Cuando todo fluye #5
Sofía soltó una carcajada clara que se mezcló con el murmullo del agua, mientras las corrientes cruzadas los seguían llevando, despacio, hacia ese lugar que aún no veían… pero que ya se sentía especial.
Cuando por fin emergieron a un claro, el espectáculo la dejó sin aliento.
Una laguna de aguas cristalinas se extendía ante ellos, rodeada de rocas cubiertas de musgo y árboles cuyas raíces se sumergían en el agua como dedos sedientos.
Pero lo que realmente captó su atención fue la cascada.
No era grande, pero el agua caía en un velo plateado desde varios metros de altura, creando una cortina líquida que se deshacía en espuma al chocar contra las rocas.
Las gotas salpicaban el aire, formando un arcoíris efímero donde la luz del sol se refractaba.
El lugar parecía sacado de un sueño, aislado, íntimo. Perfecto.
Kai no perdió tiempo. Con un movimiento rápido, tiró del flotador hasta la orilla, donde la arena era suave y el sol calentaba las piedras.
Sofía apenas tuvo tiempo de ponerse de pie antes de que él la atrapara por la cintura, arrastrándola contra su cuerpo.
El impacto la dejó sin aire, pero no protestó.
Al contrario, sus manos se enredaron en su cabello, tirando de él hacia abajo para capturar su boca en un beso que era pura necesidad.
Sus lenguas se encontraron con desesperación, la saliva mezclándose.
Kai gruñó contra sus labios, sus manos deslizándose por su espalda hasta encontrar el cierre del vestido.
Con un tirón seco, lo desató, y el tejido húmedo se deslizó por sus hombros, dejando al descubierto sus senos, redondos y pesados, los pezones duros bajo el aire cálido.
—Joder, Sofía —jadeó, sus ojos devorándola—. Eres perfecta.
Ella no respondió con palabras. En lugar de eso, sus dedos temblorosos trabajaron en el botón de sus pantalones, liberando su erección de un solo movimiento.
Su sexo, grueso y palpitante por la excitación.
Sofía lo rodeó con la mano, sintiendo cómo Kai se estremecía, sus caderas empujando instintivamente hacia su tacto.
—No tan rápido —susurró él, deteniendo su mano—. Quiero saborearte primero.
Antes de que pudiera reaccionar, Kai la levantó en brazos como si no pesara nada y la depositó sobre una roca plana cerca del agua, donde la cascada los rociaba con una llovizna fresca.
Sofía se arqueó hacia atrás, el cuerpo temblando de anticipación mientras él se arrodillaba entre sus piernas.
Sus manos se deslizaron por el interior de sus muslos, separándolos con suavidad, exponiéndola por completo a su mirada hambrienta.
—Dios, estás empapada —murmuró, su aliento caliente rozando su piel sensible—. Y no es solo por el agua del río.
Sofía gemía, sus dedos enredándose en su cabello cuando sintió su lengua, caliente y húmeda, deslizándose entre su sexo.
Kai no tuvo piedad. Lamió, chupó, devoró, sus dedos hundiéndose en la carne de sus muslos mientras ella se retorcía bajo su boca.
Cada movimiento de su lengua era deliberado, cada succión un tormento delicioso que la excitaba más.
—¡Kai, por favor! —suplicó, sus caderas levantándose contra su cara.
Él gruñó, sus dedos reemplazando su boca mientras se ponía de pie, despojándose de la camiseta en un movimiento rápido.
Su torso era una obra de arte de músculos definidos, la piel bronceada brillando con las gotas de la cascada.
Sofía lo miró con los ojos vidriosos, sus labios entreabiertos, mientras él se colocaba entre sus piernas nuevamente, esta vez guiando su erección hasta la entrada húmeda de su sexo.
Y entonces, con un empujón lento, pero firme, se hundió dentro de ella.
El gemido que escapó de los labios de Sofía fue profundo.
Lo sintió estirándola, llenándola por completo, cada centímetro de él quemando más que el sol sobre sus pieles.
Kai se quedó quieto por un momento, disfrutando de la sensación de estar dentro de ella, sus manos apretando sus caderas con posesión.
—Eres mía —susurró, comenzando a moverse con embestidas profundas y medidas—. Por siempre.
—Y para siempre —respondió ella, sus uñas arañando su espalda mientras lo atraía más cerca—. Siempre tuya.
El ritmo se volvió más urgente, el agua de la cascada rociándolos, mezclándose con el sudor que cubría sus cuerpos.
Cada empujón de Kai era más fuerte, más profundo, sus pelvis chocando en un ritmo que los llevaba al borde.
Sofía podía sentir cómo se tensaba dentro de ella, cómo su respiración se volvía más errática.
—No pares —suplicó, sus piernas enredándose alrededor de su cintura—, por favor, no pares.
—No pienso hacerlo —gruñó él. Sus embestidas eran cada vez más fuertes—. Voy a correrme.
Y entonces, como si sus palabras hubieran sido el detonante, Sofía sintió el orgasmo arrastrarla como una ola.
Su cuerpo se arqueó, sus paredes internas contrayéndose alrededor de él mientras un grito ahogado escapaba de sus labios.
Kai no tardó en seguirla al escucharla, sus caderas temblando contra las de ella mientras vaciaba todo lo que tenía dentro.
Se quedaron así por un largo momento, jadeantes, sus cuerpos aún unidos, la cascada creando un telón de fondo para su intimidad. Kai se inclinó, capturando sus labios en un beso tierno, sus manos acariciando su rostro con una dulzura que contrastaba con la ferocidad de segundos antes.
Kai se inclinó hacia Sofía cuando aún tenía el agua resbalándoles por la piel y el murmullo del entorno envolviéndolos como un secreto.
— Ua ola loko i ke aloha —susurró contra su boca, suave, casi travieso, las palabras casi ahogadas por el sonido del agua—. Más que nada en este mundo.
Sofía parpadeó, intentando procesar aquellas palabras que sonaban a música desconocida. Frunció ligeramente el ceño y giró la cabeza para mirarlo, divertida y un poco desconfiada.
—No se me ocurre otra cosa que decirte —respondió— que espero de verdad que lo que me hayas dicho sea bueno.
Kai no aguantó más. Soltó una carcajada limpia, abierta, de esas que le nacían del pecho. La miró con ternura y levantó las manos en señal de promesa.
—Te juro que sí —dijo, aun riéndose—. Además… ahora vamos a ir a un sitio donde lo vas a entender todo.
Ella lo observó un segundo más, empapada, con el vestido de lino pegado a la piel y el cabello húmedo cayéndole en mechones rebeldes por el rostro. Luego asintió, como si aceptara el misterio, y juntos regresaron por el sendero que conducía al punto de encuentro.
El paisaje se abría ante ellos con una belleza casi irreal: vegetación exuberante, hojas enormes brillando bajo el sol, el sonido constante del agua deslizándose entre las piedras y, más allá, el grupo esperando junto al guía, bajo la sombra de un gran árbol tropical.
Andrea y Lucas llevaban ya un buen rato allí.
—De verdad, que se lo digo —insistía Lucas al guía mientras rebuscaba nervioso en los bolsillos—, han desaparecido. Iban justo delante de nosotros… No sé, es como si se los hubiese tragado el río.
Andrea lo miraba con resignación divertida cuando, de pronto, alzó la vista.
—Lucas… —dijo despacio—. Mira.
Kai y Sofía aparecieron entre la vegetación.
Mojados. Muy mojados.
El vestido de Sofía, completamente empapado, se le pegaba al cuerpo de tal manera que la tela dejaba poco a la imaginación. Kai no estaba mucho mejor: camiseta húmeda, cabello oscuro chorreando agua, la piel brillando bajo la luz.
Andrea estalló en una carcajada inmediata, llevándose la mano a la boca.
—Madre mía… —murmuró—. No quiero ni preguntar.
Lucas, en cambio, abrió los ojos como platos.
—¡Pero bueno! —exclamó—. ¡Aquí estoy yo organizando una partida de búsqueda, a punto de llamar a emergencias, y vosotros…!
Se detuvo, los miró de arriba abajo y añadió, muy serio:
—…claramente no os habíais perdido.
Sofía no pudo evitar reír, aun con la respiración un poco acelerada. Kai se limitó a encogerse de hombros con una sonrisa inocente que no engañaba a nadie.
—¿Veis? —dijo Lucas, sacando finalmente el paquete de pañuelos—. Siempre llevo esto por si acaso. Uno nunca sabe cuándo va a sudar… o cuándo va a tener que secarse las lágrimas de la angustia.
Andrea negó con la cabeza, todavía riendo, mientras el guía los observaba con una sonrisa cómplice.
—Creo —añadió ella— que ya sabemos exactamente qué estaban haciendo.
Kai rodeó la cintura de Sofía con naturalidad, como si no hubiera pasado nada fuera de lo normal. Ella apoyó el cuerpo en el suyo, tranquila, sonriente.
Las risas aún flotaban en el aire, mezcladas con el rumor constante del agua y ese cansancio dulce que solo dejan los días bien vividos.
El grupo volvió a reunirse sin ser conscientes de que, bajo aquel cielo luminoso y aparentemente perfecto, el día seguía tejiendo hilos invisibles, corrientes que más adelante habrían de cruzarse de formas inesperadas.
Abandonaron el tramo del río poco a poco, arrastrando los flotadores hasta la orilla.
El agua quedó atrás, deslizándose entre piedras oscuras y raíces antiguas, como si guardara en silencio todo lo que allí había ocurrido.
Se secaron con las toallas, extendiéndolas sobre las rocas calientes, y se quedaron un rato al sol, dejándose envolver por el calor.
El sol empezaba ya a caer, más bajo, más dorado, pero el aire seguía siendo tibio, y la piel se secó rápido, salpicada aún de reflejos brillantes.
Lucas se dejó caer boca arriba, con los brazos abiertos, y tras unos segundos de silencio satisfecho, lanzó la pregunta al aire:
—¿Siguiente parada?