Voces antiguas #3
—Invito yo —dijo, con una sonrisa amplia, sin dar opción a réplica—. Después del día que nos has regalado, Kai, esto corre de mi cuenta.
Kai intentó protestar.
—No hace falta, de verdad…
Pero Lucas ya estaba sacando el dinero, orgulloso, casi solemne, como si aquel gesto fuera parte del ritual del día. Kai llegó a llevarse la mano al bolsillo, por pura inercia, pero era tarde. Lucas ya había pagado, satisfecho, y le dio una palmada ligera en el hombro.
—Ni se te ocurra discutirlo.
Sofía y Andrea se sentaron primero. La madera de los taburetes estaba tibia aún por el calor del día.
Kai y Lucas regresaron a la mesa con una bandeja improvisada: vasos de zumo natural, de colores intensos, recién exprimidos, y varias porciones de pan de plátano humeante, dorado por fuera, suave y denso por dentro.
El vapor se elevaba lentamente en el aire fresco de la noche.
Sofía cogió su trozo con cuidado y sopló varias veces antes de probarlo.
—Está ardiendo —dijo en voz baja, sonriendo—. Sopla tú también, o te vas a quemar.
Kai obedeció casi por reflejo, imitándola, aunque su mente estaba lejos de allí.
Comían en silencio, disfrutando del contraste entre el dulzor del pan y la acidez fresca del zumo. El cielo, sobre ellos, seguía desplegado en una bóveda imposible de estrellas. El puesto crujía suavemente con la brisa.
Fue Andrea quien no aguantó más el silencio.
—Bueno… —dijo, apoyando los codos en la mesa—. Nosotros nos vamos mañana y seguimos indecisos con la luna de miel. Yo digo Italia.
—Y yo París —intervino Lucas al instante—. Es más romántico. Eso lo sabe todo el mundo.
Se encogió ligeramente de hombros y, con una sonrisa orgullosa, añadió en un francés improvisado, pero lleno de intención:
—Parce que Paris, c’est la ville de l’amour .
Andrea puso los ojos en blanco, divertida.
Lucas levantó el vaso de zumo a modo de brindis, satisfecho consigo mismo, mientras Kai y Sofía sonreían ante la escena.
Andrea ladeó ligeramente la cabeza, aun con la emoción brillándole en los ojos, y los miró a los dos, primero a Sofía y después a Kai, con esa curiosidad tierna que solo nace en los días felices.
—¿Y vosotros? —preguntó con una sonrisa suave—. ¿Tenéis fecha ya para la boda? ¿Habéis fijado algo?
Sofía giró la cabeza hacia Kai casi de manera instintiva. Él, sin embargo, parecía estar en otro lugar, la mirada perdida más allá de la celebración, como si una corriente silenciosa le atravesara los pensamientos. Sofía no tardó en comprender que la respuesta le tocaba darla sola.
Sofía sonrió con dulzura, se llevó una mano al vientre, en un gesto tan natural como revelador, y habló con una calma sincera.
—La verdad… no lo sabemos —dijo—. No lo hemos hablado, no sabemos si casarnos antes o esperar a que nazca Lelani. Aún no tenemos fecha.
No había duda ni nervios en su voz, solo una serenidad nueva, la de quien ha aprendido que no todo necesita ser decidido de inmediato.
Andrea asintió despacio, comprendiendo sin necesidad de más explicaciones. Su sonrisa se ensanchó, cargada de una ilusión auténtica.
—Entonces esperaremos vuestra invitación con muchas ganas —dijo—. Cuando llegue, será perfecta, sea cuando sea.
Sofía le devolvió la sonrisa, sintiendo que, de algún modo, todo estaba exactamente donde tenía que estar… pero algo dentro de ella no terminaba de asentarse.
Porque Kai no estaba del todo allí.
Lo notó sin necesidad de mirarlo directamente.
Lo sintió en esa calma suya, en la forma en que permanecía quieto, demasiado pensativo, como si una parte de él estuviera aferrada a algún punto invisible, lejos del presente.
No era tristeza, ni distancia… era preocupación.
Una que él intentaba guardar para sí, envuelta en silencio.
Sofía no dijo nada. No quiso romper ese instante ni exponerlo delante de los demás. Se limitó a observarlo de reojo, a sentirlo. A saber, con esa certeza suave que nace cuando amas a alguien, que algo no iba bien.
Y aun así, permaneció a su lado, tranquila por fuera, atenta por dentro. Porque si algo estaba claro, era que, pasara lo que pasara, lo enfrentarían juntos.
Kai tardó unos segundos más en reaccionar. Su mirada estaba perdida en algún punto indefinido, más allá de la mesa, más allá incluso de la noche.
Y ella lo notó al instante. En la forma en que sostenía el vaso sin beber.
Le tocó el brazo con suavidad, casi sin que los demás lo notaran.
—¿Estás bien? —susurró—. Te noto muy pensativo.
Kai parpadeó, como si regresara de golpe.
—Sí… perdona —dijo, forzando una pequeña sonrisa—. Estaba pensando en un grupo de huéspedes que llegan mañana al resort.
Sofía asintió, aunque no terminó de creérselo.
No dijo nada más.
Andrea retomó la conversación, sin percibir la grieta invisible, la miró de reojo, con esa mezcla de ironía y cariño que solo existe entre amigas que se conocen demasiado bien. Negó despacio con la cabeza y, bajando la voz hasta convertirla casi en un susurro cómplice, añadió:
—Tú, Reina del Caos —añadió con tono burlón—, ¿me vas a dejar sola con el laurel y el incienso? —hizo un gesto teatral con la mano—. ¿Sola ante el peligro inminente? Menudo marrón, tía.
—¿Te refieres a la boda de los Johnson? —preguntó Sofía.
Y no pudo evitar sonreír, una sonrisa suave, sincera, que no venía de la risa sino de algo más hondo. La luz cálida del puesto le dibujaba el rostro y el vapor del pan de plátano todavía flotaba en el aire cuando apoyó el codo en la mesa y la miró con calma.
—Eh… tranquila —le dijo, tocándole ligeramente la mano—. Si la empresa debería haber sido solo tuya, lo sabes. Lo haces de maravilla.
No lo dijo para restarse mérito ni para huir de responsabilidades.
En su voz no había duda, solo una certeza nueva.
Sofía lo sabía ahora, allí, bajo ese cielo plagado de estrellas, con el murmullo lejano de la noche hawaiana envolviéndolo todo.
Aquella vida —las agendas, las bodas ajenas, el estrés disfrazado de éxito— ya no le pertenecía.
Hawái la había cambiado. No de forma brusca, sino como cambian los mares: despacio, pero para siempre.
Y mientras Andrea resoplaba fingiendo dramatismo y Lucas bromeaba al fondo, Sofía entendió que, por primera vez en mucho tiempo, no quería seguir haciendo lo mismo.
No quería volver a ser solo organizadora de bodas.
Quería algo distinto. Algo que aún no tenía nombre, pero que sentía crecer dentro con la misma calma con la que las estrellas seguían brillando sobre ellos.
Andrea ladeó la cabeza, apoyando el codo en la mesa mientras giraba lentamente el vaso entre los dedos. La curiosidad le brillaba en los ojos, pero no era inquisitiva, sino cálida, casi protectora.
—Y… ¿sabes ya a qué te vas a dedicar ahora en el resort? —preguntó al fin, con suavidad—. Es que no te imagino sola organizando bodas.
Hizo una breve pausa, como si buscara las palabras exactas, y luego sonrió con ese gesto sincero que desarmaba.
—No porque no sepas hacerlo —añadió—. Al contrario. Has sido la socia perfecta, una compañera increíble… y una amiga ideal.
Sofía levantó la vista, sorprendida, mientras Andrea continuaba, sincera hasta el final.
—Eres perfeccionista, cuidas cada detalle, eres muy buena en lo que haces. Lo sabes —alzando una ceja, divertida—. Otra cosa es que seas un poco…
Reina del Caos.
Lucas soltó una risa por lo bajo, y Andrea se encogió de hombros.
—Caótica, sí. De vez en cuando metes la pata, cambias planes a última hora o lo revolucionas todo —dijo, sin malicia—. Pero incluso en ese caos, siempre has sabido sacar algo hermoso.
Kai no pudo evitarlo. En cuanto Andrea pronunció aquello de “caótica” y enumeró los cambios de planes de última hora y el arte de revolucionarlo todo, soltó una carcajada limpia, espontánea, que rompió la calma nocturna como una ola suave.
Sofía giró la cabeza hacia él al instante.
Entrecerró los ojos, divertida y advertida a la vez, y le apretó la mano con fuerza, como diciendo “¿de qué te ríes tú ahora? ”. Kai bajó la mirada hacia sus dedos entrelazados, todavía sonriendo, y negó despacio con la cabeza.
—Es que… —empezó, aun con la risa asomándole a la voz— no puedo evitar acordarme del día en que te conocí.
Levantó la vista y la miró de frente, con esa mezcla suya de ternura y humor.
—Y de después… porque, si lo pienso bien, en cada encuentro siempre te encontraba tirada en algún sitio. En la arena, medio borracha. O tirada en mi cama… por equivocación.
El silencio duró apenas un segundo.
Andrea se llevó la mano a la boca, los ojos abiertos como platos.
—¿¡Qué hija de puta!? —soltó Andrea de golpe, llevándose una mano al pecho, entre escandalizada y fascinada—. ¡Eso no me lo habías contado! ¿Qué, te metiste en su habitación?
La risa quedó suspendida en el aire un segundo. Sofía giró lentamente la cabeza hacia ella y luego volvió a clavar los ojos en Kai. Alzó un poco la barbilla, con esa media sonrisa suya, descarada y honesta a la vez, como quien no se defiende porque no lo necesita.
—Pero si yo no me acuerdo de nada —dijo, encogiéndose de hombros—. Iba tan bebida que esa noche… es que no recuerdo absolutamente nada.
Había humor en su voz, como si acabara de darse cuenta de que había capítulos de su propia historia que no conocía.
Sin apartar la mirada de Kai, levantó ligeramente la mano y le hizo un gesto suave, casi imperceptible, invitándolo a continuar. Sigue, parecía decirle sin palabras. Cuenta tú lo que yo no recuerdo.
Kai sonrió, atrapado entre la ternura y la risa, consciente de que, una vez más, el caos de Sofía volvía a colocar todas las miradas sobre ellos… y, curiosamente, no le molestaba.
—Eso… —continuó— eso es lo que me enamoró de ella.
Apretó un poco más la mano de Sofía, como si necesitara anclarse a ese contacto.
—Su caos. Su desorden… que en realidad tiene su propio orden —sonrió, mirándola con una calma que desarmaba—. Para mí es perfecta así. La quiero. Estoy loco por ella.
El aire pareció quedarse quieto.
—Y, de algún modo —añadió—, gracias a ese caos nos conocimos. Así que no puedo hacer otra cosa que estar agradecido.