Manual de supervivencia para una boda Cuando todo fluye #3
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Cuando todo fluye #3

El contacto fue eléctrico. Sofía sintió cada centímetro de su cuerpo despertar, como si alguien hubiera encendido un interruptor en su interior.

El muslo de Kai presionaba contra el suyo, firme, y aunque ambos seguían completamente vestidos, podía sentirlo: el calor que irradiaba de él, la tensión contenida en sus músculos, el leve temblor que recorría sus dedos cuando los deslizó desde su hombro hasta su cintura, deteniéndose justo por encima de la curva de su cadera.

No la apretó. No aún. Solo la mantuvo allí, como si estuviera memorizando la forma de su cuerpo, aprendiendo los contornos que tanto imaginaba.

Sus labios ya estaban tan cerca de los de ella que Sofía podía sentir el calor de su aliento mezclándose con el suyo, cargado con un dulce aroma a menta del cóctel que había estado degustando antes.

Ella no respondió con palabras. En lugar de eso, inclinó la cabeza apenas, acercando sus labios a los de él hasta que solo quedó un suspiro de distancia entre ellos.

Kai no necesitó más. Cerró ese espacio con una lentitud tortuosa, rozando su boca contra la de ella en un beso que no era un beso aún, solo una promesa.

Sus labios se encontraron, se separaron, se encontraron de nuevo, como si estuvieran negociando, midiendo la intensidad del deseo que crecía entre ellos.

Sofía gimió suavemente contra su boca, un sonido que se le escapó antes de que pudiera contenerlo, y eso fue todo lo que Kai necesitó para perder lo poco que le quedaba de control.

Sus manos se movieron al mismo tiempo. La de él se deslizó hacia arriba, hasta enredarse en el pelo de Sofía, sujetando su nuca con una posesión que la hizo arquearse hacia él.

La de ella, temblorosa, se posó sobre su pecho, sintiendo el ritmo acelerado de su corazón bajo la tela de su camiseta.

Kai profundizó el beso, trazando el contorno de sus labios antes de deslizarse dentro, explorando, reclamando.

Sofía abrió la boca para él con un gemido ahogado; sus dedos se estremecían contra su pecho cuando la lengua de Kai se enredó con la suya en un baile húmedo y urgente.

El sabor de él era intoxicante —menta, ron, algo oscuro y masculino que la hizo marearse—.

Sofía se dejó llevar, sus manos abandonando su pecho para recorrer sus hombros, sus brazos, como si necesitara tocar cada parte de él al mismo tiempo.

Una de sus piernas se movió, rozando la de Kai sin pensarlo, y el contacto la quemó.

Podía sentir el músculo duro de su muslo bajo el pantalón, la manera en que su cuerpo respondía al suyo, como si ambos estuvieran sintonizados en la misma frecuencia de necesidad.

Kai gruñó contra su boca, un sonido grave que vibró en su pecho, y sus dedos se apretaron en su nuca, tirando de ella con más fuerza, como si quisiera fundirla contra él.

—Sofía… —jadeó él, separándose apenas lo suficiente para murmurar su nombre contra sus labios.

Ella no pudo responder. No con palabras.

En lugar de eso, sus manos bajaron, deslizándose sobre el abdomen de Kai hasta encontrar el borde de su camiseta.

Sus dedos se colaron bajo la tela, rozando la piel caliente y lisa de su vientre, sintiendo cómo los músculos se tensaban bajo su toque.

Kai contuvo el aliento; su cuerpo se arqueó hacia ella instintivamente, buscando más.

Sofía no lo hizo esperar. Sus uñas rasparon suavemente hacia arriba, trazando el contorno de sus abdominales, subiendo hasta que sus dedos rozaron su pecho a través de la tela.

Kai respondió con un movimiento brusco, girando su cuerpo hacia ella.

El espacio era limitado, pero no les importó.

Sofía jadeó cuando Kai se inclinó sobre ella, su cuerpo cubriéndola, aprisionándola bajo el calor de su torso.

Una de sus rodillas se coló entre las de ella, presionando contra el centro de sus muslos, y Sofía sintió cómo el calor se concentraba allí.

—Dios, Kai… —susurró ella, sus caderas moviéndose instintivamente contra su muslo, buscando alivio para el dolor dulce que crecía entre sus piernas.

Él no dijo nada. En lugar de eso, bajó la cabeza, capturando su labio inferior entre sus dientes, mordisqueando con una suavidad que contrastaba con la urgencia de sus manos.

Una de ellas se deslizó hacia abajo, sobre su cadera, su muslo, hasta encontrar el dobladillo de su vestido.

Sus dedos se enredaron en la tela, tirando de ella hacia arriba con una lentitud deliberada, como si estuviera desenvolviendo un regalo.

Sofía contuvo el aliento cuando el aire frío del aire acondicionado rozó su piel descubierta, pero el calor de la mano de Kai la quemó al instante, deslizándose sobre su muslo, más arriba.

—Estás húmeda… —gruñó él, su voz un rumor contra su cuello mientras sus labios trazaban un camino de besos hacia su oreja—. Llevo todo el día pensando en esto. En mis manos sobre ti. En tu boca.

Sofía no pudo negarlo. Arqueó la espalda cuando los dedos de Kai presionaron contra la tela, frotando con una presión perfecta que arrancó de sus labios un gemido alto y desesperado.

Sus manos se aferraron a los hombros de él, sus uñas hundiéndose en la camiseta.

Kai no se detuvo. Sus dedos trabajaron sobre ella con una habilidad que la dejó sin aliento, dibujando círculos lentos y firmes que hacían que sus caderas se sacudieran contra su mano, buscando más.

—Justo así… no pares, por favor…

Kai no tenía intención de hacerlo. Su boca encontró la de ella de nuevo, tragándose sus gemidos, mientras sus dedos se movían con mayor urgencia, sintiendo cómo el cuerpo de Sofía se tensaba bajo el suyo, cómo sus muslos temblaban a ambos lados de su mano.

Su otra mano se enlazó con la de ella, llevándola hacia su entrepierna, presionándola contra su erección dura y palpitante.

Y entonces, el sonido de una puerta al abrirse los golpeó como una jarra de agua fría.

Ambos se congelaron.

El clic metálico del cerrojo al liberarse sonó.

Kai se apartó de Sofía como si lo hubieran quemado, como si alguien hubiera encendido una luz de emergencia; su respiración era entrecortada, los ojos oscuros y salvajes.

Ella se movió con torpeza, tirando de su vestido hacia abajo con las manos temblorosas, las mejillas ardientes, mientras se recolocaba la ropa con una sonrisa que no logró borrar del todo.

Estaban prácticamente uno encima del otro, y el movimiento fue tan brusco que Kai tuvo que carraspear para disimular. Andrea y Lucas se miraron… y luego los miraron a ellos.

Al unísono, levantaron las cejas y esbozaron una mueca descaradamente acusadora. No dijeron nada al principio, pero no hizo falta: la cara de «os hemos pillado» era más que evidente.

—Vaya, vaya… —murmuró Lucas, alargando la frase con teatralidad.

Andrea fue la que remató la escena, llevándose una mano al pecho con fingida gravedad.

—¡Ejem! ¡Controlen sus impulsos!… —dijo Andrea—, que hay público delante.

Lucas soltó una carcajada abierta.

Kai, en cambio, iba de un color a otro. Literalmente.

El rubor le subía por el cuello, le cruzaba las mejillas y volvía a bajar, como si no supiera muy bien dónde meterse.

Intentó decir algo, cualquier cosa, pero solo consiguió abrir la boca y cerrarla otra vez, pasándose la mano por el pelo.

Entonces miró a Sofía, como diciendo sin palabras: «Casi nos pillan… ¿qué le vamos a hacer?».

Sofía, al verlo así, no pudo evitar reírse.

El motor del jeep rugió de nuevo y el vehículo se puso en marcha, retomando la carretera. El momento íntimo quedaba atrás… o, al menos, aplazado.

El trayecto cambió poco a poco el paisaje.

Dejaron atrás las zonas más transitadas y se internaron por una carretera más estrecha, bordeada de vegetación exuberante.

Helechos gigantes, árboles retorcidos cubiertos de musgo y flores de colores intensos flanqueaban el camino.

El aire parecía más húmedo, más vivo. A través de las ventanillas abiertas entraba el sonido de pájaros invisibles y el murmullo lejano del agua.

—¿Dónde vamos ahora? —preguntó Andrea, mirando a su alrededor, fascinada.

Kai sonrió sin apartar la vista de la carretera.

—A un sitio donde hay que mojarse un poco —admitió—. Nada peligroso. Es tranquilo… para disfrutar.

—¿Mojarnos? —repitió Lucas, arqueando una ceja—. Yo me acabo de convertir en una leyenda cultural. Si el diluvio universal no pudo con Noé, un chapuzón no me hará daño.

Sofía soltó una risa suave, apoyando la cabeza un instante en el respaldo.

—Con el calor que hace, nos vendrá bien —dijo—. Además, suena precioso.

Y lo era. Al llegar, el entorno parecía sacado de otro mundo.

Un parque natural se abría ante ellos, verde y salvaje, con un río de aguas claras que serpenteaba entre la vegetación.

El sonido del agua era constante y calmante, mezclado con el canto de los pájaros y el susurro de las hojas movidas por la brisa.

Se cambiaron con calma, sin prisas, dejando sus pertenencias en un pequeño espacio habilitado entre la vegetación, discreto y bien integrado en el entorno, como si aquel lugar se negara a romper la armonía natural que lo envolvía.

El aire era tibio, húmedo, y se mezclaba con el murmullo constante del agua cercana.

Tomaron los grandes flotadores redondos, enormes donuts de goma que brillaban bajo la luz filtrada entre las hojas. Al acercarse al río, el agua clara corría lentamente, invitando más que imponiéndose.

Sofía fue la primera en mojar los pies. El contacto fresco le recorrió el cuerpo de inmediato y dejó escapar un pequeño suspiro, involuntario, de puro alivio.

—Está perfecta… —murmuró, sonriendo.

Kai la observó un segundo, atento, antes de ayudarla a entrar con cuidado, sosteniéndola del antebrazo como si aquel gesto fuera ya algo natural entre ellos.

Entonces apareció el guía. Su voz era serena, casi ritual, como si no estuviera dando instrucciones sino iniciando una ceremonia.