Cuando todo fluye #2
Los tambores siguieron marcando el ritmo, profundos, ancestrales, y la danza continuó desplegándose ante ellos como una marea viva.
Pero para Sofía y Kai, incluso para Andrea, el mundo se había encogido hasta quedar reducido a ese latido compartido bajo las manos, a esa vida diminuta que respondía al ritmo como si ya entendiera el lenguaje de la isla.
Andrea no pudo resistirse. Se levantó despacio, con los ojos brillantes, y se acercó a Sofía casi con reverencia.
Apoyó la mano sobre su vientre y, al sentir otra patada —clara, contenida, pero firme—, abrió la boca en un gesto de asombro puro.
Luego se inclinó hacia el oído de Sofía y le susurró algo tan bajito que solo ellas dos lo escucharon.
Sofía dejó escapar una risa breve, cómplice, emocionada, una de esas sonrisas que nacen del pecho y no de los labios.
—Golpea fuerte, ¿eh? —murmuró Andrea antes de retirarse—. Se nota que tiene carácter.
Cuando volvió a su sitio, Lucas seguía completamente absorto en el espectáculo, con la cámara a medio bajar y la boca entreabierta, como si temiera perderse un solo movimiento de los bailarines. Andrea negó con la cabeza, divertida, y entonces se inclinó hacia Kai para susurrarle algo al oído:
—Prepárate… porque esta niña va a heredar lo mejor de los dos. Y eso da un poco de miedo.
Kai sonrió, orgulloso, justo en el instante en que los tambores cesaron de golpe y el espectáculo terminó entre aplausos cerrados. El público se puso en pie, entusiasmado, y entonces apareció el presentador: un hombre alto, moreno, con una sonrisa enorme y un micrófono en la mano.
—¡Mahalo! —exclamó—. Ahora… necesitaremos cuatro valientes que se atrevan a demostrar que han aprendido esta tarde.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, Kai se levantó de la mesa con total naturalidad.
—Voy a por algo de beber —dijo, como si nada.
Pero Andrea lo miró con sospecha. Sofía, en cambio, lo conocía demasiado bien.
Kai no fue a la barra. Se desvió con absoluta discreción hacia el lateral del escenario y habló unos segundos con el presentador, señalando con un gesto casual hacia el público.
Exactamente hacia Lucas.
Un minuto después, el presentador alzó la voz:
—¡Tú! ¡El de la cámara! ¡Ven aquí!
Lucas alzó la cabeza, parpadeó, miró a su alrededor… y señaló su propio pecho.
—¿Yo?
El público estalló en risas y aplausos antes incluso de que pudiera protestar. Andrea se llevó la mano a la boca, conteniendo la carcajada, mientras Sofía se inclinaba hacia delante, anticipando el desastre.
Lucas fue arrastrado al escenario entre vítores y, en cuestión de segundos, la transformación fue completa: una falda de fibras naturales que le llegaba a las rodillas, un collar exagerado, una diadema en la cabeza…
y, coronando la obra maestra, dos cocos estratégicamente colocados que se balanceaban peligrosamente con cada movimiento.
—Andrea… —dijo Lucas, completamente serio—. Quiero que sepas que esto es amor verdadero.
La música volvió a sonar. Los otros tres turistas intentaban seguir el ritmo con dignidad discutible, pero Lucas…
Lucas se entregó por completo. Movía las caderas con una intensidad dramática, los brazos describían círculos imposibles en el aire y su rostro alternaba entre concentración absoluta y éxtasis artístico.
Kai se llevó la mano a la frente, riendo sin poder evitarlo. Sofía se doblaba sobre la mesa, con lágrimas en los ojos de tanto reír. Andrea aplaudía como si estuviera en la primera fila de un teatro.
—¡Míralo! —gritó Andrea—. ¡Vamos, amor! ¡Solo te faltan los tatuajes de Maui! ¡Así se hace, amor!
Lucas dio un giro final tan exagerado que la falda de fibras salió disparada en abanico, arrancando una ovación general.
Cuando terminó, jadeante, con los cocos aun balanceándose de forma peligrosamente heroica…
uno de ellos salió despedido hacia el público, cruzó el aire como un proyectil tropical y reventó una botella antes de quedar milagrosamente encajado sobre otra mesa.
Hubo un segundo de silencio incrédulo y, acto seguido, una carcajada colectiva.
Lucas, imperturbable, saludó con una reverencia solemne, como si aquello hubiera sido parte del espectáculo.
—Gracias. Hawái me ha cambiado para siempre.
El público estalló en aplausos, los bailarines lo abrazaron como a un héroe caído en combate y, cuando por fin regresó a la mesa, Andrea le dio un beso rápido en la mejilla.
—Me he casado con un artista incomprendido —dijo entre risas.
Kai levantó su copa.
—Por Lucas —brindó—. El único capaz de eclipsar una danza ancestral y sobrevivir para contarlo.
Y entre risas, música y ese latido insistente que seguía recordándoles que algo nuevo estaba en camino, la tarde continuó, luminosa, perfecta… como si el mundo hubiera decidido concederles, al menos por unas horas más, la alegría sin reserva.
Kai rodeó la cintura de Sofía, acercándola a él mientras ella apoyaba una mano sobre su vientre. El arte, la música, la luz y la vida parecían confluir en aquel lugar mágico e idílico, donde todo invitaba a quedarse un poco más.
Cuando el espectáculo llegó a su fin y los últimos aplausos aún flotaban en el aire, el ambiente quedó impregnado por una música suave y esa sensación tibia que dejan las experiencias compartidas.
Los bailarines se retiraban entre sonrisas; el olor a frutas y flores seguía suspendido alrededor de la mesa, y Lucas todavía saludaba con exagerada solemnidad a quienes le devolvían carcajadas y gestos cómplices por su improvisado número.
Kai se levantó primero, se acercó a Sofía con naturalidad, inclinándose un poco hacia ella, y le habló en voz baja, solo para ella.
—¿Estás bien? —preguntó, atento—. Si tienes sueño o estás cansada, lo dejamos aquí.
Sofía alzó la mirada, con las mejillas aún sonrojadas por la emoción y la risa, y negó despacio.
—No, tranquilo. Estoy perfectamente —respondió con una sonrisa luminosa—. No tengo sueño… y me apetece seguir descubriendo sitios tan bonitos como este.
Kai asintió, satisfecho. Había algo en su expresión que mezclaba alivio y orgullo, como si aquella energía de Sofía también lo impulsara a él. Andrea y Lucas intercambiaron una mirada cómplice: el día aún prometía.
Poco después, abandonaron el recinto del centro cultural.
El aire los envolvió de nuevo con su calor suave, casi veraniego pese a ser Navidad.
El cielo estaba limpio, de un azul intenso, y el sol caía con una luz dorada que hacía brillar las hojas de las palmeras.
El jeep del resort los esperaba, cubierto todavía de un leve polvo del camino, como si también estuviera listo para la siguiente aventura.
Subieron entre comentarios animados, aun arrastrando la energía del espectáculo.
Lucas no dejaba de hablar de su «triunfal» actuación, exagerando cada gesto con las manos, recreando los giros imposibles y balanceos dramáticos, mientras Andrea lo escuchaba divertida, negando con la cabeza, incapaz de borrar la sonrisa que se le escapaba una y otra vez.
Sofía se acomodó junto a Kai en el asiento delantero, buscando su cercanía casi de forma instintiva. Apoyó la mano sobre su pierna justo cuando el motor arrancó, y el suave ronroneo del vehículo envolvió el momento.
Fue entonces cuando Lucas, en mitad de una frase grandilocuente, se llevó la mano al pecho.
Se quedó helado.
—Mierda… mi cámara.
El silencio duró apenas un segundo. Sin esperar respuesta, abrió la puerta y se bajó del coche casi corriendo.
—¡Me la he dejado en la mesa! —añadió mientras ya se alejaba.
Andrea reaccionó de inmediato.
—Espera, Lucas, voy contigo —dijo, bajándose tras él y cerrando la puerta con rapidez.
El coche se quedó en silencio.
Kai y Sofía se quedaron a solas por primera vez en todo el día.
Se miraron. No hizo falta decir nada. Kai sonrió apenas, vencido por la intimidad inesperada.
El aire dentro del coche era espeso, cargado con el peso de un día entero de miradas.
Kai giró la llave del contacto, apagando el motor, y el silencio se coló entre ellos como un susurro.
Las luces del tablero se apagaron, dejando solo que la claridad del día se filtrara por el parabrisas.
Ella seguía con el cinturón abrochado, los dedos entrelazados en su regazo, como si temiera que cualquier movimiento rompiera el hechizo que los mantenía allí, solos por primera vez en horas.
Kai respiró hondo, sintiendo el latido de su propio corazón en la garganta.
No había planeado aquello. La miraba con ese vestido ceñido que se aferraba a sus caderas como una segunda piel, y esas sandalias que dejaban sus tobillos al descubierto, delgados y vulnerables.
Pero ahora estaban allí, en el estacionamiento completamente vacío, donde el único sonido era el crujido ocasional de las hojas secas arrastradas por la suave brisa.
Se volvió hacia ella lentamente; sus ojos se encontraron y, en ese instante, supieron que no había vuelta atrás.
—No hace falta que digas nada —murmuró él, con la voz áspera, como si las palabras le costaran más de lo habitual.
Sofía no respondió. No con palabras. Solo asintió, un movimiento casi imperceptible, pero suficiente.
Kai no pudo evitarlo: una sonrisa torcida, medio avergonzada, medio hambrienta, se dibujó en sus labios antes de que extendiera el brazo y la atrajera hacia él.
El movimiento fue natural, como si su cuerpo supiera exactamente qué hacer sin necesidad de que su mente interviniera.
Su mano se posó sobre el hombro de ella, los dedos rozando el tejido suave del vestido, sintiendo el calor que emanaba de su piel.
Sofía contuvo el aliento cuando el brazo de Kai la rodeó, tirando de ella con suavidad; ella se deslizó por el asiento de cuero hasta quedar pegada a su costado.