Manual para construir un infierno 49. Martes por la mañana #2
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49. Martes por la mañana #2

Como viene siendo habitual, en el último cuarto de hora se ha abierto la línea de teléfono para que los ciudadanos puedan llamar al programa y lanzar sus preguntas indistintamente a uno u otro contertulio.

La primera la ha formulado un joven que quería conocer el procedimiento para llegar a ser policía nacional.

La segunda, una señora que necesitaba información sobre la responsabilidad legal de los dueños de las mascotas ante posibles mordiscos de estos animales a los vecinos de su comunidad de propietarios —de fondo se han escuchado ladridos y gruñidos de perros que sonaban igual que una manada de lobos rabiosos y hambrientos—.

A la primera, ha contestado Iván. A la segunda, la periodista Lola Candau.

Cuatro minutos antes de las diez de la mañana, hora de finalización del programa, tiene lugar una última llamada.

Al entrar en el aire, el hombre al otro lado de la línea dice que prefiere mantenerse en el anonimato.

—De nombre bíblico como el mío, hoy nos llama un oyente desde aquí, desde Sevilla capital —introduce la llamada Isaac, el locutor del programa—. Buenos días, señor Levítico.

—Buenos días.

—Díganos, amigo, a quién quiere dirigirle la última pregunta del programa de hoy, ¿a nuestra compañera Lola o a nuestro admirado Iván, el inspector De Pablos?

—Al inspector.

—Fenomenal, señor Levítico. Aquí lo tiene, todo para usted. Cuando quiera.

—...

—Adelante, Levítico, lance su pregunta.

—...

—¿Señor Levítico?

—...

—¿Sigue usted ahí?

—...

—Vaya, parece que tenemos algún problema con la...

—Sí, estoy aquí.

—... conexión. Ah, estupendo. Adelante, entonces, Levítico, por favor.

—Mi pregunta es la siguiente: inspector, ¿cómo puede usted ser policía y, al mismo tiempo, drogadicto y maricón? ¿No le da vergüenza?

Unos segundos de desconcierto. El locutor se apresura a contestar en nombre de Iván:

—Me temo, señor, que no vamos a tolerar en este programa...

—Gentuza como usted tiene la culpa de que estemos como estamos y de que ocurran las cosas que ocurren.

—Disculpe de nuevo, señor Levítico. —Isaac se retrepa en su silla, una constelación de gotas de sudor ha comenzado a brillar en su frente. Se las seca con un pañuelo de papel que va a mantener arrugado en un puño durante el resto de la llamada.

—Antes, todo estaba más claro —continúa en un tono monocorde el señor Levítico—, los tíos eran tíos y las tías eran tías.

Cada uno se comportaba como se tenía que comportar.

La moral era una y de obligado cumplimiento para todas las gentes de bien, pero, sobre todo, para las personas del orden como usted.

—Se lo repito por última vez, señor...

—El mundo se va a la mierda, y por eso los hombres de bien nos vemos obligados a hacer cosas que no queremos, porque la basura como usted no nos deja otra opción.

—¡Señor!

—Pero, como se suele decir, a todo cerdo le llega su San Martín.

—¡Se acabó! —grita el presentador mientras alza una mano en horizontal sobre la otra en vertical frente al técnico del control, cuya cara de pasmo al otro lado del cristal es más que elocuente—. Hasta aquí hemos llegado. Lamentándolo mucho, nos vemos obligados a cortar la llamada.

—¡No! —interrumpe Iván—. Espera, Isaac.

Un signo de interrogación se dibuja en las caras de los dos periodistas. El inspector se encoge de hombros. Con un gesto de la mano, el locutor le invita a tomar el relevo en la conversación, mientras con la otra le indica al técnico que no corte la llamada.

—Señor Levítico, aquí el inspector De Pablos.

—...

—¿Hola?

—Sí, inspector. Aquí sigo.

—Dígame. ¿Qué ha querido decir con eso de que a cada cerdo le llega su San Martín?

—Ya lo verá.

—¿Podría ser un poco más específico, por favor? ¿Qué es lo que voy a ver?

—...

—¿Levítico?

—¡Bah! No importa. De todos modos, ya falta poco.

—Me va a tener que disculpar, señor, pero sigo sin entender nada —dice Iván con toda la paciencia que puede reunir, a pesar de la tensión en su mandíbula, quién sabe si más por el efecto de las dos rayas de mefe que por la situación—. ¿Para qué dice usted que falta poco?

—Para que usted y todos los que son como usted ardan en el infierno.

De nuevo, el silencio, el asombro y la expectación se adueñan del estudio. Todas las miradas se posan en Iván. No va a demorar su respuesta, pero antes se sorbe los mocos; puede sentir la mefedrona abriéndole la conciencia, enjaretando las ideas hasta hilvanarlas en palabras:

—Vaya, vaya... ¿Qué tenemos aquí? ¿Un exaltado? ¿Un religioso desatado? La cosa se pone interesante.

—Eso le gustaría, ¿verdad? —contesta Levítico. Las tornas han cambiado, se le notan las prisas—. Qué poca imaginación tiene usted.

—Seguramente será eso, que ando corto de imaginación, porque de verdad que no le entiendo.

—Porque eres un inútil. Porque el sexo y las drogas te han nublado la razón. Porque eres maricón, porque...

—Cuidado, Levítico, no vayas a ser tú a quien ese dios tuyo condene al infierno. Esa lengua y esos modos... —Iván, consciente de lo que acaba de hacer su interlocutor, apea también la formalidad del usteo. La mefedrona, aunque escasa, es buena.

—En el infierno me encontraré con los tuyos. Allí nos encontraremos todos.

—¿Quiénes son los míos? —pregunta el inspector esbozando una sonrisa lateral—. ¿Los policías? ¿Los gais? ¿Los...

Pero la comunicación se ha cortado ya e Isaac está mirando al inspector y a la periodista alternativamente, sin saber hacia dónde tirar.

—Bueno, esto ha sido, no sé cómo calificarlo —balbucea, en un intento amargo por reconducir el programa.

—Yo diría que muy interesante —responde Lola Candau con un aire que pretende ser misterioso pero que, a ojos de Iván, se queda en mera pose.

—¡Como poco! Por muchos años que lleve en la profesión, a uno no dejan de sorprenderle estas llamadas —comenta el locutor, tratando de recuperar su tono espontáneo, directo y confiado.

Todo de mentira—. Queremos pedir disculpas a los oyentes por este bochornoso espectáculo, pero, como han escuchado, no hemos podido cortar a tiempo. También a ti, inspector.

—No hay nada que disculpar, Isaac, la emisora no tiene la culpa de que abunden los gilipollas.

—Esto... bueno... sí, entiendo que estés afectado por la conversación, Iván, pero no debemos caer en el insulto.

—No es ningún insulto, Isaac. Si Levítico es un gilipollas, se dice. No pasa nada. Por desgracia, no es el único en el mundo.

—Muchas gracias, inspector, siempre tan locuaz y deslenguado. —El locutor hace aspavientos indescifrables al técnico en el control—. Nos vamos, señoras y señores, ¿algo más que añadir?

—Por mi parte, nada más —responde Iván. Advierte que, a pesar de la tranquilidad que quiere transmitir, tiene los puños apretados. Abre las manos y apoya las palmas sobre la enorme mesa redonda de madera que domina el estudio. Se muere de ganas por largarse. Comienza a levantarse.

—¿Lola?

La periodista, que se ha pasado toda la conversación entre Levítico y el inspector tomando notas con fruición desaforada y cara de no me lo puedo creer, suelta el bolígrafo, echa su negra melena hacia atrás y se descabalga las gafas con un gesto pausado y dramático.

—Estaba pensando —dice— que, quizás, el inspector, en lugar de ponerse a insultar como un loco, debería averiguar quién es este Levítico.

—Después de masajearse el puente de la nariz, clava la mirada en Iván.

Su exceso de tranquilidad contrasta con el ambiente electrificado que la llamada ha generado dentro del cubículo.

—Podría —desdeña el inspector, flexionando las rodillas y estirándose, ya casi de pie—, pero me temo que tengo asuntos más importantes de que ocuparme, Lola.

Si en la policía prestásemos atención a todas las gilipolleces que nos llegan, no daríamos abasto.

—Ahora es él quien fija la mirada en la periodista—.

Hay que saber filtrar. Y esto es solo un programa de radio.

—Ajá, un programita de una pequeña radio local, cierto —responde Lola Candau—, poca cosa para ti, inspector.

Tan famoso. Ya veo que no solo has filtrado, sino que también has decidido que la llamada de este ciudadano, al que además insultas impunemente calificándolo de gilipollas, carece de importancia. Con todos mis respetos, creo que...