49. Martes por la mañana #3
—No, Lola —la interrumpe Iván elevando la voz más de lo que le habría gustado—, con todos mis respetos, yo no he decidido nada con respecto a la llamada de este, entre comillas, ciudadano, al que no, yo no he insultado, solo me he limitado a valorar sus palabras y, sí, me reafirmo, han sido gilipolleces.
Como acabo de decirte, y lo repito para que todos los oyentes me entiendan, estamos en un programa de radio que en ningún momento he pretendido menospreciar, pero, que, no nos olvidemos, no es una comisaría.
Si alguien tiene algo que denunciar, este no es el canal.
—A pesar de que está seguro de sus palabras, no puede evitar que la sequedad de la mefe en el paladar le haga titubear—.
Supongo que tú, una periodista consagrada y de dilatada experiencia, esto sí lo entiendes y lo compartes, ¿no es así?
El inspector ha dejado boquiabiertos al resto de los tertulianos.
—Claro, claro —media Isaac—, eso todos lo sabemos, muchas gracias, inspector... Y hasta aquí el programa de hoy. Les esperamos, señoras y señores, el próximo martes, de nueve a diez de la mañana en La calle es nuestra con más noticias y más sucesos...
Para redondear el día, lo único que le hace falta es la bofetada de calor nada más cruzar la puerta del estudio.
Maldita periodista de los cojones, se dice mientras se dirige hacia la comisaría a zancadas, como si con ellas fuera a conseguir escabullirse de los treinta y muchos grados que ya abrasan el aire.
Y aún no son ni las diez y media. Y aún no ha desayunado.
Mierda de tía. Por mucho que lleve más de ochenta programas, no termina de tragar a la Candau, la periodista prepotente siempre encuentra un motivo para criticar sus formas.
Y hoy él se lo ha puesto en bandeja. Será gilipollas. Joder.
Su estómago da un segundo bramido. Iván reconduce sus pasos. Qué más da si se retrasa media hora, no hay nada mejor que un café recién molido, un zumo natural de frutas tropicales y una de las imaginativas tostadas del Cakes a pesar de su carácter voluble más escorado hacia la sequedad y sus salidas de tono, el inspector les cae bien.
Además, ahora que es un personaje medio famoso en la ciudad, consideran que su presencia es buena para el negocio.
Sea quien sea el primero de los dos en divisar la llegada de Iván a través de la enorme cristalera que enmarca la cafetería, le hacen siempre la misma fiesta y le gastan la misma broma: el hombre de moda, el policía más cool , el sueño de todo delincuente lo llaman, sabiendo como saben lo mucho que a Iván le jode lo que esos calificativos conllevan, justo todo aquello que siempre ha evitado: visibilidad, sobreexposición, vulnerabilidad.
—Déjate de guasa, que vas a quitarme el hambre.
—Buenos días, inspector, yo también me alegro de verte —saluda Ramón con una sonrisa cantarina y dos besos sonoros.
—¿Qué? ¿A cuántos adolescentes obnubilados por tu fama te has zumbado desde la última vez que nos vimos?
—pregunta Felipe saliendo de la cocina, situada justo detrás del mostrador de cristal donde se exponen sus creaciones: bollería y dulces artesanales, tartas clásicas y de autor, modernos sándwiches de pan integral de chía o amapola, rellenos de aguacate y mango entre otros muchos productos con más pasaportes que un diplomático: tropicales, asiáticos, latinoamericanos y hasta africanos.
—No solo adolescentes, querido —responde de inmediato Iván mientras le estampa otros dos besos—, también me he tirado a tu padre. Que, por cierto, se conserva mejor que tú y folla muchísimo mejor que tú. Aunque eso no es muy difícil, la verdad...
Los tres amigos pasan así la siguiente hora, el tiempo que tarda Iván en dar cuenta de su desayuno, riéndose las gracias unos a otros y enviándose puyas dentro de un ring triangular de camaradería.
Como siempre que va a su cafetería, Felipe y Ramón no le permiten pagar.
Como siempre, Iván sale hacia la comisaría con la sonrisa y el estómago plenos de satisfacción.
Sus amigos han conseguido enderezar el día, borrar de un plumazo los reproches y amenazas de Levítico y la pesadez de la Candau, la periodistucha a la que tiene que aguantar todos los martes casi por prescripción facultativa.
Habría que añadir que a la sonrisa también ayuda la punta de mefe que, con la llave de su casa, se ha metido en el baño del local antes de despedirse.
Tan contento está, que no ha visto la llamada perdida de la subinspectora Ojeda ni la del comisario Diosdado ni la que, con total seguridad, más quebraderos de cabeza le va a ocasionar: la de Alicia.