48. Martes por la mañana/ al mediodía
Martes por la mañana/ al mediodía
—Buenas tardes, señor inspector. ¡Vaya horitas! ¡Diga usted que sí, señorito!
Siempre que se enfada, la voz del comisario brota a trompicones entre toses, carraspeos y demás atascos guturales. Una reacción, dicho sea de paso, de lo más habitual en sus conversaciones con Iván.
—Diosdado, déjate de dramas: si hubiera sido urgente, me habrías localizado. Y te recuerdo que no estoy en ese puto programa de radio por gusto.
—Mira, Iván, hazte un favor: no me toques los huevos, tío —la cara del comisario, colorada y congestionada, es un volcán a punto de entrar en erupción—, si estás ahí es por lo que sabes tú, sabe tu compañera Pilar aquí presente, sabemos todos en esta Jefatura y hasta media Sevilla lo sabe —con un último esfuerzo logra insuflar suficiente aire a sus pulmones y serenarse—, así que, te lo repito por última vez: no me toques los huevos.
Y dime, ¿qué le pasa ahora a tu teléfono?
¿Otra vez lo has perdido? ¿Te lo has dejado olvidado en la sauna? ¿Te lo han mangado en un cuarto oscuro?
Iván le echa una larga mirada antes de contestar. Hay en el tono de voz del comisario un punto de guasa que disfraza una triste realidad que su jefe le está recordando con sus preguntas: Iván pierde el móvil con más frecuencia que la pareja (o la dignidad), que no son pocas.
—¡Coño, jefe, perdona! —El inspector saca el teléfono del bolsillo del pantalón y manipula en la pantalla al tiempo que cabecea revisando la lista de llamadas perdidas—. Lo puse en silencio durante la emisión.
La subinspectora Ojeda está leyendo en silencio un par de folios.
Desde que Iván ha entrado en el despacho del comisario ni le ha mirado a la cara.
Tampoco parece prestar atención a la conversación.
Solo cuando advierte que Iván le hace un gesto de interrogación a Diosdado señalándola con el mentón, Pilar se digna saludarle:
—Tengo un recado para ti, Iván —no levanta la mirada de los folios manuscritos, un detalle que él sabe que ella hace para encender su curiosidad.
Después de tanto tiempo trabajando con ella, le tiene cogido el punto—, me ha llamado Alicia.
Se va unos días de vacaciones con Rafa a la playa.
—Entonces, sin permitirse una pausa por la que Iván pueda colar una de sus fanfarronadas, continúa—: Antes de que me preguntes por qué me ha llamado a mí, te contesto que la casa que ha alquilado en Llafranc se la he buscado yo.
Es de unos amigos míos de toda la vida, Bea y Luiso, dos personas excepcionales a las que les tengo mucho cariño.
—No pasa nada, tranquila —murmura Iván más para sí que para ella—, si tiene todo el sentido del mundo que os hagáis amigas. También me ha llamado a mí, pero ya ves... —dice agitando su iPhone en el aire.
La subinspectora Pilar Ojeda, ahora sí, se retrepa en la silla y deposita los papeles sobre la mesa del comisario, quien ha aprovechado para beber un vaso grande de agua que le limpie la garganta.
—Esta comisaría se parece cada vez más a un corral de vecinos —afirma secándose unas gotas que se le han quedado atrapadas en el bigote.
—Igual que esta ciudad —puntualiza Iván—, igual que este país. Un Gran Hermano en vivo y en directo las veinticuatro horas al día y los siete días a la semana.
—Te agradezco, Diosdado, que, para variar, no hayas dicho un corral de gallinas.
—Sé muy bien lo que he dicho, Pilar, que ya nos conocemos, pero vamos al lío. —El comisario ha conseguido contener los desvaríos de su laringe y por fin suena como se supone que debe sonar un jefe. —Iván, muy bien esta mañana.
—Vaya, gracias, no sé yo...
—Yo sí lo sé —ataja Diosdado—: se te fue un poco la pinza con el tal Levítico ese, pero tratándose de ti, hasta me has parecido contenido. Moderado.
—Gracias, jefe. El tipo era un tarado. Y ya conoces lo que opino de la Candau, otra tarada.
—¿Ves? Con ella creo que deberías haber contado hasta diez antes de darle caña.
—Ni contando hasta mil. Me supera.
—No te queda otra, chaval.
Pilar se les ha quedado mirando. Hace tres años que la trasladaron a Sevilla desde su Lleida natal y uno desde que la ascendieron a subinspectora, tiempo más que suficiente para sentir que encaja en el equipo.
Puede que aún no entienda del todo ciertas salidas de tono del comisario y del inspector, y que ponga pie en pared ante sus chistes machistas, pero lo cierto y verdad es que día a día se va encontrando más cómoda con estos dos hombres a los que ya ve y trata más como compañeros que como jefes.
Con todo, en este momento tiene el gesto ceñudo y una gota de incredulidad brilla en sus ojos al decir:
—Quizás no deberíamos pasar de largo por este asunto. Quizás estamos calificando de simple tarado a Levítico un poco a la ligera.
—¡Vamos, Pilar! No me puedo creer que te hayas tragado las gilipolleces del tipo ese, Levítico o como coño se llame.
Estoy seguro de que ni siquiera la gilipollas de la Candau se lo ha tragado, que solo ha insinuado que podría ser verdad porque sabe que eso le daría notoriedad y alas a su afán de amarillismo.
Vaya, que ha visto el filón. Debe de estar ya incendiando las redes con esta historia. Esa tía es insaciable.
—Sí que lo es, eso no te lo discuto —confirma la subinspectora—. Sin embargo, había algo en el tono de voz de ese hombre que... Me ha dado la impresión de que... No sé...
—Suéltalo, Pilar.
—No me pareció que estuviera mintiendo. Y había también miedo en su voz.
—Querida compañera, qué digo, ¡querida amiga!
—Iván le echa un brazo por encima del hombro y la atrae hacia sí con más vigor del que aparentemente ella habría querido—.
Soy yo el que no piensa discutirte nada de nada.
No voy a presumir de que mis años de carrera me han desarrollado un sexto sentido para reconocer cuándo una llamada es una trola, el delirio de un lunático.
O de un gilipollas, como en este caso. —Pilar se zafa del abrazo y le lanza una mirada entre asombrada y descreída.
El inspector le devuelve una sonrisa de plástico.
Acto seguido, articula un tono de voz más serio—.
No obstante, desde que entraste por la puerta de esta comisaría tu intuición y tu olfato han sido de los más certeros, así que como, insisto, no vamos a discutir, si tú quieres empezar a investigar al dichoso Levítico de los cojones, adelante, todo tuyo, querida.
No pienso decir ni mu. Es más, te prometo que, en el momento que encuentres el mínimo indicio de que ese tipo pueda suponer la más pequeña amenaza, aquí me vas a tener para ir contigo detrás de él y llegar hasta donde haya que llegar.
La perorata de Iván ha dejado a Diosdado y a Pilar sin palabras. Iván, al reparar en ello, vuelve a su tono dicharachero. A ver si por una gilipollez se van a dar cuenta de que...
—Vamos, mujer, no me negarás que el temita ese de los psicópatas asesinos motivados por la religión, el pecado, los traumas infantiles, el sexo y toda la pesca está ya demasiado visto, ¿no? ¿Cuántas novelas baratas y películas de serie B o Z se habrán producido? ¿Cientos? ¿Miles?
Pilar vuelve a mantener la mirada durante unos segundos sin gesticular.
Iván, algo incómodo, se pasa el dorso de la mano por la frente para secar unas gotas de sudor.
Se pregunta si ella no estará sospechando una recaída.
Le preocupa mentirle a su compañera, pero no puede hacer otra cosa.
Ni ella ni Diosdado son capaces de entender que él necesita algún estímulo para funcionar.
Además, apenas le da a la coca. Sólo muy de vez en cuando.
Nada que ver con antes. Ahora lo que más se mete es mefedrona, una sustancia cuyo consumo, por cierto, se dice a sí mismo a menudo, todavía está permitido en algunos países...
—Está bien, company —responde finalmente Pilar—, lo haremos a tu manera.
—¡Esa es mi subinspectora! Sí es que lo tienes todo: eres guapa, lista, simpática, comprensiva...
—Paso de ti.
—¿Ves? Cada vez te pareces más a Alicia. Yo creo que por eso os lleváis tan bien.
—Puede ser. Y también puede ser que por eso estás empezando a caure'm com el cul...
Iván tarda unos instantes en asimilar la respuesta de su compañera, tras los cuales estalla en una sonora carcajada que, aunque ha sonado un tanto histérica, consigue pintar una sonrisa en los rostros de ella y del comisario.
—Bueno, niños, ya está bien de cháchara —dice este—, vamos a dejarlo aquí. Si no hay caso, no hay caso —y, tras una pausa, puntualiza—, de momento. Iván, insisto, enhorabuena. He de reconocer que cada vez se te nota más suelto en el programa. Controlando.
—Gracias, jefe, todo sea por el Cuerpo Nacional de Policía. ¡Servir, proteger e informar!
—Déjate de gilipolleces. —A Diosdado comienza a notársele que tiene otras ocupaciones que atender—. Hablando de controlar: de lo otro no hablamos, ¿no?
—No hay nada de que hablar. No obstante, para tu tranquilidad, te diré que todo está en orden. —Más que al comisario, el inspector ha dirigido esas palabras a Pilar.
—Mejor así. Ahora, si me permitís, tengo un almuerzo con el jefe superior. Al parecer, en el Ministerio quieren implantar un nuevo sistema de evaluación del desempeño.
—Dile de mi parte que se dejen de consultorías y de pollas en vinagre y que nos aumenten el sueldo. Ya verán cómo mejoramos todos esos ratios del desempeño.
Cuando el comisario se marcha, dejando un reguero de renovados derrapes bronquiales a su espalda, Pilar e Iván se encierran en sus respectivos despachos, casi sin volver a dirigirse la palabra.
Está bien, se dice el inspector, se le pasará.
Tampoco es para tanto, solo una punta de mefe de vez en cuando.
Sin embargo, no se dice nada a sí mismo acerca de la doble cita que va a tener dentro de unas pocas horas, tampoco de dónde va a pasar el resto de la tarde y buena parte de la noche. Este bulto es, con diferencia, mucho más difícil de escurrir.