50. POSTLUDIO #3
abandonarse y soñar con Jhon y con Alberto, con el olor a madera verde de los cabellos de Jhon y con el sabor a sal de los labios de Alberto, tan distintos el uno del otro y a la vez tan parecidos, ah, lo que daría por tenerlos a su lado ahora, solo por eso debería sucumbir, dejarse ir, lo necesita, no puede más, pero está claro que todavía no se lo van a permitir, otro ruido le sorprende, un ruido cantarín y bailón, fuerte, justo enfrente de él, en el extremo opuesto de la piscina, un ruido que emerge desde la oscuridad, y el chico, asustado, quiere incorporarse para identificarlo, pero tampoco lo consigue esta vez, que no hay manera, y no pasan ni dos segundos cuando escucha otro ruido idéntico, pero ahora viene por su derecha y, aunque aún no lo consigue ver, ya cree saber de qué se trata, y sus sospechas se confirman tan solo un par de segundos después, cuando un tercer ruido, gemelo de los dos anteriores, también a su derecha pero mucho más cerca, se materializa en un potente chorro de agua oscura que mana con fervor desde uno de los caños con los que se llena la piscina, y esta agua apenas tarda en brotar también de un cuarto y de un quinto caño, esta vez los dos a su izquierda, y por fin llega el sexto, que cae justo detrás, a su espalda y tan cerca que unas gotas gordas, insolentes y heladas le salpican la cara y, en contraste con la humedad caliente de su piel, un escalofrío le electriza las sienes y le atraviesa el cuello como serpientes nervudas y viscosas que lo espabilan, aunque él sigue inmóvil, mecagoendios , pero qué es esto, qué está pasando, tú, tío, comoquiera que te llames, qué coño haces, a qué coño estás jugando, sácame de aquí, joder, no ves cómo estoy, por favor, tío, te lo pido por favor: ayúdame, ¡por favor!
, pero el tipo no responde, sigue oculto en algún sitio allá arriba, en los bordes del foco, en la penumbra que pronto matará el amanecer, el chico lo presiente cerca, por eso da cabezazos a un lado y a otro y estira el cuello todo lo que puede, pero nada, ahí no hay nadie, y entonces le da por mirarse los pies y observa aterrorizado el agua que sube y comprende que, si los caños siguen vertiendo con esa intensidad, en poco tiempo todo el suelo en pendiente va a quedar sumergido, y eso es exactamente lo que empieza a suceder, y el chico grita más fuerte, a pesar de que el pánico agarrota sus cuerdas vocales, la respiración se le vuelve más agitada y arrítmica, hasta que siente el agua en la nuca y suelta un alarido que rivaliza con el graznido de las gaviotas, y llega el momento en que una gota quiere colarse por sus oídos y le obliga a estirar el cuello, se hace daño en las cervicales, no tiene más remedio que devolverse a su posición natural, y el líquido aprovecha esa mínima rendición para infiltrarse a traición por su boca, y la primera reacción del chico es escupir, pero el agua es obstinada y juega con ventaja y tiene conciencia propia y lo tiene todo planeado y le hace toser y, aunque el chico consigue escupir un chorro y aspirar una amplia bocanada de aire caliente que infla una burbuja en su abdomen y eleva su torso, el agua sube más rápido, y un poco más arriba, y que te calmes, joder, se dice el chico, y alcanza a respirar hondo, más hondo, más hondo todavía, y siente que los pulmones le van a reventar, pero su cuerpo reacciona y se eleva más, pero el agua es más lista y más paciente, y espera a que el chico expulse todo el oxígeno que ya se ha convertido en puro veneno, y a que su cuerpo se transforme en piedra, una roca sin motivo ni interés en flotar, aunque eso es lo único a lo que el chico aspira en ese último instante, esa es su única misión en la vida, sobrevivir, y por eso todavía es capaz de un último empellón que le lleva a emerger la boca y la nariz a la cálida noche, volver a llenar los pulmones de aire, de placer, y los ojos vuelven a superar el nivel del agua, y es entonces cuando, por fin, aparece sobre su cabeza, plantada al borde de la piscina, en un claro de luz que ha abierto la primera claridad del alba, la silueta del tipo, el buenorro sin nombre de anoche, que le dice no te resistas más, cabrón, y ya sin palabras, porque no puede permitirse ese lujo, sino con los ojos abiertos como dos lunas en esa noche sin luna y sin estrellas que se termina, el chico le pregunta por qué, por qué yo, qué he hecho yo, tío, y la respuesta es la planta del pie del tipo sobre su cara, sobre su boca, sobre su nariz, que lo hunde en la negrura líquida hasta que el chico, acabado, expulsa la última burbuja de oxígeno, y en ese instante, cuando el torrente de agua gris anega sus pulmones, cuando el agua, como un animal salvaje y frenético se adueña de sus oídos y de sus ojos y de su boca y de su esófago, ve los trémulos labios del hombre articulando una respuesta.
Una única palabra. De sobra conocida. La de siempre, la que le ha perseguido desde que era un niño que ni siquiera conocía su significado.
Tres sílabas. Acentuación aguda. El aumentativo mil veces pronunciado en mil lugares y mil momentos en los que él ha estado presente y en un número infinito de otros lugares y momentos en los que no ha estado ni ha vivido, pero que ha sentido como suyos.
Esa palabra que aquí, ahora, es también la última con la que el chico se va a zambullir en la eternidad, en el olvido, en la nada acuática y negra: MARICÓN.