Manual de supervivencia para una boda Voces antiguas #4
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Voces antiguas #4

Sofía notó cómo algo le subía al pecho, cálido e inesperado. No dijo nada. No hacía falta. La noche, las estrellas y el murmullo lejano del entorno parecían asentir por ella, sellando esas palabras como si fueran una verdad antigua, dicha por fin en voz alta.

Kai respondió antes de que Sofía pudiera hacerlo.

—Por ahora, descansar —dijo—. Después ya pensaremos algo para ella.

Lucas levantó el vaso teatral.

—Siempre podría dedicarse a dar de comer a las tortugas —añadió con una sonrisa traviesa—.

Andrea, que justo estaba bebiendo, no pudo contenerse. La risa le explotó por sorpresa y el zumo salió disparado de su boca en una pequeña nube caótica que la hizo toser y reír al mismo tiempo. Se inclinó hacia delante, limpiándose como pudo, riendo sin parar, incapaz de recuperar el aliento.

—¡Lucas! —consiguió decir entre carcajadas—. ¡Te voy a matar!

Los cuatro terminaron riendo juntos. Una risa limpia, espontánea, de esas que no piden permiso y que alivian.

Bajo el cielo tachonado de estrellas, el pan de plátano caliente se deshacía en sus bocas, dulce y reconfortante, mientras el zumo frío refrescaba la garganta y anclaba el momento al presente.

Pero Kai, aunque sonreía, seguía atento.

Escuchaba más allá de las palabras, observaba más allá de la noche. Había aprendido a hacerlo. A leer lo invisible.

Fue entonces cuando Lucas bajó un poco el tono de la conversación.

Apoyó el vaso sobre la mesa y giró ligeramente la cabeza hacia Sofía, observándola con una curiosidad sincera que ya no tenía nada de broma.

—Y entonces… —dijo—, ¿cómo lo vas a hacer con tus padres? ¿Cómo les vas a decir que estás embarazada, que estás prometida… que te vas a quedar a vivir en Hawái?

El aire cambió apenas un grado. Nada dramático, solo más denso.

Como si aquella pregunta hubiera abierto una puerta que todos sabían que tarde o temprano tendrían que cruzar.

Sofía respiró hondo antes de responder.

—Lucas… —dijo mirándolo con una mezcla de paciencia y resignación—. ¿Cuántas veces me lo vas a preguntar? Si ya me lo preguntaste antes.

Kai soltó una pequeña carcajada a su lado, inclinándose ligeramente hacia atrás en el taburete.

Andrea no tardó en intervenir.

—Hasta que nos vayamos… unas diez veces más —respondió con una sonrisa traviesa.

Sofía rodó los ojos, divertida.

—¿No será que me vas a echar mucho de menos? —replicó mirando a Lucas—. ¿Que en realidad no quieres que me quede aquí en Hawái?

La sonrisa de Lucas se suavizó, pero no respondió.

Entonces Sofía dejó de bromear.

Se puso un poco más seria.

Bajó la mirada y se llevó una mano al vientre casi de forma instintiva, acariciándolo suavemente, como si ese gesto la ayudara a ordenar las ideas que aún se arremolinaban dentro de su cabeza.

—He hablado algo con Kai —dijo despacio—, pero todavía tengo que… ordenar todo este caos —añadió con una sonrisa suave, consciente de sí misma—. Porque, seamos sinceros, no he hecho nada de forma ordenada.

Andrea la observaba en silencio, con atención plena.

—Vine solo a una boda —continuó Sofía—. Al complejo donde se casaba mi mejor amiga. Y de repente… —hizo un pequeño gesto con la mano, como si la vida hubiera girado sola— conocí al que va a ser mi marido, estoy embarazada sin planearlo, y mis padres ni siquiera saben que Kai existe.

Lo dijo sin dramatismo, pero con verdad.

—No sé exactamente cómo lo voy a hacer —admitió—. Pero habrá tiempo. Eso sí lo sé.

Levantó la mirada hacia Kai un segundo, y en ese cruce silencioso estaba todo.

—Lo que tengo claro es que mi vida está aquí —añadió—. En Hawái. Con Kai. Con mi hija. No estoy haciendo nada malo. Soy feliz. Por primera vez siento que estoy donde tengo que estar.

La noche parecía escucharla. El viento movía suavemente las hojas de los árboles cercanos.

—Mis padres también pasan mucho tiempo viajando —prosiguió—. Cambiando de lugar, de país, de rumbo. Y, de algún modo… —sonrió— supongo que he heredado eso. He elegido este camino. Y voy a seguirlo.

Andrea asintió despacio, con una sonrisa cargada de orgullo. Lucas levantó el vaso de nuevo, sin decir nada, como si brindara por esa certeza.

Mientras las estrellas seguían brillando sobre ellos, inmóviles y antiguas, Kai apretó la mano de Sofía bajo la mesa.

No dijo nada. No hacía falta. Lo que ella había dicho —que su vida estaba allí, en Hawái, con él y con su hija, que por primera vez se sentía exactamente donde tenía que estar— le había llenado el pecho de una forma casi dolorosa.

Una felicidad profunda, silenciosa, de esas que no necesitan palabras para quedarse.

Sofía notó la presión de sus dedos y le devolvió el gesto con una caricia lenta, tranquila. Todo estaba bien. Al menos en ese instante.

La noche avanzó sin avisar. El aire se volvió más fresco, las conversaciones se apagaron poco a poco y las luces del pequeño puesto parecían más tenues, como si también ellas supieran que era hora de despedirse.

Después de terminar, no hubo prisas ni movimientos bruscos; simplemente se levantaron despacio de la mesa. Sofía fue la primera en acercarse al mostrador, seguida por los demás.

—Estaba todo delicioso —dijo con una sonrisa sincera—. De verdad, muchísimas gracias.

Andrea asintió con entusiasmo, y Lucas añadió unas palabras más, agradecido, mientras Kai inclinaba ligeramente la cabeza en señal de respeto.

La mujer del puesto los escuchó con una sonrisa cálida y cansada, de esas que solo aparecen al final de una jornada larga pero bien hecha. Tenía las manos manchadas de harina y masa, señales claras de horas amasando pan, y los ojos brillantes bajo la luz del pequeño foco que colgaba del techadillo.

—Me alegro de que os haya gustado —respondió—. Buen viaje.

El cartel de madera se meció suavemente con la brisa nocturna cuando ellos se dieron la vuelta.

Sin decir mucho más, los cuatro caminaron juntos hacia el jeep. Sus pasos sonaban apagados sobre la tierra, acompañados por el canto lejano de los insectos y el aire fresco que anunciaba la noche avanzada.

El vehículo los esperaba a un lado del camino, oscuro y silencioso, listo para llevarlos de regreso, mientras sobre sus cabezas el cielo seguía desplegado, inmóvil, con todas sus estrellas.

Capítulo 21

El silencio del agua

Capítulo 21 ✦ El silencio del agua

E l jeep apenas había retomado la carretera cuando Andrea dejó escapar un bostezo largo, sonoro, de esos que no piden permiso. Lucas reaccionó al instante y, sin pensarlo, estiró la mano hacia atrás y le tapó la boca con naturalidad absoluta, como si fuese un gesto espontáneo y acostumbrado.

—¡Eh! —protestó Andrea, apartándole la mano entre risas—. ¡Déjame bostezar en paz!

Kai soltó una pequeña carcajada desde el asiento del piloto, inclinándose ligeramente hacia Sofía, que sonrió al escuchar la escena.

No sabía exactamente qué había pasado, pero esa ligereza, ese sonido vivo rompiendo el silencio de la noche, le hizo sonreír sin darse cuenta.

Se acomodó mejor en el asiento, apoyando la cabeza ligeramente en el hombro de Kai, disfrutando del vaivén suave del coche mientras avanzaban por la carretera.

El jeep serpenteaba entre la vegetación espesa, con palmeras que se mecían despacio y árboles altos que dejaban pasar destellos de luz de la luna entre sus copas.

El cielo nocturno era un océano invertido, plagado de estrellas que parecían al alcance de la mano, mientras la música suave de la radio envolvía el interior del coche en un ambiente cálido y casi íntimo.

Kai miró de reojo a Sofía.

—¿Dónde te apetece dormir esta noche? —preguntó con voz tranquila—. ¿Resort… o estrenamos casa?

Sofía giró la cabeza hacia él, dejando que la brisa fresca de la noche le acariciara el rostro. Sus ojos brillaron un instante ante la idea del nuevo hogar, del espacio que aún olía a promesa. Luego miró hacia atrás, donde Andrea apoyaba la cabeza en el hombro de Lucas, medio adormilada, y sonrió.

—Aunque tengo muchas ganas de estrenar nuestro hogar —dijo despacio—, creo que es mejor quedarnos en el resort. Así mañana podemos acompañarlos al aeropuerto y despedirnos de ellos.

Kai asintió sin pensarlo dos veces.

—Ni mil palabras más —dijo, levantando una mano del volante—. La jefa manda.

Y le guiñó un ojo.

Sofía soltó una risa baja, divertida. Le gustó ese juego, ese intercambio ligero en el que, por primera vez, la palabra jefa no pesaba, sino que sonaba a complicidad, a hogar compartido.

Kai siempre había llevado las riendas sin necesidad de decirlo, y ahora, llamándola así, parecía cederlas con gusto.

El jeep siguió avanzando, deslizándose entre curvas suaves, con la noche envolviéndolos como un manto protector.

Cuando, de repente, la música cambió casi sin avisar, como si la noche la hubiera llamado. Los primeros acordes de A World Without You, de Cairox, se deslizaron suaves por el interior del coche, mezclándose con el rumor del motor y el susurro constante de la carretera.

Sofía levantó ligeramente la cabeza. No dijo nada. Se quedó escuchando la letra. Kai también. Ninguno de los dos necesitó mirarse para saber que estaban sintiendo lo mismo.

La canción hablaba de un mundo que se apaga cuando falta la persona que amas.

De cómo los colores se diluyen hasta volverse grises, de cómo la vida pierde dirección, propósito, sentido.

De un amor tan profundo que duele cuando no está, de una soledad que no grita, pero pesa.

Sofía tragó saliva despacio. Sentía cada palabra como si no viniera de una voz ajena, sino de algún lugar muy hondo dentro de ella.

El jeep avanzaba entre sombras y luces, con los árboles proyectándose como siluetas alargadas sobre el asfalto.

El cielo, completamente abierto, parecía escuchar también.

Las estrellas seguían ahí, brillando, pero la canción hablaba de un tiempo en el que ni siquiera ellas tenían luz.

De pasos que se vuelven eternos, de un corazón que late como un tambor vacío, resonando en un espacio demasiado grande para una sola persona.

Kai apretó un poco más el volante.

Aquello… aquello era él.