Voces antiguas #6
Sofía se colocó junto a ellos y los tres se dirigieron hacia los ascensores, caminando despacio, envueltos por la luz suave del vestíbulo y el silencio acogedor de la madrugada.
Kai tomó el pasillo opuesto.
Sus pasos resonaron sobre el suelo pulido del resort mientras se alejaba de la recepción en dirección a su despacho.
Cada uno marcaba una distancia nueva entre él y Sofía, entre la calma compartida y algo que todavía no tenía forma.
Al fondo del pasillo, una puerta se cerró con un clic discreto, casi respetuoso, como si el propio edificio supiera que, a partir de ese instante, no convenía hacer ruido.
La noche seguía tranquila.
Quizá demasiado.
El despacho de Kai estaba en penumbra, apenas iluminado por la luz cálida de una lámpara lateral.
Las sombras dibujaban formas alargadas sobre las paredes, como recuerdos antiguos que nunca terminaban de irse.
El aire olía a madera y sal, una mezcla que siempre le había resultado familiar…
y que, sin saber por qué, en ese momento le erizó la piel.
Se acercó al escritorio.
El teléfono lo esperaba allí, inmóvil.
Kai alargó la mano y descolgó.
—¿Dígame? —su voz sonó firme, pero no del todo.
Al otro lado no hubo saludo.
Solo respiración.
Un silencio denso, cargado, como el instante justo antes de que una ola rompa.
Entonces, una voz habló.
No era una voz que Kai conociera. No tenía acento reconocible ni edad clara. Podía pertenecer a cualquiera… o a nadie. Era baja, contenida, como si cada palabra hubiera sido medida con precisión.
—Hay cosas… —empezó diciendo— que no caen solas.
Kai frunció el ceño. Sintió un leve nudo en el estómago.
—¿Quién es? —preguntó—. ¿De qué está hablando?
La voz no respondió a la pregunta.
—Algunas esperan —continuó—. Esperan el momento justo.
El pulso de Kai se aceleró. Algo en su interior se tensó, como una cuerda demasiado estirada. Sintió un frío extraño recorrerle la espalda, una sensación antigua, instintiva, que no venía de la razón sino de mucho más atrás.
—El mar —dijo la voz— se cobra lo suyo.
Kai cerró los ojos un segundo.
El sonido lejano de las olas, que siempre había sido un refugio, pareció colarse en su cabeza como un rumor más oscuro, más profundo. Como si no viniera de fuera, sino de dentro de él.
—Cuidado con lo que amas.
La última palabra quedó suspendida en el aire, afilada, definitiva.
Después… silencio.
Kai no dijo nada. No respiró. No se movió.
Durante un segundo eterno, creyó que la voz volvería, que añadiría algo más, una explicación, una burla, cualquier cosa. Pero lo único que llegó fue un sonido mecánico, impersonal.
Tu-tu-tu-tu…
La línea había quedado comunicando.
Habían colgado.
Kai permaneció inmóvil, con el auricular aún pegado a la oreja, escuchando ese pitido repetido que parecía marcar un pulso ajeno al suyo. Cada tono era un golpe seco en el pecho. Cuando por fin bajó el brazo, lo hizo despacio, como si el teléfono pesara más de lo normal.
Colgó.
Sin pensarlo demasiado, volvió a descolgar y marcó recepción desde el teléfono de su despacho. La respuesta llegó casi de inmediato.
—Recepción, buenas noches.
—Localicen la llamada que acabo de recibir —dijo Kai, con la voz baja, controlada, pero cargada de una tensión nueva—. Quiero saber de dónde ha venido. Número, origen, lo que sea.
Al otro lado hubo un breve silencio, seguido de un tono profesional.
—Sí, señor. Me encargo ahora mismo.
Kai no respondió. Colgó de nuevo.
Esta vez, al apoyar el auricular, lo hizo con extremo cuidado, como si temiera que un gesto brusco pudiera romper algo más que el silencio que había invadido el despacho.
La habitación parecía distinta. Más pequeña.
Más densa. Las sombras se habían alargado, y el rumor lejano del mar, que siempre había sido su ancla, sonaba ahora como una advertencia.
Y entonces lo sintió.
Miedo.
No una sospecha.
No una inquietud pasajera.
Miedo real.
Por primera vez en muchísimo tiempo. En años, Kai Lani, que había aprendido a negociar con tormentas, a leer corrientes traicioneras y a mantenerse firme incluso cuando todo se desmoronaba, sintió cómo algo le apretaba el pecho desde dentro.
Las palabras volvieron a su mente claras, implacables:
— Cuidado con lo que amas.
El teléfono volvió a sonar.
El timbre cortó el aire del despacho como un latigazo.
Kai dio un respingo casi imperceptible, pero real. El corazón le golpeó el pecho con fuerza, como si hubiera olvidado durante unos segundos cómo latir con normalidad. Estaba atrapado en ese eco constante, en esas palabras que regresaban una y otra vez, sin descanso, como una marea insistente.
Cuidado con lo que amas.
Cuidado con lo que amas.
Extendió la mano y descolgó.
—¿Sí? —dijo, aunque su voz no sonó tan firme como habría querido.
Al otro lado respondió un empleado del resort, con ese tono respetuoso que se utiliza cuando se habla con alguien importante, pero también con una ligera incomodidad, como si supiera que la información que iba a dar no traía alivio.
—Señor Lani… he comprobado la llamada. El sistema no registra origen. El número… no existe.
Kai cerró los ojos.
No dijo nada durante unos segundos. El silencio pesó más que cualquier explicación. No había rastro. No había huella. Como si aquella voz no hubiera venido de ningún lugar… o de todos a la vez.
—Gracias —respondió al fin.
Colgó.
Esta vez apagó el teléfono por completo, como si necesitara cortar no solo la línea, sino cualquier posibilidad de que aquella voz regresara. Apoyó ambas manos sobre el escritorio y respiró hondo, intentando ordenar el torbellino que se había instalado dentro de él.
Pero el pensamiento volvió, inevitable.
Algo las ponía en peligro.
No era paranoia. No era imaginación. Lo sentía en su piel, en la sangre, en ese lugar donde se guardan las certezas que no necesitan pruebas. Sus ancestros le habían enseñado a escuchar más allá de lo visible, a leer los signos que no se escriben con palabras.
Y aquello…
Aquello era una señal.
Kai se giró despacio y caminó hasta las grandes ventanas de su despacho. Al otro lado, el mar se extendía bajo la noche, oscuro, casi inmóvil. La luna se reflejaba en su superficie como una herida de luz.
Por primera vez, el océano no le pareció infinito.
Le pareció vigilante.
Como si observara.
Como si esperara.
Kai apoyó la frente suavemente contra el cristal frío. Pensó en Sofía, en su risa tranquila minutos antes, en su manera de decir que por fin estaba donde tenía que estar. Pensó en Lelani, en esa vida que crecía protegida… o eso había creído hasta ahora.
Cuidado con lo que amas.
El mar devolvió el murmullo lejano, apenas un susurro.
Kai lo entendió con una claridad que le heló la sangre.
Esta vez, no podía permitirse mirar hacia otro lado.
Tenía que estar atento.
A las señales.
A los silencios.
Porque cuando el mar decide cobrarse lo suyo, nunca avisa dos veces.
Capítulo 22