Manual para construir un infierno 49. Martes por la mañana
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49. Martes por la mañana

Martes por la mañana

La sintonía de La calle es nuestra es una burda imitación de uno de aquellos trallazos horteras eurotrance de finales de los ochenta con los que sus hermanos, Luis, entonces de quince años y Silvia, de trece, le animaban a cantar y bailar en el diminuto cuarto que compartían en el diminuto piso familiar del polígono de San Pablo.

Él tendría entonces seis o siete años y aún ostentaba sin pudor la risa cristalina y fresca que, ya de adulto, nunca le ha vuelto a nacer.

Tomó conciencia de esa ausencia hará unos diez años, cuando, perplejo, detectó una risa idéntica en su hijo Rafa, que por entonces no era más que un renacuajo pleno de la energía y la motivación con la que se deben regar a diario esas risas frescas, las buenas, las de verdad.

Aunque la de su hijo tampoco es que haya durado mucho, todo hay que decirlo, porque el Rafa adolescente de ahora también parece haberla olvidado.

Iván sabe que en gran medida el origen de esa pérdida reside en todo lo que han vivido durante los dos últimos años, el distanciamiento radical de Alicia y hasta el suyo propio, y que la descomposición de su familia ha sido, como ahora reconocen en voz baja los pocos amigos en común que aún le quedan al exmatrimonio, una crónica de una muerte anunciada, cosa que Iván no se atreve a confirmar ni a desmentir, obsesionado como está en averiguar en qué momento Rafa ha sido consciente de que este mundo no es lugar para reír a mandíbula abierta.

Ni siquiera el psicólogo que lleva un tiempo tratando al chaval se lo puede asegurar.

En una de las escasas veces que Iván se ha visto con el terapeuta —escasas, más por temor al cabreo de Alicia que por desinterés suyo—, este, con sus gafitas de enteradillo haciendo eslalon por el puente de su nariz, le ha dicho que no existe nadie en el mundo, ni psicólogo ni psiquiatra ni neurólogo ni sacerdote ni chamán ni charlatán ni payaso de circo que se atreva a afirmar con rotundidad que conoce el funcionamiento de los engranajes mentales de un adolescente.

Nadie. Mucho menos, sus padres. Rafa volverá a reír cuando le parezca oportuno, dice el terapeuta de cuyo nombre nunca se acuerda y, hasta que llegue ese momento, lo mejor que tú y su madre podéis hacer es dejarlo a su aire.

Por supuesto, tampoco él es el mismo Iván de antes del divorcio.

Ya se sabe, eso de Heráclito de bañarse dos veces en el mismo río y tal.

Muchas cosas han cambiado en su vida desde entonces.

Sin embargo, hay otras que no han cambiado tanto.

Como la raya de mefedrona que el inspector se está metiendo en el baño de la emisora justo cuando se oye la sintonía del programa La calle es nuestra, la que anuncia que su sección está a punto de comenzar.

—¡Iván, date prisa!

—¡Ya va! —le grita a Asun, que aporrea la puerta. Dan ganas de matarla.

—Todos los martes lo mismo. Nos tienes al borde de un ataque de nervios...

Iván se limpia la nariz con un trozo de papel higiénico, lo arroja a la taza del váter y pulsa el botón de la cisterna. Se toma su tiempo antes de abrir la puerta con una parsimonia premeditada. A ver si así se le pasan las ganas.

—Mira, Chus Lampreave, Carmen Maura o Rossy de Palma, no me toques los huevos, que, hasta el día de hoy, no he fallado ni un solo martes. Aquí me tienes, dispuesto a darle a la audiencia lo mejor de mí, ¿no es cierto?

—¡Vamos, coño! Que luego la bronca me la llevo yo.

El inspector se mira en el espejo del baño mientras se lava las manos.

Ha empezado a imprimir a sus movimientos algo de velocidad, pero no demasiada.

Si lo quieren de colaborador en el programa, lo tienen que querer tal y como es.

Al fin y al cabo, todos en la emisora, desde el director, Diego Juárez, hasta la propia Asun, la última incorporación, la becaria con un grado de periodismo y un máster en comunicación social y otro en periodismo de bulos, reconocen en público y en privado que la subida de la audiencia que ha experimentado en los últimos dos años el magazín matutino de la radio local, De buena mañana, se debe en gran parte a la sección, La calle es nuestra, y más específicamente, se debe a él.

Al conocido y reconocido inspector Iván de Pablos.

Se pregunta, haciendo caso omiso de la mirada furibunda y ansiosa de Asun, si la imagen que le devuelve el espejo es la que cabría esperar de un tipo que jura y perjura que ya nunca sale de noche entre semana, que solo los viernes y los sábados, y solo si tiene un buen motivo, una boda, un cumpleaños, un polvo, y que, en ningún caso, eso lo puede jurar por Dios y por todos los santos, aunque bien saben los que le conocen que él es ateo y anticlerical, él no se mete nada, ha limitado su consumo diario a un par de vodkas cortitos con tónica, que de algo hay que morir.

Y se responde que sí. Que da el pego. Que no está ni demasiado delgado ni demasiado ojeroso ni parece demasiado cansado ni demasiado dejado o, por lo menos, no más que muchos otros en su situación, lo sabe de primera mano, los conoce, y, como ellos, mantiene el engaño día tras día, semana a semana, un mes tras otro, y ya van dos años así.

La idea de la radio se le ocurrió a Diosdado, su comisario y su amigo desde los tiempos de la academia de Policía.

Coincidiendo con su crisis familiar, y con la imagen del cuerpo arrastrada por el fango tras una serie de sonados casos de corrupción, la responsable de comunicación de la Dirección General de Interior de la Junta de Andalucía aconsejó a su director general, este a su consejera, esta al jefe superior de Policía de Andalucía Occidental y este al comisario Diosdado, que pusiera en marcha una campaña de lavado con el propósito de (sic) humanizar al cuerpo, acercar sus logros y aciertos a la ciudadanía, y exponer el lado más emocional (y emotivo) de la Policía.

Para ello, propuso la asesora de comunicación, lo ideal sería construir y trasladar un relato amable, que conectara con la ciudadanía y generara empatía entre los hombres y las mujeres de Andalucía.

Tras una decena de reuniones y el intercambio de otros tantos borradores de propuestas, la historia que se iba a contar, el relato, era el siguiente:

Iván de Pablos, un inspector de policía noble, valiente y con un sentido de la justicia intachable, había caído, no obstante, en un pozo de múltiples adicciones (alcohol, drogas, sexo) debido, tal vez, a una infancia plena de carencias, un pozo que se hizo más hondo durante los años que permaneció atrapado en un matrimonio equivocado, el que contrajo con su mejor amiga de la juventud, Alicia, con la que incluso llegó a tener un hijo, Rafa, nada de lo cual impidió que Iván continuara llevando una vida homosexual paralela y oculta, hasta que una noche fue pillado in fraganti con otro hombre en la Kavafis, la discoteca gay más célebre de Sevilla, motivo por el cual su mujer le pidió el divorcio.

Después de aquello, Iván continuó con ese estilo de vida ciertamente disoluto, aunque ello no supuso ningún impedimento para seguir cumpliendo con las dos máximas que rigen la labor de todo buen policía: servir y proteger.

Hasta que llegó el día en que, cansado y arrepentido, tomó la decisión motu proprio de ingresar en Futuro Humano, la asociación de narcóticos anónimos a la que asistía con puntualidad todos los jueves en horario de siete a nueve de la tarde.

Por añadidura, y como muestra pública de su recuperación, Iván colaboraría todos los martes de nueve a diez de la mañana —desinteresadamente, desde luego— con el programa La calle es nuestra, uno de los más longevos y queridos por la audiencia de Onda Híspalis, la más importante emisora de la radio provincial.

En resumen, un auténtico ejemplo de redención y de superación personal.

Un arco de personaje de manual digno de estudio en cualquier curso de escritura creativa.

En definitiva y, en palabras del propio Iván, una puta mentira, un alambre sobre el que lleva meses ejerciendo de funambulista, haciendo lo imposible por no precipitarse al vacío y acabar con los sesos desparramados por el suelo.

—Una cosa te voy a decir, Iván —la advertencia del comisario Diosdado llegó después de una profunda carraspera con la que se aclaró la garganta, señal inequívoca de que iba en serio—, como me faltes a un solo programa o a una sola sesión de terapia, o como intentes jugármela de cualquier manera, te juro que te las vas a ver conmigo por última vez. No sé si me he expresado con claridad.

—Señor, sí, señor —intentó bromear Iván.

—¿Estamos o no estamos? —atajó el comisario.

—Estamos. Claro que sí, jefe, claro que estamos...

Esa mañana, La calle es nuestra está transcurriendo como todos los martes por la mañana: durante los primeros cuarenta y cinco minutos del programa, el presentador, Isaac Odiel, ha repasado las páginas de sucesos más sonados y, por qué no decirlo, más truculentos de los últimos siete días, comentándolas con el inspector y con Lola Candau, una archiconocida periodista especializada en asuntos de esa índole: robos, corrupción, okupaciones, desahucios, peleas, suicidios, desfalcos, fraudes, incendios, timos, bullying , violaciones...

cualquier actividad ilegal, pública y punible es destripada, analizada y debatida en las ondas por ellos tres.

Mención aparte para los asesinatos, porque, aunque su número es notoriamente más bajo, debido a su mayor impacto mediático requieren también la intervención de otros tertulianos invitados exprofeso: médicos forenses, psiquiatras, jueces y hasta un médium han tomado alguna vez el micrófono para ilustrar —y deleitar— a los selectos —y morbosos— oyentes con sus opiniones expertas y explícitas.