Manual de supervivencia para una boda Voces antiguas #5
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Voces antiguas #5

Cuando Sofía se fue.

Cuando creyó haberla perdido.

Cuando Liam le dijo que ella había vuelto con él, y que todo estaba arreglado.

Recordó ese vacío con una claridad incómoda.

No era tristeza ruidosa, era algo peor: una ausencia constante.

Como si él mismo se hubiera convertido en una melodía sin oyentes.

Vivía, sí, respiraba, trabajaba… pero su mundo estaba suspendido, incompleto, esperando.

Solo quería una cosa: que ella volviera a estar a su lado para que todo, absolutamente todo, recuperara sentido.

Kai desvió la mirada un segundo hacia Sofía. Ella seguía escuchando, con los ojos suaves, perdidos en algún punto entre la canción y los recuerdos. Su mano descansaba cerca de la suya, y sin pensarlo, la rozó con los dedos. Un gesto pequeño. Anclado. Real.

En ese instante entendió algo con certeza casi dolorosa:

Esa canción no hablaba solo del pasado.

Era el puente entre lo que habían sido, lo que casi pierden y lo que, contra todo, habían logrado salvar.

El jeep siguió avanzando bajo el cielo estrellado, mientras la música los envolvía como un hilo invisible.

De repente, Kai sintió que su mundo no estaba en silencio.

Que todo tenía sentido porque ella estaba ahí, y que ese amor —con su despedida, su reencuentro y su latido profundo— era sin duda el alma de su Moʻolelo ( historia).

El jeep se deslizó por el último tramo del camino como si también él supiera que el día había llegado a su final.

Las luces del resort aparecieron entre la vegetación, cálidas y elegantes, rompiendo la oscuridad con una calma casi ceremonial.

Las palmeras, alineadas a ambos lados de la entrada principal, se mecían suavemente bajo la brisa nocturna, como si dieran la bienvenida en silencio.

Kai redujo la velocidad y detuvo el coche justo frente a la puerta principal. El motor se apagó con un suspiro grave, y durante un segundo solo quedó el murmullo lejano del mar y el canto nocturno de la isla.

Delante, Sofía despierta, serena, con esa calma luminosa que solo aparece cuando una se siente a salvo. A su lado, Kai permanecía atento, aun con la canción resonándole por dentro, pero aferrado al presente.

Detrás, en cambio, el silencio era otro.

Andrea y Lucas dormían a medias, vencidos por el cansancio del día. Lucas iba torcido sobre el asiento, descalzo, con un pie perdido en algún lugar del jeep, respirando profundamente, ajeno al mundo.

Uno de los empleados del resort se acercó con paso discreto.

Vestía la camiseta negra del uniforme del resort, donde se podía leer Paradise Royal Resort, y una sonrisa profesional y amable.

Se inclinó ligeramente y abrió la puerta de Sofía con cuidado, como si no quisiera romper el hechizo de la noche.

El aire fresco entró de golpe, trayendo consigo el olor a flores húmedas y sal marina.

Sofía salió del coche despacio, con cuidado, como si no quisiera despertar del todo a la noche. El empleado del resort cerró la puerta tras ella con un estrépito seco, pero amortiguado, un sonido breve que rompió el silencio justo lo suficiente.

Andrea se despertó de golpe.

—¡¿Qué pasa?! —dijo incorporándose de inmediato, aun con la voz espesa de sueño.

Se llevó una mano al pelo, desorientada, y sin pensarlo dos veces abrió su puerta y bajó del jeep, todavía medio dormida, arrastrando los pies como si el suelo no fuera del todo real.

Kai cerró entonces su propia puerta. Apoyó una mano en el costado del coche, el metal aún tibio por el trayecto, y con esa sonrisa tranquila que siempre aparecía cuando sentía que todo estaba, al menos por fuera, en su sitio, dijo en voz baja:

—Ya hemos llegado.

Andrea asintió sin estar del todo segura de dónde estaba. Sofía sonrió. El momento parecía completo.

Parecía.

Porque nadie —absolutamente nadie— se dio cuenta de que Lucas seguía dentro del jeep.

Dormido. Profundamente dormido.

Descalzo.

Con un pie torcido hacia arriba, apoyado quién sabe dónde, y la cabeza ladeada de una forma que desafiaba cualquier noción de comodidad…

o de dignidad.

El empleado, ajeno al pequeño detalle, subió al jeep para llevarlo a la zona de aparcamiento, donde descansaban alineados los vehículos del resort, todos idénticos, todos silenciosos tras un día largo.

Arrancó el motor.

El jeep avanzó suavemente… con Lucas aun dentro, completamente ajeno al hecho de que estaba siendo transportado como equipaje humano, roncando en silencio bajo el cielo estrellado de Hawái.

Nadie se dio cuenta y el jeep desapareció entre las palmeras, llevándose consigo a un Lucas dormido, descalzo y felizmente inconsciente de su destino inmediato.

La escena perfecta.

Demasiado perfecta.

Al entrar al resort, las luces cálidas iluminaban los caminos de piedra, las palmeras se mecían suavemente con la brisa nocturna y todo parecía en calma, como si el día hubiera decidido despedirse sin sobresaltos.

Andrea caminaba unos pasos por detrás. Vio a Kai y a Sofía avanzar juntos, tranquilos, hablando en voz baja. Sonrió… y entonces frunció el ceño.

Miró a un lado.

Luego al otro.

Se detuvo en seco.

—Un momento… —murmuró.

Volvió a contar mentalmente. Kai. Sofía. Ella misma.

Faltaba uno.

—¿Y Lucas? —preguntó en voz alta, acelerando el paso—. Kai, Sofía… ¿habéis visto a Lucas?

Kai se giró de inmediato.

—¿Lucas? —repitió—. No… creíamos que iba contigo.

Sofía también se volvió, buscando con la mirada, como si Lucas pudiera materializarse de pronto entre las sombras del jardín.

Andrea abrió los ojos de par en par. Se llevó una mano a la boca, entre la incredulidad y la resignación más absoluta.

—¡Madre mía, este hombre…!

Sin pensarlo dos veces, dio media vuelta y salió casi corriendo hacia la entrada, arrastrando aún el cansancio de la noche.

Justo entonces, desde el camino que llevaba al aparcamiento, apareció Lucas.

Caminaba despacio de regreso al resort, despeinado, frotándose la cara como si no hubiese terminado de entender en qué punto del mundo estaba.

A su lado, el empleado del resort avanzaba con una sonrisa contenida, de esas que se forman cuando una historia va directa al anecdotario del turno de noche.

Andrea, que había salido mirando a un lado y a otro con el ceño fruncido, se detuvo al verlos acercarse. Lo miraba con una mezcla de alivio, ternura y ganas muy reales de matarlo un poquito.

—De verdad… —dijo Andrea al verlo acercarse— eres increíble.

Respiró hondo, alzó una mano y, con una mezcla perfecta de vergüenza y humor, se dirigió al empleado:

—Perdone… —dijo, señalando vagamente hacia atrás—. Creo que he perdido al niño.

El empleado no pudo contenerse más. La sonrisa se le rompió en una carcajada abierta, franca, que resonó suave en la quietud nocturna del resort.

Lucas levantó la cabeza, todavía medio dormido, y al escucharla, esbozó una sonrisa ladeada.

—Menos mal quete diste cuenta de mi ausencia; si llegamos a ir en el avión… —añadió—. Eso sí que hubiese sido preocupante.

Andrea lo miró un segundo… y estalló a reír.

Lucas la siguió al instante, y los dos terminaron riendo juntos; sin poder evitarlo, contagiándose el uno del otro, como solo pueden reírse quienes se quieren y se reconocen incluso en el caos más absurdo.

Porque había sido así:

El empleado había aparcado el jeep con toda normalidad. Había apagado el motor, abierto la puerta… y justo cuando iba a cerrarla del todo, se detuvo.

Un sonido.

Un ronquido profundo y absolutamente convencido de su derecho a existir.

Había mirado hacia atrás con el ceño fruncido… y allí estaba Lucas, descalzo, atravesado en el asiento trasero, durmiendo como si aquel jeep fuera una suite presidencial.

Tuvo que carraspear.

Luego carraspear otra vez.

Y finalmente decir, con toda la delicadeza profesional que pudo reunir:

—Señor… hemos llegado.

Lucas se despertó sobresaltado, mirando alrededor como si acabara de aterrizar en otro planeta.

—¿Ya…? —había murmurado, medio incorporándose.

Kai y Sofía se encontraban dentro del resort, cerca de la recepción, cogidos de la mano, hablando despacio mientras esperaban a que Andrea y Lucas llegaran desde el exterior.

La noche envolvía el vestíbulo con una luz cálida y dorada; las lámparas colgantes dibujaban sombras suaves sobre las paredes, y el sonido lejano del océano se filtraba como un susurro constante.

Sofía apoyó ligeramente el hombro en el de Kai.

Sus dedos entrelazados descansaban con naturalidad, como si aquel gesto fuera ya parte de su respiración compartida.

Hablaban en voz baja, casi en confidencia, palabras pequeñas, cotidianas, de esas que no necesitan ser recordadas porque lo importante no es lo que se dice, sino estar ahí.

De vez en cuando, Sofía levantaba la mirada hacia la entrada, esperando ver aparecer a Andrea y Lucas. Kai también lo hacía, sin dejar de prestarle atención a ella, atento a cada pausa, a cada silencio.

Fue entonces cuando las puertas se abrieron y Andrea y Lucas entraron en el vestíbulo. Los cuatro se encontraron con la mirada casi al mismo tiempo y sonrieron. Una sonrisa compartida, tranquila, de final de jornada, de felicidad serena.

Justo en ese instante, un empleado del resort se acercó con paso discreto.

Vestía el uniforme negro del Paradise Royal Resort, el logo bordado en el pecho y una pequeña chapita plateada con su nombre brillando bajo la luz.

Se detuvo junto a Kai y, con voz baja y profesional, le susurró algo al oído.

El gesto de Kai cambió apenas un segundo. No fue abrupto, pero Sofía lo notó al instante.

Kai se giró hacia ella y, apretándole suavemente la mano, le dijo en voz baja:

—Sube tú con ellos a la habitación. Tengo que atender una llamada.

Sofía lo miró un instante más, como si quisiera preguntarle algo sin palabras. Finalmente asintió, le regaló una sonrisa tranquila y le rozó los dedos antes de soltarlos.

Kai se volvió entonces hacia Andrea y Lucas.

—Mañana nos vemos —dijo con una calma amable—. Descansad.

—Buenas noches —respondió Andrea, todavía con una sonrisa adormilada.