ignacio—, la cosa está ya que arde, no podemos esperar más.

—¡Adentro de una puta vez, coño!

Ignacio enmudece, durante unos instantes se queda como suspendido en un fotograma.

Finalmente, entra en el dormitorio y cierra la puerta.

Iván ha visto en su rostro un gesto más cercano al agravio que a la sorpresa.

Pero tiene que centrarse un momento. Cabecea, inspira y espira profundamente.

Cuando va a volver a pulsar el botón del micrófono, se da cuenta de que la primera vez no ha acertado.

—Perdona, Pilar, creí que... Pero, bueno, no pasa nada, ya estoy aquí otra vez.

—Si a mí un tío me grita así, lo echo de mi cama al minuto uno. Por muy bueno que esté.

—Puede, pero en este caso, la cama es mía.

—¿Ahora te ha dado por cenar en la cama?

—Te dije que había quedado para cenar y que...

—Ya, ya —interrumpe ella—, que después ibas a intentar follar. Que no es lo mismo que decir que ya estabas follando.

—Y tú me dijiste que no te interesaba mi vida privada, así que estamos en paz —se apresura a zanjar él.

Por primera vez en toda la conversación, Iván se pone serio.

Como si, de repente, la droga le hubiera bajado a los pies, y con ella todo el colocón.

Se pasa el dorso de la mano por la frente y nota que, a pesar de que es tarde, de que el aire acondicionado funciona al máximo y de que está desnudo, suda como un pollo asado.

De pronto se siente incómodo, pegajoso, sucio.

—Pilar, mañana nos vemos en la comisaría a primera hora y me cuentas.

—Jefe, son más de las doce.

—Temprano para mí.

—Sí, ya sé que eres de poco dormir, pero intenta, al menos, no pasarte con el alcohol, que el jueves tienes grupo y tú mismo me has dicho mil veces que tampoco les gusta que bebas. Que una cosa lleva a la otra...

—¡Subinspectora Ojeda, con todos mis respetos! Con una exmujer tengo bastante, ¿no crees?

Pasan unos segundos elásticos. Ninguno de los dos dice nada. Solo cuando Iván comienza a arrepentirse de haberle gritado a su compañera, a su amiga, ella le contesta:

—Ahora soy yo la que debe darte la razón, inspector De Pablos.

—Perdona, no quería...

—No, tranquilo, si te lo digo en serio: tienes toda la razón.

Pero permíteme solo dos cosas más, querido : te recuerdo que, si alguna vez he pinchado algún teléfono por métodos, como tú has dicho, poco ortodoxos, ha sido para ayudarte con algún caso.

No hace falta que te recuerde que siempre he estado a tu lado, hasta cuando andabas muy perdido, con el divorcio, la salida del armario, las drogas y todo lo demás.

—Ya lo sé, Pilar, por favor, perdóname, es que...

—Y la segunda: cuida’t aquest puto refredat .

—¿Qué catarro?

Pilar ha colgado.