Manual para construir un infierno
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50. POSTLUDIO #2
Todavía no ha abierto los ojos, pero el dolor de cabeza que hace tan solo unos minutos era una punzada remota y apenas intuida se ha transformado de golpe en una realidad física, intensa, continua, contundente, machacona, ineludible, agotadora...
y eso que el chico no se considera un endeble, al contrario, siempre ha presumido de aguante, más aguante que sus compañeros de trabajo, que sus compañeros de equipo en las pachangas domingueras y, por supuesto, de lo que no le cabe la más mínima duda es de que tiene mucho más aguante que las decenas, cientos de amantes y follamigos que han desfilado por su cama y por su vida, esa misma vida que ahora es solo media vida, como si en algún lugar de su cuerpo se hubiese averiado una válvula por la que se está vaciando, eso es, el chico siente que se desinfla, por eso le cuesta tanto abrir los ojos, bueno, eso y que el viento es rasposo y húmedo como la lengua de un felino gigante que lame sus párpados con una violencia tan insoportable que le obliga a cerrarlos cada vez que intenta despegarlos, y el chico se pregunta si es que este jodido viento no piensa amainar nunca, se dice así, ¿no?
, amainar, porque ayer por la mañana temprano, después de ducharse, antes de empezar la faena, cuando se asomó a la ventana de la habitación, parecía que sí, pero que no, qué va, que al mediodía bajó al chiringuito a tomar una caña y una tapa, como viene haciendo todos los mediodías desde que empezó en el hotel, y el puto viento estaba otra vez ametrallando andanadas de perdigones fríos de arena sobre la piel desnuda de los escasos huéspedes que se habían aventurado a tomar el sol, guiris, escandinavos, de por ahí, del norte, qué sé yo, de donde sean, da igual, si son todos iguales, con solo un rayo de sol que se asome por una esquina de la piscina ya están ellos en bolas, que vale, que este año no estamos teniendo lo que se dice un invierno normal, con estas temperaturas que no bajan de los quince grados ni de día ni de noche, pero que tampoco es eso, esta estúpida ansiedad por pillar moreno en invierno, en diciembre, allá ellos y sus melanomas, yo, a lo que iba, a que al chico le duelen los ojos, le duelen los oídos, le duele la cabeza, le duele el cuello y, sin embargo, no le duele ninguna otra cosa, de hecho, acaba de darse cuenta de que no siente nada más y de que, a lo mejor, es que no está despierto, o no del todo, o lo que le pasa es que sigue colocado, sí, espera, eso debe de ser, tiene todos los síntomas de un mal viaje, la cabeza a punto de estallar, el cuerpo roto, la garganta quemada, los labios hinchados, se pasa la lengua y los siente agrietados, y aunque por un instante el sabor a sal le reconforta ligeramente, reconoce que tiene que reaccionar, que así no puede seguir, y es entonces cuando aparece por primera vez el miedo, porque, por más que lo intenta, sus músculos se niegan a obedecerle, ¡a él!
, que es puro nervio, que es fuerte, que aguanta como el que más, y esos mismos músculos de los que tanto presume pasan de él, mantén la calma, se dice, todo esto debe de tener una explicación, párate a pensar, cálmate, gilipollas, se repite y se ordena y, poco a poco, lo logra, calmarse, más o menos, y también por fin consigue entreabrir los ojos y romper el velo terroso que se agarra a su mirada, y al principio solo hay manchas verduzcas, violetas y rosáceas, que van aclarándose, definiéndose, transformándose en formas y contornos definidos de objetos: a izquierda y derecha sendas paredes largas y alicatadas con diminutas teselas de cerámica que se pierden al frente, en la oscuridad, donde se atisba una famélica escalera metálica apoyada en la negra pared y, debajo de él, un suelo de idénticos azulejos diminutos que ascienden en rampa y encima, sobre el dolor palpitante de su cabeza, la noche templada, viscosa y húmeda, huérfana de luna y de estrellas, y se pregunta qué lugar es este, dónde coño está, y se responde que tiene toda la pinta de una piscina, y claro, coño, cómo no se ha dado cuenta antes, está tumbado en el fondo de la piscina del hotel, pero la de la azotea, la que nunca se abre en invierno, la que, más adelante, en cuanto empiece el buen tiempo de verdad, él deberá poner a punto, limpiarla, arreglar posibles fugas, pintarla, ajustar la depuradora, pero para eso falta mucho todavía, tres meses por lo menos, y el miedo ahora se transforma en terror, porque está más jodido de lo que creía, porque, que él sepa, nadie sube aquí en esta época del año, bueno sí, él, solo él sube de vez en cuando, cuando necesita escaquearse un rato para vomitar el sapo de la mala educación de algún cliente gilipollas y con ínfulas que ha tenido que tragarse, o cuando no puede hacer otra cosa más que envainar la bronca de cualquiera de los putos dueños, los pijos esos de mierda que se piensan que mean champán y cagan arcoíris, los muy hijos de puta, que cuando se ponen pesados no los aguantan ni las putas de sus madres y sí, las insulta, porque eso es lo que son esas zorras pijas ricachonas operadas que lo único de provecho que han hecho en sus putas vidas es dar un braguetazo y enseñarles a sus hijos, tan pijos y tan putas como ellas, a vivir del sudor de los demás y, por eso, él tiene que buscar a veces la soledad de esta azotea, de esta piscina vacía, porque aquí no va a subir nadie a seguir dándole la tabarra, pero, claro, el problema, y es un problema gordo, es que tampoco va a subir ahora nadie a buscarlo, ¡joder!
, ¡joder!, ¡joder!, y por esto, por el esfuerzo de los gritos, una pasta de saliva le encharca la boca y la garganta forradas de esparto, y de sus pulmones brota una flema espesa que se le atasca en mitad del esófago y le hace toser y lo asfixia hasta provocarle arcadas y vomita, y cuando arroja todo el alcohol y la poca comida que ingirió anoche, agotado, piensa que es un gilipollas y que tiene que calmarse, cálmate gilipollas, se repite en voz baja, cálmate, cálmate, cálmate, y como un eco de la suya, otra voz a su espalda, fuera de foco, se lo confirma, sí, tío, cálmate, y el chico da un respingo e intenta como un resorte volver la cabeza para ver quién es y no lo consigue, no puede moverse, pero solo necesita unos segundos para reconocerla, es la voz del tipo que conoció en la comida de ayer y con el que después se fue de copas por El Palmeral, el buenorro con el que iba a rematar la noche, pero cómo, pero qué, pero por qué, le pregunta sin verlo todavía, y el otro le repite en la oscuridad que se calme, joder, y luego le dice que no puede creer que aún siga vivo, que ya le vale, hostias, que esto lo complica todo, y el chico advierte la preocupación en la voz del tipo, cuál era su nombre, joder, no se acuerda, entre el dolor de cabeza, el cansancio, la parálisis y el miedo, no atina a nada, o a lo mejor ni siquiera se lo dijo, y es que apenas si recuerda cómo llegaron al hotel, si lo hicieron juntos, al fin y al cabo es lo mismo de todos los fines de semana, lo único que cambia de un sábado a otro es el acompañante (o los acompañantes), aunque guardan cierto parecido, todo hay que decirlo, que hasta Jhon y Alberto se lo recuerdan con frecuencia, tío, eres de gustos fijos, y es que es verdad que ellos, sus queridos Jhon y Alberto, tienen una manga más ancha, pero qué se le va a hacer, uno no elige sus gustos, ojalá pudiera, pero la carne no entiende de voluntades, y este tipo le gustó desde el minuto uno, y al tipo también le gustó él, porque, si no, no se habría venido con él al hotel, ¿cierto?
, pero esa no es la pregunta, coño, la pregunta es por qué este, como coño se llame, no baja y no le ayuda y no lo rescata, acaso no ve que no puede moverse y que está sufriendo, o, por lo menos, que se muestre, que se deje ver, a no ser, claro, a no ser que sea él quien le ha llevado a esta situación, y está a punto de preguntárselo, por qué, qué le ha hecho él, que sea lo que sea tiene que perdonarlo y ayudarle, porque el chico no recuerda nada de lo que pasó o de lo que hicieron anoche, que todo es una nube negra y sucia y espesa y opaca en su cabeza y que le cuesta un mundo abrir los ojos de tanto como le duelen, pero el tipo se le adelanta y le dice algo así como que él, el chico, lo ha complicado todo, que le gustaría que las cosas fueran de otro modo, que fueran más fáciles y que todo terminase antes, sin sufrimiento, pero que ya no hay remedio, y que él, el tipo, ya está harto y se quiere ir a su casa, que está cansado, que pronto va a amanecer y que tiene que bajar al bufé del desayuno para que todos los que, como él y el chico, estuvieron en la comida y en la fiesta de ayer lo vean aparecer con la misma mala cara y el mismo mal cuerpo y la misma resaca que ellos, pero lo cierto y verdad es que al chico esas palabras le han empezado a sonar así como muy lejanas, como si sus oídos se estuvieran contagiando de la parálisis que se ha extendido por el resto de su cuerpo, hasta que un fuerte chirrido lo trae de vuelta a la realidad, a este momento y a este lugar, a este amanecer cálido y húmedo como la concha desenterrada en la arena por una ola, y a esta piscina vacía en la que otro chirrido le vuelve a asustar, y después una puerta metálica se abre en la distancia y un objeto es arrastrado más cerca y unos pasos se alejan y, durante un par de minutos, solo queda el rumor del viento y del mar y el doloroso graznido de una gaviota, sonidos que vuelven a hundirle en un sueño del que ya no le apetece despertar, para qué, se dice, con lo bien que se está así, puede que cuando despierte haya recuperado la movilidad y recobrado las fuerzas para escapar de esta pesadilla y regresar a casa, si es que se puede llamar casa a la habitación del hotel donde se aloja a cambio de dejarse la piel más de diez horas al día, aunque solo le pagan ocho, pero que son diez incluso ahora en temporada baja, y a veces tiene que inventarse tareas para que sus jefes no le riñan por ocioso, es decir, por vago, sí, eso sería lo mejor, se dice,