Cuando todo fluye #4
—Habéis llegado a un lugar especial —dijo—, para muchos, mágico. Aquí no se viene a correr ni a pensar demasiado. Se viene a sentir.
Hizo una breve pausa, dejando que sus palabras se asentaran mientras el río seguía su curso a sus pies.
—Este recorrido está pensado para activar los sentidos. El oído, con el sonido del agua, de los pájaros, del viento entre los árboles. El olfato, con la vegetación, la tierra húmeda, la savia, las flores escondidas. No hace falta hablar demasiado… el lugar se encarga del resto.
Andrea respiró hondo, como si quisiera comprobarlo en ese mismo instante. Lucas, flotador bajo el brazo, miraba alrededor con una mezcla de curiosidad infantil y respeto inesperado.
El guía continuó, ya en un tono más práctico, repartiendo al grupo en dos.
—Seguiremos el cauce del río —explicó—. A lo largo del recorrido veréis señales en la orilla indicando la dirección correcta. No hay prisa. El agua os llevará.
Señaló río arriba.
—Cuando lleguéis al punto donde el río se bifurca, debéis seguir las indicaciones hasta el punto de encuentro. No os preocupéis: todo está pensado para que lleguéis sin dificultad.
Kai asintió despacio, atento. Sofía apoyó una mano sobre su flotador y luego, casi sin darse cuenta, sobre el brazo de él.
El río seguía fluyendo frente a ellos, tranquilo, constante, como una promesa silenciosa.
El río los acogió despacio. Se dejaron llevar por la corriente suave, flotando sin prisa; el mundo exterior había quedado atrás.
A su alrededor, la naturaleza se desplegaba en todo su esplendor: árboles inclinados sobre el agua, lianas colgando como cortinas verdes, pequeñas cascadas que caían en hilos brillantes y mariposas que cruzaban el aire sin miedo.
Lucas chapoteaba a propósito para salpicar a Andrea, provocando sus protestas entre risas, mientras el río los mecía a todos con una lentitud casi meditativa. No había prisa, no había ruido; solo el agua, la vegetación y la sensación de estar donde tenían que estar.
El sol de la tarde se filtraba entre las hojas espesas de la selva, dibujando destellos dorados sobre el agua cristalina del río.
Los flotadores de colores brillantes se mecían con la corriente, arrastrando a los turistas entre risas y salpicaduras.
Sofía, recostada sobre el suyo, dejó que sus dedos rozaran la superficie fresca del río mientras la brisa cálida acariciaba su piel.
El vestido ligero que llevaba —un tejido casi transparente cuando se mojaba, ceñido a sus curvas como una segunda piel— se pegaba a sus muslos cada vez que el agua la salpicaba.
Lo había elegido esa mañana con una sonrisa pícara, sabiendo el efecto que causaría en Kai. Y no se había equivocado.
Kai no apartaba los ojos de ella. Desde que habían salido del resort, había sentido el peso de su mirada como un tacto.
Ahora, mientras el grupo se dejaba llevar río abajo, él se mantenía cerca, con las manos firmes en los bordes de su flotador, asegurándose de que no se alejara.
El agua murmuraba contra sus cuerpos, y el aire olía a tierra húmeda y flores silvestres.
Sofía giró la cabeza hacia él, sus labios entreabiertos, el aliento entrecortado por la anticipación.
No necesitaban palabras. Bastaba con ese contacto visual, cargado de promesas, para que el calor se enroscara en su vientre.
El río se ensanchó de pronto, dividiéndose en dos brazos.
El grupo, sin dudar, tomó el camino más ancho, siguiendo las indicaciones que había en la ladera del río.
Pero Kai no los siguió. En lugar de eso, se deslizó de su flotador con un movimiento fluido, el agua llegándole hasta las rodillas.
Sus músculos se marcaban bajo la camiseta mojada, los brazos bronceados brillando bajo el sol cuando tomó el flotador de Sofía y lo arrastró hacia la otra dirección.
—¿Estás seguro de que es por aquí? —preguntó Sofía.
Su voz no llevaba miedo ni duda, solo curiosidad. Flotaba a su lado, dejándose mecer por el agua, observando cómo el río empezaba a cambiar sutilmente su ritmo.
Kai no respondió.
Seguía mirando al frente, atento, con el cuerpo ligeramente inclinado, como si estuviera leyendo algo invisible sobre la superficie del agua.
—Kai… —insistió ella, girando un poco el flotador para mirarlo—. ¿Estás seguro de que es por aquí? ¿Me has oído?
Fue entonces cuando Sofía lo notó.
El agua ya no fluía de forma uniforme. Bajo la superficie clara, las corrientes empezaban a entrelazarse, a cruzarse unas con otras, formando remolinos suaves, pero firmes que empujaban el flotador en direcciones opuestas.
Kai alzó por fin la mirada y señaló con la barbilla el punto donde el río se bifurcaba.
—¿Ves eso? —dijo al fin, con voz tranquila—. Ahí es donde el agua se cruza.
Sofía siguió su gesto. El río parecía dividirse en dos voluntades distintas que, en lugar de separarse del todo, se entrecortaban una y otra vez, chocando suavemente antes de continuar.
—¿Y eso qué significa? —preguntó ella, genuinamente intrigada.
Kai dejó que su flotador girara lentamente sobre el agua antes de hablar. Sus ojos seguían la superficie del río, observando cómo la corriente dibujaba pequeñas ondulaciones que chocaban unas contra otras sin romperse del todo.
—Las corrientes cruzadas aparecen cuando dos fuerzas avanzan desde direcciones distintas —explicó con calma.
Su voz era baja, casi tan tranquila como el murmullo del agua.
—Ninguna es más fuerte que la otra. No se anulan… —añadió, deslizando la mano sobre la superficie del río—. Se empujan. Se mezclan. Se obligan a adaptarse.
Hizo una breve pausa.
El agua seguía moviéndose alrededor de ellos, empujando suavemente sus flotadores en direcciones casi imperceptibles.
Kai volvió a mirar el río, como si en aquellas corrientes hubiera algo más que agua deslizándose entre las piedras.
—Si no sabes leerlas, pueden desestabilizarte —continuó—. Te arrastran, te confunden… pueden hacerte perder el equilibrio.
El flotador de Sofía se acercó lentamente al suyo, empujado por esa fuerza invisible que nacía bajo la superficie.
Kai la miró entonces.
—Pero si las entiendes… —dijo con una leve sonrisa— pueden llevarte más lejos de lo que esperabas.
El río los movía despacio.
Casi como si los estuviera guiando.
Sofía lo observaba en silencio, sintiendo cómo el agua empujaba suavemente su flotador hasta acercarlo al de él. Sus rodillas rozaron las de Kai por un instante antes de separarse otra vez con el movimiento del agua.
Y de pronto lo entendió.
Aquello no era solo una explicación sobre el río.
Era sobre ellos.
Sobre cómo habían llegado hasta allí.
Ella, puro impulso.
Caos.
Decisiones rápidas, emociones que estallaban sin pedir permiso.
Y él…
Calma.
Paciencia.
Un equilibrio sereno que parecía imposible de romper.
Dos corrientes avanzando desde direcciones distintas.
Chocando.
Desestabilizándose.
Aprendiendo a adaptarse la una a la otra.
Sofía dejó que la corriente decidiera por un momento mientras el río los balanceaba suavemente bajo el cielo abierto.
Y entonces sintió esa certeza extraña, clara, inevitable. Que su historia con Kai había sido exactamente eso.
Una corriente cruzada.
Y quizá por eso mismo… había sido imposible detenerla.
—Entonces —dijo, con una sonrisa lenta—, ¿vamos bien?
Kai no respondió de inmediato. En lugar de eso, se acercó; el agua chapoteaba alrededor de sus piernas mientras sus manos se posaban en los bordes del flotador, atrapándola entre sus brazos.
Sofía tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo, y él aprovechó para rozar sus labios con los de ella, un contacto tan leve que casi dolió.
—Vamos exactamente donde tenemos que ir —murmuró.
Sofía ladeó la cabeza, entrecerró los ojos con fingida sospecha y, sin poder evitar sonreír, soltó:
—No me estarás llevando a otro de tus picaderos, ¿verdad? —dijo en voz baja, con ese tono travieso que solo usaba con él—. ¿Cómo conoces este sitio, Kai?
El agua los empujó suavemente hacia una zona donde la vegetación se cerraba un poco más. Las hojas grandes rozaban la superficie y la luz del sol se filtraba en destellos verdes y dorados. El lugar tenía algo íntimo, casi secreto, como si el río guardara confidencias.
Kai la miró un segundo… y entonces no pudo aguantar más.
Soltó una carcajada franca, abierta, de esas que nacen del pecho y le iluminan el rostro.
—No —respondió, aun riendo—. Te lo prometo, este no entra en mi historial.
Sofía alzó una ceja, claramente no del todo convencida.
—¡Me tomas por tonta!
Kai negó con la cabeza, divertido, y añadió:
—Es la primera vez que vengo. Lo conozco porque los turistas hablan. Mucho. —Hizo un gesto con la mano, como si imitara un corrillo animado—. « El estanque esmeralda », « el tramo más bonito », « el sitio donde el agua suena distinto » … ya sabes cómo es eso.
—O sea, que te fías del boca a boca.
—Del boca a boca… y de la intuición —contestó él, mirándola con calma—. Y, al día de hoy, no me ha fallado.
Sofía contuvo el aliento. El agua fría del río contrastaba con el calor que le quemaba la piel donde él la rozaba. Sus dedos se aferraron al borde del flotador mientras Kai se inclinaba un poco más, su frente apoyándose en la de ella.
—No hemos tenido tiempo de estar a solas —añadió en voz baja—. Y necesitaba un momento contigo.
El río volvió a estrecharse un poco más adelante, casi oculto entre la vegetación exuberante.
Las hojas les rozaban los hombros mientras Kai empujaba el flotador hacia delante, sus pasos firmes a pesar del agua que le llegaba hasta las pantorrillas.
El sonido del agua cambiaba, más profundo, más envolvente.
Sofía respiró hondo, dejando que el aire húmedo y verde le llenara los pulmones.
Podía escuchar el rumor de una cascada antes de verla, un sonido constante que se mezclaba con su respiración acelerada.
—Vale —admitió al fin—. Te creo.
Kai estiró la mano y rozó la suya, apenas un contacto ligero, pero firme.
—Además —añadió con una sonrisa ladeada—, si fuera un picadero, te habría avisado antes.